Publicación mensual gratuita de Editorial Sexto Piso
 

El esqueleto de las ballenas | Lola López Mondéjar

Puede imaginarse que a base de los desnudos esqueletos de las ballenas llevadas a tierra podrían deducirse veraces elementos para la reconstrucción de su verdadera forma, pero esto no es así, en modo alguno. Porque una de las cosas más curiosas acerca de este leviatán es que su esqueleto procura escasas ideas acerca de su forma general.
Herman Melville, Moby Dick, 1851

El no haber nacido animal es una de mis nostalgias más secretas.
Clarice Lispector

Marina se acercó al mostrador y cogió el periódico. El Universo, leyó en la cabecera, qué nombre más pomposo. Su hija desayunaba sentada frente a una de las mesas de madera distribuidas por la terraza. El jardín era lo único que las separaba de la playa, que se extendía hasta el pueblo a su izquierda y hasta el infinito a su derecha, turbia en la neblina de las olas. Recorrió los pocos metros que las separaban y se sentó a su lado.

Ana comía, ensimismada, un mango; por sus dedos se deslizaba la pulpa naranja, dulce y madura, que recogía con su lengua con deleite. Sus labios húmedos eran del mismo color que los hibiscus.

—Antes de buscar ballenas quiero fotografiar la llegada de los barcos de pesca, mamá. Es imprescindible que lo haga hoy —exigió con su resolución habitual.

—Entonces tenemos que salir ahora mismo. La agencia nos ha citado a las nueve.

Desde que llegaron a Ecuador se levantaban muy temprano para aprovechar la luz del día; además, la oscuridad se imponía hacia las cinco de la tarde y el jet lag les impedía permanecer en la cama por las mañanas.

Madre e hija cogieron sus mochilas, dejaron su llave en recepción y salieron al jardín. Las habitaciones se identificaban con un cartelito de madera hincado en la tierra donde figuraba el dibujo y el nombre de un pez que se repetía, idéntico, en un voluminoso llavero; la suya era la Orca. En el porche se mecían, vacías, dos idénticas hamacas.

—¿Sabes que la distribución del color blanco y negro en la piel de cada ejemplar de orca es única?

—¿En serio?, ¿cómo sabes eso, mamá? Marina se encogió de hombros.

El hotel donde se alojaban era el mejor de Puerto López. Había sido construido por un antiguo diputado radical italiano que contribuía al desarrollo del pueblo repoblando los bordes del camino con palmeras, o diseñando el laberíntico jardín tropical entre el que se distribuían las cómodas cabañas; luchaba, además, según les había contado la noche anterior, contra la endémica corrupción de la zona. Resultado del empeño del peculiar empresario bohemio era también el gigantesco esqueleto de ballena expuesto en una explanada frente al edificio principal del hotel.

—La ballena varó en esa playa —les explicó con orgullo, señalando el lugar—. Cuando llegó ya estaba agonizando y no pudimos hacer nada para salvarla. La enterramos durante varios años para que la carne se desprendiese por completo de los huesos. Luego la desenterramos, la tratamos y montamos por fin el esqueleto que habéis visto en la puerta.

Marina había contemplado antes otros esqueletos de ballena y no le sorprendió su tamaño. La diferencia entre el interior y el exterior del mamífero era tan rotunda que coincidía plenamente con la observación de Melville de que los huesos del animal no permitían hacerse una idea aproximada de su fisonomía. Por su forma alargada, el esqueleto muy bien podría corresponder al de una gigantesca serpiente marina, o al de una especie de inexistente morena abisal y prehistórica; pero no, sobre los huesos del animal más grande de la tierra se engrosaban los músculos, se acumulaba, aerodinámica, la grasa, y el resultado final era esa mole de decenas de toneladas de peso que ella perseguía.

Las ballenas la entusiasmaban. Aún solía escuchar la música de Paul Winter, que le descubrió por primera vez su canto cuando era tan joven como su hija Ana. Desde entonces había viajado por el mundo buscando al leviatán, pero todos se le antojaron bien distintos al que sirvió de argumento a la novela de Melville que leyó en su juventud. Las ballenas no le daban ningún miedo. Soñaba con bucear junto a ellas, con tocar su lomo áspero adornado por cientos de crustáceos, con escuchar bajo el mar su relajante lamento, pero todavía no se había atrevido a hacerlo. Se consideraba a sí misma una mujer temerosa, aunque quienes la rodeaban solían afirmar lo contrario. El pasado invierno, cuando confesó, tímida, su cobardía a alguien que la conocía desde los veinte años, el amigo le comentó:

—¿Cobarde tú?, ¡pero si eres una de las mujeres más valientes que conozco!

Luego pareció evaluar durante unos segundos la pertinencia de decir o no lo que añadió a continuación.

—Incluso, a veces, he pensado que eras una mujer temeraria. Marina no supo cómo interpretarlo, pero le respondió con una sonrisa como si hubiese recibido un cumplido; si bien no le creyó. En realidad, el problema consistía en que, donde se reconocía de veras a sí misma, era luchando siempre contra sus miedos.

Ese verano había embarcado en la aventura a su hija, quien, de momento, se mostraba menos entusiasta que ella.

—¡Mira, mamá! —Ana llamó su atención hacia el espectáculo que se ofrecía sobre la arena.

A lo largo de la playa, como cada mañana, decenas de barcas de pesca llegaban a la costa a intervalos regulares. En sus vientres se amontonaban cajas repletas de pescado recién capturado que los pescadores transportaban sobre sus hombros hasta la orilla. Era entonces, durante ese breve trayecto, cuando los cientos de gaviotas y de fragatas que sobrevolaban la playa se lanzaban sobre ellos para capturar, a su vez, su desayuno. El cielo era un intenso revolotear de pájaros enormes, agresivos y hambrientos, que los pescadores ahuyentaban con un palo, mientras sobre sus hombros peligraban las pesadas cajas con el botín en disputa, que sujetaban con la otra. La naturaleza y el hombre mostraban su rostro más salvaje y depredador, quizás, también, el más hermoso.

Ana se distanció de Marina para hacer unas fotos. A su alrededor el movimiento era tan intenso en el aire como en la tierra.

La agencia les había citado junto al puerto para salir en busca de las ballenas jorobadas que cada año llegaban hasta allí a efectuar sus ritos de apareamiento, camino del Pacífico norte. En el mercado de pescado  la  actividad  era  vertiginosa.  Tiburones,  pulpos,  calamares, enormes atunes de lomos plateados y brillantes, lenguados chatos, langostas, espectaculares peces espada, pargos rosados, chernas gigantes y un sinfín de especies cuyo nombre Marina ignoraba, se exponían

sobre el remolque de las camionetas, sobre toscas mesas de madera o en el mismo suelo, encima de plásticos azules violentamente enrojecidos por la sangre. Las mujeres cortaban con destreza las cabezas, apartaban la morralla y, en un restaurante paupérrimo, construido sobre pilares de madera y cubierto por una techumbre de hojas de palmera y uralita, cocinaban las piezas que los compradores les proporcionaban, en un animado y vociferante pandemonio.

El hedor a pescado era intenso. Ana se tapaba la nariz con un pañuelo, pero Marina abría sus fosas nasales para impregnarse del olor a mar, a vida, que había venido buscando. Eran las nueve menos diez cuando le hizo a su hija un gesto con la mano para que se aproximara hasta ella y caminaran juntas los escasos metros que las separaban del embarcadero. Ana hizo un par de fotos más y vino a su encuentro.

—Es horrible este olor, no sé cómo puedes aguantarlo, mamá. Marina pensó que las cosas que a Ana le disgustaban, como le

disgustaron a ella misma cuando era joven, le parecían ahora agradables o interesantes. Con Ana apreciaba sin cesar estas diferencias que atribuía sin más a la edad. Frente a su hija se sentía más vulnerable y mucho más vieja, lo que, a veces, la incomodaba.

—Vamos, nos esperan.

Reconocieron la lancha para el avistamiento amarrada en el puerto, y a sus guías; era la segunda vez que navegaban con ellos. Los dos hombres las saludaron y les ayudaron a subir a bordo.

Apenas pisaba la cubierta del barco, Marina rejuvenecía; relegaba en su interior a la madre para convertirse en una niña alegre y curiosa. Sus ojos se movían en todas direcciones cuando dejaron atrás el puerto, buscaban un chorro de agua, un lomo negro, un ligero movimiento en el mar que anunciase la presencia de sus queridas jorobadas.

Durante la temporada de apareamiento a los machos les gusta exhibirse frente a las hembras. Saltan sobre la superficie del mar y giran sobre sí mismos en el aire en una increíble pirueta que constituye todo un trofeo para el fotógrafo. —Les informaba una voz anónima a través de un altavoz.

Ana anhelaba esa foto.

—¿Las veremos hoy? —preguntó la joven al patrón.

—A ver si tenemos suerte… Ellas están ahí. —Le respondió, rotundo, señalando a lo lejos.

Las dos mujeres sonrieron. A Marina le gustó la seguridad del hombre, ellas están ahí, sumergidas a babor o a estribor, a popa o a proa, en las insondables profundidades del océano oscuro.

Marina se convertía en ballena apenas comenzaba el tour. Se mimetizaba con ellas hasta sufrir en sus propios oídos el ruido ensordecedor que, suponía, el motor de las lanchas produciría en sus tímpanos hipersensibles. Aunque lamentaba el intrusismo de los turistas, entre quienes, humilde, se incluía, no podía resistir la atracción de ese magnífico animal.

Las ballenas no son demasiado longevas. Tienen una vida media de cuarenta años. Cuando los ejemplares se hacen adultos, cada verano sortean infatigables los peligros del océano para procrear y garantizar la supervivencia de sus crías —continuaba informándoles la voz.

Marina era Moby Dick, no Ahab. La venganza nunca le había producido la menor satisfacción. Ana, pensaba, no se parecía en absoluto a ella. Aunque ya lo había sospechado desde que su hija era niña, la confirmación definitiva la descubrió unos días atrás, cuando se empeñó en pasar con Irene una noche en Montañita.

* * *

—Montañita es la Sodoma y Gomorra de Ecuador —les dijo el simpático taxista que, a su llegada, las condujo desde el aeropuerto de Manta a Puerto López.

Marina se rio a carcajadas.

—¿En serio? —preguntó Ana.

—Y tanto —continuó el hombre mientras conducía a cincuenta por hora por una estrecha carretera salpicada de baches. A ambos lados del asfalto, el paisaje desaparecía por completo en la oscuridad—. Está llena de jóvenes como usted, y las noches son antológicas.

—¿Y cómo lo sabe? —volvió a interrogarlo Ana.

A su madre la pregunta le pareció un tanto impertinente, pero el taxista no parecía ofendido; las miró por el espejo retrovisor, como evaluando la mejor respuesta y, suponiendo quizás que eran madre e hija, se mostró prudente.

—Bueno, llevo y traigo turistas hasta allí desde hace diez años, y tengo oídos…

—Mami, ¡yo quiero ir! —exclamó Ana al instante.

—¡Es valiente la muchacha! —El hombre sonrió de nuevo a través del retrovisor.

—Ya veremos —respondió Marina sin convicción.

—Sodoma y Gomorra, mamá, por dios, ¡es bíblico!

* * *

El primer avistamiento se produjo antes de llegar a la Isla de la Plata, donde estaba previsto que dieran un paseo y tomasen un refrigerio antes de bucear.

Se trataba de una hembra adulta que navegaba plácidamente junto a su cría. Marina pensó que aquellas ballenas viajaban juntas como lo hacían Ana y ella, y se emocionó. Le molestaban esas súbitas emociones a flor de piel que la obligaban a bajar la cabeza, a esconderse tras sus gafas de sol, a dejar de hablar para que la voz, temblorosa, no delatase su inoportuna emoción. Dios mío, qué menopáusica estoy, se consoló.

La ballena y el ballenato se perdieron delante de ellos tras recibir miles de disparos de las cámaras digitales de los turistas, esa nueva forma inofensiva de depredación. La cámara de Ana era analógica, una Minolta srt 101, y la joven se enorgullecía de la serenidad que ese tipo de fotos exige, de la paciencia requerida hasta revelarlas. Sin embargo, en esta ocasión, temiendo la fugacidad de las apariciones de los animales, también había echado alguna foto con su cámara digital. Ahora borraba las fallidas sentada al lado de su madre.

—Mira ésta mamá, es preciosa.

En la imagen, el lomo negro y enorme de la hembra envolvía como un grueso paréntesis el más pequeño de su cría. La popa de la barca, que Ana había incluido en la foto, proporcionaba una idea aproximada de la distancia y del tamaño de los animales.

—Es buena, sí —comentó.

A Marina no le gustaba hacer fotos, la atención técnica que requerían la distraía de la inmediatez del encuentro, y prefería enfrentarse a las ballenas sin intermediarios.

* * *

Sodoma y Gomorra. Marina no dio crédito cuando Ana, al día siguiente de instalarse en el hotel, y acompañada de Irene, una chica argentina que había conocido en un pub la noche anterior, se empeñó en que necesitaba ir a Montañita con su nueva amiga.

—Tengo que ir, mamá, ¿no te das cuenta? Es fantástico.

—¿El qué?

—Sodoma y Gomorra, mami, Sodoma y Gomorra. ¡Por dios! Haré unas fotos magníficas de la noche, de la fiesta primero, y de la decrepitud de la resaca después. Ya verás.

Prefirió no preguntar. ¿A qué le remitirían a Ana esos dos nombres? Mientras decidía si le facilitaba el dinero —Ana era mayor de edad y de una determinación a prueba de obstáculos y de objeciones, por lo que Marina había aprendido tiempo atrás que negociar era mejor que oponerse frontalmente a ella—; mientras lo decidía, y para ganar tiempo, invitó a las chicas a comer langosta en un restaurante del puerto. Al menos conocería un poco a Irene, que aparentaba unos veinticuatro años y llevaba tres meses viajando sola por América del Sur.

* * *

El segundo avistamiento, más largo que el anterior, fue de un grupo de cinco hembras con sus crías. Para fotografiarlas, los turistas se desplazaban de estribor a babor, de babor a estribor, ignorando las advertencias del capitán sobre el peligro de que el barco volcase. Marina ya había previsto que sería así: todos, hombres y mujeres maduros, procedentes de las más diversas partes del mundo, se convertían de pronto en niños irresponsables y eufóricos, tan inconscientes del

peligro como los niños lo son.

Los lomos de las ballenas resplandecían bajo el cielo nublado de la bahía. El grupo se alejaba del barco, que avanzaba en su misma dirección, hasta emerger de nuevo delante de ellos.

—¿Sabes que las ballenas no tienen visión frontal?

—¿En serio?, ¡cuántas cosas raras sabes!, mami.

—Sus ojos están situados cada uno a un lado de la cabeza, y esta es tan grande que la distancia entre uno y otro les impide ver lo que tienen justo enfrente de ellos.

—¿Entonces podrían chocar con nosotros, no? —Marina advirtió cierto temor en la pregunta.

—No es probable, perciben la distancia y la forma de los objetos emitiendo ondas sonoras que vuelven a ellas al chocar con los obstáculos. Lo mismo que los murciélagos.

—¡Uf, menos mal! ¡El agua tiene que estar muy fría sin el neopreno!

Chispeaba cuando dejaron de avistarlas. Ana había sacado lo que llamó con orgullo «las fotos de mi vida», y quería subirlas de inmediato a Instagram.

—No son peligrosas, ¿verdad, mami?

Le preguntó directamente, como si sólo ahora que volvía la calma, que dejaba de lado las cámaras, pensó su madre, se diese cuenta de lo que estaba pasando a su alrededor. A menudo, Ana mostraba una graciosa ingenuidad de niña que contrastaba con su mente en extremo racional, y a Marina le agradaba vislumbrar sus temores infantiles por debajo de esa aparente suficiencia, pues sentía que seguía necesitando de su protección.

—No. Las ballenas son animales pacíficos que nada tienen que ver con Moby Dick.

La tranquilizó.

De niña respondía siempre igual a quienes le preguntaban qué animal le gustaría ser: «quiero ser una ballena», insistía. Luego leyó la famosa novela de Melville y se sorprendió de que el autor le atribuyera al leviatán unos dientes afilados. Pero si sólo tienen barbas, pensó, sospechando de la honestidad del escritor. Sin embargo, pronto descubrió que también existían cetáceos dentados, y que Melville tenía razón.

Se acomodó en el duro asiento de la lancha y continuó vigilando la superficie del mar. Seguía exultante, invadida por una paradójica sensación de euforia y de calma, una especie de comunicación nueva con el mundo, el sentimiento de fusión que andaba buscando. Como si el espíritu de la naturaleza igualara a los seres vivos en una cálida corriente fraternal, como aquella fría de Hudson sobre la que navegaban, poderosa y polar, plagada de bancos de kril, el alimento de las ballenas.

* * *

Irene tenía veinticuatro años y acababa de licenciarse en medicina. Se encontraba a la mitad de su anhelado viaje fin de carrera. Cuando tenía su misma edad, Marina conoció a otros argentinos que viajaban por Europa antes de incorporarse al mundo laboral; hasta alojó a algunos en su piso de estudiante. Cuarenta años después las costumbres seguían idénticas.

La langosta era un manjar prohibido para Irene, que disponía de un presupuesto exiguo, se alojaba en los hoteles más baratos, en casetas de autopista o en las casas particulares que le salían al paso, y se desplazaba a menudo en autostop. A Irene no le sobraba el dinero sino el tiempo. En realidad, tenía la vida entera por delante. De ahí que dar un rodeo por Montañita, como repetían las dos jóvenes casi al unísono, con una complicidad instantánea que a Marina le sorprendió, no supusiese para ella ningún inconveniente.

Irene se comió la langosta, la guarnición, los patacones de Ana y los de su madre; exhibía sin pudor un hambre canina y una alegría contagiosa que animó la sobremesa. Durante el café, Marina ya había decidido que financiaría la excursión de Ana a Montañita. Esa misma noche les buscó un hotelito por Internet y pagó una habitación para las dos.

—Veinticuatro horas, ¿has oído, Ana?, no quiero excusas, o mando a por ti hasta esa maldita Sodoma y Gomorra al mismísimo ejército ecuatoriano, con todos sus generales.

Las chicas rieron.

—Mi madre es capaz —bromeó Ana besándola, zalamera.

Montañita. Marina estuvo todo el día sin poder pegar ojo. Leyó durante varias horas al amanecer; paseó luego por la playa, donde recogió objetos arrojados por el mar, trozos de madera erosionados por la olas, restos de esqueletos de peces blanqueados por la sal, vidrios pulidos y otros fragmentos inidentificables de una belleza subacuática. Al acercarse la media tarde ya sufría de una impaciencia insoportable que le impelía a consultar el reloj cada quince minutos. Por fin, veinticinco horas después de marcharse, las vio llegar en un taxi colectivo, sucias y somnolientas pero alegres y, sobre todo, vivitas y coleando.

—¿Qué tal os fue?

—Bueno, no está mal. —Ana no pudo ocultar su decepción.

Las palabras, Marina bien lo sabía, son casi siempre más seductoras que la realidad. Sodoma y Gomorra. ¡Qué bárbaro el taxista!, se dijo a sí misma, tranquilizada.

Al día siguiente por la mañana despidieron a Irene antes de embarcarse para un nuevo avistamiento. La joven quería visitar otras zonas de Ecuador que ellas no conocían.

—¿No te asusta viajar sola? —le preguntó Marina antes de marcharse.

—No. La gente es muy simpática cuando ve que vas sin compañía. Marina pensó que no soportaría que Ana hiciese un viaje semejante. Pensó también que si se le ocurriera proponérselo alguna vez tendría que empezar a aceptarlo, combatir su aprensión y su miedo

y confiar en ella. Eran tan jóvenes.

Las dos chicas se abrazaron, dejaron escapar unas lágrimas de despedida, apoyadas cada una en el hombro de la otra como si fuesen amigas de toda la vida, y se dijeron hasta pronto.

* * *                                        

Volvieron a la Isla de la Plata a bucear. El agua estaba fría y los ligeros trajes de neopreno no las protegían lo suficiente, por lo que la inmersión fue breve. Una pareja de tortugas se acercó tanto hasta ellas que pudieron tocar sus caparazones. Sus ojos acuosos e inocentes le dieron pena.

Pasearon por la isla hasta mediodía y volvieron al hotel hacia el atardecer. A la vuelta, sin proponérselo, avistaron un grupo de ballenas que les obsequió con el increíble salto de un macho joven. Las siguieron durante quince minutos y regresaron a puerto.

El entusiasmo de Marina le impidió descansar antes de la cena. Nunca hasta entonces había experimentado como ese día la intensidad de su deseo. Realmente, pensó por enésima vez, quiero ser una ballena, es un deseo radical. Se dio cuenta de que quizás nadie pudiese comprenderla, de que nadie podría ir más allá de esas pocas palabras para sumergirse en su interior y advertir la profundidad de su anhelo. Ser una ballena, navegar sin pausa, residir en el inconmensurable silencio del azul, sin conciencia alguna; ser instinto y músculo, acto puro.

Ana tomaba una ducha, mientras ella esperaba su turno tumbada encima de la cama, cuando recordó que todavía llevaba el periódico del día en la mochila. Mario, el dueño del hotel, les había adelantado que en esa edición de El Universo publicarían una entrevista donde contaba con detalle su historia. Antes de vivir en Puerto López había residido varios años en las Galápagos, les informó la noche anterior bajo la mirada condescendiente de su compañera, una hermosa mujer

suiza que hablaba el español con un sonoro acento francés.

—Eso sí, viví en Isabela cuando todavía nadie visitaba las islas —les advirtió el exdiputado.

Marina reptó por la cama hasta alcanzar la mochila y sacó el periódico. Cuando se disponía a abrirlo Ana salió de la ducha con una toalla alrededor del cuerpo y otra enrollada en la cabeza.

—Ya puedes entrar, mamá.

Dejó el diario abierto sobre la cama y entró en el baño. El agua estaba caliente, y era reconfortante dejarla deslizarse sobre su piel. En esas fechas, en su país los termómetros marcarían los cuarenta grados, pero allí, frente al Pacífico, el invierno austral no permitía que se superasen los veinte. Para salir a cenar tendrían que ponerse una chaqueta ligera o un chal. Resistió el deseo de permanecer más tiempo bajo la ducha, pues en todos los hoteles advertían con insistencia a los clientes sobre la necesidad de reducir el consumo de agua. Esa misma mañana, los guías que les acompañaron durante el paseo por la isla de la Plata les mostraron la única pareja de fragatas que había realizado su puesta en el mes acostumbrado. El resto de las hembras de la especie, desorientadas por el irregular cambio de las temperaturas, no habían anidado todavía.

—De seguir otro año así, la población de fragatas disminuirá hasta la extinción —concluyó el guía con pesar.

Cerró el grifo y se secó con calma.

 

Cenaron unos deliciosos lenguados con crema de limón como los que habían visto recién capturados en el mercado de pescado días antes. Como estaban demasiado cansadas apenas hablaron. Mario y su mujer no aparecieron esa noche, y Marina se ahorró explicarles que todavía no había podido leer la entrevista, que lo haría después, en cuanto volviesen a la habitación.

Ya en pijama, Ana encendió el ordenador sobre la cama y se colocó los auriculares mientras Marina cogía por fin el periódico, tumbada sobre la suya.

La entrevista estaba anunciada en portada con una hermosa foto de Mario, y se publicaba en la página seis, dedicada a las noticias locales. Pasó la primera página y la segunda y, en la tercera, una foto en blanco y negro llamó su atención. Se ajustó las gafas y llamó a su hija.

—Ana, ven, mira, ¿es ella?

—¿Ella?, ¿quién? —a Marina le resultaba a veces exasperante la forma en que, cuando estaba cansada, Ana fingía no comprenderla

y respondía a sus preguntas más sencillas como si hablasen distintas lenguas. La capacidad de su hija para romper de improviso la complicidad entre ambas la entristecía.

—Irene, por dios, ¿es Irene la chica de la foto?

La joven se acercó y echó un vistazo a la imagen del periódico, abierto sobre la cama.

—Claro que es Irene, mamá —confirmó, sin vacilar. La impresión de la página era muy mala, y Marina hubiese querido equivocarse—.

¿Qué ha pasado?

 

* * *

La noticia, como solía ser habitual en el estilo de las crónicas de la mayoría de los periódicos latinoamericanos que conocía, no podía ser más escueta.

Ana, de pie, la leyó en voz alta.

Irene Rodríguez, una joven con pasaporte argentino que viajaba sola por el país, fue violada y asesinada en las inmediaciones de Manta la noche del dieciocho al diecinueve de agosto…

Cuando se marchó de aquí —la interrumpió Marina.

El cadáver presentaba signos de extrema violencia. La identificación de la víctima ha sido posible a partir de los documentos encontrados entre sus pertenencias. Los padres de la joven asesinada viajarán a Ecuador para procurar la repatriación del cadáver…

Ana dejó de leer. Conocía de sobra el resto de la historia, de todas las historias parecidas. Ambas lo conocían. No se puede adivinar desde fuera el esqueleto del leviatán.

Marina apartó el periódico a un lado y la abrazó. Los alegres ojos de Irene las miraban desde la tinta descolorida e indiferente de El Universo. Besó a su hija en el pelo, húmedo todavía, reprimió el impulso de decirle que lo secase, que si es que no se daba cuenta de que no estaban en España, que hacía fresco allí, que se iba a resfriar. La estrechó contra ella en un gesto desesperado de consuelo, y esperó a que, desde algún profundo lugar de su océano interior, como sucedía siempre, cálido y confortable como una nana, emergiese el melancólico y dulce canto de las ballenas.

© Lola López Mondejar, Qué mundo tan maravilloso,

Páginas de Espuma, Madrid, 2018.

Ilustración de Isabel Guitián

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