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El punto de inflexión de mi vida | Mark Twain

I

Si entiendo correctamente la idea, la revista Bazar nos invitó a varias personas a escribir sobre el tema enunciado en el título. Se refiere al cambio en mi trayectoria vital que haya posteriormente producido el evento más importante de mi carrera. Pero también implica —quizá sin intención alguna— que ese punto de inflexión en sí mismo fue el causante de la nueva condición. Esto le concede demasiada importancia, una preeminencia desmedida, demasiado crédito. Pues se trata únicamente del último eslabón dentro de una muy larga cadena de puntos de inflexión destinados a producir el resultado capital; en ese sentido, no es más importante que el más humilde de sus diez mil ancestros. Cada uno de los diez mil hizo su parte, en su fecha correspondiente, para que se desarrollara el plan, y todos fueron necesarios. Dejar por fuera alguno hubiera implicado que el plan no se produjera, y hubiera traído consigo algún otro resultado. Sé que acostumbramos decir «tal o cual evento fue el punto de inflexión de mi vida», pero no deberíamos hacerlo. Simplemente deberíamos reconocer que su lugar como el último eslabón de la cadena lo convierte en el más evidente; en importancia real, no tiene ninguna ventaja sobre sus predecesores.

Quizá el punto de inflexión histórico más importante del que tengamos registro haya sido el cruce del Rubicón. Suetonio dice:

Al llegar con sus tropas a la orilla del Rubicón, se detuvo un instante y, ponderando en su mente la importancia del paso que se encontraba a punto de dar, se volvió con aquellos que lo rodeaban y dijo: «Aún podemos retirarnos; pero si cruzamos ese pequeño puente, no nos quedará más remedio que luchar con nuestras armas». Se trató de un momento de importancia capital. Y todos los incidentes, grandes y pequeños, de la vida previa de Julio César, condujeron al mismo, paso a paso, eslabón por eslabón.

Se trató del último eslabón, tan sólo del último, y no por ello más importante que los previos; pero cuando lo miramos a través de la bruma inflamatoria de nuestra imaginación, parece del tamaño de la órbita de Neptuno.
Tú, lector, guardas un interés personal con ese eslabón, y yo también; al igual que el resto de la raza humana. Fue uno de los eslabones que conforman tu cadena vital, y uno de los de la mía. Podemos aguardar, ahora, conteniendo el aliento, mientras César reflexiona. Tu destino y el mío se ven involucrados en su decisión.
Mientras César cavilaba, se produjo el siguiente incidente: un individuo notorio por su aspecto noble y agraciado se encontraba cerca, sentado mientras tocaba la gaita. Cuando tanto pastores como algunos soldados se aproximaron a escucharlo, así como algunos trompetistas, tomó la trompeta de uno de estos últimos, corrió hacia el río con ella y, haciendo sonar la voz de avance con un lacerante estruendo, cruzó hacia el otro lado. Al ver esto, Julio César exclamó: «Vayamos adonde disponen los augurios de los dioses y nos llama la perfidia de nuestros enemigos. La suerte está echada».
Y cruzó, y cambió el futuro de la raza humana para siempre. Pero ese extraño fue también un eslabón en la cadena vital de Julio César. No conocemos su nombre, nunca más oímos hablar de él; se presentó de manera casual; actuó como si fuera un accidente; pero no fue ningún accidente, se encontraba ahí por la compulsión de su cadena vital, para hacer sonar el impresionante tronido que ayudó a decidirse al César, y se insertara por siempre en los pasillos de la historia.
¡Si tan sólo el extraño no hubiera estado ahí! Pero estuvo. Y César cruzó. ¡Con qué resultados! Qué vastos eventos: conforman un eslabón en la cadena vital de la raza humana; cada uno produce el siguiente, y ese el siguiente, y así sucesivamente: la destrucción de la república; la fundación del imperio; la caída del imperio; el ascenso del cristianismo sobre sus ruinas; la difusión de la religión hacia otras tierras, y así sucesivamente: cada eslabón ocupó su lugar determinado en su tiempo determinado, incluyendo en su momento el descubrimiento de América; nuestra revolución, otro eslabón; el influjo de inmigrantes ingleses y de otros lugares, otro; su peregrinaje hacia el oeste (incluidos mis ancestros), otro; el asentamiento de algunos de ellos en Missouri, que resultó en mi nacimiento. Así que yo fui uno de los resultados inevitables del cruce del Rubicón. Si el extranjero que sonó la trompeta no hubiera aparecido (cosa que le resultaba imposible, pues era el eslabón asignado), César no hubiera cruzado. Jamás sabremos lo que habría sucedido en ese escenario. Tan sólo sabemos que lo que sucedió, no habría sucedido. Podría haber sucedido algo igualmente prodigioso, desde luego, pero su naturaleza y resultados están más allá de nuestra capacidad de conocerlos. Pero en lo personal lo que me interesa es que yo no estaría aquí ahora, sino en algún otro sitio; y probablemente sería negro: no hay forma de saberlo. Así que me alegra que haya cruzado. Y realmente muy agradecido, también, aunque hasta antes de ahora jamás lo había pensado.

II

El rasgo más importante de mi vida es para mí su aspecto literario. He sido un escritor profesional durante poco más de cuarenta años. Han habido varios puntos de inflexión en mi vida, pero aquel que fue el último en la cadena destinada a conducirme al gremio literario es el más manifiesto de dicha cadena. Porque fue el último. No fue más importante que sus predecesores. Todos los demás son menos visibles, con excepción del cruce del Rubicón; pero como factores para convertirme en un literato, todos adquieren la misma medida, incluyendo el cruce del Rubicón.
Conozco la historia de cómo sucedió esto, así que contaré cuáles fueron los pasos para llegar aquí.
El cruce del Rubicón no fue el primero, y ni siquiera fue tan reciente. Tendría que remontarme mucho más atrás de la época de Julio César para hallar el primero. Para ahorrar espacio, me remontaré tan sólo un par de generaciones y comenzaré con un incidente de mi infancia. Cuando tenía doce años y medio, mi padre murió. Ocurrió durante la primavera. Llegó el verano y trajo consigo una epidemia de sarampión. Durante una época, casi a diario moría algún niño. El pueblo se encontraba paralizado por el miedo, la tristeza y la desazón. Los niños no contagiados eran aprisionados en sus casas para evitar que se infectaran. En los hogares no había rostros alegres, no había música, no se cantaban sino himnos solemnes, no se escuchaban voces más que las de la oración. No se permitía correr por ahí, ni hacer ruido, ni reír, la familia se movía espectralmente, casi de puntitas, con un silencio fantasmal. Yo era un prisionero. Mi alma estaba impregnada de esta horrible melancolía… y de pánico. En algún momento de cada día y noche un escalofrío repentino me sacudía hasta la médula, y yo me repetía: «¡Ya está, me he contagiado y habré de morir!». La vida bajo esas miserables condiciones no valía la pena, así que me decidí a contagiarme de la enfermedad de alguna u otra forma. Me escapé de mi casa para ir a la de un vecino donde uno de mis compañeros de juego se encontraba muy enfermo de sarampión. Cuando tuve la oportunidad me escabullí a su recámara y me metí en la cama con él. Su madre me descubrió y me envió de nuevo a mi encierro. Pero estaba contagiado; no podían quitarme eso. Casi muero. El pueblo entero se interesó por mí, con ansia, y pedían noticias de mi estado a lo largo del día, varias veces. Todos pensaban que moriría; pero, para su gran decepción, durante el día catorce mi condición mejoró.
Ese fue un punto de inflexión en mi vida. (El eslabón número uno). Pues, cuando me hube recuperado, mi madre terminó con mis días escolares y me envió como aprendiz de un impresor. Estaba cansada de tratar de evitar que me metiera en problemas, y la aventura del sarampión la llevó a decidirse a colocarme en manos más expertas que las suyas.
Así que me convertí en impresor, y comencé a añadir un eslabón tras otro a la cadena que me conduciría a la profesión literaria. Un largo camino, pero yo no podía saberlo en ese momento; y como no podía saber cuál era la meta, o incluso si existía una, me resultaba indiferente. Y era feliz.
Un impresor joven se desplaza bastante, en busca de trabajo. Y después debe buscar nuevamente, cuando la necesidad lo exige. Tomen nota: la necesidad es una circunstancia. La circunstancia es el amo del hombre, y cuando la circunstancia lo dispone, el hombre debe obedecer. Puede discutirle —tiene ese derecho, así como un cuerpo que cae puede discutir con la atracción de la ley de la gravedad—, pero no le servirá de nada: es preciso que obedezca. Así que deambulé durante diez años, bajo la guía y dictados de la Circunstancia, hasta que llegué a una ciudad en Iowa, donde trabajé durante varios meses. Entre los libros que me interesaron en esos días se encontró uno sobre el Amazonas. El viajero contaba el fascinante relato de su largo viaje por el gran río Para hasta la cabecera del Madeira, atravesando el corazón de una tierra encantada, una tierra inmensamente rica de maravillas tropicales, una tierra romántica donde todos los pájaros y flores y animales parecerían pertenecer a un museo, y donde los lagartos y los cocodrilos y los changos parecían tan en casa como en un zoológico. También contaba un increíble relato sobre la coca, un vegetal que producía poderes milagrosos: afirmaba que era tan nutritivo y daba tanta fuerza que los nativos de las montañas de la región de Madeira podían subir y bajar durante todo el día con una pizca de coca en polvo, y no requerían nada más.
El anhelo de conocer el río Amazonas se apoderó de mí, al igual que el de incursionar en el comercio de coca con todo el mundo. Durante meses me entregué a ese sueño, y buscaba idear maneras de llegar a Para y desarrollar la empresa a lo largo de todo un planeta que no la sospechaba siquiera. Pero todo en vano. Una persona puede planear todo lo que quiera, pero es difícil que ocurra nada importante hasta que el mago Circunstancia aparezca y se encargue del asunto. Así sucedió hasta que la Circunstancia acudió en mi auxilio. Sucedió de la siguiente manera. Circunstancia, ya fuera para ayudarme a mí o para causar daño a otro hombre, lo hizo perder un billete de cincuenta dólares en la calle; y ya fuera para ayudarme o dañarme a mí, hizo que yo lo encontrara. Di acuse de recibido del hallazgo, y partí para el Amazonas al día siguiente. Este fue otro punto de inflexión, otro eslabón.

¿Podía haberle ordenado la Circunstancia a otro habitante de aquella ciudad que fuera al Amazonas y organizara el comercio mundial de la coca, a partir del hallazgo de un billete de cincuenta dólares, y ser obedecida? No. Yo era el único que podía hacerlo. Había otros ingenuos por ahí — toneladas de ellos—, pero no eran de mi especie. Yo era el único de mi especie.

La Circunstancia es poderosa, pero no puede obrar por sí sola; necesita de un cómplice. Su cómplice es el temperamento del hombre, su disposición natural. El temperamento de una persona no es invención nuestra, nacemos con él y no tenemos autoridad para modificarlo, ni somos responsables por sus actos. No podemos cambiarlo, nada puede cambiarlo, nada puede modificarlo… más que de manera temporal. Pero la modificación no dura mucho tiempo. El temperamento es permanente, como el color de los ojos y la forma de las orejas. Los ojos azules parecen grises bajo ciertas luces inusuales, pero vuelven a su color natural cuando cesa el efecto.

Determinada Circunstancia puede ejercer coerción sobre una persona y no afectar a otra de distinto temperamento. Si la Circunstancia hubiera dispuesto el billete de cincuenta dólares en el camino de Julio César, su temperamento no lo habría conducido a intentar dirigirse al Amazonas. Su temperamento lo habría llevado a hacer algo con el dinero, pero no eso. Lo podría haber hecho advertir el billete, y esperar. No podemos saberlo. También, lo podría haber hecho dirigirse a Nueva York y conseguir un puesto en el gobierno, ocasionando que Tweed1 no aprendiera nada cuando llegara su turno.

Muy bien, en mi caso, la Circunstancia proveyó el capital, y mi temperamento me dijo qué hacer al respecto. En ocasiones, el temperamento es un asno. En esos casos, quien lo posee es igualmente un asno, y continuará siéndolo. El entrenamiento, la experiencia, la asociación, pueden refinarlo temporalmente, mejorarlo, exaltarlo de manera que la gente piense que es una mula, pero se darán cuenta de que se equivocan. Artificialmente, es una mula, durante ese tiempo, pero en el fondo es un asno, y continuará siéndolo.

Gracias a mi temperamento, yo era el tipo de persona que hace cosas. Que las hace primero, y las piensa después. Así que partí rumbo al Amazonas sin pensarlo más ni realizar preguntas. Eso fue hace más de cincuenta años. En todo este tiempo, mi temperamento no ha cambiado ni un ápice. He sufrido las consecuencias una y otra vez, amargamente, por hacer las cosas primero y pensarlas después, pero dichas torturas no me han enseñado nada: sigo haciendo las cosas bajo el influjo de la Circunstancia y el Temperamento, y las pienso hasta después. Violentamente. En los momentos en los que estoy pensando, incluso los sordos escuchan mis pensamientos.

Partí con rumbo a Cincinnati, pasando por Ohio y Mississippi. Mi idea era embarcarme en Nueva Orleans con rumbo a Para. En Nueva Orleans pregunté, y averigüé que no existía ningún barco hacia Para. Me detuve a reflexionar. Un policía se acercó para preguntarme qué hacía, y se lo dije. Hizo que me pusiera en marcha, y dijo que si me volvía a encontrar reflexionando en público, me arrestaría.

A los pocos días me había quedado sin dinero. Entonces apareció la Circunstancia, con otro punto de inflexión en mi vida: un nuevo eslabón. De camino hacia ahí, conocí a un capitán de barco. Le rogué que me enseñara a navegar el río, y aceptó. Me convertí en capitán. La Circunstancia volvió a hacer su aparición, esta vez con la introducción de la Guerra Civil, para acercarme dos peldaños más hacia la profesión literaria. Los barcos dejaron de navegar el río, y con ello perdí mi forma de ganarme la vida.

La Circunstancia vino al rescate con un nuevo punto de inflexión y un nuevo eslabón. Mi hermano fue nombrado secretario del Nuevo Territorio de Nevada, y me invitó a acompañarlo y ayudarlo en la oficina. Acepté.

En Nevada, la Circunstancia me condujo a la fiebre de la plata y entré en la minería para acumular una fortuna, o eso pensaba, pero ese no era el plan. El plan era conducirme un paso más cerca de la literatura. Para entretenerme, comencé a escribir para el periódico Enterprise, de la ciudad de Virginia. No se trabaja como impresor durante diez años sin montar toneladas de buena y mala literatura, con lo que se aprende —inconscientemente al principio, conscientemente después— a discriminar entre las dos, dentro de las limitaciones mentales de uno; entretanto, sin advertirlo se adquiere lo que se conoce como «estilo». Alguno de mis textos atrajo atención, y el Enterprise me mandó llamar y me hizo parte de su equipo.

Así que me convertí en periodista: otro eslabón. Gracias a y debido a la Circunstancia, el Union de Sacramento me envió a las Islas Sándwich durante cinco o seis meses, para escribir sobre el azúcar. Eso hice, pero incluí muchos asuntos externos que no tenían nada que ver con el azúcar. Pero fueron esos asuntos externos los que me condujeron al siguiente eslabón.

Me dieron notoriedad, así que fui invitado a dar charlas en San Francisco. Y acudí. Ganando buen dinero. Desde hacía tiempo albergaba el deseo de viajar y ver el mundo, y ahora la Circunstancia me había arrojado amable e inesperadamente a la palestra y me proveyó de los medios. Así que me uní a la «Excursión de la Ciudad Cuáquera».2

Cuando regresé a Estados Unidos, la Circunstancia me aguardaba en el embarcadero —con el último eslabón—: el evidente, el definitivo, el eslabón victorioso: se me solicitó que escribiera un libro, cosa que hice, titulándolo Los inocentes en el extranjero. Así fue como me uní al gremio literario. Eso fue hace cuarenta y dos años, y he pertenecido a él desde entonces. Dejando el incidente del Rubicón en su sitio, puedo decir sin temor a equivocarme que la razón por la que me dedico a la literatura es que tuve sarampión a los doce años.

III

Lo que me interesa, en cuanto a estos detalles hace, no son los detalles mismos, sino el hecho de que no pudiera prever ninguno, que ninguno fuera por mí planeado, que no fueran de mi autoría. La Circunstancia, trabajando en conjunto con mi temperamento, los creó y los dispuso a todos. A menudo ofrecí mi ayuda, con la mejor de las intenciones, pero fue rechazada: por lo general, de manera poco cortés. Jamás conseguí planear algo y lograr que saliera tal como lo había planeado. Siempre salía de otra forma: de alguna forma con la que yo no contaba.

Así que ya no admiro al ser humano —como prodigio intelectual— tanto como lo hacía de joven, cuando lo conocí en los libros y no en persona. Solía creérmelo cuando leía que tal o cual general había hecho algo brillante. Ahora sé que no fue así. Lo hizo la Circunstancia, auxiliada por su temperamento. La Circunstancia hubiera fracasado con un general de temperamento distinto: quizá habría apreciado la oportunidad, pero perdido la ventaja por ser por naturaleza demasiado lento o demasiado rápido o demasiado dubitativo. En alguna ocasión se le preguntó al general Grant sobre un asunto que había sido ampliamente debatido por la opinión pública y los periódicos: respondió sin vacilar un instante. «General, ¿quién planeó el avance a través de Georgia?» «¡El enemigo!». Después añadió que es generalmente el enemigo quien planea las cosas por uno. Se refería a que el enemigo, por negligencia o por fuerza de las circunstancias nos deja un resquicio, y al ver la oportunidad, uno la aprovecha.

Las circunstancias planean las cosas por nosotros, con la ayuda del temperamento. No encuentro gran diferencia entre un hombre y un reloj, salvo que el hombre tiene conciencia y el reloj no, y el hombre intenta planear cosas y el reloj no. El reloj no se da cuerda ni se regula, ello se produce de manera externa. Las influencias y las circunstancias externas le dan cuerda al hombre y lo regulan. Dejado a su suerte, el hombre no sería regulado, y el tipo del tiempo que registraría no tendría ningún valor. Algunos hombres raros son relojes maravillosos, que vienen en estuche de oro, con mecanismos para ser balanceados y cosas del estilo, y otros hombres son sólo sencillos, dulces y humildes relojes Waterbury. Yo soy un Waterbury. Un Waterbury de determinado tipo, podría añadirse.

Los países son sólo individuos multiplicados. Realizan planes y la Circunstancia aparece y los desbarata… o los potencia. Algunos patriotas arrojan el té por la borda de una embarcación; otros destruyen la Bastilla. Los planes llegan hasta ahí, después entra en juego la Circunstancia, de manera inesperada, y convierte estos modestos disturbios en una revolución.

Así sucedió con el pobre de Colón. Ideó un complejo plan para encontrar una nueva ruta hacia un viejo país. La Circunstancia le reescribió su plan y encontró un nuevo mundo. Y él se lleva el crédito hasta la fecha. No tuvo nada que ver con el suceso.

Necesariamente, el verdadero punto de inflexión de mi vida (y de la tuya, lector) fue el Jardín del Edén. Ahí se forjó el primer eslabón de la cadena que en última instancia condujo a que me vaciara dentro del gremio literario. El temperamento de Adán fue el primer mandamiento que Dios jamás le dictó a un ser humano en este planeta. Y fue el único mandamiento que Adán nunca pudo desobedecer. Rezaba: «Sé débil, sé agua, no tengas carácter, sé muy fácil de persuadir». El siguiente mandamiento, el de dejar a la manzana en paz, claramente habría de ser desobedecido. No por Adán sino por su temperamento, mismo que él no creó y sobre el que no tenía ninguna autoridad. Pues el temperamento es el hombre; aquello que se viste con ropajes y se denomina Hombre es simplemente su Sombra, nada más. La ley del temperamento del tigre es: Matarás; la ley del temperamento de la oveja es: No matarás. Promulgar posteriores mandamientos donde se le exige al tigre que deje en paz al extraño gordo, o pidiéndole a la oveja que se manche las manos con la sangre del león no vale la pena, pues son mandamientos que no pueden ser obedecidos. Invitarían violaciones de la ley del temperamento, que es suprema, y que adquiere preeminencia sobre toda otra autoridad. No puedo evitar decepcionarme de Adán y Eva. Es decir, de sus temperamentos. No de ellos, pobres criaturas jóvenes e indefensas, dotadas de temperamentos hechos de mantequilla, pues la mantequilla necesariamente debe derretirse al contacto con el fuego. Y no puedo evitar desear que Adán y Eva hubieran sido pospuestos, y que en sus lugares hubieran estado Martín Lutero y Juana de Arco, aquel espléndido par con temperamentos de roble, no de mantequilla. Hubiera sido imposible que Satanás los convenciera de comerse la manzana mediante persuasiones azucaradas, y ni siquiera con las llamas del infierno.

¡Eso hubiera cambiado la historia! Es un hecho. La manzana permanecería intacta; no habría raza humana; tú, lector, no existirías; ni yo tampoco. Y el muy antiguo plan de arrojarme al gremio literario habría resultado fallido.

Traducción de Eduardo Rabasa

1 William M. Tweed fue un prominente político estadounidense del siglo xix. (N. del T.)

2 Se refiere a un viaje de casi seis meses de duración, a Europa y la Tierra Prometida, a bordo de la embarcación Quaker City, que Mark Twain realizó en 1867 como reportero del San Francisco Alta California.

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