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El galletazo (Savages en el Vive Latino)

Nunca, nunca, pero nunca se traguen una galleta de mota del Peñón de los Baños. Háganlo por salud mental, emocional y espiritual. Y menos se la coman si van a asistir al Vive Latino. Esta crónica debería de tratarse sobre la presentación de Savages. Pero, como diría el maestro Dylan, un golpe del destino torció mi ya de por sí tocida existencia.

Todo comenzó la noche anterior, con una juerga de ácido. El plan era dividirnos uno el Negro y yo. Leve la nieve. Una mitadcita para arrullarnos. Pero Qué Transa Pandilla nos ofreció más de su reserva especial. Al final le matamos la vianda. Nos despachamos seis entre los dos. Sin dormir y con cara de American Psycho nos abastecimos para el Vive con unas galletas horneadas con mota. En una ocasión mordisqueé un brownie. Pero ni me enteré. Cuando me pegó ya estaba dormido. Nos agenciamos tres cookies. Dos para el Vive y una para un amigo que no nos acompañó. Prefería hacerle el amor a la galleta a solas en su casa. Ah, la raza mariguana.

Siempre digo lo mismo. No voy a beber en el concierto. Ya me la súper sé. Me pongo todo pedo y la mitad del tiempo me la paso yendo a miar y, al día siguiente, no me acuerdo de nada de la otra mitad. Ni me voy a drogar. Camino hacia el Foro Sol descorcharon la primera galleta en la camioneta. No pensaba ni olerla. Pero no pude con la presión social, amigos. Uy sí, don me meto tres ácidos y me asusta un postrecito. Y me dejé convencer. Qué puede pasar, me dije. Y moché un trozo. Contra todo pronóstico, me encantó. Sabía a toda madre. No, no era hambre. Acababa de comer. Nada como rematar un gran viaje de ácido con tacos de camarón.

Para cuando llegamos al Foro ya habíamos matado una galleta entre cuatro. Pero la galleta no me pegaba. Nos estafaron, le dije a la bandita. Fue el pretexto ideal para atragantarnos la segunda. No paré hasta limpiar la bolsa. Según mis cálculos, yo sólo me comí como tres cuartos de una, el otro cuarto mi amiga Belly. Qué Transa Pandilla se comió lo mismo que yo, pero ella pesa como cuarenta y nueve kilos e Ike se comió nada más un cuartito. Pinche joto. Y eso que él es el mariguano. Ésa fue una señal que no supe interpretar. Tanta precaución de su parte me debió de parecer sospechosa. Pero no, yo estaba feliz. Estaba a punto de ver a Savages. Una de mis bandas favoritas.

Adentro me estaba dando la aburrida de mi vida. Pinche cartel estaba más erizo que la galleta. Entonces, sentí el patadón. Un pinche mazazo de no sé qué. Minutos antes de que Savages subiera al escenario. A mi izquierda, Qué Transa Pandilla azotó. Se desplomó como trapo. Ike la sacó de entre la gente. Voy a orillarla, al rato nos vemos. Pero jamás volvieron a aparecer. Entonces tuve que lidiar con uno de los episodios más complicados de mi vida como drogadicto. Para cuando salió Savages, la galleta ya me había atrapado.

Nunca me había atacado una sensación parecida. El símil más exacto que tengo para describir lo que me ocurrió es que creo que sufrí una disociación. Mi mente se disparaba en dos direcciones distintas. No podía enfocar mi atención en el escenario. Y cuando lo conseguía por un instante mi mente volvía a escapar. Así luché durante todo el concer de Savages. ¿Quieres una cerveza?, me preguntó mi amiga. Y no supe si le respondí. Me clavé en si le respondí o pensé que le respondí. Y ya habían pasado más de treinta minutos. No sé dónde estuve todo ese tiempo. ¿Qué te pareció?, me preguntaron cuando se acabó. Chingón, respondí. Más tarde tuve que ver la presentación en YouTube para ver qué había pasado.

El plan era quedarse a Prodigy. Pero estaba rayando la psicosis como quien talla un gis contra el pizarrón. Vámonos, pedí. En el camino de regreso mi amiga comenzó a sentirse mal. Esta galleta no tiene mota, es otra cosa, se quejó. Nos cargábamos una confusión más aguda que la de Doc Sportello. Pinche chefs, nos quejamos. Sus innovaciones me van a mandar al psiquiátrico un día. Me acosté sobre la cama con pánico a no poder dormir. A pasar la peor noche de mi vida. Pero apenas cerré los ojos me desconecté.

Al día siguiente le marqué a Ike para reclamarle. Cabrón, qué me diste. Él juraba que era pura motita, así lo dijo, inofensiva, pero de la que trafican en el aeropuerto. Casi me dejas loco, pendejo. Ya, no chilles, me dijo. Mi carnal (el que se había comido la galleta solo en su casa) fue a dar al hospital. Estaba bien fuerte esa madre, ¿no? Y tan baras que salen. A cómo te las dieron, le pregunté. A cuarenta y cinco varos, güey. Eso lo explica todo.

Carlos Velazquez posa para una foto en la 28 Feria Internacional del Libro Guadalajara, Guadalajara, Mexico, Viernes 5 de Diciembre , 2014. ( © FIL/Bernardo De Niz)

Carlos Velazquez posa para una foto en la 28 Feria Internacional del Libro Guadalajara, Guadalajara, Mexico, Viernes 5 de Diciembre , 2014. ( © FIL/Bernardo De Niz)

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