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El incendio de Via Keplero | Carlo Emilio Gadda

Se cuentan de todos los colores sobre el fuego del número 14. Pero la verdad es que ni siquiera Su Excelencia Filippo Tommaso Marinetti habría podido simultanear lo que ocurrió, en tres minutos, dentro de la ululante pocilga, como de inmediato consiguió hacer, en cambio, el fuego, que excarceló de repente a todas las mujeres que vivían allí semidesnudas a mediados de agosto y a su prole global, aparte del tufo y del espanto repentino de la casa; luego a varios hombres; luego a algunas señoras pobres y, según algunos, con las piernas bastante maltrechas, que aparecieron huesudas y blancas y despeinadas, con faldas blancas de encaje, en vez de negras y decorosas como acostumbran llevar a la iglesia; luego a algunos señores un poco remendados también ellos, luego a Anacarsi Rotunno, el poeta ítalo-americano, luego a la criada del garibaldino agonizante del quinto piso, luego a Achille con la niña y el papagayo, luego a Balossi en calzoncillos con la Carpioni en brazos, mejor dicho, me equivoco, la Maldifassi, que parecía que el diablo fuera detrás de ella, desplumándola, de tanto que chillaba también ella. Luego, finalmente, entre persistentes alaridos, angustias, lágrimas, niños, gritos y desgarradoras llamadas y aterrizajes de emergencia y hatillos de ropa tirados para su salvación ventanas abajo, cuando ya se oía llegar a los bomberos a toda carrera y dos camiones se vaciaban de tres docenas de guardias municipales en uniforme blanco, y estaba llegando también la ambulancia de la Cruz Verde, entonces, en fin, de las dos ventanas de la derecha del tercero, y poco después del cuarto, el fuego no pudo menos que liberar también sus espantosas llamas, ¡tan esperadas!, y lenguas, por momentos súbitas, serpentinas y rojas, celerísimas en su manifestación y desaparición, con espirales negras de un humo peciento y graso, como de un asado infernal, y libidinoso sólo de desdoblarse en globos y más globos o de enroscarse sobre sí mismo como una pitón negra salida de las profundidades y de bajo tierra entre siniestros resplandores; y mariposones ardientes, así parecieron, quizá papel o más probablemente tela o cuero de imitación quemado, que fueron a revolotear por todo el cielo ensuciado por aquel humo, en el nuevo terror de las desgreñadas, algunas descalzas en el polvo de la calle inacabada, otras en pantuflas sin preocuparse de las meadas y de las albóndigas de caballo, entre los chillidos y los llantos de sus mil críos. Ya sentían la cabeza, y el pelo, vanamente ondulado, arder en una horrible y viviente antorcha.

Aullaron las sirenas de las chimeneas o de las fábricas cercanas hacia el cielo torrefacto, y la trama criptosimbólica de las cosas eléctricas perfeccionó las apelaciones desesperadas a la angustia. De los parques lejanos, abriéndose de par en par, salieron a la carrera las baterías de los coches de bomberos, rápidos y céleres para atender a cualquier repentino mal de las llamas, mientras el último bombero de la quinta escuadra, pegando un salto, consiguió agarrar con la izquierda el último hierro del pasamanos de la escalera móvil de cola ya girando fuera del portón, y viceversa con la derecha aún acababa de abotonarse la botonadura de la chaqueta de servicio.

La somnolencia engominada de los conductores de automóviles que siegan con el guardabarros las rodillas de los claudicantes viejos en las esquinas y, flojos dentro del coche, pero saetas locas por fuera, rompen las esquinas de las aceras garibaldinas de la metrópolis; pero he aquí premonitorias bocinas eléctricas que los bloquean repentinamente en las esquinas; luego, de inmediato, el advenimiento de las sobrevolantes sirenas. Clavados los tranvías, los caballos retenidos con el bocado por el mozo, bajado del pescante; los caballos con el carro contra el culo, los ojos en la esquina, blanqueados por un ignoto motivo de terror.

Los efectos del incendio, para empezar, fueron terroríficos. Una niña de tres años, Flora Procopio, hija de Giovan Battista, a la que habían dejado sola en casa con un papagayo, llamaba desesperadamente a su madre desde la trona donde la habían izado y aprisionado, sin poder bajar, y grandes lágrimas como perlas desesperadas le goteaban y rodaban abajo, después de surcar los pómulos, por el babero empapado con su inscripción «Buen Provecho», hasta alcanzar la papilla blanduzca de su café con leche, donde poco a poco había bañado toda una barra de pan francés, evidentemente mal cocido, más algunos bizcochos, no se sabe si de Novara o de Saronno, pero también ellos de tres años, esto es seguro. «¡Mamá, mamá!», aullaba aterrorizada mientras, más allá de la otra cabecera de la mesa, el variopinto pájaro, con su pico en forma de nariz de duquesa, que solía darse aires, extasiado y complacido, en cuanto los chicos lo apostrofaban por la calle, «Lorito, Lorito», y también con soberbia, o bien le cogía una especie de melancolía y de letargo sin remedio, o, en cambio, si lo incitaban, «¡Venga, Lorito, canta…! ¡Anda… canta “Viva Italia”! Venga, Lorito asqueroso», entonces, apenas oído aquel «canta», él replicaba con un dulce gorgoteo: «Canta ti». Esta vez, en cambio, pobre criatura, ¡nada de «Canta ti»! Oh, Dios, sí, de hecho, a decir verdad, él ya había percibido un cierto olor a chamusquina, aunque sin inquietarse demasiado, pero cuando vio que los pétalos de aquella magia tan siniestra atravesaban en diagonal la ventana abierta y luego entraban en la habitación como muchos murciélagos encendidos y se ponían a lamer los agujeros de la tapicería seca y la persiana amarilla, de madera de fresno, enrollada con sus cordeles raídos en la parte superior del hueco, entonces empezó de pronto a chillar también él, desde el fondo del buche, todo aquello que le vino en mente; todo de un tirón, como si fuera una radio, y aleteaba asustado y espantado hacia la niña, con ímpetus súbitos, truncados cada vez después de medio metro de agitación, por la perfidia inexorable de la cadenita que lo ataba por una pata a la estaca.

Se decía que en su juventud había pertenecido al general Buttafava, veterano del Moscova y del Berézina, luego al añorado noble Emmanuele Streppi; una juventud reposada y plena de ideas, en Borgospesso; y había conseguido batir en longevidad no sólo a Streppi, sino a todas las otras venerables figuras del patriciado lombardo, de las cuales, por lo demás, iba diciendo pestes a los transeúntes. Pero esta vez, frente a aquel vuelo de táleros candentes que parecían evaporarse de la ceca maldita de Belcebú, había perdido por completo los estribos: parecía enloquecer: «¡Viva-i-Ita-ia! ¡Viviva-i-Ital-ia!», se había puesto a chillar a voz en cuello, revoloteando con la cadenita tensa en la pata en un meteoro de plumas y entre un montón de papel quemado y hollín, en la esperanza de llegar a granjearse la suerte,
mientras la niña chillaba «¡Mamá, mamá», y aullaba aterrorizada dentro de su llanto, batiendo sobre la mesa con la empuñadura del cucharón. Hasta que un tal Achille Besozzi, de treinta y tres años, ladrón reincidente y vigilado especial de la Real Jefatura, desocupado, ya que estaba obligado, a causa de la desocupación, a dormir de día para poder estar libre para despachar algún trabajillo de noche, en el caso de que fuera necesario, y a pesar de la vigilancia, como para ganarse un bocado de pan también él, pobre Cristo, así que fue una verdadera fortuna y gran misericordia de San Antonio de Padua, es preciso decirlo en voz alta, y reconocerlo, la de este vigilado especial que dormía justo en el piso de arriba y en la habitación de arriba, de la señora Fumagalli, en una vieja otomana de la familia, y que, apenas entendido el peligro sufrido, se había armado de valor, en el acto, entre el miedo y el humo, un humo que subía por el hueco de las escaleras como si fuera una chimenea, y todas aquellas mujeres que se precipitaban en camisón o en blusa de peldaño en peldaño, y los gritos, y los niños, y la sirena de los bomberos en llegada. Descerrajó la puerta de los Procopio, a patadas, a empellones, y salvó a la criatura y al pájaro; y también un reloj de oro que estaba sobre la cómoda, pero que luego se olvidó de devolver, y todos creyeron que había sido el agua de los bomberos, con la cual, para poder apagar el fuego, habían inundado la casa de arriba abajo.

Besozzi había oído los gritos y sabía que la niña estaba sola porque hacia las cinco de la tarde era la hora, justa, en que solía desembarcar de la otomana sobre los muelles de la despierta conciencia, todos repletos de fastidios con la jefatura; la hora en que se frotaba los ojos, se rascaba un poco aquí un poco allá, en especial la cabellera, y acababa poniendo la cabeza bajo el grifo del fregadero; que se secaba –con una toalla color rata de alcantarilla, que se peinaba –con su medio peine de bolsillo, verde, de celuloide–, y luego, quitando uno a uno con gran delicadeza los pelos que habían quedado enganchados, los contaba y los entregaba uno tras otro al fregadero regurgitante de pilas de escudillas y de platos pringados de la cocina casera de la «pensión» de Isolina Fumagalli. Luego, bostezando, se ponía sus cuatro harapos, y los dos torpederos viejos de sus zapatos medio deshechos por el sudor de los pies, hasta que salía volviendo a bostezar al rellano y empezaba a recorrer a trancas y barrancas, arriba y abajo, las interminables escaleras, lleno de pretextos, y cada tanto asaeteaba fuera de los bucinadores el dardo líquido de la saliva sobre los peldaños o sobre la pared, desganado y antojado a un tiempo, con los huesos aún blandos por la otomana, con la esperanza de algún encuentro agradable. Encuentro, oh, ya se sabe, con alguna vecina de aquéllas, y las había de aquellas robustas y lozanas; y decididas; y luego rápidas para golpetear los tacones peldaños abajo tatic y tatac hasta el final, y hasta fuera de la puerta: seguro que algunas no faltaban en el número 14, incluso si Keplero estaba repleto de comerciantes que en estos últimos años se han ido marchando a casa para estar con la familia. Así que aquel día había encontrado a la madre, ¡una altanera!; y sabía, pues, que la niña estaba sola con el papagayo. Y así la salvó. Y también al lorito. Habrían sabido quién era él, y cómo era de verdad; y cómo los compensaba de su soberbia; y con todos los apuros de la jefatura, pisándole los talones, día y noche. Está bien: el reloj. En cuanto a eso, es otra cosa, ya se sabe: peor para ellos si lo habían dejado sobre la cómoda, en el momento en que la casa se prendía fuego.

«El incendio –dijeron luego todos– es una de las cosas más terribles que hay». Y es verdad. Entre la generosidad y la perplejidad de los bomberos de oro, entre cataratas de agua potable sobre las otomanas meadas y verdes, pero esta vez amenazadas por un rojo muy feo, y, encima de los bargueños y de los aparadores, custodios acaso de cincuenta gramos de gorgonzola sudado, pero lamidos ya por la llama como el corzo por la pitón, con chorreos, alfileres líquidos, por las serpientes túrgidas y empapadas de los tubos de cáñamo, y largas, lancinantes azagayas de los hidrantes de latón, que acaban en blancas melenas y nubes en el cielo del tórrido agosto; y aislantes de porcelana medio ustionados cayendo en pedazos para estrellarse del todo contra la acera, ¡patapaf !; y cables de teléfonos quemados que revoloteaban lejos en la tarde desde sus ménsulas candentes, con penínsulas negras y volantes de cartón y globos aerostáticos de tapicería carbonizada; y abajo, entre los pies de los hombres, y detrás de las escaleras móviles, recodos y vueltas y empinamientos de tubos que salpican chorros parabólicos desde todas partes en el barro de la calle, vidrios hechos trizas en un pantano de agua y de limo, orinales de hierro esmaltado repletos de zanahorias tiradas ventanas abajo, ¡aún ahora!, contra las botas altas de los salvadores, las botas de caña de los gastadores, de los carabineros y de los ingenieros comandantes de los bomberos; y el arrogante e indefenso chic-chac, y chichic y chichac, de las sandalias femeninas recogiendo trozos de peine, o astillas de espejo, e imágenes benditas de San Vicente de Liguori dentro del charco de aquella catastrófica lavandería.

Una mujer embarazada, otro caso penosísimo, ¡y estaba en el quinto mes!, a causa del pánico y la angustia del trasiego y quizá también, sin embargo, sofocada por aquel humo de las escaleras, que apenas abierta la puerta le sopló dentro una ráfaga que daba miedo, se sintió mal y se desvaneció justo en el rellano, al intentar escapar. Y a ésta la salvó de milagro un tal Gaetano Pedroni, hijo del difunto Ambrogio, de treinta y ocho años, mozo de cuerda de la estación central, donde debía retomar su turno a las seis y media. ¡Enviado por Dios! Si se piensa que, para llevar o mover un baúl así, es preciso tener práctica. Él estaba a punto de salir, silbando como un mirlo, de la puerta de más arriba de Isolina Fumagalli, de vuelta de cierta robusta galantería, ante la cual es casi seguro que el Señor debió cerrar al menos un ojo. Y, después de la despedida, se sentía liberado y ligero, y más proclive que nunca a la protección de los débiles y de los desvalidos; cogió el sombrero de paja, se lo ajustó en la cabeza, y encendiendo medio toscano ya soñaba con el gobierno y la canalización totalitaria de los veinticinco baúles y las maletas y las sombrereras de cualquier americana sarnosa, de aquellas larguiruchas y prepotentes que van por ahí con el bastón de hombre, entre el Venecia y el Gotardo, el Bolonia y el T. P.

Cuando he aquí que, en vez de la americana, te topas con los alaridos y el enredo y el humo escaleras arriba en cuanto abres la puerta, que por momentos no se veía nada. Fue un momento desagradable, contaba aquella tarde, uno de los más desagradables de su vida. Dio enseguida voces a la mujer, que aún estaba empeñada con el grifo, con un cuévano-bidet, con algunas cacerolitas y gran trasiego de agua, pero lo plantó allí todo de inmediato, jabón y toalla y cubo y agua y todo, y se puso en un santiamén una especie de bata china, o japonesa, y sin más demora se puso inmediatamente a chillar: «¡Ah! ¡Virgen, ah, Virgen, mi piel, mi piel!», y quiso sacar la bolsita de la cómoda, y él entonces la cogió por un brazo y la arrastró fuera tal como estaba, con ese kimono de Porta Volta y sin bragas, en chancletas de andar por casa, de las que sembró una escaleras abajo; y tirándola tras de sí por una mano buscaron salvación hundiéndose los dos en aquella asfixia espantosa. Él, luego, con dos o tres patadas, así, por instinto, hizo añicos la primera vidriera, pasando delante; y el humo, entonces, fue también por allí. Luego, abajo, de pronto tropezaban con la mujer desvanecida, de espaldas contra la jamba; y entonces, con la ayuda de la otra, que cojeaba del pie sin chancleta y quería escapar por su cuenta, a toda costa, pero a quien en cambio él aferró y sujetó con fuerza y le gritó a la cara: «Ayúdame, zo…», consiguieron ambos, después de una fatiga y un terror y un sudor infinitos, llevarla hasta abajo, donde ya estaban la camilla y los enfermeros de la Cruz Verde, si Dios quiere, y ahora los bomberos.

En cambio la señora Arpàlice Maldifassi, prima del famoso barítono Maldifassi, ¡Eleuterio Maldifassi! (¡pero sí!, ¡venga!, que había cantado incluso en la Scala, en 1908… en el Mefistofele… durante la temporada primaveral. ¡Oh!, ¡un triunfo, un verdadero triunfo! Y una gloria auténtica de nuestra Milán), aquella que al tratar de precipitarse a salvo junto a todos los demás, golpeada y zarandeada por el «egoísmo», según contó luego, «de los inquilinos del quinto», que llovían escaleras abajo como liebres, ¿no fue a parar con la zapatilla, ¡cobardes!, entre el peldaño de mármol de Carrara y el hierro retorcido y mal combinado de la barandilla? ¡Seguro! por eso se había roto una pierna, decía ella: pero en realidad sólo se había dislocado un tobillo en el primer peldaño, deslizándose en el espanto y porque no sabía donde meter los pies, con los tacones, en la ambición, que tienen las mujeres, de ganar esos seis o siete centímetros. Y todo, luego, porque había querido salvar a toda costa el retrato de su Eustorgio, pobre mujer, y sus joyas, que también eran un recuerdo de su pobre Eustorgio, y había entrado a la carrera para sacarlas de la cómoda: porque precisamente aquella mañana las había liberado del Monte, con el dinero que le había devuelto la Menegazzi. ¡Cuando se habla del azar! ¡Imaginémonos qué debió sentir también ella, ¡Dios! ¡Dios!, se horroriza solamente de pensarlo, no digo luego de referirlo, cuando en un espanto y en una confusión semejante se sintió sacudida contra la barandilla a riesgo de precipitarse en el vacío! Y al espanto y a la debilidad del sexo se añadió de pronto también el tirón en el pie, aquel espasmo repentinamente lancinante seguido por un dolor horrible en toda la pierna, por el que cayó sobre el borde de un escalón y luego se deslizó abajo con el culo, todavía un poco más, en un tobogán horrible, en cada nueva inclinación de peldaño en peldaño magullándose y volviéndose a magullar de nuevo el hueso sacro cada vez, o coxis, si se prefiere, que estaba tan poco defendido por la deficiencia de los glúteos, de los cuales estaba tan dolorosamente mal provista desde joven, ¡pobre señora Maldifassi! Tosía y estornudaba en el hollín acre y chillaba: «¡Me ahogo! ¡Me ahogo!, ¡ay, ay!, Virgen, Virgen, la pierna, la pierna, ¡salvadme!, ¡por caridad! ¡Ay!, me ahogo!, ¡me ahogo!». Y ya no acababa de emitir senarios a pares por la boca retorcida; por el alma aterrorizada, por el cuerpo desgarrado. Y debió arrastrarla escaleras abajo, entre alaridos inauditos de dolor y con aquella tos y aquel humo horrendo, el buen aprendiz de albañil y vanguardista Ermenegildo Balossi de Gesualdo, de diecisiete años, de Cinisello, el cual, en calzoncillos, y con el rostro pálido, estaba a punto de salvar sus propias alegrías también él, no empeñables éstas, ¡ay de mí!, en ningún Monte. Al menos montes de piedad, desde el momento que se está hablando de ellos. También aquí… se vio el dedo del Señor. Porque Balossi había llovido descalzo desde el techo donde había acudido para arreglar las tejas maltrechas, después de la furibunda granizada de la semana pasada, que había sido sobre los diversos techos de la zona imparcial y solemne, como todas las desgracias que se dan el aire de descender de la divina providencia, o justicia.

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Trabajaba al atardecer, dado que en pleno mediodía sobre aquellas tejas candentes era para morirse cocinado, y con el cerebro insolado; la cabeza apretada en la venda de un pañuelo rojo y amarillo, y mejor que nunca reparada por la densidad del pelo, que era como el vello de una oveja, pero empolvado de cal: y se mantenía también, como se ha visto, bastante ligero de ropas, con una camiseta color celeste apagado sobre el dorso, de tejido de viscosa y transparente, y toda agujeros, que parecía un papel cebolla empapado de sudor. Sus enormes pies, macizos y carnosos, de dedos cortos, carnosos, y separados y abiertos en abanico, ofrecían a la porosidad bizcochada de las tejas un agarre particularmente apreciado por los capataces y los aprendices de toda Milán, y eran en suma lo más adecuado que había en toda la albañilería y la chiquillería milanesa para mandarlo arriba por los declives por siete liras al día rodeando las chimeneas como un fantasma, restregándose, como un gato impávido, por los canalones y los caballetes. Su «puesto en el mundo», pues, para decirlo con Virgilio Brocchi, se lo había ganado por méritos propios, no enchufado con recomendaciones, y yo sé por qué razones. Y durante todo este laborioso pan perdía ininterrumpidamente cuatro cintas de los tobillos, como un Hermes de Cinisello al que se le hubieran frito como cintas las alas de los pies.

El maestro, ensuciados de cal los bigotes y la cara, reseca, toda arrugas, con aquel florecimiento de los lunares blancos, pero ahora cansado y vencido por el pandemonio, lo llamaba quejosamente desde el fondo espantoso de las escaleras: «¡Oh, chico! ¡Oh, chico!», y explicaba lloriqueando a todas aquellas histéricas en fuga dentro de sus chancletas, cargadas de terror y de hatillos y niños aullantes, que aún había un muchacho sobre el techo, «el chico, mi chico», que arriba en el forjado debía de estar «Gildo, el chico, el Hermes de Cinisello», y luego empezaba a llamarlo de nuevo en la tromba humeante de aquellas infernales escaleras, de abajo arriba, pero superado por los alaridos de todos. Seguro que nadie volvía sobre sus pasos al acordarse del chico, y la mayoría, además, ni siquiera lo oía. Hasta que apareció también él en el último tramo, trastornado, rojo, macerado en sudor, con aquella venda roja y amarilla del pañuelo en torno a la cabeza, con una mancha negra sobre la mejilla, con la señora Maldifassi, aullante, en brazos, «¡Ay, ay! ¡Mi pierna!, ¡la pierna la pierna! ¡Señor, Virgen, ayudadme!», pero mientras tanto apretaba en una mano un saquito de tela y se veía que no quería soltarlo a ninguna costa, y él con los calzoncillos caídos debido a la extrema emergencia, que casi casi estaban por desaparecer, tropezando a cada nuevo peldaño en las cintas con los dedazos abiertos de los pies, como dos peines. La había cogido y la sujetaba por las axilas, desde atrás, y con una rodilla, o con la otra, en cada peldaño le hacía una sillita momentánea bajo el trasero magro y desvalido, cuidando de mantener el equilibrio y de no caer rodando los dos uno sobre el otro hasta el final del tramo. Tanto que luego le dieron el encomio, ¡el día del Estatuto!, al valor civil. ¡Pobre y buen muchacho!, realmente se lo había merecido.

Y también otro pobrecillo, el viejo Zavattari, se salvó por un pelo. Sufría de asma y de catarro bronquial, éste desde hacía años. Una forma grave, hasta el punto de que ni siquiera el agosto milanés podía mitigar sus sufrimientos, y estaban todos más que persuadidos, ahora, de que era un caso incurable. Algún leve paliativo a tanta pena se lo procuraba guardando cama hasta mediodía, y mesa hasta después de las seis de la tarde, donde estaba todo el día el mantel, sucio, y una frasca de Barletta, «mi medicina», como lo llamaba, sin prestar atención a las manchas de vino y de tomate, y de café, ni inquietarse de la degollina de mondadientes plegados en dos y de todo el miguerío que había quedado de aquel poco de gorgonzola y de longaniza hasta muy tarde. De aquella frasca –sentado en la mesa, con un codo sobre el mantel del que colgaba la izquierda inerte– el viejo Zavattari iba sirviéndose poco a poco durante toda la adormecida y colgante tarde medio vaso tras otro, «medio vaso» y «otro medio vaso», y con mano oscilante, la derecha, de vez en cuando se lo llevaba bajo los bigotes; y así nunca acababa de saborear y de paladear (largos saboreamientos y clamorosos destapes del paladar), como si fuera néctar de ambrosía, aquella nata roja, madurada a mediados de agosto en las bodegas de la Martesana, que le dejaba dos milímetros de una papilla violácea sobre la lengua farfullante y, luego, grandes gotas rojas sobre los bigotazos cayentes, de Belloveso apendejado por el catarro. Que parecían, tan vivas y rojas eran, las gotas del Sagrado Corazón o de la Dolorosa en una pintura de Cigoli. Y también la mirada, por lo demás, velada y melancólica, fija, lejísimos, en el cielo del agotamiento, con las dos mitades superiores de los bulbos ocultas por los párpados caídos, en una especie de sueño-de-la-frente, también la mirada asumía esa entonación de Sagrado Corazón, así, un poco a la manera de la Keplero, pero era también la sagrada frasca que funcionaba con plenitud. Así, horas y horas, con el codo sobre aquel estercolero del mantel tomate-Barletta, con la mano colgando, y rascándose con la otra la rodilla, si no escanciaba o paladeaba; así gruñía y roncaba durante horas, a lo largo de todo el declive de la tarde, sudado, dentro del bochorno y el hedor de la habitación, que estaba llena de polvo, con la cama aún por ventilar, la funda color liebre; con los pantalones desabotonados de los que salía una punta del camisón, con dos chanclas raídas metidas en los pies desnudos y verdosos, con la respiración breve que parecía correr sobre bolitas de moco, mimando con la ternura de una mamita joven su catarro sumergido de catacumba, una cola que farfullaba, en lentas burbujas, en un caldero olvidado sobre el fuego.

Este Zavattari, consocio de la firma Carabellese Pasquale, en Via Ciro Menotti 23, explotaba un negocio de pescado atlántico a buen precio de la Genepesca, pescado con los motopesqueros Stefano Canzio y Gualconda y alguna vez el Doralinda; pero tenía a precios muy convenientes también las ostras de Tarento, y frutos de mar congelado de ambas orillas. Y no le iba nada mal, endilgando aquellos pedazos de monstruos verdes de las profundidades marinas a las aterradas amas de casa del Cir Menott, las cuales, llevadas por la idea del ahorro, estaban absolutamente desprovistas de los más básicos requisitos necesarios para poder cocinar mínimamente semejantes animales fabulosos.

Pero nada de esto importa: lo que se quería decir es que el viejo, ante la llegada de los primeros ardores y ante los primeros gritos de espanto escaleras arriba y desde el patio, el viejo Zavattari, por más que ya llegado a la estupefacción y al torpor más consoladores, había intentado dirigirse también él, en una especie de alucinada angustia del físico, hacia la ventana para intentar abrirla, porque en su completa ebriedad la creyó cerrada, mientras que siempre había estado abierta durante toda la tarde: una angustia física y primordial, que le aleteaba como un fuego fatuo en torno a aquel muñón de instinto, pero sólo consiguió volcar la frasca de Barletta, semivacía y envilecida también ella; y se le habían abierto de par en par, en cambio, de golpe, las cataratas de los bronquios y aflojado, al mismo tiempo, los más valerosos anillos inhibidores del esfínter anal, así que entre golpes de tos terribles, mientras un humo acre, negrísimo, empezó a filtrarse en la casa por la cerradura y por debajo de la puerta, en el espanto y en la congestión imprevista, presa del horror de la soledad y de sentirse las piernas tan blandas precisamente en el momento de mayor necesidad, acabó, ante todo, yendo de cuerpo en el acto dentro del camisón, a plena carga, y luego para expulsar de las vorágines pulmonares muchas de aquellas bondades, que estoy seguro que ni siquiera el mar de Tarento, con todas sus ostras, conseguiría vomitar tantas compañeras.

Lo salvaron los bomberos, con las máscaras, abatiendo la puerta a hachazos. «Se ve que el fuego le ha dado cagadera», sentenció el jefe de pelotón Bertolotti ultimado el salvamento.

Penosísimo, y por desgracia fatal, el caso del caballero Carlo Garbagnati, el exgaribaldino del quinto piso, uno de los mil de Marsala, y de los cincuenta mil del cincuentenario de Marsala. Porque, a pesar de los alaridos de la criada, Cesira Papotti, se había obstinado en poner a salvo sus medallas, contra cualquier evidente criterio de oportunidad, e incluso los daguerrotipos y los dos pequeños retratos al óleo de cuando era joven, es decir, en la época de Calatafimi. Ahora bien, el traslado del medallero de un garibaldino, en especial en una contingencia de pánico total como aquélla, no es un problema tan sencillo como podría parecer a primera vista. También él acabó siendo presa de la asfixia, o algo similar, y debieron sacarlo los bomberos también a él, si querían salvarle la piel, a riesgo de dejar la suya. Pero las cosas,por desgracia se precipitaron, dada también la edad, ¡ochenta y ocho años!, y los problemas de corazón, y un penoso restringimiento uretral del que sufría desde hacía tiempo. Así que la ambulancia de la Cruz Verde, en el quinto viaje, se puede decir que aún no había llegado a la guardia médica de Via Paolo Sarpi, cuando ya la habían hecho volver atrás al vuelo hacia el obitorio de la clínica universitaria, allá al fondo de la ciudad de los estudios detrás del nuevo Politécnico, ¡qué va en Via Botticelli!, ¡más allá, más allá!, en Via Giuseppe Trotti, sí, bravo, pero pasada también Via Celoria y Via Mangiagalli, y luego Via Polli, Via Giacinto Gallina, más allá de Pier Gaetano Ceradini, de Pier Paolo Motta, en el quinto pino.

Traducción de Juan Carlos Gentile Vitale

Ilustraciones de Mariana Castillo

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