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El proceso dual: el único juego disponible | Morris Berman

La conclusión de que nos encontramos en un callejón sin salida, y de que algunos aspectos esenciales han de cambiar si es que hemos de sobrevivir como especie, no sorprenderá a ninguno de los lectores de Reporte SP. Intuyo que muchos lo hemos pensado durante los últimos treinta o cuarenta años, y en general se trata de una percepción que millones de personas en Europa y América del Norte comparten, incluso si es a un nivel inconsciente. Desde la década de los sesenta se ha escrito bastante sobre el tema. Pienso en libros que han sido muy influyentes, incluso famosos, quizá comenzando con la obra clásica de Paul Goodman, Creciendo en el absurdo, aparecido en 1960, seguido en 1964 por El hombre unidimensional, de Herbert Marcuse. En 1969 se publicó El nacimiento de una contracultura, de Theodore Roszak, The End of the American Empire [El fin del imperio americano], de Andrew Hacker, en 1970, y el famoso estudio titulado Limits to Growth [Los límites al crecimiento] en 1972. Y existen otras varias obras sobre el género que podrían añadirse a la lista. Básicamente, todo un estilo de vida resultó cuestionado, el asociado con el Sueño Americano, pero también con la presencia dominante de la ciencia y la tecnología en nuestras vidas, que de manera inevitable forma parte de ese sueño. Pero qué es exactamente lo que debe cambiar, y cómo ha de conseguirse ese cambio, nunca logró aclararse de manera consensuada.

Por supuesto que el cómo se produce el cambio social ha sido tema de debate sociológico durante al menos los últimos ciento cincuenta años. Las diferentes respuestas están condicionadas por la escala del cambio a la que nos refiramos. En este ensayo quisiera enfocarme en el cambio social masivo, del tipo que se produjo con el colapso del Imperio Romano, o con el ascenso de la Europa feudal, o con el reemplazo del feudalismo por el capitalismo.

Para eventos de esta magnitud, los lugares comunes habituales sobre el cambio —un mejor sistema educativo, por ejemplo, o la política electoral, o incluso la revolución armada— son insuficientes. Los cambios a los que hago referencia son prácticamente geológicos; requieren de siglos para producirse. Tratan sobre lo que el gran historiador francés, Fernand Braudel, denominó la longue durée, el largo plazo.

Braudel fue el líder de un grupo de intelectuales conocidos como la Escuela de los anales, y el argumento básico del grupo fue que la verdadera preocupación de los historiadores debería de ser las estructuras que yacen en la base de los acontecimientos contemporáneos. Bajo la superficie de eventos de corto plazo como los ciclos individuales de crecimiento y crisis económicas, dijo Braudel, podemos discernir la persistencia de «antiguas actitudes de pensamiento y acción, armazones resistentes que se niegan a morir, en ocasiones contra toda lógica». (¿Les suena familiar?). Un derivado importante de la investigación de los Anales es la obra de la Escuela de análisis de sistemas mundiales, que incluye a Immanuel Wallerstein y a Christopher Chase-Dunn, que igualmente se enfocan en las estructuras de largo plazo: particularmente, el capitalismo.

De acuerdo con esta escuela, el «arco» del capitalismo es de alrededor de seiscientos años, abarcando el periodo entre los años 1500 a 2100. Es nuestra suerte o desgracia particular estar viviendo el principio del fin, la desintegración del capitalismo como sistema mundial. Durante el siglo XVI, la principal variante fue el capitalismo comercial, que evolucionó hacia el capitalismo industrial en los siglos XVIII y XIX, para después convertirse en capitalismo financiero: dinero creado por el propio dinero, y por la especulación cambiaria, en los siglos XX y XXI. De manera dialéctica, será el propio éxito del sistema lo que producirá su posterior ruina.

Como bien sabemos, particularmente Marx argumentó que existía un proceso dialéctico en operación, mediante el cual el capitalismo producía a sus propios «enterradores», que para él consistían en el proletariado, que en algún momento se alzaría para reemplazar el capitalismo con el socialismo. Pero eso en realidad nunca sucedió y, en todo caso, el socialismo no resultó un modelo muy exitoso. Además, no es tan diferente del capitalismo. Ciertamente, es diferente en tanto aboga por una distribución de la riqueza equitativa, y yo en lo personal considero difícil oponerse a ese ideal. En enero de este año se reveló que las 62 personas más ricas del planeta tienen una riqueza equivalente a la del 50% de la población mundial. No es simplemente una cifra grotesca, es también surreal. En cuanto a mí respecta, cualquier medida tomada para revertir esta situación sería positiva. Pero, más allá del asunto de la distribución, ambos sistemas se definen por parámetros idénticos: en particular, la expansión económica y tecnológica. Ninguno de los dos realmente se preocupa por el desastre ecológico, o por la calidad del trabajo, o por las presiones psicológicas aparejadas que acompañan el estilo de vida expansionista, ni por la dimensión espiritual de la vida, es decir, el sentido que pueda tener todo esto. Por todo lo anterior, como ya adelanté, un mayor acceso a la educación, o elegir a Justin Trudeau o a Bernie Sanders, o tomar por asalto el Palacio de Invierno, en realidad no modificarán gran cosa. Si nos referimos al auge y caída de civilizaciones, o a las grandes formaciones socioeconómicas, se requiere de algo más profundo.

Por qué se derrumban las civilizaciones es un tema que ha sido estudiado por numerosos pensadores, incluídos Oswald Spengler, Arnold Toynbee, Joseph Tainter y otros más. Cada uno ha encontrado un factor crucial que, digamos, condujo a la caída de Roma, o de alguna otra civilización. En mi opinión, todos tienen algo de razón: sus respuestas no son mutuamente excluyentes. Por ejemplo, para Tainter, la raíz del declive es económica: cada civilización alcanza un punto de retornos decrecientes, cuando ya no puede mantenerse a sí misma. En el caso de los Estados Unidos, China posee 2000 millones de millones de dólares de la deuda nacional en instrumentos como bonos del tesoro, y Japón otros 1000 millones de millones. Ambas naciones podrían bajar el telón de nuestro espectáculo, si así lo quisieran, pero prefieren continuar cobrando los enormes intereses sobre estos préstamos. Para Spengler, el factor crucial era espiritual: cada civilización, escribió, encarna una Idea central, o Platónica, y cuando la fe en ella se evapora, lo mismo sucede con la civilización. De nuevo, si utilizamos el caso de Estados Unidos, la Idea siempre ha sido el Sueño Americano, el sueño de la expansión ilimitada. (El comediante George Carlin solía decir que lo llaman el Sueño Americano porque tienes que estar dormido para creértelo).

Pero millones de americanos ahora saben que nunca podrán jubilarse, que sus hijos la tendrán más difícil que ellos y que —viejos o jóvenes— en realidad no cuentan con nada valioso que le dé sentido a sus vidas. La reciente película de Tim Blake Nelson, Anesthesia, lo representa con gran fidelidad: que la vida americana está tan vacía que todo el mundo corre de un lado para el otro tratando de llenar el Vacío, llenar el hueco en sus almas. Una consecuencia es una tasa de homicidios que se ha disparado por los cielos, con una masacre —definida como el asesinato o herida de cuatro personas o más— produciéndose más de una vez al día. Es difícil de creer, pero así es. Y la policía se ocupa de abatir gente en la calle: más de cinco mil ci- viles desarmados fueron muertos por la policía entre 2001 y 2011, y la tasa de asesinatos continúa al alza. Los ataques sin razón alguna se producen ahora por la frustración ordinaria, a menudo, curiosamente, en restaurantes de comida chatarra. A una mujer no le entregan sus McNuggets de pollo, o lo que sea, y regresa al McDonald’s con un arma semiautomática y abre fuego en el establecimiento. Podríamos pensar que padece daño cerebral, pero creo que también refleja la frustración ocasionada por ya no poder obtener lo que quieras, cuando quieras. En breve, se trata de furia contra el fallido Sueño Americano, y vemos abundantes manifestaciones por doquier en la actualidad.

La escritora Nicole Aschoff discute esta pérdida de espíritu en su muy astuto y entretenido libro, The New Prophets of Capital [Los nuevos profetas del capital].* En él argumenta que la sociedad capitalista requiere particularmente de historias que la sustenten, porque los micro-eventos de nuestras vidas tienen lugar al interior de estructuras más amplias cuyo objetivo es obtener una ganancia. La inmensa mayoría de los trabajos no son creados para satisfacer necesidades humanas, sino simplemente para acumular más y más dinero para los dueños o los inversionistas. De manera similar a lo argumentado por Erich Fromm hace varios años, Aschoff afirma que la coerción no es suficiente para que la gente trabaje en este tipo de empleos: «Grandes porciones de la población necesitan (…) creer que la sociedad capitalista vale su creatividad, energía y pasión, y que les otorgará algún tipo de sentido a sus vidas». El problema es que no existe ningún sentido intrínseco en la lógica de expansión económica ilimitada. Como resultado, las historias —que en realidad son cuentos de hadas— se vuelven indispensables para el sistema. Entre estas se cuentan las novelas de Alger Hiss, construidas en torno al mito del self-made man; o las lecciones de Benjamin Franklin sobre frugalidad y ahorro; o las historias ofrecidas por los grandes capitanes de la industria sobre visión y perseverancia, sobre cómo la competencia supuestamente contribuirá al desarrollo de la raza humana. «Estas historias del trabajo-como-virtud, de la ganancia-como-virtud han sido extremadamente exitosas», concluye Aschoff. A mí me parece que esta labor ideológica —lo llamo «La mejor historia jamás vendida»—2 está perdiendo su fuerza, conforme más y más gente se da cuenta de que sus vidas carecen de todo sentido y no se sienten particularmente bien al respecto. Creo que las consecuencias de lo anterior serán poderosas y duraderas.

En cuanto a Toynbee, su argumento consistió en que no eran las invasiones externas —bien los visigodos del siglo v o los jihadistas del xxi— los que produjeron el derrumbe del imperio. Más bien, afirmó, para cuando se produjo la invasión, la civilización en cuestión ya se había suicidado: se había debilitado tanto mediante actos de autodestrucción que la invasión fue simplemente la cereza en el pastel, por decirlo de alguna manera. Esto es cierto respecto a Estados Unidos, que terminó por producir los atentados del 11 de septiembre tras casi un siglo de intervenir en Medio Oriente, hasta que la venganza se volvió inevitable; es un hecho tan evidente que no requiere mayores explicaciones. De hecho, en este contexto, «venganza» [«blowback», en inglés] es un término acuñado por la cia para referirse a este tipo de ataques. Incluso el antiguo pastor de Obama, el reverendo Jeremiah Wright, señaló con agudeza: «Si uno se dedica a aterrorizar gente, en algún momento van a aterrorizarte de vuelta». ¡No me digan!

En todo caso, la última vez que se produjo un cambio de esta magnitud, es decir un vuelco civilizacional, fue durante los siglos xiv y xv, cuando el mundo medieval empezó a desintegrarse para dar paso al mundo moderno. En su estudio clásico del periodo, El otoño de la Edad Media, el historiador holandés Johan Huizinga retrató una época de depresión y agotamiento cultural: igual que la nuestra, un periodo histórico difícil. Una de las razones es que el mundo se encontraba literalmente al borde del abismo, como queda muy claro al final de La tempestad, de Shakespeare, escrita alrededor de 1610. Lo que estaba por venir era principalmente desconocido, y tener que estar al borde del abismo durante un tiempo prolongado es, por decirlo precisamente, una pesadilla. Lo mismo sucedió con el colapso del Imperio Romano, sobre cuyas ruinas lentamente se construyó el sistema feudal. Lo mismo puede decirse de nuestra situación actual, razón por la cual las «soluciones» propuestas por las figuras políticas son poco más que malas bromas. Esta gente no posee ninguna visión alternativa porque no comprende lo que ocurre, y por lo tanto lo que se necesitaría. Por alguna razón que no logro comprender, se niegan a aceptar mis consejos; es realmente muy frustrante. Permítanme ofrecer un ejemplo de lo anterior.

Hace cuatro años fui invitado a impartir unas conferencias en España, y durante el viaje hice algunas entrevistas para periódicos y la televisión. El primer ministro, Mariano Rajoy, enfrentaba una inmensa crisis económica que buscaba solucionar mediante un crédito de cien mil millones de euros por parte de la Unión Europea. Cuando me preguntaron al respecto, cada vez respondí de manera literal: «El señor Rajoy es un idiota», y añadí que esto no solucionaría nada, porque el dinero se utilizaría para rescatar a los bancos, no para crear trabajos o rescatar a los pobres. Mi predicción fue que dentro de seis meses, Rajoy volvería a Bruselas con su sombrero de pedigüeño, para pedir otros cien mil millones de euros. Desde luego que Rajoy obtuvo el dinero, lo distribuyó entre sus amigos millonarios, la austeridad en España alcanzó niveles intolerables, la gente protestó en las calles, y prácticamente a los seis meses Rajoy volvió a Bruselas a solicitar otro rescate. De nuevo, podríamos pensar en algún tipo de daño cerebral, pero desde una perspectiva más amplia se aprecia que la gente en los puestos de mando busca sostener un sistema que ya no es sostenible, con estrategias neoliberales destinadas a la bancarrota, que no tienen oportunidad de funcionar.

Bien, Rajoy en efecto es un idiota, pero elegir a un socialista — como sucedió en España antes de Rajoy con José Zapatero— tampoco funcionó. La gente que cuenta con una verdadera respuesta a este desastre de la austeridad, que es una crisis del modelo neoliberal como tal, no se encuentra en el gobierno. Es la gente a nivel de la calle, la que busca alguna forma de un Proceso Dual, como detallaré a continuación.

Como su nombre lo indica, el Proceso Dual consiste de dos partes. La primera es el colapso de la formación socioeconómica dominante; la segunda es la emergencia concomitante de alternativas, que podría generar el reemplazo del sistema actual. En cuanto al colapso respecta, ya abordé cómo el sistema se está destruyendo a sí mismo en lo político, económico y espiritual; hace dieciséis años sugerí en mi libro, El crepúsculo de la cultura americana, que estos procesos continuarían su marcha inexorable, predicción que resultó acertada. De hecho, se han acelerado. La realidad es que no hay sistema que dure por siempre: el cambio es la única constante que encontramos en los registros de la historia. Como el crítico social Peter Frase argumentó hace algunos años: «la humanidad jamás ha conseguido construir un sistema social eterno (…) y el capitalismo constituye un orden notablemente más precario y volátil que aquellos que lo precedieron». En un artículo publicado en 2014 en la New Left Review, Wolfgang Streeck escribió que «Lo que vemos en la actualidad (…) parece en retrospectiva como parte de un proceso continuo de gradual decaimiento, de larga duración pero, aparentemente, igualmente inexorable». Cualquier estabilidad que tuviera el capitalismo en el pasado, prosigue, dependía de la presencia de fuerzas contrarias (por ejemplo, los sindicatos). Actualmente no existe ninguna fuerza que establezca un contrapeso a la expansión capitalista, que ofrezca algún tipo de equilibrio. Lo anterior sugiere que el capitalismo quizá se destruya a sí mismo a partir de ser demasiado exitoso. La mayoría de la gente dentro de estas sociedades se encuentra fascinada por el consumismo, de modo que el sistema continúa acumulando desequilibrios, porque no existe suficiente variación estructural para lidiar con el cambio. En resumen, concluye, «el capitalismo victorioso se ha convertido en su propio peor enemigo»; está «muriendo (…) de una sobredosis de sí mismo».

Como ejemplo de lo anterior, Streeck señala que la cultura consumista es completamente vital para la reproducción del capitalismo contemporáneo. El problema es que los productores y los consumidores tienden a ser la misma persona. Así que cuando los consumidores buscan la mejor oferta, se infligen daño a sí mismos como productores, porque hacen que sus propios trabajos se vayan al exterior. Adicionalmente, la corrupción es ahora un elemento inherente al sistema: de ninguna forma nos encontramos tan sólo frente a algunas manzanas podridas. Pensemos los casos de inmensa corrupción que salieron a la luz tras el colapso de 2008, que probablemente siguen ocurriendo. Streeck escribe:

                  Agencias de calificación a las que les pagan los emisores de instrumentos tóxicos para darles la máxima calificación; bancos sombras con sede en paraísos fiscales, lavado de dinero y asesoría para incurrir en evasión de impuestos a gran escala constituyen parte integral de las labores cotidianas de los principales bancos, incluidos los nombres más prestigiosos; la venta a clientes incautos de instrumentos construidos para que otros clientes pudieran apostar en su contra; los principales bancos del mundo fijan las tasas de interés y el precio del oro de manera fraudulenta, y así sucesivamente.

No queda claro cómo podría sostenerse a sí misma este tipo de violencia sistémica.

Permítanme ahora enfocarme en la otra parte del Proceso Dual, la emergencia de alternativas concomitantes con la desintegración del sistema dominante. Se trata de una de las razones por las que me alegra escribir sobre este tema. Sin embargo, antes de pasar a las alternativas contemporáneas, permítanme ofrecer un ejemplo de la Edad Media que resulta bastante esclarecedor. El capitalismo fue establecido alrededor del año 1500, pero desde mucho antes, alrededor del año 1250, a algún astuto comerciante italiano se le ocurrió la idea de llevar la contabilidad de doble entrada. Es un sistema central para cualquier empresa capitalista, porque sin él no se pueden calcular las ganancias o las pérdidas. Así que en medio de un sistema feudal que lentamente se deshilachaba en los márgenes, se produjo el disparo inicial de una economía alternativa emergente, con doscientos cincuenta años de antelación. Los «hábitos» del capitalismo, las herramientas y conductas que hicieron posible el nuevo sistema, se desarrollaron de manera paralela a la existencia del viejo sistema, hasta que en algún momento lo eclipsaron. Lo que necesitamos averiguar, desde luego, son los equivalentes contemporáneos de la contabilidad de doble entrada.

Entonces, volviendo al siglo xxi, creo que podemos afirmar que conforme el capitalismo continúa deshilachándose en los márgenes, las alternativas —pienso por ejemplo en sistemas monetarios alternativos, o fuentes de energía alternativas— serán cada vez más atractivas, y les aseguro que el de 2008 no es el último colapso financiero que nos tocará presenciar. No es ningún accidente que los países con los más severos regímenes de austeridad, como Grecia, España o Portugal, sean los más creativos respecto a dichas alternativas. De hecho, en 2012 había por lo menos 325 experimentos de monedas alternativas en operación en España, incluido el trueque, y supongo que esa cifra sea mucho más elevada ahora. Resulta que Barcelona cuenta con más de cien «bancos de tiempo» que atienden a miles de clientes, de manera que permiten a la gente intercambiar servicios sin necesidad de utilizar dinero, en lo que ha sido llamado una «economía paralela». Cataluña es particularmente fuerte en este aspecto, y sospecho que con el derrumbe del capitalismo también veremos la caída del Estado-nación, y la emergencia de movimientos de secesión muy vigorosos. Puede que esto se encuentre sólo a treinta o cuarenta años de distancia, pero ya se aprecia un vago esbozo del panorama, y aquellos países atrapados por las pinzas de la austeridad se encuentran particularmente involucrados en la creación de redes de cooperativas, sindicatos crediticios, bancos de tiempo, granjas orgánicas y cuestiones similares. Como escribió el biólogo David Ehrenfeld: «Nuestra primera labor es crear una economía sombra, una estructura social e incluso tecnológica que se encuentre lista para ser instaurada cuando el sistema actual fracase». En mi opinión, se trata de una definición bastante buena de lo que quiero decir con el Proceso Dual, y es muy probable que se trate de la historia principal del siglo xxi.

Permítanme que ofrezca algunos aspectos específicos, en particular el caso de Japón. Este tema forma parte del último capítulo de mi más reciente libro, de próxima aparición en español, titulado Belleza neurótica: un extranjero mira Japón.3 Ahí especulo sobre la posibilidad de que Japón se convierta en la primera sociedad post-capitalista. Se trata quizá de la más esquizofrénica de las naciones, habiéndose entregado de lleno, desde la ocupación americana de la posguerra, a una vida de consumo y de alta tecnología, con el trasfondo de la experiencia histórica de la Era Tokugawa, alrededor de 1600 a 1850, de una tradición de austeridad y eco-sustentabilidad. Como señala un observador de Japón, el país es «la vanguardia del declinante modelo de capitalismo neoliberal avanzado»; y sin embargo, durante los 250 años anteriores al febril crecimiento iniciado por la Restauración Meiji de 1868, se las arregló con una expansión económica bastante limitada, y como nación le fue bastante bien. Tenía granjas con cultivos orgánicos, planeación forestal, pesca comercial, industria textil y una vigorosa cultura de reciclaje. Townsend Harris, que fue el primer cónsul general de Estados Unidos para Japón (1856-61), escribió en su diario que lo que veía a su alrededor era felicidad real: «Es lo más parecido a una etapa dorada de simplicidad y honestidad que yo haya visto en cualquier país». Era una sociedad de jardines urbanos, interacción comunitaria, baños públicos baratos, reparadores y artesanías de muy alta calidad, todo ello prueba de que una economía de estado estacionario puede generar una cultura vibrante. La belleza y el lujo se encontraban en la simplicidad y en un diseño elegante, y no en la abundancia sin fin. Todo esto se puede prácticamente considerar como parte de la disposición genética japonesa.

En cuanto al Japón contemporáneo, me sorprendió descubrir que Japón cuenta con un mayor número de lo que se llama «programas de moneda complementaria» (más de seiscientos) que ningún otro país del mundo. Algunos de estos programas se remontan a 1970, y a partir de 1995 el número se disparó, cuando los efectos de la recesión económica severa comenzaron a sentirse en el país. Básicamente, se trata de arreglos al interior de la comunidad para aceptar formas de pago distintas de la moneda legal. El resultado no es que reemplacen al yen, sino que existen de manera paralela, como una especie de sistema de trueque, similar al que describí en Barcelona.

Entre la juventud, los estilos de vida también han empezado a moverse en nuevas direcciones, pues se ha producido un gran declive en el interés por bienes de lujo. Se trata de la llamada «generación satori», los jóvenes que prefieren mantener las cosas a pequeña escala, y que prefieren la sustentabilidad antes que el consumo. Muchos adultos jóvenes han comenzado a explorar carreras en agricultura rural, por ejemplo, y la Organización Japonesa de Migración Interna mantiene una página web que los ayuda a reubicarse en comunidades rurales, para comenzar a vivir de manera sustentable. Estos jóvenes han renunciado a la carrera frenética que es trabajar en Toyota o Mitsubishi para optar por «carreras» como pescadores, o fabricantes de mermelada, y las revistas japonesas ocasionalmente publican artículos sobre su involucramiento en agricultura orgánica, o artesanías, o cualquier cosa fuera del marco capitalista dominante.

Entablé una discusión con un joven que no formaba parte de este movimiento, pero que me dijo que la generación de sus padres sí. Le parecía que el porcentaje de japoneses que había optado por la dirección alternativa era pequeño, pero que de todas maneras existía una gran red informal de personas que habían dado la espalda a la sociedad de consumo masiva. «Consideran que el capitalismo es un callejón sin salida», me dijo, «y que conforme continúa su desintegración, los estilos de vida alternativos serán cada vez más atractivos, así como necesarios»: un buen resumen de lo que yo llamo el Proceso Dual.

Incluso al nivel oficial, desde el punto de vista ecológico, Japón tiene muchas cosas que operan a su favor. El mercado doméstico de energía solar alcanzó una cifra cercana a los 20 mil millones de dólares estadounidenses en 2013; y la «huella ecológica» de la nación, definida como la demanda energética por persona, es comparativamente pequeña. Mientras que Estados Unidos quedó en el quinto sitio de la lista elaborada por la Global Footprint Network en 2007, Japón se situó en el trigésimo sexto. Existe cierta conciencia, escribe Azby Brown en su libro, Just Enough: Lessons in Living Green from Traditional Japan [Lo suficiente: lecciones de una vida verde en el Japón tradicional], de que «la sociedad sustentable tendrá que venir, porque la alternativa es que ya no haya sociedad». En la misma línea, el crítico social James Howard Kunstler realizó una «predicción concluyente» hace algunos años:

Japón será la primera sociedad en optar conscientemente por dejar de ser una economía industrial avanzada. En realidad, no cuentan Entonces, volviendo al siglo xxi, creo que podemos afirmar que conforme el capitalismo continúa deshilachándose en los márgenes, las alternativas —pienso por ejemplo en sistemas monetarios alternativos, o fuentes de energía alternativas— serán cada vez más atractivas, y les aseguro que el de 2008 no es el último colapso financiero que nos tocará presenciar. con alguna otra opción aparente, pues no cuentan prácticamente con reservas de petróleo, gas o carbón, y han perdido su fe en la energía nuclear [por desgracia, no lo suficiente, pues incluso después de Fukushima continúan siendo esquizofrénicos al respecto]. Serán el primer país en entrar a un mundo hecho a mano. Antes de 1850 fueron muy buenos en ese tema, y tenían una cultura pre-industrial de gran calidad artística y gracia.

 Ya veremos, el tiempo dirá.

En El reencantamiento del mundo abogué por la importancia central de encontrar un nuevo paradigma para nuestra civilización. Treinta años después, en Las raíces del fracaso americano esbocé, de manera previsible, las razones por las que Estados Unidos fracasó, y dije que era principalmente porque a través de la historia americana marginamos o ignoramos a las voces que argumentaron en contra de la cultura dominante, basada en el oportunismo, en hacer todo a lo grande, en la expansión económica y tecnológica. Esta tradición alternativa se remonta desde John Smith en 1616, a Jimmy Carter en 1979, e incluye a gente como Emerson, Thoreau, Lewis Mumford, Jane Jacobs, Vance Packard y John Kenneth Galbraith, entre varios otros. En Inglaterra se encuentra particularmente asociada con John Ruskin y William Morris, quienes abogaron por la necesidad de establecer comunidades orgánicas con un sentido espiritual, a favor de trabajo que tuviera algún sentido, en lugar de la variante que embota la mente: ambos tuvieron una buena cantidad de discípulos estadounidenses.

En The Approaching Great Tranformation [La gran transformación que viene], Joel Magnuson afirma que necesitamos modelos concretos para una economía post-carbón, mismos que rompan con el modelo capitalista basado en la ganancia, y no en un sentido cosmético o retórico. Ofrece un buen número de ejemplos encaminados en esta dirección, que yo denomino de economía de estado estacionario u homeostática: no-crecimiento, o de-crecimiento, como algunos lo han llamado. No me parece que necesariamente implique un regreso hacia algún tipo de feudalismo; en este sentido, considero que la historia se parece más a una espiral que a un círculo. Un peligro más inmediato es lo que ha sido llamado «lavado de cerebro verde», consistente en la adopción del lenguaje del movimiento ambientalista, al tiempo que se retiene el principio de expansión económica sin límites. Los apóstoles del capitalismo verde, como Al Gore o Thomas Friedman, se han enriquecido considerablemente mediante la repetición de este tipo de tonterías de moda; por su parte, mientras Magnuson recorría Estados Unidos para realizar su investigación, pudo constatar que había un buen número de empresas que se presentan como comprometidas con el medio ambiente y el servicio comunitario, pero que en realidad buscan acumulación de capital y poco más. Es un peligro contra el cual deberán estar atentos los verdaderos promotores del Proceso Dual.

Permítanme concluir con una panorámica más amplia. De lo que se trata en última instancia no es tan sólo del capitalismo, sino de la modernidad en general: en realidad, del otoño de la edad moderna. Shadia Drury, quien tiene la Canada Research Chair in Social Justice en la Universidad de Regina, lo expresó de la siguiente manera:

El inicio y el declive de la modernidad son como los de cualquier otro conjunto de ideales políticos y culturales. En sus inicios, la modernidad albergaba elementos positivos y cautivadores. Era una revolución contra la autoridad de la Iglesia, sus tabúes, represiones, inquisiciones y quema de brujas. Era un renacer del espíritu humano —celebración de la vida, del conocimiento, de la individualidad, de la libertad y de los derechos humanos. Le legaba al hombre una disposición luminosa del mundo, y de sí mismo (…) Este nuevo espíritu alentó la investigación científica, la inventiva, el intercambio, el comercio y una explosión artística de gran esplendor. Pero como sucede con cada nuevo espíritu, la modernidad ha torcido el camino (…) La modernidad perdió la frescura y la inocencia de su promesa temprana, porque sus metas se volvieron pomposas, imposibles, e incluso perniciosas. En lugar de ser el símbolo de la libertad, independencia, justicia y derechos humanos, se ha convertido en el símbolo de la conquista, el colonialismo, la explotación y la destrucción de la Tierra.

En resumen, ha llegado su hora, y es nuestra suerte o desgracia, como dije con anterioridad, vivir durante el proceso de una transición mayúscula, sumamente difícil. Muere una vieja forma de vida, una nueva nace en algún momento. El Proceso Dual: es el único juego que queda a nuestra disposición.

Traducción de Eduardo Rabasa

* El título en inglés es un juego de palabras, pues la autora sustituye prophets [profetas] en lugar de profits [ganancias], en la frase habitual The profits of capital [Las ganancias del capital]. (N. del A.)

** Juego de palabras en referencia a que comúnmente en los países anglosajones se considera que la historia de Cristo es «La mejor historia jamás contada», es decir «The greatest story ever told», por lo que el autor lo modifica a «The greatest story ever sold». (N. del T.)

*** Edición en inglés: Neurotic Beauty. An Outsider Looks at Japan. Water Street Press, 2015.

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