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El mal impensado | Martin Legros

«El problema del mal será la cuestión fundamental de la vida intelectual tras la guerra en Europa», escribió Hannah Arendt en 1945 («Culpabilidad organizada y responsabilidad universal», en Humanidad y terror). En ese momento se encontraba en los Estados Unidos tras haber abandonado la Alemania nazi, justo cuando comenzaba la elaboración de su obra maestra, Los orígenes del totalitarismo, con la finalidad de entender lo que había sucedido. Aparecido en 1951, el libro se cierra con las siguientes palabras: «Al esforzarse por probar que todo era posible, los regímenes totalitarios descubrieron sin saberlo la existencia de crímenes que los hombres no pueden ni castigar ni perdonar. Al volverse posibles, lo imposible se convirtió en el mal absoluto. Resulta tan incastigable e imperdonable que no se puede explicar con las viles razones del interés personal, del resentimiento, de las ansias de poder ni de la cobardía. Se trata de algo que ni la cólera puede vengar, ni el amor soportar, ni la amistad perdonar» (El sistema totalitario).

El mal «absoluto», incastigable e imperdonable, irreductible a los ámbitos habituales de la maldad o de las ansias de poder, en los años 1950 Arendt lo denomina, refiriéndose al filósofo Immanuel Kant, como «mal radical». ¿Por qué radical? Pues porque busca destruir las raíces de la libertad humana. A medida que reflexiona y bajo la conmoción del juicio a Eichmann, al que asiste en 1961, termina por darle un nuevo nombre a lo que, en las acusaciones a los criminales, escapa a todas las normas que conocíamos hasta entonces. Incluso, aunque hayan cometido crímenes horribles, los verdugos no son monstruos diabólicos movidos por inclinaciones sádicas, sino más bien seres sin profundidad, superficiales, obedientes. «Los actos fueron monstruosos, aunque el responsable de los mismos —al menos el responsable altamente eficaz que se juzgaba entonces— era del todo una persona ordinaria, […] ni demoniaco, ni monstruoso». A expensas de una polémica que sigue todavía viva, la que fue una de las primeras en tomar conciencia del alcance del genocidio, se vería durante mucho tiempo acusada de haberlo… banalizado. Y haber abierto la vía, con el concepto de la «banalidad del mal», a un nuevo tópico, el del funcionario diligente listo a realizar el mal para demostrar su grado de obediencia a la autoridad, un tópico que servirá desde entonces para referirse a las formas más ordinarias de opresión, que van desde la empresa a la familia. En vez de sucumbir a las amalgamas que se han producido desde entonces, intentemos entender, primero, lo que Arendt trataba de pensar, y, después, cómo al hacerlo, puede que haya tocado un fenómeno más amplio, que explica, a pesar de los giros de los que su pensamiento no deja de ser objeto, el eco tan profundo que sigue sonando entre nosotros.

La cuestión de las raíces

Inicialmente habla del «mal radical» para referirse a las adversidades de lo que sucedió en los campos. Recordemos que, a pesar de su carácter secreto, los campos para ella eran «la verdadera institución central del poder totalitario». Fue ahí donde se experimentó en sentido estricto la creencia que se encuentra en el corazón de la ideología según la cual «todo es posible» y donde se puso en marcha una dominación total con la finalidad de manifestar que el hombre puede ser transformado en un «cadáver viviente», cuya espontaneidad ha sido destruida. En otros lugares, en una sociedad «normal», el poder totalitario no deja de tropezar con múltiples resistencias. Aunque allí, en esos laboratorios a cielo descubierto de la condición humana, se conforma con su esencia. Arendt sigue paso a paso el proceso por el cual, primero, se les suprime a las víctimas su personalidad jurídica, privadas de cualquier tipo de estatus, y después su personalidad moral, al borrar toda huella de su existencia y al final de su individualidad (al reducirlos a una «espantosa marioneta con rostro humano que reacciona de una manera totalmente previsible, incluso cuando se dirige hacia su propia muerte)». La finalidad de dicha empresa es la de «destruir la espontaneidad», o bien «el poder que tiene el hombre de comenzar algo nuevo a partir de sus recursos». Se trata de «demostrar que el hombre es superfluo». Sin embargo, toda esta operación se realiza en nombre de un sobre-sentido, el de la ideología, en el que el poder total tiene por misión manifestar el carácter adecuado, es decir, la realidad: «si los detenidos son parásitos, resulta lógico que se les deba matar con gases tóxicos».

Sin embargo, para Arendt los operadores de ese crimen sin precedentes no han sido animados por un odio personal hacia las víctimas.

Insiste en este punto sobre la transformación de los campos cuando la ss toma el control de la sa y dan a la exterminación una vuelta sistemática: «La antigua bestialidad dejó lugar a una destrucción absolutamente fría y sistémica de destruir la dignidad de los cuerpos humanos, con el propósito premeditado de destruir la dignidad humana. La muerte se evitaba de manera indefinida, postergada indefinidamente».

Volver al hombre superfluo para manifestar la verdad de una ideología, de la que se decide con una lógica implacable realizar todas sus implicaciones y consecuencias, esa misma es la empresa que termina con el surgimiento del «mal radical». «El mal radical aparece en vinculación con un sistema en el que, de la misma manera, todos los hombres se han vuelto superfluos». A lo que Arendt añade: «Los manipuladores de ese sistema están tan convencidos de su propia superficialidad como de la de los otros».

Si nos tomamos el tiempo de leerla, surge la paradoja a la que Arendt intenta conducirnos desde la primera formulación de la cuestión del mal.

Para Kant, la expresión de «mal radical» significaba un mal propiamente humano, que no sería únicamente el del pecado original o el de una disposición natural vinculada a la sensibilidad egoísta de la especie, sino el resultado de una rápida elección, de una decisión imputable a la voluntad, la elección de «darle la vuelta al orden moral de las razones» —como señala en La religión dentro de los límites de la mera razón— y de preferirse a sí mismo y a sus inclinaciones a la ley moral de la que es, no obstante, consciente.

Arendt retoma la fórmula porque busca, ella también, pensar en un mal en sí mismo, que no sea la consecuencia de un evento ancestral (como el pecado original), ni el resultado de una condición (la fragilidad de la naturaleza humana, de sus pasiones y de sus móviles egoístas), ni el desvío para alcanzar un bien (la política del mal menor). Aunque, al final, Kant sitúa el mal en «razones inteligibles» (preferirse a sí mismo antes que a los otros). No obstante, a Arendt eso le parece una «racionalización» del fenómeno que pasa de largo de lo que es esencial. Esto es, el egoísmo y los intereses personales no tienen el peso necesario para pensar un fenómeno como la Shoah. Puesto que se trata de confrontarse a un mal que es tan profundo —destruye la espontaneidad humana, la capacidad de iniciar algo nuevo— que no resulta (solamente) de una intención, de un móvil, de un carácter de una voluntad perversa que emana de uno u otro individuo particular. Sino que más bien surge de la sumisión de aquellos que lo hacen acontecer en una lógica superior, la de la ideología, que los ha vuelto incapaces de distinguir entre el bien y el mal.

«Usted no puede poner A sin poner B y C y así sucesivamente hasta el final del alfabeto de la masacre», ése era, según Arendt, el corazón de la lógica totalitaria que oscila entre Hitler y Stalin.

En su Diario filosófico, Arendt escribe, a modo de primera síntesis de su reflexión, que «el mal radical […] nada tiene que ver con la psicología —como Macbeth—, ni con los atributos del carácter —como Ricardo iii, que decide volverse un delincuente. Es esencialmente: 1) un sobre-sentido, su lógica absoluta y sus consecuencias; 2) el hecho de volver al hombre superfluo, al mismo tiempo que se conserva el género humano al que se le puede en cualquier momento eliminar algunas partes»

Tal es la paradoja: el mal más profundo, el que busca reducir a la nada las raíces mismas de la libertad, no procede de hombres demoniacos, sino de hombres que se sienten ellos mismos «superfluos» en relación con el «proceso», en este caso la ley de la naturaleza, del que participan. Su surgimiento coincide con el auto-borrado del hombre en beneficio de un sobre-sentido que se supone podrá decidir sobre el futuro de la especie…

La superficial banalidad del mal

En 1963, mientras que se producía la polémica sobre su libro, Eichmann en Jerusalén, subtitulado La banalidad del mal, Hannah Arendt escribió a su amigo Gershom Scholem lo siguiente: «He cambiado de opinión y ya no hablo del mal radical […] Ahora pienso que el mal nunca es radical, que es sólo extremo, y que no posee ni profundidad ni dimensión demoniaca. Puede devastar el mundo entero precisamente porque prolifera como un champiñón en la superficie de la tierra».

¿Qué fue lo que descubrió en el personaje de Eichmann que la condujo a recalificar la naturaleza misma de esta nueva figura del mal, a quitarle su «radicalidad»? Primero, una cosa que había chocado a numerosos testigos del juicio, como escribió Joseph Kessel, que fue el primero en calificar a Eichmann de «banal»: ése que era el responsable de la deportación de millones de judíos por toda Europa no tenía nada de figura demoniaca, pérfida u odiosa, como se podría esperar, vista la enormidad y monstruosidad de sus acciones. Al contrario, exhibía su estatus de un simple funcionario que ejecutaba una decisión tomada por otros y que se había limitado a realizar, «que sólo habría tenido mala concciencia si no hubiese ejecutado las órdenes». Más que un arribista diligente, Eichmann tuvo el atrevimiento de presentarse como un «idealista» «que sólo vivía por sus ideas y que estaba listo a sacrificarlo todo por esas ideas», entendiendo con ello que «habría enviado a su padre a morir si hubiese recibido la orden de hacerlo». Y que debía hacer un esfuerzo para superar sus propias inclinaciones, las cuales habrían podido inducirle a sentir compasión por sus víctimas —de ahí su retorcida referencia al imperativo categórico kantiano para pensar la manera en la que buscaba siempre hacer coincidir su voluntad con la del Führer.

Rápidamente Arendt se dio cuenta de la ausencia de un «odio mórbido hacia los judíos o de un antisemitismo fanático». Los judíos son enemigos, pero Eichmann estaba orgulloso de haberles «propuesto» en primer lugar la opción de la emigración antes de organizar su deportación… Ni loco ni histérico, Eichmann era «una persona mediocre», «normal», «ni débil de mente, ni adoctrinado, ni cínico», y, sin embargo, «incapaz de distinguir entre el bien y el mal». Una estrategia de defensa, le objetaban los críticos de Arendt, como Bettina Strangneth, quien muestra que Eichmann se había revelado a lo largo de su juicio como un ferviente antisemita y un hombre lleno de iniciativas. Sin duda. Para Arendt eso implica olvidar el verdadero enigma. Puesto que, si a lo largo de su juicio como de su carrera, Eichmann usaba constantemente tópicos y mentiras para justificarse, no era para disimular unas intenciones maléficas, sino porque él había sido capaz siempre de tomar concciencia del crimen en el que estaba participando, de sentir compasión por las víctimas y, más tarde, de no sentir la menor culpa por sus actos. «Nunca se dio cuenta de lo que hacía», llega a afirmar Arendt. Nunca se dio cuenta porque al adherirse a la lógica del «nosotros» totalitario se volvió incapaz de ponerse en el lugar de los otros, para sentir y pensar desde sus puntos de vista. «Eichmann no era tonto, es la pura ausencia de pensamiento —lo que no es lo mismo— lo que le permitió volverse uno de los mayores criminales de su época».

Los monstruosos crímenes de un individuo mediocre

Entendámoslo bien. De lo que da cuenta Arendt no es de sus rasgos psicológicos o de una carencia intelectual propia de un individuo. Es más bien, el contraste entre la mediocridad grotesca de un individuo —un «payaso» que hacía reír al auditorio por sus ridiculeces— y la monstruosidad de sus crímenes. A fin de cuentas, un personaje que tiene una enorme responsabilidad en la Solución Final y que, sin embargo, no consigue movilizar su pensamiento y su inteligencia más que en vistas de no pensar realmente en las implicaciones de sus acciones, mientras se refugia detrás de tópicos y de consignas aprendidas. «Desde el punto de vista de nuestra ética», añade Arendt, esta «normalidad» de Eichmann es «más aterradora que todas las atrocidades juntas». Este nuevo criminal, enemigo de toda la humanidad, «comete crímenes en unas circunstancias tales que le es imposible saber o sentir que él ha cometido el mal». Es eso lo que genera «la terrible, indecible, impensable banalidad del mal».

Si Arendt abandona la metáfora de la radicalidad, es en realidad para profundizar en la hipótesis que había lanzado desde los inicios, según la cual el mal más devastador surge en el hombre a través de una desintegración de la persona moral en una pura superficialidad intelectual y afectiva, en una ausencia de sí mismo, hacia los otros y hacia el mundo. Como ella dirá en una entrevista poco conocida en la que justifica el uso de esta noción: «Quería sólo decir que el mal no es radical (radix), es decir, que no tiene profundidad, y es por esta razón por la que es tan difícil pensarlo, puesto que el pensamiento, por definición, quiere alcanzar las raíces. El mal es un fenómeno superficial y, en lugar de ser radical, es simplemente extremo. Resistimos al mal cuando no nos dejamos llevar por la superficie de las cosas, cuando nos paramos y empezamos a pensar —es decir, cuando alcanzamos otra dimensión diferente a la de la vida cotidiana. Dicho de otra manera, cuanto más superficial es alguien, más probable será que esté listo para ceder al mal».

Si el pensamiento nos previene contra el mal, es sólo a condición de que sea concebido no como una facultad solitaria de racionalización de la experiencia —de eso Eichmann estaba totalmente desprovisto—, sino como experiencia de un diálogo con nosotros mismos a través del cual cada uno se sienta en posición de responder de sí mismo delante de otro, al actualizar en su psiquis la pluralidad, que es la condición primigenia de la humanidad.

«Este tipo de juicio no presupone que se haya de estar dotado de una inteligencia bastante desarrollada ni infundido por la ética, basta simplemente con tener la costumbre de vivir consigo mismo de un modo explícito, es decir, entregado a ese diálogo silencioso consigo mismo que, desde Sócrates y Platón, tenemos la costumbre de llamar pensar… La línea que divide a los que juzgan de los que se abstienen es independiente de todas las diferencias propias a los orígenes sociales, culturales o de instrucción».

Sin lugar a dudas, ésta es la modesta lección que Hannah Arendt extrae al final de su exploración. No se trata de la idea de que Eichmann esté escondido en el interior de todos nosotros, y de que el mal está listo para surgir desde que nos sometemos a una autoridad. Sino la sugerencia más incómoda de que el mal tiene una relación con la superficialidad, una superficialidad por la cual el hombre renuncia a dialogar y a juzgar por sí mismo integrando el punto de vista del otro en él. Una superficialidad que, bajo intensidades más o menos variables, se encuentra más extendida de lo que imaginamos. Sin duda, eso también explica el eco que su reflexión continúa teniendo más allá de la catástrofe única y singular que intentó pensar.

 

Traducción de Hero Suárez

Ilustración de Jorge Noguez

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