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El poder milagroso de Doña Pancha Fest

El quiropráctico, pinche hijo de Nick Riviera, me tenía prohibido treparme a un autobús. Así como amenazan al cirrótico, un trago más y te mueres, a mí me advirtieron que otro viaje por tierra sería mi tumba. Desde hacía dos semanas la maldita ciática me tenía postrado en la cama. Pero estaba decidido, nada impediría que me fajara al yeti del Doña Pancha Fest.

La medicina es un embuste. Mucho pinche trasplante de esto y de aquello pero un nervio asiático crispado no lo pueden curar. Fisioterapia, acupuntura, natación, arponazos de bedoyecta, pero el alivio no acudió. Entonces recurrí a internet. Según los sabios de la web la raíz de mi mal podría obedecer a motivos mentales. Traducción: estrés. Pinche cerebro puto.

Intenté conseguir un vuelo pero fue imposible.

Seguro había alguna convención de mayates o de mariachis. La respuesta, como siempre, estaba en las drogas. Me puse a dieta de Tafirol Flex. Una noche antes del festival me persigné tres veces y me subí a un autobús con dirección a Guadalajara. En casos como este, nada como Tafil, pero corría el riesgo de despertar con la espalda engarrotada como don Teofilito el de los Polivoces.

Realicé el trayecto como adicto en rehabilitación, recorriendo el pasillo del autobús sin descanso. Por tramos me aplastaba. Entre el asiento y mi espalda me encajaba un cojín como lo hacen los jubilados. Moría de sueño. Pero no me podía permitir dormirme. Corría el riesgo de quedar inmovilizado. Mi aliciente para mantenerme despierto era Michael Rother. Si después del toquín me internan en el hospital, no hay pedo, pensaba. Pero luego. Antes ni madre.

Horas después arribé a Guadalajara. Era extraño no estar crudo en domingo. Tomé un taxi directo a mi hostal. Después de registrarme hice las posturas de yoga que me había recomendado mi hija. Pero como que la panza y la yoga son incompatibles porque la única que me salió fue la del perro saludando al sol. El alivio me lo procuró acostarme sobre el piso. Como en el camino no había casado el párpado más de cinco minutos, me quedé dormido.

Desperté hasta las seis de la tarde. Me pegué un chagüer y me tendí a Larva. La sede del festival. Cómo me caga hacer de la mal pasada mi patria. Ni chance tuve de prescribirme una torta ahogada. Traía las figuras del mosaico del piso dibujadas en la espalda. No hay pedo, me dije. Mientras aguantara de pie las horas que le restaban al festival. Cuando presumí que le metería un pinche fajesote al yeti, lo decía en sentido metafórico. El yeti es la mascota marca registrada de Doña Pancha Fest. Así que me refería a ese viejo lema que durante mi niñez había cundido. Dejaría que el yeti inundara mi cabeza de rock.

Nada de alcohol, había recomendado el quiropráctico. Al parecer la mezcla de tafirol con las bebidas embriagantes es bastante perjudicial para el hígado. Jamás he sido capaz de rechazar un trago. Y no me estrenaría en tan vergonzoso acto en mi primer Doña Pancha Fest. Daniel Guzmán me recibió con un mezcal. Calentamiento de motores. Era oficial. Estaba en territorio del yeti.

Los Cardencheros de Sapioriz rockstars saltaron al escenario. Cantaron «Ya me voy a morir a los desiertos» y se me removieron las tripas. No sé si era la combinación del tafirol con el mezcal o que estaba demasiado sensible por la ciática o el qué lejos estoy del suelo donde he nacido, pero sentí el canto cardenche más llegador que otras ocasiones. No pos si estaba ponedor el tafirol. Luego subieron al escenario los tijuanenses pioneros de la electrónica Ford Proco. Y en seguida Los mundos.

Para cuando salió a escena el maestro

Rotten yo todavía acusaba un dolor que me hacía caminar como Iggy Pop. Fui al baño y me aspiré una raya violenta. Pero no existe anestesia que acalle a una ciática remilgosa. Todo está en la mente, insisten los pinches orientales. Conforme la música de Rother se fue apoderando del recinto me sentí como el Karate Kid después de que Miyagi se frotara las manos y le acomodara la pata como vil güesero.

Entonces ocurrió el milagro. De repente me percaté de que estaba bailando. El poder curativo de la música había hecho efecto en mí. Lo que no habían conseguido las ventosas ni la medicina alternativa lo había corregido Rother en un par de rolas. No era para menos. Lo que atestiguaba era música y no chingaderas. Pinche Doña Pancha, me dije, de haber sabido que esta era la solución les habría pedido que adelantaran el festival tres semanas.

Mientras viajaba en el bus rumbo a Guadalajara pensaba, Orita debería estar acostado en mi cama. Lo que hace uno por la música. Pero en Doña Pancha me cayó el veinte de lo que la música hace por nosotros. Mi ciática lo que necesitaba era una inyección de krautrock. En un punto, mientras me desgañitaba al ritmo de Neu! y Harmonia, pensé: esto me va a costar caro. Pero no. Al día siguiente amanecí perfecto. Viajaría por tierra a la cdmx y descendería brincando del bus.

Bendito Doña Pancha. No bailaba tanto desde las tardeadas de mi juventud en la disco Pikiú.

Carlos Velazquez posa para una foto  en la 28 Feria Internacional del Libro Guadalajara, Guadalajara, Mexico, Viernes 5 de Diciembre , 2014. ( © FIL/Bernardo De Niz)

Carlos Velazquez posa para una foto en la 28 Feria Internacional del Libro Guadalajara, Guadalajara, Mexico, Viernes 5 de Diciembre , 2014. ( © FIL/Bernardo De Niz)

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