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Felipe Rosete

Mis primeros robos fueron a edad temprana. Tendría unos diez u once años cuando en las vacaciones de verano, con los amigos del barrio, tras recoger el cartón y el fierro que encontrábamos en la calle, e intercambiarlos por unas cuantas monedas, íbamos al súper a comprar algunos dulces y, de pasada, nos metíamos otros en los bolsillos del pantalón o la chamarra. Por las noches hacíamos lo mismo en la panadería. Comprábamos uno o dos bolillos y, entre unas y otras, salíamos de ahí con seis o siete, a pedirle al Paisa que les pusiera salsa, de esa que le echaba a sus humeantes y grasosos tacos. Más que la necesidad o el hambre, nos impulsaba el aburrimiento, las ganas de un poco de acción y adrenalina, la sensación de poder que te otorga el salir victorioso frente a lo prohibido.

En la adolescencia seguí robando, esta vez con cierto consentimiento de los afectados. Ahora robaba ropa y libros, cosas que, según yo, a mis nuevos amigos les sobraban. Era una práctica común entre el grupo prestarnos ropa y no devolverla, pero debo confesar que yo hice del «apañe», como le llamábamos, toda una profesión. Aún hoy se pueden encontrar en mi ropero playeras, chamarras o shorts de aquella época. Ni qué decir de los libros que me prestaron y nunca devolví, que fueron de los primeros de mi biblioteca personal y que hoy ocupan un lugar en el librero de mi estudio, tan lleno como los que veía en casa de ellos. Lo que en ese momento me parecía normal, simpático y hasta justificado, implicaba para mí la posibilidad de vivir otras vidas, de jugar a ser otra persona, una persona sin las carencias que yo sentía que tenía.

Sensaciones similares son las que experimenta el protagonista de El show de Gary, la más reciente novela de la escritora británica Nell Leyshon. «Puedo hacer lo que quiera. No hay nada que no pueda hacer», se dice Gary desde su primer gran atraco, a los ocho o nueve años, cuando, llevado por su propio padre, como por arte de magia encuentra la llave de la caja fuerte de una fábrica —a la que curiosamente regresará años después para redistribuir la paga de los directivos entre los obreros—. «Es la primera vez que me toca sin pegarme», piensa el niño cuando su padre se acerca y lo felicita por su gran hallazgo. «Ese es mi hijo», le dice antes de entregarle su parte del botín: un fajo de olorosos billetes, algunos azules como sus ojos, que le confirman que ha hecho lo correcto, que ha aprendido a ganarse lo suyo.

De ahí para adelante, la vida de Gary se convertirá, como él mismo lo reconoce en sus años de madurez, en un descenso al infierno: «Sólo hay un camino en la vida: cuesta abajo por la pendiente resbaladiza hasta caer en el infierno. Pero recuerda que de camino a ese infierno te topas con algunas cosas buenas, y más te vale aprovecharlas porque sólo vas a tener una oportunidad».

Para el Gary adolescente, sin embargo, el camino emprendido es el del éxito, el de la diversión, el del dinero fácil. Él nunca tendrá que trabajar como todos esos autómatas, que diariamente se levantan a las seis de la mañana para acicalarse sin otro motivo que hacer las mismas actividades de todos los días. Él no, porque es diferente. Tiene un don. Sabe dónde se encuentran las cosas valiosas. Sabe oler el peligro, escapar de las situaciones difíciles. Aprende rápido, clic clic. Es el típico alumno que supera al maestro. Gary se cree especial. Él es un artista y el robo, por tanto, un arte. Por eso él no caerá en la cárcel, ni en las drogas, ni será herido. Nada le hará daño. Es indestructible.

Como suele suceder, Gary tendrá que tocar fondo para intentar rehacer su vida. A diferencia de Gilgamesh, que descendió al Apsú como un acto heroico en busca de la inmortalidad, Gary se ve arrastrado al abismo en buena medida por la influencia familiar, esa jaula que irremediablemente nos modela, y por su contexto social. Su heroísmo radica no en obtener la vida eterna, sino simplemente en tener una vida bajo las opresivas condiciones de su sociedad, que no le ofrece muchas alternativas. Aun así, toma las que se le van presentando e intenta recomponerse. Tras vivir, junto con su novia Mandy, bajo el yugo de la adicción al crack y la heroína en una ratonera de King’s Cross, rodeado de yonquis, delincuentes, mierda y olor a meados, y luego de pasar varias noches en la calle, en prisión y en un centro de rehabilitación a orillas del mar, Gary comienza a soñar con una vida distinta, con casa, hijos, tal vez un perro, y un trabajo como el de aquellas personas que despreciaba en su juventud.

El paso de una vida a otra, desde luego, está atravesado por el dolor y la culpa, por la impotencia y la angustia de no saber de su hijo, pero también por la fortaleza, la certeza y la determinación de que es posible vivir de otra manera. «No hay una única manera de ser.  Que hayamos sido así no significa que tengamos que serlo siempre», le dice a Mandy al intentar volver con ella. «No nos queda de otra. No nos podemos quedar parados. Tenemos que seguir adelante».

Aun así, Gary es consciente de la eterna batalla que tendrá que librar con su animal interior. Una bestia que se fue alimentando de la violencia y el abandono de su padre, quien, por ejemplo, ante su atónita mirada abandonó en una esquina a su adorado perro Pichón, su único y fiel compañero; del alcoholismo y la indiferencia de su madre, inmersa en el onirismo de las pastillas y la televisión, que entre trago y trago le iba mostrando todas aquellas vidas que nunca podría vivir; de las carencias familiares, en un hogar en el que a nadie le importaba si había o no comida, si los niños iban o no a la escuela, si tenían algún problema, si necesitaban algo; de la violencia del mundo, en suma, un mundo en el que «desde que se inventó el dinero, nos pasamos la vida corriendo de aquí para allá para conseguir tanto como podamos, tanto si nos hace falta como si no».

Gary sabe que la bestia sigue y seguirá ahí, reclamando lo suyo. Por eso nos aconseja: «Si te viene a la cabeza un pensamiento que no te gusta, no dejes que hable. No escuches». Es ésa su manera de combatir el viejo patrón. «Antes podía ahogar los recuerdos en alcohol, nublarlos con humo. Ahora no. Ahora tengo que afrontar lo que sea que soy y lo que sea que he hecho», piensa mientras flota en las aguas marinas tras haberse sumergido en ellas, como si de un acto de purificación se tratara, como si la sarna con la que llegó al centro de rehabilitación lo hubiera obligado a mudar de piel, para entonces sí poder ser él como lo habría sido en otra vida, como aquella vez que, sentado en un sillón de cuero en la sala de una casa acomodada, de esas a las que entraba a robar antigüedades, se puso a escuchar música clásica y se dijo: «Así que esto es, así de distintos podemos ser. Cuántas maneras distintas hay de ser una persona».

Al igual que en Del color de la leche, con una prosa que se agradece por sencilla, fresca y llena de humor, Leyshon nos regala una historia entrañable, labrada durante varios años de escuchar las historias de sus alumnos de dramaturgia en las prisiones de su país, que nos habla sobre las formas de sobrevivir y adaptarse al duro mundo de hoy, y sobre la capacidad que tenemos los seres humanos para sobreponernos a la adversidad, aun cuando ésta corra por nuestras venas. Así que vengan, pasen y vean: éste es el show de Gary.

 

El show de GaryEl show de Gary
Nell Leyshon
Traducción de Inga Pellisa
Narrativa Sexto Piso • 2016
294 páginas

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