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El espectro sigue rodando | Slavoj Žižek

La primera reacción automática de un lector informado y liberal frente al Manifiesto comunista es: ¿acaso este texto no está equivocado en varios niveles empíricos, por ejemplo, respecto a la imagen que nos brinda de la situación social y, de igual manera, en relación con la perspectiva revolucionaria que sostiene y busca propagar? ¿Ha habido alguna vez otro manifiesto político que haya sido tan rotundamente desmentido por la realidad histórica subsecuente? ¿No es El Manifiesto comunista, en el mejor de los casos, una extrapolación exagerada de ciertas tendencias discernibles durante el siglo diecinueve?

Abordemos entonces El Manifiesto comunista desde el lado contrario: ¿dónde estamos ahora, en esta sociedad global «pos…» (posmoderna, posindustrial)? El eslogan que se impone sobre nosotros más y más es aquel de la «globalización»: la imposición brutal de un mercado mundial unificado que amenaza las tradiciones étnicas, incluso la forma misma del Estado-nación. ¿No sería entonces, en tal situación, la descripción en el Manifiesto del impacto social de la burguesía más tópica que nunca?

La burguesía no puede existir si no es revolucionando incesantemente los instrumentos de producción, y a través de ello, las relaciones de producción, y con ellas, todo el régimen social. Contrariamente, la conservación de los viejos modos de producción de manera inalterada, fue la primera condición de la existencia de todas las clases sociales que la precedieron. La época burguesa se distingue de las anteriores por ser un auge en constante cambio, por la conmoción ininterrumpida de todas las relaciones sociales, por una inquietud y dinámica incesantes. Toda relación fija, enmohecida, con su cortejo de ideas y creencias viejas y venerables, se derrumba, y lo nuevo deviene obsoleto antes siquiera de osificarse. Todo lo sólido se desvanece en el aire, lo que es sagrado es profanado, y el hombre, finalmente, se ve obligado a contemplar con mirada fría las condiciones reales de su vida y sus relaciones con los demás.

¿No es esto, más que nunca, nuestra actualidad? Pensemos en los teléfonos Ericsson, que ya no son suecos, en los automóviles Toyota, 60% de los cuales son manufacturados en los Estados Unidos, en la cultura hollywoodense que ha penetrado los rincones más remotos del globo… Sí, esta es nuestra realidad: bajo la condición de no olvidarnos de complementar esta imagen del Manifiesto con su opuesto dialéctico inherente, la «espiritualización» del mismo proceso material de producción. Es decir, por un lado, el capitalismo implica la secularización radical de la vida social: sin piedad despedaza toda aura auténtica de nobleza, de lo sagrado, del honor, etcétera:

Ahogó los éxtasis más divinos del fervor religioso, del entusiasmo caballeroso, del sentimentalismo filisteo en las frías aguas del cálculo egoísta. Enterró la dignidad, convertida en un valor de cambio, y en lugar de las incontables libertades imprescriptibles, redujo todo a una única libertad: el libre mercado. En una palabra, en lugar de una explotación disfrazada de ilusiones políticas y religiosas, sustituyó todo por un régimen directo, brutal y despiadado de explotación.

Sin embargo, por el otro lado, la lección fundamental de la «crítica de la economía política» elaborada por el Marx de la madurez en los años posteriores al Manifiesto es que esta reducción de todas las quimeras a la brutal realidad económica genera una espectralidad única. Cuando Marx describe la obsesiva, auto-mejorable circulación del capital, cuyo camino solipsista de auto-fecundación alcanza su apogeo hoy en día en la meta-reflexiva especulación sobre el futuro, sería demasiado simplista pretender que el espectro de este monstruo auto-engendrado que persigue su camino sin preocupación humana o ambiental alguna es una mera abstracción ideológica; y además no deberíamos olvidar que, detrás de esta abstracción, hay personas reales y objetos naturales sobre los cuales la capacidad productiva y los recursos de la circulación del capital están basados, y de los cuales se alimenta como un parásito gigante. El problema es que esta «abstracción» no pertenece solamente a nuestra percepción equivocada (como especulación financiera) de la realidad social, sino que es «real» en el preciso sentido de que determina la estructura de los mismos procesos sociales: el destino de estratos enteros de la población e incluso a veces de países enteros puede ser decido por el baile «solipsista» del Capital, el cual persigue su objetivo de rentabilidad a través de una santa indiferencia respecto a cómo su movimiento afecta la realidad social. Ahí reside la violencia sistémica fundamental del capitalismo, mucho más tenebrosa que la violencia precapitalista socioideológica directa: en que esta nueva violencia no es atribuible a individuos concretos y sus «malas» intenciones, sino que es puramente «objetiva», sistémica, anónima. Deberíamos recordar aquí a Etienne Balibar, quien a su vez distingue dos opuestas pero complementarias modalidades de violencia excesiva en nuestra actualidad: la violencia «ultraobjetiva» («estructural») que es inherente a las condiciones sociales del capitalismo global (la creación «automática» de individuos excluidos, dispensables, que va desde los sin-casa hasta los desempleados) y la violencia «ultrasubjetiva», aquella del reciente surgimiento del «fundamentalismo» étnico y/o religioso (en pocas palabras racismo) –esta segunda violencia «excesiva» y «sin principios» no es más que la contraparte de la primera violencia.

El hecho de esta violencia «anónima» también nos permite hacer un señalamiento general acerca del anticomunismo. El gran placer del razonamiento anticomunista era precisamente que el comunismo posibilitó el juego de encontrar al culpable, señalando al Partido, a Stalin, a Lenin, y finalmente incluso al mismo Marx, como responsables de los millones de muertos, del terror, de los gulags; mientras que en el capitalismo, no hay nadie a quien podríamos evidenciar como culpable o responsable, las cosas simplemente pasan de tal manera, a través de mecanismos anónimos; todo esto a pesar del hecho de que el capitalismo no haya sido menos destructivo en términos de costos humanos y ambientales, destruyendo culturas aborígenes… En resumen, la diferencia entre el capitalismo y el comunismo es que el comunismo es percibido como una idea que fracasó en su realización, mientras que el capitalismo funcionó «espontáneamente». No hay Manifiesto capitalista.

Traducción de David Luna

Fotografía de Gisbert H. Drignat

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