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El país misterioso de Gustave Moreau | Marcel Proust

No siempre podemos concebir con facilidad cómo ciertos pájaros volando fuera de un paisaje, un cisne elevándose desde el río hasta el cielo, una cortesana tomando aire en medio de los pájaros y de las flores sobre una alta terraza, son la ocupación incesante de los pensamientos de un gran espíritu, se hallan como su carácter esencial en todas sus telas, y son la admiración de la posteridad, el placer exclusivo de cierto aficionado que sólo tiene sus obras, que encuentra con placer en La Descente de croix el cisne que también está en L’Amour et les Muses y, con un placer inverso e idéntico, se complace por tener el único pájaro azul que ha pintado. Es inútil preguntar lo que el maestro se propuso hacer, no es posible respondernos, porque él sólo pudo responderse a sí mismo haciendo esta Courtisane sur sa terrasse, durante la noche, y el vuelo de ese cisne señalado por las Musas, imágenes posiblemente lo más exactas de lo que entrevió, y sin duda infinitamente más exactas que una explicación, porque decir lo que queremos hacer al final no es nada, eso podemos hacerlo a cada instante, mientras que para rehacer la idea que apareció frente a nosotros necesitamos esperar la inspiración, trabajar para volverla a ver, para aproximarnos y, basados en ella, pintar. Pero esos paisajes de Moreau son a tal punto el paisaje en el que cierto dios pasa, en el que cierta visión aparece, y el rojizo del cielo parece ahí un presagio tan seguro, y el paso de un gamo un augurio tan favorable, y la montaña un lugar tan consagrado, que un paisaje puro parece a su lado muy vulgar y como desintelectualizado, como si las montañas, el cielo, las bestias, las flores hubiesen sido vaciadas en un instante de su preciosa esencia de historia, como si el cielo, las flores, la montaña no llevasen más el sello de una hora trágica, como si la luz no fuese aquella donde pasa el dios, donde aparece la cortesana, como si la naturaleza desintelectualizada se volviese al instante vulgar y más vasta, los paisajes de Moreau estando generalmente estrechados en una garganta, encerrados por un lago, por doquier donde lo divino en ocasiones se ha manifestado, a una hora incierta que la tela eterniza como el recuerdo del héroe. Y al igual que ese paisaje natural y que parece sin embargo consciente, al igual que esas montañas cuyas nobles cimas donde se reza y donde se elevan templos son casi templos, al igual que esos pájaros tal vez ocultando el alma de un dios, con una mirada que parece humana a través de su disfraz y cuyo vuelo parece dirigido por un dios que advierte, el rostro mismo del héroe parece participar también vagamente del misterio que toda la tela expresa. Porque la cortesana tiene aire de ser cortesana de la misma forma que el pájaro vuela, por un destino que no es en lo absoluto el efecto de su elección o de su naturaleza, pero su rostro es triste y hermoso, y ella observa tejiendo sus cabellos entre sus flores; y la Musa, a pesar ella, tiene aire de estar de paso, modulando un canto con su lira; y san Juan cuando mata al Dragón tiene aire de asumir con calma su propia valentía y de ser el lugar legendario y vagamente soñador de ese acto mitológico, como las montañas donde pasa, como el caballo feroz y dulce, acorazado con pedrerías y lanzando miradas irritadas, que se alza, cuadros antiguos que reconocemos enseguida que no son de un antiguo, sino de ese hombre que, solo, cuando pintaba sus sueños, unía esos drapeados rojos, esos vestidos verdes incrustados de flores y de piedras, esas cabezas graves de cortesanas, esas cabezas dulces de héroes, esos desfiles que son el país donde ocurren todas las cosas que pinta, porque la vida no se ha retirado de las cosas e infundido toda en los seres, porque la montaña es legendaria y la persona tan sólo es legendaria, porque lo misterioso de la acción está expresado a través de todo lo que está reservado a la figura de la persona, el héroe que tiene el aire dulce de una virgen, la cortesana que tiene el aire grave de una santa, la Musa que tiene el aire insignificante de una viajera, no esclarecen la acción que parecen no acometer, a través de todo lo que reserva de complicidad el paisaje, porque los antros ocultan monstruos, porque los pájaros dicen augurios, porque las nubes gotean sangre, y porque la hora es misteriosa y parece enternecerse en el cielo de lo que se ha cumplido misteriosamente sobre la tierra.

Un cuadro es una especie de aparición de un fragmento de un mundo misterioso del que conocemos algunos fragmentos, que son las telas del mismo artista. Estamos en un salón, conversamos, y de pronto levantamos los ojos y percibimos una tela que no conocemos y que, sin embargo, ya reconocemos, como el recuerdo de una vida anterior. Esos caballos con aspecto indomable y tierno, enjaezado con piedras preciosas y con rosas, ese poeta con figura de mujer, un abrigo de un azul oscuro y una lira en la mano, y todos esos hombres imberbes con figura de mujer, coronados de hortensias e inclinando ramas de nardos, ese pájaro también de un azul oscuro que sigue al poeta, el pecho del poeta que, hinchado por un canto grave y dulce, tiende las ramas de las rosas que lo ciñen, y el color de todo eso, el color de un mundo donde cierto color tiene, no el color que tiene en el mundo, sino el color que tiene en esta tela, y más aún la atmósfera intelectual de ese mundo donde el sol se pone continuamente, donde las colinas salvajes tienen en su frente templos y donde, si un pájaro sigue a ese poeta y si una flor crece en ese valle, es en virtud de otras leyes diferentes a las de nuestro mundo, leyes que permiten al pájaro distinguir al poeta, seguirlo, permanecer junto a él, de forma tan perfecta que en su vuelo, que bate a su alrededor, hay una especie de sabiduría preciosa, y que esa flor crece en ese valle cerca de esa mujer porque esa mujer debe morir, que esa flor es la flor de la muerte y que en el hecho de que haya crecido ahí, hay como un presentimiento, y en su rápido crecimiento como una especie de amenaza creciente, y que ella parece mirar, sentir su último momento. De inmediato reconocemos que lo que vemos ahí sin nunca haberlo visto, por haber tenido ya algunas apariciones de ese mundo extraño, es un Gustave Moreau.

El país, cuyas obras de arte son apariciones fragmentarias, es el alma del poeta, su alma verdadera, la que está en lo más profundo de todas sus almas, su patria verdadera, pero donde sólo vive en raros momentos. Es por eso que el día que las ilumina, los colores que ahí brillan, los personajes que se agitan ahí, son un día, colores y seres intelectuales. La inspiración es el momento en que el poeta puede penetrar en la más profunda de sus almas. El trabajo es el esfuerzo por permanecer ahí enteramente, por no mezclar nada del exterior, mientras escribe o pinta. De ahí esa corrección de las palabras, colores frente a un modelo que para el poeta es tan real, tan imperioso como para el pintor, para el pintor tan intelectual, tan personal como para el poeta. También nosotros amamos verlas, esas telas traídas por el poeta del país misterioso al que puede acceder, y que conservan de ahí una especie de color misterioso, deslumbrado de volver a la luz, en medio de las realidades del mundo, no el verdadero, sino el más vulgar, el que corresponde a nuestra alma más exterior, la que en el poeta es casi semejante a la de los otros hombres. Hela aquí frente a mí, inmovilizada por siempre a través del prisma impenetrable de sus tiernos colores, pero tan fácil de romper, la que hace apenas un momento flotaba tan rápido en el alto pensamiento de Gustave Moreau, delicada medusa ahora en la ribera, pero que no ha perdido nada de la fresca palidez de sus matices azules. Le Chanteur persan, se nombra. Y, en efecto, canta, ese caballero de rostro de mujer y de sacerdote, con insignias de rey, que sigue al pájaro misterioso, frente a quien las mujeres y los sacerdotes se inclinan e inclinan las flores, y que mira a su caballo con un ojo donde vive el espíritu que circula todavía en toda la naturaleza, con un ojo tierno como si él lo amara, levantando hacia él su hocico indomado como si él lo odiara y debiera devorarlo. Canta, su boca está abierta, su pecho hincha las ramas de rosas que lo enlazan. Es el momento en que perdemos pie, en que no estamos ya en tierra firme, en que el barco puesto en el mar flota y ya milagrosamente avanza, donde la palabra, elevada por las corrientes rítmicas, se vuelve canto. Y esa palpitación visible se levanta eternamente en la tela inmóvil.

Es así como los poetas no mueren enteramente y su alma verdadera, esta alma, la más interior y la única donde se sienten ellos mismos, nos es de alguna forma preservada. Creíamos al poeta muerto, vamos a hacer un peregrinaje al Luxemburgo como vamos frente a una tumba simplemente, vamos simplemente, como una mujer llevando la cabeza muerta de Orfeo, frente a la Femme portant la tête d’Orphée y nosotros vemos en esa cabeza de Orfeo algo que nos mira, el pensamiento de Gustave Moreau pintado en esa tela que nos mira con esos hermoso ojos de ciego que son los colores pensados.

El pintor nos observa, nosotros no osamos decir que él nos mira.

Y, sin duda, no nos mira, pero nosotros, todo lo amado que le fuésemos, somos tan poca cosa para él. Su visión continúa siendo vista, está frente a nosotros, eso es todo lo necesario.

La casa de Gustave Moreau ahora que está muerto se convertirá en un museo. Es lo que debe ser. Ya en vida la casa de un poeta no es totalmente una casa. Por una parte, sentimos que lo que ahí ocurre ya no le pertenece, ya es de todos, y que casi nunca es la casa de un hombre, casi nunca, es decir, cada vez que se convierte en su alma más profunda. Es como los puntos ideales del globo, como el ecuador, como los polos, el lugar donde se encuentran las corrientes misteriosas. Pero es en un hombre donde a veces se agita esta alma. Sin duda ese hombre queda de alguna forma santificado. Es una especie de sacerdote cuya vida está destinada a servir a esa divinidad, a alimentar a los animales sagrados que le gustan y a esparcir los perfumes que facilitan sus apariciones. Su casa es en parte iglesia, en parte la casa del sacerdote. Ahora el hombre está muerto, sólo queda lo que pudo separarse de lo divino que había en él. A través de una violenta metamorfosis, la casa se ha convertido en un museo aun antes de haber sido dispuesta para ello. Sólo queda por hacer de la cama, horno. Aquel que por momentos era dios y vivía para todos, sólo es dios, ya no existe para sí sino para los otros. Nada en él podría recordarle a aquel que ya no existe. La barrera del yo individual donde era un hombre como los otros ha caído. Llévense los muebles. Sólo son necesarias las telas que se refieren al alma interior donde él accede, y nos hablan a todos. Cada vez más se había esforzado en abatir la barrera del yo individual, tratando a través del trabajo de excitar la inspiración, es decir, de hacer cada vez más frecuentes los momentos en que podía acceder a su alma interior, ese mismo trabajo gracias al cual intentaba fijar la imagen intacta sin que nada del alma vulgar se introdujera. Poco a poco los cuadros ocupaban todas las habitaciones y quedaban muy pocas en donde pudiese refugiarse el hombre que quería cenar, recibir a sus amigos, dormir. Poco a poco se volvían más raros los momentos en que no estaba invadido por su alma interior, en que aún era el hombre que también era. Su casa era ya casi un museo, su persona no era más que el lugar donde se cumplía una obra.

Forzosamente es así en aquellos que tienen un alma interior, en la que pueden algunas veces penetrar. Una alegría secreta les advierte que los únicos momentos verdaderos son aquellos que pasan ahí. El resto de sus vidas es una especie de exilio casi siempre voluntario, no triste, sino gris. Porque son exiliados intelectuales; desde el momento en que están exiliados, pierden de golpe el recuerdo de su patria y sólo saben que tienen una, donde es más dulce vivir, pero no saben cómo volver a ella. Y también que, desde el momento en que desean otro lugar, ya se han ido, porque el deseo de algo más es el exilio de un país que es un sentimiento. Pero mientras siguen siendo ellos mismos, quiero decir, cuando no son exiliados, cuando son su alma interior, actúan en virtud de una especie de instinto que, como el de los insectos, está acompañado de un secreto presentimiento de la grandeza de su tarea y de la brevedad de su vida. Y, entonces, abandonan todas las otras tareas para crear la morada donde vivirá su posteridad, y para depositar esa posteridad, preparados para morir después. Vean el ardor que el pintor tiene al pintar su tela y díganme si la araña tiene más al tejer la suya.

Y todas las almas interiores de los poetas son amigas y se llaman las unas a las otras. Yo era un hombre como todos los demás en ese salón, levanté los ojos y vi el Chanteur indien que no escuchaba, que no se movía, pero cuyo pecho hinchaba las rosas que lo cubrían, y frente a quien las llamas hacían inclinarse a las flores. De inmediato en mí el cantor se despertó. Y, mientras estuvo despierto, nada pudo distraerlo de cuanto debía decir. Y un instinto secreto me advirtió, palabra a palabra, la palabra que debía decir. Y pensamientos más brillantes me llegaron, razones que me hicieron parecer más inteligente, yo los escuchaba sin poderme alejar de la tarea invisible y propuesta. Porque el cantor que está en mí es dulce como una mujer, pero también es grave como un sacerdote. Y es porque ese misterioso país que se extiende frente a nosotros existe realmente, cuando lo atravesamos al galope con una ebriedad tal que todas las telas que de ahí traemos, si realmente hemos ido a buscarlas ahí mismo, es decir, si fuimos realmente inspirados, y si tuvimos el cuidado de no mezclar nada del alma vulgar, es decir, si fuimos precavidos, si trabajamos, se asemejan entre sí. Y, por eso, cuando levanté los ojos en ese salón y vi al grave y dulce cantor en su caballo con el hocico feroz y los ojos tiernos, aparejado con rosas y piedras preciosas, levantando en su pecho gracias al impulso de un ritmo inesperado las rosas que lo rodeaban, seguido del pájaro que lo conocía, frente a una habitual puesta de sol, pude decir: es un Gustave Moreau. Es aún más bello quizá que los otros, que son como hermosas palabras frente al canto. Como el pecho rodeado de rosas del joven cantor, está levantado por el entusiasmo. Pero, como los otros, del país donde los colores tienen ese color, donde los poetas tienen un rostro de mujer y las insignias de los reyes son amadas por los pájaros, conocidas por los caballos, cubiertas de piedras preciosas y de rosas, es decir, donde la alegoría es la ley de las existencias.

Al recordar lo que sentí frente a ese Gustave Moreau, yo, que tengo impresiones como esa una vez cada año, envidio a las personas cuya vida está tan bien ordenada que cada día pueden consagrar algún tiempo a las alegrías del arte. Por momentos, sobre todo cuando veo cuán poco son interesantes, en otros aspectos, con respecto a mí, me pregunto si acaso no dicen haber tenido tan frecuentemente esas impresiones justo porque no las han tenido nunca. Aquellos que han amado una vez, saben cuánto los fáciles apegos a los que damos el nombre de amores, son inferiores al amor verdadero. Quizá si estuviese en poder de todos ser golpeados por el amor de una obra de arte, como está en poder de todos (al menos eso parece) ser golpeados por el amor de una persona de otro sexo (hablo del verdadero amor), sabríamos cuán raro es el verdadero amor por una obra de arte y cuán lejos están de ese amor los innumerables gozos artísticos de los que hablan las personas talentosas y con una vida ordenada armoniosamente.

Para un escritor sólo es real aquello que puede reflejar individualmente su pensamiento, es decir, sus obras. Que sea embajador, príncipe, célebre, eso no es nada. Que su vanidad de hombre lo busque, eso puede ser funesto para el escritor, pero quizá sin ello se dejaría aniquilar por la pereza o embrutecer por el exceso o consumir por la enfermedad. Pero, al menos, debería saber que nada de eso tiene realidad literaria. Es lo que me molesta en Chateaubriand, que parece contento de haber sido un gran personaje. Aun gran personaje literario, ¿qué importa? Es una visión materialista de la grandeza literaria y, por consecuencia, falsa, porque ella es completamente espiritual. Sin embargo, tiene una hermosa figura y en su encanto hay grandeza. Pero no porque fuese noble, sino porque tenía la imaginación noble.

¿Las circunstancias no son nada? Hay momentos en que parece que sí. Sin embargo, Rodenbach dice que Baudelaire fue Baudelaire porque estuvo en América.* Para mí, las circunstancias son algo. Pero una circunstancia es un décimo de suerte, y mi disposición son los nueve décimos restantes. Ese Gustave Moreau visto en un día de extrañeza, de disposición para escuchar las voces interiores, valió todo el viaje a Holanda hecho rápidamente, el corazón atento pero cerrado…

Gustave Moreau ha intentado muchas veces, en sus cuadros y en sus acuarelas, pintar esta abstracción: el Poeta. Dominando sobre un caballo aparejado con piedras, que voltea hacia él un ojo amoroso, la multitud arrodillada donde reconocemos las diversas castas de Oriente, mientras que él no pertenece a ninguna, envuelto en blancas muselinas, junto a él la lira, respirando con una gravedad apasionada el perfume de la flor mística que tiene en la mano, el rostro lleno de una dulzura celeste, nos preguntamos, observando bien, si ese poeta no es una mujer. Quizá Gustave Moreau quiso decir que el poeta contiene en él a toda la humanidad, y debe poseer las ternuras de la mujer; pero si, como lo creo, quiso envolver también el rostro de poesía, las vestimentas, la actitud de aquel cuya alma es poesía, es sólo porque situó esta escena en la India y en Persia, y así ha podido dejarnos dudando en cuanto al sexo del poeta. Si hubiese querido pintar su poeta en nuestra época y en nuestros países y rodearlo sin embargo de una preciosa belleza, habría estado obligado a hacer una mujer. Aun en Oriente, aun en Grecia, muchas veces lo intentó. Entonces, es una poeta lo que nos muestra, siguiendo con una Musa el púrpura de un sendero montañoso, donde pasa a veces un dios o un Centauro. Es, en una acuarela enmarcada de flores como una miniatura persa, la Péri, la pequeña música de los dioses que, montada sobre un dragón, elevando frente a ella una flor sagrada, viaja en pleno cielo. Y, siempre, en una u otra de esas figuras a las que el arte del pintor ha dado una especie de belleza religiosa: en el poeta subyugando a la multitud con su elocuencia, en la poeta inspirada y en la pequeña viajera del cielo persa cuyos cantos son el encanto de los dioses, siempre creí reconocer a Madame de Noailles.

No sé si Gustave Moreau sintió cuánto, a través de una consecuencia indirecta, esa bella concepción del Poeta-mujer era capaz de renovar un día la economía de la obra poética misma. En nuestra triste época, bajo nuestros climas, los poetas, digo los poetas-hombres, en el momento mismo en que arrojan sobre los campos en flor una mirada extasiada, están obligados de alguna forma a retirarse de la belleza universal, a excluirse, con la imaginación, del paisaje. Sienten que la gracia de la que están rodeados se detiene en su sombrero melón, en su barba, en su binóculo.

 

Traducción de Ernesto Kavi

* NdT. Pequeño lapsus de Proust, pues Baudelaire nunca estuvo en América.

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