Publicación mensual gratuita de Editorial Sexto Piso

Schermafdruk 2018-05-04 17.06.47

Por Gabriela Jauregui

A diferencia de lo que comúnmente se piensa, Los hombres me explican las cosas, no es un libro «para» las mujeres, o acerca del feminismo. Es sobre todo un libro de ensayos acerca de los hombres. O no exactamente: los primeros y últimos ensayos que enmarcan el libro tratan acerca de y analizan la construcción de la masculinidad hoy en día y las consecuencias que esto tiene para los hombres, a quienes se les limita, y también, si no es que sobre todo, para las mujeres, a quienes esta construcción de la masculinidad les resulta letal.

Decía que es para hombres con un poco de ironía, pues Solnit es feminista conocida, y claro que también es en buena medida un libro acerca de las mujeres, acerca de nuestra subordinación cuando no sometimiento, el dolor y abusos que sufrimos, cuando no la muerte. Lo que hace muy bien Solnit, a través de su prosa fluida, con humor, con datos duros y mucha claridad es poner hincapié en lo que los medios y la discusión en general tienden a olvidar: hace visible que detrás de la violencia de género no están las mujeres; detrás de cada feminicidio no está una mujer, sino un hombre.

Sí, es tremendo, las cifras indican que en el mundo entero el noventa por ciento de los crímenes violentos son perpetrados por hombres. Sus tres primeros ensayos hablan de los crímenes de género que son crímenes de odio en contra de las mujeres: violación, violación marital, violación en citas, violencia doméstica, acoso sexual en el trabajo y en la calle, feminicidio, y nos hace ver que aunque muchas veces la responsabilidad se carga en los hombros en las víctimas o posibles víctimas («No salgas tarde», «no te pongas minifalda»), pocas veces se invita a los hombres a no violar, a no acosar. Entonces el problema no es cómo y qué podemos hacer nosotras para que esto deje de suceder, sino cómo repensar la masculinidad.

Solnit deja ampliamente claro que la justicia y la bondad no tienen género—sabemos que hay hombres justos y buenos, aliados, amigos, compañeros, esposos, hermanos—; sin embargo, los crímenes sexuales sí lo tienen y el género es macho.

A lo largo del libro sus ensayos varían en forma y potencia, en sentido del humor y estilo, y esto se agradece, porque como dice la expresión en inglés, hay más de una forma de pelar un gato.

El ensayo que da nombre al libro al volverse viral en 2008, hace diez años ya, también ayudó a acuñar el termino mansplaining, cuando un hombre interrumpe a una mujer para explicar algo simplemente porque está acostumbrado al privilegio de tener la palabra, tomarla, aun cuando no sabe nada del tema. Todos hemos escuchado a algún ponente en un mesa, hasta en los círculos más conscientes y progresistas, decir «lo que ella quiere decir es…». En el caso de Solnit, un señor le empieza a explicar un libro (que él no leyó), que resulta ser el libro que ella misma había escrito. Ella y su amiga tratan de decirle que es su libro el que está mencionando pero él continúa, «con esa mirada petulante que tan bien le conozco a los hombres autosuficientes: los ojos fijados en el borroso horizonte lejano de su propia autoridad».

Los ejemplos son cómicos e inocuos, pero revelan el funcionamiento de un aparato mucho más profundo, y más peligroso: el de silenciar a las mujeres, el de descontar y desacreditar sus saberes, su experiencia, sus voces.

La palabra que me viene a la mente una y otra vez es patronize, que en español se traduce como una mezcla entre condescender, subestimar y ser arrogante y que en inglés es una palabra que, a diferencia de la mayoría de sus palabras que son neutras, tiene género: patronize, de patros, padre, misma raíz de patriarcado. De hecho, Solnit ha dicho que no es tan fan del termino mansplain justamente porque encuentra que es condescendiente y que no se puede pelear la condescendencia con la condescendencia, la arrogancia con la arrogancia.

En todos sus ensayos, Solnit está armada de datos y de analogías muy pertinentes y jamás condesciende a sus lectores. El segundo ensayo de la colección, «La guerra más larga», donde menciona tan sólo unos ejemplos de violencia de género, es devastador. La primera vez que empecé a leerlo, saliendo de una relación abusiva con un hombre talentoso y encantador, tuve que parar y retomarlo meses después. E incluso así fue duro de leer porque vivo en México, donde ocurren siete feminicidios al día, es decir que una mujer es asesinada (y de las formas más atroces) prácticamente cada tres horas… Ese ensayo, como el espejo de Stendhal, resulta espeluznantemente revelador: nombra la violencia directamente como una guerra en contra de las mujeres.

Dentro de los textos del libro que hablan acerca de la violencia de género de forma directa y abierta, el que me parece más contundente y terrible es el que se titula «Mundos que colisionan en una suite de lujo: algunas reflexiones sobre el FMI, la injusticia global y un extraño en un tren», donde Solnit hace la brutal y clarísima analogía entre el acoso de Dominique Strauss-Kahn a Nafissatou Diallo, y el trato que les da el fmi a los países en vías de desarrollo que supuestamente apoya. La vorágine neoliberal tiene dos brazos que se ayudan mutuamente: el brazo del machismo, y el del colonialismo: «Cómo contar una historia que ya conocemos demasiado bien? El nombre de ella era Africa. El de él Francia. Él la colonizo, la explotó, la silenció e incluso décadas después de que esto había supuestamente terminado, actuaba con autoridad al resolver sus asuntos en lugares como Costa de Marfil, un nombre que le habían dado por sus productos de exportación y no por su propia identidad […] El nombre de ella era Silencio. El de él, poder. El nombre de ella era pobreza. El de él, riqueza. El nombre de ella era Ella, pero ¿qué era de ella? El nombre de él era suyo y asumía que todo era suyo, incluyendo ella, y pensó que podía tomarla sin preguntar y sin consecuencias». En este texto me pareció curioso que, a pesar de criticar el borramiento de «ella», su sumisión total, Solnit no la nombra ni siquiera una sola vez en todo el ensayo. Solamente escribe Nafissatou Diallo hasta la postdata. Sin embargo, lo que sí nombra y con gran contundencia es cómo dos temas que no parecieran estar forzosamente ligados se unen a través de una figura, un hombre, de (supuesta) izquierda y sus abusos de poder, a nivel personal, y también las consecuencias de este tipo de actitud a nivel global.

Decía yo que los ensayos acerca de la violencia de género enmarcan el libro, porque siento que el corazón del libro y el mejor ensayo de todos, a pesar de la popularidad del primero, es el bellísimo ensayo acerca de la oscuridad de/en Virginia Woolf. A lo largo de su libro, y de forma más clara en el ensayo de Woolf, Solnit traza linajes, linajes que desaparecen por la violencia, pero también linajes que se tejen (como menciona también en el breve ensayo «Abuela Araña»). En el caso del ensayo de Woolf traza una línea de conversación entre libros y palabras que va de Virginia Woolf, a Susan Sontag, a ella misma respondiendo en varios textos a lo largo de su trayectoria como escritora publicada. Más allá de la relevancia y urgencia políticas de los demás textos de este libro, y de su lucidez, como ensayo literario este es ejemplar. A través de la literatura, de la indeterminación a la que

apela y que caracteriza la escritura de Woolf, Solnit además condena el autoritarismo de aquellos que creen saber y con eso buscan silenciar (el tema de silenciar y volver invisibles o desaparecer las voces y los cuerpos de las mujeres está presente a lo largo del libro).

Las aseveraciones, el lenguaje reductivo son más fáciles que el lenguaje expansivo de la ambigüedad, el lenguaje del matiz, escribe. Es decir, Solnit (vía Woolf y hasta cierto punto vía Sontag) habla en contra del lenguaje totalitario, y opresor y a favor del pensamiento especulativo, dubitativo, vagabundo como los paseos de Woolf y los paseos que a ella misma tanto le gusta dar también (véase su libro Wanderlust que trata de pasear y pensar). La mejor escritura se hace desde la incertidumbre, no desde las certidumbres. Y no es que esté «contra la interpretación, sino contra el confinamiento, contra matar el espíritu. Ese tipo de crítica requiere de gran arte. Es un tipo de critica que no enfrenta al crítico contra el texto, que no busca la autoridad. Busca en vez viajar con la obra y sus ideas, invitarla a florecer e invitar a otros a participar en una conversación que pudiera haber parecido impenetrable, lograr sacar relaciones que no se podían ver y abrir puertas que estaban cerradas. Este es un tipo de crítica que respeta el misterio esencial de una obra de arte, que es en parte su belleza y su placer, y ambos son irreducibles y subjetivos».

Así, Solnit aprovecha en su divagar a través de los textos de Woolf y de Sontag para hablar de la crítica literaria y la crítica de arte (y Solnit fue crítica de arte muchos años) e invita al pensamiento fluido, resbaloso, sutil, en contra de «la tiranía de lo cuantificable […] del statu quo del consumismo».

Y es a través de su defensa del lenguaje de la indeterminación y de la apertura que además, y de formas más delicadas que en los demás ensayos, también aboga en contra del encierro, el encierro no sólo de las certidumbres del pensamiento, sino también el encierro en el que se ha tenido a las mujeres a lo largo de la historia: el encierro del ámbito de lo doméstico, de la enfermedad mental, el encierro del silencio.

Después de este ensayo, el libro termina con tres más que vuelven a hablar de la violencia de género de forma más directa: «El síndrome de Casandra» analiza las formas en las que el psicoanálisis y la ley han acallado las voces de las mujeres que buscan hablar de sus experiencias. Desde Freud en adelante, Solnit analiza los círculos de silencio que van cercando, a las mujeres sobre todo, pero también habla de los abusos a los niños, y aquellos que cualquier víctima de acoso tiene que atravesar si quiere que su experiencia sea escuchada, que en la práctica terminan por proteger a los que cometen estos crímenes: el primero es el circulo del secreto. Si esto no funciona se trata de silenciar a la mujer atacando su credibilidad, y cuando esto no funciona, se trata de asegurar que nadie la escuche. Para quienes hemos seguido lo que ha pasado con diversas mujeres que han alzado la voz en contra de sus atacantes en México y fuera del país, se vuelve claro que estos tres círculos del silencio que analiza Solnit son empleados una y otra vez.

El penúltimo ensayo, que justamente usa un hashtag como título, nos recuerda que este tipo de acciones se han llevado a cabo desde hace tiempo y en partes se adelanta, o más bien apunta y abre brecha para otros momentos de visibilización de la violencia como #MiPrimerAcoso aquí en México y #MeToo en EUA.

Este ensayo recalca algo que los medios masivos de comunicación se empeñan en hacernos olvidar: que este tipo de incidentes no son aislados, son un problema social a escala global. La violencia de género es una epidemia. Según Solnit, «investigaciones de la oficina del Cirujano General revelan que la violencia doméstica es la principal causa de lesiones a las mujeres entre las edades de quince y cuarenta y cuatro años: más común que los accidentes automovilísticos, asaltos y muertes por cáncer combinados». Y en México la situación es mucho peor.

Sin embargo, algo que la visión casi clarividente de Solnit acerca de estas herramientas lingü.sticas de poder no alcanzó a predecir es que si buena parte del odio y de las amenazas de violación sobre las mujeres se hacen bajo la capa de anonimato del twitter, ahora que esa misma red social ha ayudado a hacer patentes los abusos, también ha hecho que se trivialicen crímenes como la violación y el acoso sexual, al ponerlos al mismo nivel discursivo que estupideces con las que podemos lidiar como una invitación a cenar no bienvenida, o una mirada «incómoda» en el cuarto de la fotocopiadora. Pero sí nos exhorta a pensar en el poder del lenguaje, a cuidarlo: «El lenguaje es poder. Cuando cambias “tortura” por “interrogación aumentada” por “niños asesinados” por “daños colaterales”, destruyes el poder que tiene el lenguaje para crear significado, para hacernos ver, sentir y que nos importe». Y justamente lo que debe importarnos es que esta epidemia nos toca a todas, y a todos.

Y aunque me gustaría que este libro fuera obsoleto, y que sus análisis de cierto evento que parece de coyuntura, cierta balacera en una escuela en EUA, cierto asesinato o violación de una mujer que pasaron hace ya varios años no se repitieran, desgraciadamente lo que menciona Solnit en cada uno de sus ensayos sigue vigente. Cuando leo tonterías del calibre de la que se acaba de publicar en el TV Notas, revista que leen una inmensa cantidad de mujeres en este país, donde en el «especial de la mujer» se define el término «feminazi» como referente a aquellas mujeres que tienen «problemas de autoridad, sobre todo si se tiene jefe varón», que quieren «vestirse sin códigos de etiqueta y cambiar las reglas más por una provocación que por respeto […] mostrar su independencia marcando su territorio sexual y económico. Confund[en] libertad sexual con libertinaje. Coquetea[n] sin límites. Considera[n] inferiores a otras mujeres. [Tienen] dificultad para mantener relaciones largas […]», me queda claro que ante la desinformación, y la violencia que ésta obscurece, sobre todo en uno de los países donde se cometen más feminicidios del mundo, este libro es igual de relevante hoy que hace diez años, cuando se escribió el primer ensayo.

En el último ensayo de la compilación, Solnit cita al pensador anarquista David Graeber, quien explica que en 1968, es decir justo hace cincuenta años, las revoluciones «no tomaron el poder en ninguna parte […] pero sin embargo cambiaron todo. Esta fue una revolución en contra de las burocracias de Estado, y a favor de la inseparabilidad de la liberación política y la liberación personal, cuyo legado más duradero sea probablemente el nacimiento del feminismo moderno». Así, cuando Solnit empieza a mencionar las pequeñas victorias del feminismo, recuerda un encuentro zapatista al que asistió enfocado en las mujeres y sus derechos (curiosamente hace algunas semanas se celebró el «Encuentro de las mujeres que luchan» también en territorio zapatista) y habla de los derechos que el feminismo ha logrado ampliar en cuanto a roles de género, en cuanto a cambios constitucionales y cambios en la legislación (por cierto, en la Ciudad de México se acaban de cumplir apenas once años desde la despenalización del aborto). El libro podría haber sido escrito ayer.

Para cerrar con el tema del feminismo, que nunca es uno sino muchos, por si no nos queda claro, en cualquiera de sus iteraciones y vertientes lo que busca es la emancipación, no la opresión. Hay feminismos para todas las personas, no sólo para mujeres, a través de los cuales se busca equidad y justicia. Como dijo Marie Sheer en 1986, en una frase citada por Solnit: «el feminismo es la noción radical de que las mujeres son personas», y, como apunta Solnit misma, el «feminismo no es una conspiración para privar a los hombres de algo, sino una campaña para liberarnos a todos». Y sí, en un país donde se deja a las mujeres descuartizadas y en bolsas de basura en lotes baldíos, aunque quisiéramos que no, la idea de que las mujeres son personas sigue siendo una noción radical. Concluye Solnit nuevamente en contra del silencio: las mujeres viven y mueren en esta guerra, pero cuando menos sus ideas no se borran.

Al igual que el feminismo por el que aboga Solnit en lo personal, los ensayos contenidos en su libro son una invitación contundente a pensar mejor, leer mejor, y a una ética y una estética de la apertura.

Hombres me explican cosasLos hombres me explican cosas

Rebecca Solnit

Traducción de Paula Martín Ponz

Capitán Swing

2016 152 páginas

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  • }también editorial Antílope sacó la traducción de este ensayo.

    Genial ojo el el de Gabi!

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