Publicación mensual gratuita de Editorial Sexto Piso

Por Carmen Pardo

Érase una vez…

Con esta fórmula que emplaza cualquier narración que siga en un tiempo inmemorial y un espacio mágico, escuchábamos absortos aquellos cuentos que dejaron sus huellas en nuestra memoria individual y colectiva. De entre todos ellos, había uno particularmente inquietante, porque el castigo por el mal comportamiento de los adultos parecía recaer sobre los niños. Al terminar ese cuento, la imagen de seguridad que los adultos ofrecían aparecía un tanto resquebrajada. No recuerdo de qué sentía más temor, si de la suerte que los niños corrían o del reconocimiento de la maldad y de la torpeza de esos adultos. Ese cuento era, se habrá adivinado ya, El flautista de Hamelín.

El cuento relata que la ciudad de Hamelín fue invadida por miles de ratas que devoraban insaciables el grano de sus repletos graneros y la comida de sus bien provistas despensas. Un hombre alto y flaco, con una pluma en el sombrero y una flauta bajo el brazo llega a la ciudad y, a cambio de mil florines, promete liberarles de las ratas. Interpretando una irresistible melodía con sus ágiles dedos, las dirige hasta el río Weser, donde perecen ahogadas. Una vez muertas las ratas, los notables de la ciudad no encuentran motivo alguno para saldar la deuda con el flautista. Éste, en venganza, toca con su flauta otra melodía y todos los niños le siguen bailando al compás. En la versión del inglés Robert Browning, el flautista los conduce hasta una montaña que se abre para darles paso y después se cierra tras ellos. Pero no todos los niños entran. Hay un niño cojo que no puede seguir el ritmo y se queda fuera.

En 1992, otro ritmo y otra melodía acogen el tema del flautista de Hamelín. Se trata del grupo de trash metal Megadeth con su «Symphony of Destruction» del álbum Countdown to Extinction. Escrita por el vocalista Dave Mustaine —antiguo integrante de Metallica—, la letra muestra a un hombre a quien convierten en líder político, un títere del verdadero poder: militar, eclesiástico y económico. En el estribillo, la letra nos recuerda también que, como en el cuento del flautista de Hamelín, las ratas son conducidas por las calles al ritmo de la música y que bailamos como marionetas. Todos, líderes políticos y pueblo, bailamos al son del poder que es aquí el poder político oculto tanto como el poder de la propia canción de Megadeth. Con esos espléndidos solos de guitarra que hace Marty Friedman, es imposible resistirse.

Los solos de guitarra de Friedman son equiparables, en cuanto a seducción, a los alegatos políticos de ese líder-marioneta. Con ellos, el poder de la música y el poder político vuelven a establecer unos nexos que ya quedaron bien explicitados en el cuento de Browning. En Hamelín, ni los notables de la ciudad ni el flautista tienen nombre. Tampoco los niños ni las ratas. El cuento narra la dinámica de las acciones colectivas cuando se someten a la ceguera del poder: el propio poder de los notables que sintiéndose superiores faltan a sus compromisos y el poder que puede emanar de la música. Sólo se salva el niño que es diferente y no puede bailar al son de sus melodías.

El cuento de Browning establece el paralelismo entre las promesas vacías de los notables de la ciudad y las melodías de ese extraño flautista. Este ser arrastrado por la seducción de lo escuchado es el efecto Hamelín.

Sin duda es este efecto el que reconoce George F. Kennan, antiguo embajador norteamericano en la Unión Soviética, cuando en 1981, en plena guerra fría, escribe en The Nuclear Delusion, Soviet-American Relations in the Atomic Age:

Hemos acumulado armas, misiles, nuevas fuerzas de destrucción. Lo hemos hecho sin poder impedirlo, casi de modo involuntario: como si fuéramos víctimas de una especie de hipnotismo, como unos roedores corriendo hacia el mar, como los niños de Hamelín siguiendo ciegamente al flautista. Y el resultado es que hoy, tanto nosotros como los rusos, hemos cometido en la producción de estos artefactos y de sus dispositivos de lanzamiento excesos tan absurdos que desafían toda comprensión.

El ritmo de las melodías de Hamelín alentando la carrera armamentística, da cuenta de ese hipnotismo que desafía toda comprensión.

Casi tres decenios después, se prosigue la búsqueda del niño cojo que en el cuento de Browning encuentra la flauta y la toca, tan oportunamente, que la montaña se abre y los niños son liberados. Casi tres decenios después, comienza a ser evidente que hay que aprender a cojear un poco para ir más despacio y no seguir bailando, ciegamente, al ritmo seductor de cualquier poder. Tal vez entonces, pueda encontrarse esa flauta y tocarla de otro modo.

Carmen PardoFoto de José Carlos Casimiro en @Flickr

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