Publicación mensual gratuita de Editorial Sexto Piso
 

El placer de la metamorfosis política |Entrevista de Eric Aeschimann a Jacques Rancière y Judith Revel

El texto, publicado en el periódico Libération el 24 de mayo de 2008, es una entrevista simultánea a Jacques Rancière y Judith Revel, realizada en el 40 aniversario de Mayo del 68. En ese momento el gobierno de la República Francesa estaba encabezado por Nicolas Sarkozy, y venía precedido por las violentas protestas contra el Contrat de permier embauche (CPE) [Contrato de primera contratación laboral] que tumbaron al gobierno del primer ministro Jean-Pierre Raffarin.

La celebración del cuarenta aniversario de Mayo del 68 —libros, programas, coloquios— llega a su fin. ¿Qué opinión les merece el diluvio de análisis al que hemos asistido?

Jacques Rancière: Las celebraciones retornan cada diez años y esta vez el aniversario ha tomado un perfil particular por la voluntad de Sarkozy de «liquidar» la herencia de Mayo del 68. Él pudo expresarse de esa manera, en cuanto que la liquidación ya se había producido desde la izquierda, es decir, que había concluido. Se trata del entierro. Sin embargo, se ha visto cómo reaparecían testimonios que volvían a poner en escena lo real del acontecimiento. En el momento en el que resultaba evidente para casi todo el mundo que el 68 había sido el desahogo de unos jóvenes con pelo largo y guitarra que luchaban por la liberación de las costumbres, han resurgido las dimensiones política, obrera e internacional del acontecimiento y del tiempo que éste abrió. Todo aquello que un trabajo de cuarenta años había borrado, ha vuelto a emerger a la superficie.

Judith Revel: Yo tengo una relación personal con el 68, soy casi contemporánea del acontecimiento; y estos cuarenta años del 68 son, por así decir, también los míos. Ahora bien, hay una cosa que chirría: jamás se ha estado tan cerca de hacer del 68 un objeto de reflexión historiográfico y, al mismo tiempo, jamás nos hemos visto tan sumergidos en relatos privados que pretenden, precisamente porque son privados, «decir la verdad sobre el 68». Este arrollador retorno del testimonio es apasionante y difícil: apasionante porque yo misma debo construir un objeto del que no he tenido experiencia directa y del que, sin embargo, soy hija; difícil porque a menudo se escucha: «No puedes entenderlo, tú no estabas allí», o porque se nos reprocha el habernos beneficiado de las conquistas del 68 sin haber participado en las luchas, en suma, una generación de hedonistas mimados y egoístas.

Cuarenta años más tarde, el 68 sigue asociado a la noción de utopía y también, paradójicamente, al fin de las utopías.

J. Rancière: El concepto de utopía nunca me pareció apropiado para pensar cualquier acontecimiento. Quienes dicen que el 68 era utópico quieren decir dos cosas: por un lado, que es un fracaso, puesto que, por definición, lo que no triunfa es utópico; pero también que era «chido», «abierto», que había en él «sueños y generosidad». Pero históricamente la utopía ha sido otra cosa: la elaboración de una sociedad ideal planteada, frente a la acción política, como el auténtico remedio a los males sociales. Sin embargo, el 68 mostró que lo importante, en un movimiento, no es el objetivo fijado, sino la creación de una dinámica subjetiva, que abra un espacio y un tiempo en los que se transforme la configuración de los posibles. O dicho de otro modo: son las acciones las que crean los sueños y no a la inversa.

J. Revel: El problema no está en saber si una utopía puede triunfar o si, por definición, está condenada al fracaso. El 68 no era una utopía porque se trataba de una experimentación, de la construcción de una diferencia o de una discontinuidad que se deseaban inmediatamente presentes. Profundizar en el presente de otra manera, intentar inaugurar otras formas de existencia… no en otro lugar, o en un mundo mejor, sino aquí y ahora: una apertura de esperanza, retorcer de forma violenta el mundo existente. Hoy hemos olvidado ese deseo de discontinuidad, que es también una aspiración a la felicidad. Pero el abandono de la búsqueda de la felicidad como proyecto político es —me parece— el precio que se ha de pagar por un cierto «pragmatismo», que pretende borrar precisamente lo que el 68 nos enseñó: la posibilidad de una potente experimentación en medio del presente. Pensar a la vez la discontinuidad y el presente, la discontinuidad en el presente.

Se mantiene la idea de que el 68 estremeció nuestro horizonte político, sin que se llegue a decir exactamente en qué.

J. Rancière: Comencemos por lo más trivial. Las consignas del 68 fueron fabricadas por tres organizaciones: el Movimiento del 22 de Marzo, el sindicato estudiantil UNEF y el Sindicato de Docentes de la Educación Superior (SNESUP); a saber, un colectivo nacido de un acontecimiento y dos sindicatos que tenían muy pocos afiliados. Ninguna organización clásica puso en marcha el movimiento, y la CGT tuvo que seguir a las tropas que obedecían a la llamada del momento creado de esa manera. Es un desplazamiento del militantismo: el grupo organizado que lanza sus tropas a la batalla cede el lugar a organizaciones que funcionan como la cristalización del movimiento y cuya fuerza reside en la capacidad de iniciativa. Dominaron tres formas de acción: la manifestación, la ocupación y el entretejido de relaciones entre grupos sociales diferentes (sobre todo, entre estudiantes y obreros). Esas prácticas, y en particular la ocupación, estaban vinculadas a momentos y lugares. La ocupación de la Sorbona generalizó una práctica obrera histórica, que retomaba una función ofensiva, sobre todo en la huelga de Sud-Aviation en Nantes, una gran referencia de principios de mayo. Esta forma de construir la acción a partir de un lugar, de un momento y de la capacidad de extensión de lo que pasa desdibuja las divisiones clásicas: lo político contra lo social, la vanguardia contra el movimiento de masas, etc. La «huelga general» se vio desbordada como instrumento de la lucha obrera para convertirse en la forma general de un movimiento político que suspendía, por todas partes, el juego normal de las relaciones y de las instituciones.

¿Implica el 68 el final de los «partidos» clásicos?

J. Rancière: No hubo crisis en los partidos parlamentarios clásicos. Sin embargo, para el Partido Comunista (PC) supone el fin del equívoco del partido obrero que participa en el juego parlamentario y que encima pretende ser la vanguardia de una revolución que debe suprimir ese mismo juego. En ese modelo, la actividad política estaba distribuida en dos polos: de un lado, las instituciones; del otro, el cumplimiento de un movimiento histórico cuya conciencia es el partido político. El 68 marca el fin de este equívoco. El pc eligió defender en primer lugar su puesto en la sociedad existente, y de esta manera terminó también por perderlo. El 68 puso en primer plano una idea de la política totalmente distinta: la creación de espacios que no se identifiquen ni con la gestión de las instituciones existentes ni con la formación de la vanguardia de la revolución que vendrá. Es un conjunto de prácticas que rediseñan el espacio común rechazando la oposición entre las exigencias del orden presente y la preparación del porvenir. A menudo se cita el desplazamiento del militantismo, a partir del 68, hacia lugares y problemas nuevos: sanidad, escuela, sexualidad, justicia. En realidad, en la lógica del Partido, esos lugares eran un asunto de «movimientos de masas» auxiliares; fue la supresión de esa jerarquía de los frentes de lucha y de las formas de acción lo que, en última instancia, los convirtió en políticos.

J. Revel: Cuando se designan los acontecimientos al hablar de «Mayo del 68» se interrumpe la historia en los acuerdos de Grenelle.1 Este calendario se corresponde con el punto de vista de los sindicatos y de los partidos, pero no con el de un movimiento que continuó mucho más allá y que incluía partes completas del mundo obrero y de la universidad. No obstante, me parece que es precisamente esto —la dimensión del movimiento— lo que se trata de pensar a partir del 68: porque representa tanto el fin del «corto siglo XX» del que habla Hobsbawm, como el comienzo de algo totalmente diferente, algo en lo que todavía nos encontramos cuarenta años más tarde y que puede expresarse mediante tres tipos de preguntas. En primer lugar: ¿qué es un movimiento?, ¿qué es una política de movimientos? ¿Un partido o un sindicato detentan el monopolio de la organización de las fuerzas políticas o, al contrario, pueden existir otras formas de acción colectiva? Y, finalmente, ¿se puede pensar una organización al margen de los partidos y los sindicatos que han estructurado los códigos y la «gramática política»?

En segundo lugar, ¿cuáles son esos «sujetos colectivos» para los que se plantea el problema de la organización en el seno del movimiento? Los instrumentos de la sociología, a través del análisis de los actores sociales, o las categorías que utilizaba cierto marxismo ortodoxo en el 68, no lograron nombrar, en aquel momento, esa nueva subjetividad que justamente se ponía en movimiento.

Y, por último, el tercer tipo de preguntas: el que se refiere a su relación con la historia. ¿Puede uno al mismo tiempo reconocerse como producto de cierto número de determinismos históricos (económicos, sociales, políticos, epistemológicos) y saber que, a pesar de todo, somos capaces de producir por nosotros mismos algo inédito? ¿Puede haber al mismo tiempo determinismo y libertad? Es todo esto lo que inaugura el 68 y lo que aún nos fascina. Y es también —me parece— lo que nos muestran los conflictos sociales actuales: se percibe en ellos que sus identidades están en perpetua deconstrucción y reconstrucción en función de unas relaciones de fuerza dada. Las subjetividades colectivas no paran de reinventarse en el seno de las luchas e inauguran, desde el interior de las redes de un poder contra el cual se levantan, otros usos de la palabra, otras formas de organización y de acción. Hay que pensar, por ejemplo, en los precarios, en la manera en la que se entrecruzan sus recorridos con los de los migrantes, los estudiantes, los jóvenes de los suburbios, las mujeres…

Sin embargo, la revolución prometida no tuvo lugar. ¿No es eso un fracaso?

J. Revel: Se cree que la victoria es tomar el poder; y cuando esa toma del poder no se produce, se dice que es un fracaso. No creo que, para el 68, la cosa se plantease en esos términos. El 68 tuvo efectos de realidad extremadamente importantes —política, social y culturalmente—. Por lo demás, las críticas que se le dirigen hoy están a la altura de esos efectos y vuelven para borrar lo que el 68 inauguró. Acabamos de pasar revista a varios: una dimensión colectiva nueva, un campo de experimentaciones, la disolución de cierto número de oposiciones —por ejemplo, entre el mundo del saber y el mundo del trabajo material, entre el movimiento y la organización, entre las diferencias y lo común, entre la historia y la libertad—. Vivimos en un universo en el que la gramática política fue enteramente rearticulada por el 68, y eso es lo que se trata de negar al decir que el 68 instauró el individualismo, el sentido desmesurado del placer y el egoísmo. Esta caricatura es una manera de no pensar la novedad del 68.

Algunos hacen justamente de Sarkozy un producto del espíritu del 68.

J. Rancière: Podríamos resumir el 68 en un solo objetivo: hacer que los Sarkozys fuesen imposibles. Los jóvenes desfilaban por las calles con eslóganes del tipo: «No queremos ser los explotadores de mañana, no queremos ser los servidores de la explotación». De hecho, como encarnación del 68, Sarkozy es un personaje del siglo XIX, un joven que desea «subir», como el Rastignac de Balzac o el Frédéric Moreau de La educación sentimental. Representa la coincidencia de ese deseo pueril del poder por el poder con la lógica global de lo que yo llamo policía: la gestión de los asuntos comunes como conjunto de problemas que han de ponerse al cuidado de personas competentes, por oposición a la política como ejercicio de la capacidad común a todos. El espíritu del 68 dice que hace falta ser un cretino para querer convertirse en Presidente de la República. Es la política como invención colectiva y no como toma del poder. Es un período en el que casi se había olvidado que había ministros y diputados.

J. Revel: Me resulta totalmente indiferente lo que Sarkozy piense del 68. Para mí, el 68 interroga sobre todo a la izquierda de hoy. Mostró una configuración política inédita: la constitución de campos de experiencia, una relación crítica con las instituciones existentes, una forma de interrogar sobre lo que podrían ser instituciones de una naturaleza diferente. Y, sobre todo, una relación con el poder distinta, que no pretende alcanzar el poder, ni siquiera constituirse como contrapoder… Cuarenta años después, la izquierda sigue prisionera de una «forma partido» cuya única perspectiva parece ser la toma del poder, interno o externo. El olvido del 68 supone un fracaso de la izquierda. Por eso haría falta, no reproducir el 68 —no se reproduce un acontecimiento con cuarenta años de desfase, no tendría ningún sentido—, sino plantearse de nuevo las preguntas que el 68 dejó abiertas: ¿cuáles son los espacios de lucha que se deben tomar?, ¿qué tipo de nuevas subjetividades políticas se deben poner en juego?, ¿qué prácticas políticas y qué modos de vida inventar? La mayoría de los movimientos actuales se mueven en este terreno. La izquierda, por desgracia, hace oídos sordos.

J. Rancière: Sí, ha sido la izquierda la que ha liquidado el 68. En 1981, apenas elegido, François Mitterrand declaró que con su victoria la mayoría política acababa por fin de coincidir con la mayoría sociológica del país. Ratificaba así una definición sociológica de la política como coincidencia entre las instituciones del Estado y la composición de la sociedad. No obstante, el 68 fue un momento político importante, creó una escena política distante tanto de las instituciones del Estado como de la composición de los bloques sociales. La política es aquello que interrumpe el juego de las identidades sociológicas. En el siglo XIX, los obreros revolucionarios cuyos textos he estudiado decían: «Nosotros no somos una clase». Los burgueses los designaban como una clase peligrosa. Pero, para ellos, la lucha de clases era la lucha para dejar de ser una clase, la lucha para salir de la clase y del puesto que les había sido asignado por el orden existente, una lucha para afirmarse como los portadores de un proyecto universalmente compartible. El 68 reactivó esta separación entre la lógica de la emancipación y las lógicas clasistas.

J. Revel: El 68 hizo implosionar la noción de clase, pero también la de identidad. Lo que dominaba era el placer del cambio, la metamorfosis, el rechazo a declarar quién era uno. Salíamos de la «moral del estado civil», por retomar una bella expresión de Michel Foucault. La paradoja es que, en el reflujo que le siguió, hemos visto multiplicarse las adhesiones identitarias, comunitaristas. Porque se ha creído que era un buen medio para resistir; porque, desde el punto de vista del poder, así se facilitaba paradójicamente la gestión de los individuos. La referencia identitaria o comunitaria, cuando se cierra sobre sí misma, es una forma de hablar la lengua del poder, de autodesignarse con las categorías mismas del poder, con su propio lenguaje. Hoy, el único espacio político de protesta que se reconoce es el uso comunitario o identitario de la palabra y, desde luego, no es cosa del azar. Es una manera de reintroducir el cierre y la unidad allí donde la potencia política es, por el contrario, la de las diferencias.

Durante la crisis de las periferias de hace dos años2 asistimos a una tentativa desesperada de definir quiénes eran los agitadores, el «sujeto» de la revuelta. Se intentaron constituir categorías. Se habló de «negros contra blancos», o de «inmigrantes contra franceses». Se evocó a los que no tienen nada que hacer, a los políticamente afásicos, a los socialmente estériles; se habló de entropización social, se les opuso a los estudiantes que se manifestaban contra el cpe, a los parados, a los precarios. Mucho más que los coches quemados, fue esa dificultad de dar cuenta de este nuevo sujeto colectivo la causa del pánico que se apoderó de los dirigentes políticos. Porque los agitadores no decían quiénes eran, sino cómo vivían; porque rechazaban una vida reducida al estado de supervivencia y porque lo que tenían en común no era un color de piel o un origen, sino un territorio, condiciones de existencia, un sufrimiento y, sobre todo, aspiraciones comunes. La idea del derecho a la felicidad estaba omnipresente en la revuelta. Esa felicidad no era una utopía, sino una exigencia. Liquidar el 68 también implica esto: no escuchar a las gentes que reivindican el derecho político a la felicidad.

¿Puede decirse que el 68 enterró la idea misma de revolución?

J. Rancière: El 68, y no solamente en Francia, puso de nuevo en escena la idea de revolución como proceso autónomo, creando un espacio-tiempo propio al trastocar la distribución de las posiciones y del paisaje común. Encontramos aquí lo que tuvo lugar en las revoluciones del siglo XIX, en 1830, en 1848 y en 1871. A saber, una inestabilidad global de la legitimidad estatal y del conjunto de las autoridades sociales e intelectuales. Esta lógica no es la lógica de la revolución para tomar el poder. Los que se echaron a la calle en 1830 querían en primer lugar oponer su poder de palabra y de manifestación al poder soberano de prohibir. Al hacerlo, crearon un espacio imprevisto en el que el poder se encuentra desnudo, despojado de los privilegios que le garantizaba su cuerpo. Esto lo convierte en un «poder que se toma», pero no es en esto en lo que consiste la potencia de la revolución. Este efecto de desnudamiento de los espacios y las legitimidades fue central en el 68 y habría podido muy bien crear un «poder que se toma» semejante. Pero, mientras tanto, se produjo una generalización de la idea marxista de la revolución como proceso de toma del poder conducido por un partido que resume la inteligencia del movimiento histórico.

El 68 dio inicio a una revolución del primer tipo, mientras se pensaba en los términos del segundo. Pensó el cambio radical en términos marxistas, mientras expulsaba a la vanguardia que se suponía que tenía que llevar la revolución a su término histórico. Si esta forma clausuró la era de las revoluciones o no, nadie puede saberlo. Seis años más tarde, volvió a salir a la superficie en Portugal. El 68 fue una movilización obrera masiva, masivamente pensada conforme a las categorías marxistas que, sin embargo, destrozó el modelo marxista de «la» revolución necesaria. Nada resultaba menos necesario que el 68. 1967 flotaba en un clima de fin de la historia y de reformismo triunfante. Si un «nuevo 68» puede tener algún sentido, es el de un movimiento que altere esa distribución de los espacios que pone por un lado a la política como un mero asunto de ministros, y por otro, lo social o la escuela como lugares de negociación sindical, etc.

Un eslogan del 68 ha quedado en la memoria: «No es más que un comienzo, continuemos el combate». Y en cada crisis social la cuestión se plantea de nuevo: ¿y si Mayo del 68 recomenzase? ¿La pregunta es puramente retórica?

J. Revel: «Esto va a recomenzar» no tiene ningún sentido. La historia no recomienza. Por el contrario, «no es más que un comienzo…» quiere decir algo. Si hay un combate que continuar, se puede formular así: ¿cómo hacer valer hoy una liberación de la injusticia, de la explotación, de la desigualdad y del sufrimiento social que sea simultáneamente una afirmación de libertad, una experimentación, una discontinuidad? Esta pregunta, si uno se la plantea, abre una esperanza formidable.

J. Rancière: Rara vez oigo decir: «Esto va a recomenzar». Sobre todo oigo lo contrario: «se acabó» o, incluso, «jamás existió», fue la ilusión de un momento. Entonces, la cuestión que se plantea es la de saber si el acontecimiento existió y en qué medida podemos asignarle una significación que adquiera un sentido en la perspectiva de construir un porvenir y de definir una comunidad; se trata de saber, al fin y al cabo, si existe un universo de posibles creado por el 68 o no. 2008 no es 1968. «No queremos ser los jefes de la sociedad», decían los estudiantes de entonces; se imaginaban a sí mismos de acuerdo con el sentido revolucionario de la historia. Hoy, el orden dominante ha retomado el tema de la necesidad histórica para hacerla desembocar en el libre mercado. Y los estudiantes, en las manifestaciones contra el CPE, decían más bien: «No queremos ser los proletarios de la sociedad». Pero lo que dota de sentido a la política es, en todos los casos, el rechazo de la necesidad: esto es lo que crea porvenires imprevistos. Es lo que el movimiento del 68 mostró, como las revoluciones del pasado.

Traducción de Hero Suárez

Ilustración de Álvaro Cicero

1 Ndt.: Se refiere a las negociaciones del gobierno de George Pompidou con los huelguistas de Mayo del 68.
2 Ndt.: Se refiere a los disturbios que tuvieron lugar en los suburbios parisinos en 2005 y que se extendieron por toda Francia y por un gran número de países de Europa, tras la muerte de dos adolescentes perseguidos por la policía.
Written by
No comments

LEAVE A COMMENT

*