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El fan que casi conoció a Lee Ranaldo

Soy fan de Sonic Youth. Pero Wenceslao Bruciaga me supera. No existe mayor muestra de admiración e incondicionalidad que tatuarte el nombre del objeto de tu adoración. Se necesita mucha convicción para rayarte el nombre de una banda. Ocurre que un día te gusta un grupo y al día siguiente no. O no con la misma intensidad. Es un compromiso inextricable. Más extremo que el matrimonio. Porque del cónyuge te divorcias. Del tatuaje no. Puedes cubrirlo con otro, pero el nuevo es un recordatorio del viejo.

Si algo le sobra a Wences es determinación. Es alguien que sabe lo que quiere. Y el único de mi generación que se ha tatuado la lavadora que aparece en la portada del Washing Machine. Aunque eso le haya granjeado las burlas de una de sus parejas. Quien le hacía bulin preguntándole cuándo se tatuaría la estufa y el refrigerador.  Wences afirma que Sonic Youth es la banda de su juventud. Pero si lo pensamos bien es también la de la edad adulta. Y la de la vejez. Nunca le va a dejar de latir Sonic Youth.

Wences blande su admiración por la banda con un orgullo fuera de serie. Puto entre los putos, le han cuestionado su sexualidad por culpa de sus gustos musicales. Como si ser gay y escuchar noise fuera una abominación. En su adolescencia, Wences mesereó en una cantina de Torreón. Con su sueldo compraba casetes de Sonic Youth.

He adquirido la discografía de la banda varias veces. En casetes. Que se extraviaron en una mudanza por el desuso. Luego en cd. La perdí en mi primera separación. La morra me espetó: tú te vas a la mierda pero de esta casa no salen los discos de Sonic Youth. Comencé a agenciarme los compactos de nuevo pero los perdí en mis siguientes dos divorcios. Soy un puto Sísifo musical. Moraleja: no te cases ni te juntes. Eso pone en peligro los tesoros musicales. La soltería es la manera más eficaz de mantener intacta la discografía. Ahora he vuelto a cargar la piedra. Pero con vinilos.

El primero que me afané fue The Eternal. Que Wences me invitara a acompañarlo a entrevistar a Lee Ranaldo era el pretexto perfecto para gastar el dinero que no tengo. Me administré Murray Street para que Lee me lo firmara. Es mi disco favorito de la banda. Le tengo reservado un cariño requete especial. Fue con este álbum con el que vinieron por primera vez a México en 2004. El mejor concierto de mi vida. Y vaya si he asistido a conciertos. Salí del Péndulo con el vinyl bajo el brazo.

El poder de la música es inconmensurable. Sin música la gente como nosotros estaría perdida. Confieso que al enterarme de que conocería a uno de mis héroes no me produjo nervio. Cuando llegamos a la cita Ligia Urroz, Wences y yo mi actitud era bastante cool. Momentos después la atmosfera se alteró. Oh, Dios mío, es Lee Ranaldo, pensé al ver al guitarrista. Se me revolvieron las tripas. ¿Sabrán los músicos todo lo que uno hace para conformar una colección de discos? Robar, defraudar a tus amigos, pedir prestado y no pagar. No existe dinero que alcance. La música es una droga. Un melómano es un ser despreciable.

Lee disponía sólo de una hora. Y nuestro turno era de 11:50 a 12:00. Comenzó entonces una agonía insoportable. La de atestiguar cómo otros medios muerden minutos de más. Sabes que al final los platos rotos los pagarás tú. Y como un maldito cobrador en moto empiezas a decirles a las rp que se apuren. Y te miran con recelo. Porque ignoran cómo te has partido la madre para ser incondicional de la ex banda de ese genio. Te entran ganas de reclamarles. De restregarles que antes que ellas vinieran a este puerco mundo tú ya tenías el Daydream Nation en casete grabado.

Tras minutos de desespero Lee vino por fin a nuestra mesa. Todavía no tomaba asiento cuando se rompió el hielo. “Nice t-shirt”, le chuleó a Wences su playera con el estampado de la portada del Goo. Entonces Wences se arremangó y le mostró su tatuaje. A lo que Lee pidió que por favor lo dejara tomarle una fotografía. Estaba encantado. Nunca he visto a nadie ganarse tan rápido la atención de un músico como a Wences. Desarmó a Lee en menos de un minuto. Se relajó el ambiente.

Wences lanzó la primera pregunta. Lee comenzó a responder pero se interrumpió para preguntar: “¿Es Wittgenstein?”, señalando el tatuaje en el antebrazo de Wences. Pidió tomarle otra foto. Yo le mostré el mío. “Kerouac”, exclamó. Y también le sacó una pic. Ambos tatuajes son diseño de Blumpi. Parecía que Lee era quien estaba entrevistando a Wences. Ligia y yo los observábamos interactuar. Me recordó a Terminator 2. La máquina nunca nos abandonará. La máquina es la música. Y nosotros somos John O’Connor.

Tras unas pocas preguntas las rp nos tocaron la chicharra. Pero Lee se la estaba pasando bien. “One more question”, dijo. Y yo, que había permanecido atento toda la charla, aproveché para meter mi cuchara. Le pregunté a Lee cómo había sido la experiencia de tocar con Enrique Morente. Nos contó que había resultado bastante significativa. Y que sus lazos con España no se habían interrumpido. El productor de su nuevo disco es español. Me autografió el Murray Street y recordó que con ese disco habían visitado México por primera ocasión. A Wences el Evol.

Nos pusimos de pie. Era el momento de la foto. Yo traía puestos mis Ray Ban Wayfarer. Lee se puso los suyos y nos recargamos sobre la pared. “The Noise Brothers”, dijo. Embelesados, abandonamos el recinto. Nos metimos a un bar a un par de calles para celebrar. Pedimos una botella de Möet y una jarra de jugo de naranja. Chocamos las tres copas. Recordamos que ese día se cumplía un año de la muerte de Scott Weiland. Lo que sin duda tuvo una influencia positiva para nosotros. No cabía duda, estábamos viviendo el mejor sábado de nuestras vidas.

Carlos Velazquez posa para una foto  en la 28 Feria Internacional del Libro Guadalajara, Guadalajara, Mexico, Viernes 5 de Diciembre , 2014. ( © FIL/Bernardo De Niz)

Carlos Velazquez posa para una foto en la 28 Feria Internacional del Libro Guadalajara, Guadalajara, Mexico, Viernes 5 de Diciembre , 2014. ( © FIL/Bernardo De Niz)

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