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El Hell & Heaven o la ñoñolandía del metal

Por Carlos Velázquez

Para Vicky Sánchez Gómez y Daniel Sotelo, por la hospitalidad

El aeropuerto de la CDMX parecía una convención anual de imitadores de Amanda Miguel. Una horda de metaleros, de negros, greñudos y con sobrepeso unos, obesidad 3 el resto y obesidad mórbida unos cuantos elegidos, se daban cita en ex Mancera City para el acontecimiento heavy del año: el Hell & Heaven. Yo obedecía al llamado de la Bestia. Ahí dónde se pare Ozzy, así sea la entrega de premios Furia Musical, estaré yo alabándolo, como Nelson de los Simpson a Andy Williams.

La policía no sabe nada de música.

La infundada fama del metal desplegó tal operativo de tira alrededor del Foro Sol que me fue imposible ponerme mi tradicional peda en la tiendita ubicada frente a la puerta 5. Campante, como un ostión vivo que no sabe que le lloverá limón, me compré cuatro latones de chela. Apenas abrí uno me cayeron.

¿Son de usted estas cervezas?, me preguntó un cuico.

No, respondí quitadito de la pena.

El puerco vació el latón abierto sobre la jardinera y expropió el resto. Arrancherado, como veterano de las guerras clónicas que soy, compré otra chela en la tienda y la abrí bien bule. Otro poli me la arrebató bajo el pretexto de que no se puede beber en la vía pública y la regó en el piso en mi mera jeta. Era una abierta invitación a desafanarme a la burger boy. Llegar temprano a un concer es un antimanifiesto. Ni a las piñatas de mi hija llego a tiempo. Qué oso.

Antes de cruzar el umbral que separaba al mundo de los teletubbies darks del resto de los mortales me topé a Nuestro GG. Caminar junto a las huestes metaleras era como participar de extra en una película del Señor de los anillos. Amenazantes, de botas de cuero, tatuados, perforados. Pero la sensación de peligro se desvaneció cuando nos dimos cuenta de que detrás de la última inspección no nos aguardaba Mordor sino La casita de las muñequitas.

Todo metalero tiene un osito de peluche detrás del corazón de acero. Una estructura de metal formada por contenedores vacíos era un pórtico que abría una especie de parque temático heavy. Una ñoñolandía cualquiera que contaba con tumbonas que proyectaban Star Wars, foodtrucks de lo más fresa, un sacerdote (del mal, ay, ternuritas) por si deseabas casarte al estilo Las Vegas. Oh my gosh, a dónde vine a caer, me preguntaba. Me sentía más fuera de lugar que en las fiestas temáticas infantiles de unicornio a las que tengo que llevar a güebo a mi hija. Esas MILFS me resultan más amenazantes que cualquier fan de Gojira.

Pero lo que más me azoró es que no veía a nadie drogándose. Afuera la policía había desplegado tal operativo, aguardaban una orgía de sangre y destrucción, y lo único que observabas era a nerds con su playera de Brujería comer helado. Saqué mi bolsita de Coppertone, coca sabor coco, y me di un baisazo. Me sentí tan juzgado. Pero es que la gente no sabe a qué se va a los festivales. A ponerse hasta el cutis, doña Flor. Es el espacio autorizado para que las drogas emerjan. Es como si te permitieran manejar borracho.

Nuestro GG y yo, bien puestos de protector solar, nos acercamos a ver a Marilyn Manson. Nos compramos una chela y nuestra concepción de la realidad se vino abajo. Sabía culerísima y estaba más caliente que la miada que despierta a tu abuelita la hora del diablo (3 a.m.). Pinches festivales de música. Son el negociazo de las cervecerías. Aprovechan para sacar toda la chela vieja, azorrillada, asoleada, paseada y quemada. Y qué cara. Ahora entienden por qué uno necea en la tiendita, porque adentro insulta la cheve. A mí no me importa pagar cien pesos por dos medias, siempre y cuando estén bien frías y sepan a lo que deben saber, a cerveza, no a pinche agua estancada de Xochimilco.

Marilyn fue un fiasco. Salió al escenario y el sonido era un desastre. Dejémoslo claro, no fallaba. Era una mierda. Y obvio se emputó. Pero, como todos, seguro confió en que las fallas técnicas se solucionarían. Su voz apenas se escuchaba y la guitarra y el bajo se iban y venían. Manson comenzó a tirarle dedo a los miembros del staff pero no pudieron apagar la bronca. Nuestro GG y yo decidimos alejarnos de tan triste espectáculo. Y a la distancia escuchamos que Manson había interrumpido su show a la cuarta rola. Debió hacerlo desde la segunda. No sé qué le dijeron para convencerlo, porque volvió al escenario a seguir haciendo el ridículo.

Todavía faltaban varias horas para Ozzy. A mí no se me antojaba otra banda, excepto Judas. Me sentía atrapado en una boda de rancho con estoperoles. Y ni siquiera podía empedarme. No more beer, me prometí. No en el Hell & Heaven. Entonces, a lo lejos, como un oasis, divisé el stand de William Lawson’s. Y como el sediento del desierto que soy me arrastré hacia él. Recordaba vagamente, lo que la bruma del alcohol de aquel día me había permitido retener, que Herrera, el Rocky Balboa del subdesarrollo, sería el chief del stand. Lo divisé a lo lejos. Refulgía como una visión religiosa. Como la silueta de un San Judas en un comal que no se termina de enfriar. Era la promesa que me sacaría de la banca del aburrimiento.

Ponte pedo, invita a tus amigos, pero no hagas desmadre, me advirtió Herrera.

Por fin tantos años picando piedra en la literatura rendían frutos. Mi único acompañante era Nuestro GG. Subimos a la planta alta y –oh my gosh– sentí lo mismo que experimenta un nigga hambriento cuando a lo lejos ve un letrero de pollo frito Popeyes. Había una barra libre de William Lawson’s, mesas, sillas. La vista daba al escenario True Metal Stage. Podías pedir tu trago o una botella. Que no se dijera que Guillermo no era espléndido. El güachicol te lo servían en una taza verde jumbo. No era como comprar una bebida en un bar, en donde le clavas la mirada al bartendero para que te la sirva cargada. Te hacían unos güiscachos con 250 mililitros, más sus yelocos y su respectiva mineral. El baño no era un vil sanirent. Era una caja de metal en la que había una doñita afuera que limpiaba siempre que alguien salía, para que cuando tú entraras estuviera exento de salpicaduras.

Un par y nos damos un rol, le dije a Nuestro GG.

Ni madre, contestó, yo de aquí no me muevo.

Desde las alturas pude observar con soltura las manadas de orcos desplazarse de un lado a otro. Resultaba igual de atractivo que guachar un documental en el Nat Geo sobre la migración de las aves. El metal, la música satánica, aquella por la cual un par de generaciones de adolescentes le habían declarado la guerra a sus padres, había quedado reducida a cenizas. Eras metalero siempre y cuando pudieras pagar los seis mil pesos del boleto en última fase. No pude evitar pensar en todos esos seguidores de Los Ángeles del Infierno de Iztapa, Satélite, Neza, etc., que no pudieron pagar su entrada y que a esa misma hora esnifaban pegamento. Maldito sea tu nombre, Hell & Heaven.

A las 7:30 de la noche subió Gwar al True Metal Stage. No soy enemigo de los disfraces. A mi hija le compré un traje de diablita en el Halloween pasado. Pero aquello no casaba muy bien con los puños en alto y la señal de cuernitos. Reconozco que hubo un momento chusco. En un punto salió a escena una botarga de Donald Trump a la que le pasaron una motosierra y comenzó a despedir vísceras y sangre de utilería. Me gusta que una banda tenga sentido del humor, pero denostar a Trump es un recurso demasiado fácil para ganarte la ovación del público. Pero con todo, creo que el nivel de honestidad de Gwar supera al de muchas otras bandas, Metallica por ejemplo.

A las 8 de la noche nos asaltó una duda. Quedarnos a Overkill o movernos a Megadeath. No hubo necesidad de lanzar una moneda al aire. Preferimos el baño chingón y el trago gratis que a MegaMuerte. Ya los había visto en otras ocasiones y la verdad es que me inspiraban cero respetabilidad. Pinche Mustain no usa más playeras negras. Su pinche look de botitas picudas y camisa blanca abierta como de mirrey me produce una güeva infinita. Pinche Marco Antonio Solís rasurado. Y aunque sus defensores dicen que los últimos discos de MegaMuerte son buenos, no confío en alguien como él, después de prestarse a la farsa de Metallica y dejarse grabar confesándole a Lars Ulrich que le dolió mucho que lo sacaran de Farsallica.

Overkill no es una mala banda, pero tampoco es memorable. Disfruté las cuatro canciones que escuché. A las 9 de la noche salí tambaleándome del stand de Guillermo con cuatro litros de whisky. El Coppertone era coca de calidad, pero ya me había tragado como tella y media y por más llavazos que me metía, no se me cortaba. Pero pues a eso iba, ¿no? Cargado con la misma dotación, Nuestro GG abandonó el stand de mala gana. El caso lo ameritaba: Judas Priest en el escenario principal. A esa hora el nivel de aperramiento igualaba al de un bailongo de Pesado. Pero en verdad nos sentíamos en una expedición hacia el cielo del rock & roll. Sólo para toparnos con un cementerio. El rock ha muerto. Resulta que el ganado estaba seccionado. En la parte de hasta el frente, los de Plus, estaba reservada para la carne Angus, y la parte general para la carne de Soriana.

La tristeza me invadió como cuando se te muere un familiar. Había ahí una barrera que nos impedía entrar en comunión. Por qué crear dos secciones. Mejor vender un general más caro que el normal pero más barato que el plus. No entiendo a esa gente que se la pasa presumiendo que ama el rock & roll, que es su vida, pero que a la primera oportunidad quiere jerarquizar como lo hace la sociedad. Se supone que en este tipo de eventos no existen las clases sociales. Pues constaté que no. Que el clasismo también impregna la música de los desclasados. Pese a que estaba bien agüitado porque me trataban a la gente fea de la misma manera que afuera en el mundo traidor, grité, gruñí y rockee con Halford como un carmelita descalzo en coca. El rock es como el catolicismo, el dogma es el lord.

Al terminar Judas vino el momento duro de la noche. Nuestro GG y yo nos separamos. Yo me fui adelante, al Plus. Deseaba ver al Príncipe de las Tinieblas lo más cerca posible. El Hell & Heaven era la primera fecha de su gira de despedida. No lo sabemos con certeza, pero es probable que fuera la última vez que pisaba tierra azteca. Tenía tanta droga y alcohol encima que cuando sonó “Bark at the Moon” yo estaba en otro planeta. Mi cerebro no registraba que Ozzy ya había comenzado. Pero los primeros acordes de “Mr. Crowley” me sacaron del trance. Fue como cuando regresas de un portentoso viaje de ácido, que te dices a ti mismo con alivio, ya pasó. Pero en este caso fue para entrar en otro.

Más renacido que el pinche DiCaprio me bebí lo que restaba del whisky y crucé las manos en actitud de rezo. Si existe alguien que sea la más perfecta representación del rock, ese es Ozzy Osbourne. Bastaba que te fijaras con atención para que percibieras a un Príncipe de las Tinieblas distinto. Es el Ozzy más lúcido de los últimos años. No lucía la mirada estrábica típica en él. Por el contrario. Qué bien le sentó divorciarse de Sharon. Cantó con madres y se movió por el escenario con una soltura que no corresponde a uno de los tipos que más han abusado de las drogas en la historia de la música. Pinche CIA, tanto experimento secreto que hace con tanto cabrón, aquí les va un tip: cuando muera Ozzy, agandállenlo para objeto de estudio. Ese es el súper man con el que los cómics siempre han soñado.

Zakk Wylde casi le roba el show a su patrón. Se dejó caer la greña. No exagero que verlos juntos en un mismo escenario es uno de los milagros más grandes del rock & roll. No volverá a ocurrir. Qué privilegio guachar a esta dupla hacer garras a la CDMX. Y aunque las fallas en el audio no podían faltar, no aguaron la fiesta. A nadie en el metal le soporto que diga I love you o alguna mamada de osito cariñosito. Sin embargo, el god bless you de Ozzy es tan auténtico que insufla más paz que cualquier bendición del papa Panchito primero. El setlist estuvo compuesto por pura rola de su carrera de solista, con excepción de tres rolas de Black Sabbath, todas de Paranoid.

Es imposible pedirle a Ozzy que no haga un setlist de puros éxitos, porque todas sus rolas lo son. Quizá no del hit parade, pero en nuestros putos corazones sí. “Fairies Wear Boots” encendió la llama más cabrón que un Levitra. Pero fue “War Pigs” la que nos destapó la cloaca emocional. Es música que habla de otros tiempos. Es un sonido que encontraron unos pinches godinez ingleses que quien sabe qué jodidos estaban buscando pero que en su afán definieron una era que se extiende hasta nuestros días. Los últimos coletazos de lo sagrado. Luego vino un solo. Que por una buena decisión de los músicos duró poco. Quizá el punto más álgido de la noche se lo llevó “Crazy Train”. Ver a Ozzy cantarla sin estar disfrazado de Laura León le otorgó a la rola una epistemología que merece.

Entonces vino el encore. No porque vean a Ozzy al puro chingadazo no significa que se ahorrara sus viajes de oxígeno. Seguro aprovechó para ir al backstage a pegarse de la mascarilla, como Dennis Hopper en Blue Velvet. A lo mejor hasta le metieron un shot de Complejo B en una nalga. Para que volviera ora sí de verdad a partirnos la madre. Muchos, entre los que me incluyo, esperábamos una rola de Sabbath. Pero no, nos abofeteó con la ternura. Volvió para interpretar el momento más emotivo de la noche: “Mama I’m Coming Home” le arrancó las lágrimas a más de uno. Tan viendo que la muchedumbre es ñoña y la pellizcan. Y entonces vino el cierre metalero con “Paranoid”. Y después hijos míos, que dios los bendiga y a chingar a su madre.

Con esa pesadumbre que embarga a aquellos que acaban de atestiguar un hecho histórico, la venida de Cristo, un gol de Maradona, una teta de Janet Jackson, nos arrastramos en manadas hacia la salida. Por un instante pensé en pasarme por el stand de William Lawson’s, pero estaba pedísimo. Me metí un llavazo de Coppertone y no se me cortó. Estaba tan ebrio que me recosté en el piso a descansar y me quedé dormido. Un guardia me despertó. Ya casi toda la gente había salido. Avancé varios metros y me volví a tender en el suelo. Bultié hasta que me volvieron a despertar y marché con desconsuelo hacia la salida. Era la primera vez que me costaba abandonar el Foro Sol. Lo regular es que después de cada concierto uno salga huyendo de ese pinche agujero negro. Pero aquella noche era distinta. Había tocado Ozzy. Había guachado a los ojos al espíritu del rock & roll.

Al día siguiente Nuestro GG me mandó un link. En Facebook había una página de soldados caídos. Y ahí estaba una foto mía. Yo bulteando en el autódromo.

¿La tomaste tú?, le pregunté.

No, yo me fui antes que tú.

Y yo que había prometido no volver a blackoutear: Oops, I did it again.

WhatsApp Image 2018-05-11 at 06.50.09 WhatsApp Image 2018-05-05 at 21.41.29 Junto al Rocky Balboa del subdesarrollo

 

Foto: Notimex

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