Publicación mensual gratuita de Editorial Sexto Piso
 

El resucitador de caballos | Carlos Velázquez

Es el fantasma de un caballo, susurró Imabelle.
Ed se aferró a la escopeta y se asomó por la ventana. El camino estaba desierto. Pero el galope persistía.
Serán unos parejeros.
¿A estas horas?
Nunca faltan los borrachos envalentonados.
Es un caballo fantasma, insistió su mujer.
Malditas gentes sin quehacer, rezongó Ed.
Se recostó con la escopeta sobre el pecho. Se resistía a apegarse a las historias que se rumiaban en el pueblo. Un indio, Mr. Mojo Risin, tenía el don de resucitar a los caballos. Y tal ejercer propiciaba toda clase de apariciones.
Puritita superchería, pronunció Ed.
Duérmete, le aconsejó la mujer.
El galope se percibió con más ímpetu. Ed abrió la puerta confiado en que volaría de un tiro el sombrero del jinete. Pero afuera de su propiedad no se avistaba bestia alguna. El camino estaba vacío. Se echó sobre la cama contrariado. Debió mirar al animal. Sin importar lo rápido que corriera. Y el galope continuaba sin cesar.
No creo en los espíritus, rumió. Y se quedó dormido abrazado a la escopeta.

Ed se acodó en la barra y reclamó un whisky. Por el espejo encima de la fila de botellas descubrió a Mr. Mojo Risin sentado solo en una mesa. Le costaba creer que aquel indio aficionado a la bebida ostentara poderes. Se presumía que también era curandero. Pero la fama de Mr. Mojo Risin se debía sobre todo a su manera de beber. Trabajaba en el rancho de Augusto Robles como cuidador de caballos. Y todos los días, al terminar su jornada, ocupaba el mismo sitio en la cantina y se congraciaba a emborracharse. Era un indio solitario. No vivía en el pueblo. Ocupaba una choza pasando la cañada. Ed y Mr. Mojo Risin se habían topado en dos o tres ocasiones y no se habían obsequiado ni siquiera un saludo.
Mr. Mojo Risin era célebre como domador de caballos salvajes. Se aseveraba que era capaz de hablar con ellos. Ed se prometió a sí mismo que siempre prescindiría de sus servicios. Sabía que la comunicación más eficiente con un caballo eran el fuete y la rienda.
Eh, Pedro, consultó Ed al cantinero, ¿es cierto lo que se hablantea sobre el indio ese? Porque a mí se me afigura que su único talento es depurar botellas.
Déjalo en paz, respondió Pedro. Y colocó un whisky frente a Ed. Es mi mejor cliente.
Mientras saboreaba su trago, Ed decidió que montaría una guardia afuera de su finca. Dos peones que vigilaran el camino.
Voy a atrapar a esos condenados parejeros.
Al salir de la cantina se cruzó con la mirada del indio. Sus ojos eran completamente cristalinos. Como dos canicas de agua. Sin iris, pues.
¿Has traído la tarta?, preguntó Imabelle al ver a Ed entrar por la cocina.
Era el cumpleaños de su hija Clarita.
Claro, mujer.
La depositó en la mesa del comedor y colgó el sombrero en el perchero.
Me crucé con el indio dizque brujo en la cantina, dijo. Ni vuela ni se transforma en coyote ni revive caballos. Sólo es un ebrio.
Imabelle le ordenó lavarse las manos.
Pues en el pueblo aseguran que es milagroso, comentó mientras ponía la mesa. La pobre de Hilda no consiguió embarazarse en dos años de matrimonio. El marido la devolvió a casa de sus padres con la demanda de que estaba defectuosa. Hilda acudió a una consulta con Mr. Mojo Risin. Y su marido por fin consiguió preñarla.
Ed soltó una carcajada.
Ah qué Mr. Mojo Risin, hasta padre va a resultar, como el mismito espíritu santo
Imabelle sacó el pastel de carne del horno.
El galope no es el alma de ningún animal, continuó Ed. Son unos parejeros. O un jinete solitario. Voy a acabar con el desgraciado galope esta noche. Voy a ubicar a dos peones como guardia.
Es el cumpleaños de tu hija, Ed, sentenció Imabelle. Aparta esa obsesión para otro tiempo. Se va a enfriar la cena.
No tardo, rebeló Ed. Tengo derecho a dormir con tranquilidad. Le pondré fin para que atestigües que el caballo fantasma es invento de la gente.
Salió de la casa y apostó a dos peones en el camino con la orden de encañonar a todo el que pasara por ahí.
Si se me quedan dormidos les voy a descontar una jornada, amenazó Ed. Pero si lo capturan, los voy a premiar con una mula de carga a cada uno.
Era la clase de hombre que todo lo quiere emparejar con bestias.
Ahora tienes quince años, hija, dijo Ed al final de la cena. Ya cuentas con edad de poseer tu propio caballo. De responder por su cuidado. En unos días asistiré a la feria en la ranchería de Jal y elegiré un animal para ti. Eres mi única descendencia. Algún día este rancho será tuyo. Y tendrás que aprender a administrarlo.
Clarita era una jinete experimentada. Pero no tenía caballo propio. Uno para que sólo ella montara.
Gracias, papá, dijo y le besó la mejilla.
Ed le había inculcado el amor a los caballos. La emoción mantuvo despierta a Clarita hasta la madrugada. Así como otros contabilizan ovejas, ella sumó caballos hasta quedarse dormida.
Tampoco Ed conseguía dormir, le rechinaban los nervios. Ansiaba solucionar de una vez por todas el misterio del caballo fantasma. Pero aquella noche el galope no acudió. Tanto silencio lo desesperó. Cargó la escopeta y se metió unos cartuchos entre los dientes. Salió a supervisar a los peones y los descubrió dormidos.

Revendedores de toda la región gravitaban en el vestíbulo del hotel. Ed procuraba apalabrar al mejor animal de toda la muestra. Había ahorrado durante tres estaciones. Portaba capital suficiente para respingar cualquier puja. Identificó a Mr. Mojo Risin con un cigarro entre los dedos. Asistía en calidad de oráculo. Augusto no compraba caballos sin la aprobación del indio.
Ed, saludó Augusto. ¿Vienes solo?
Sí, respondió Ed. Para economizar. Los gastos de un acompañante prefiero invertirlos en adquisiciones.
Ah qué Ed, olvidaba que tu vida son los caballos, sonrió Augusto. Te invito a cenar, para que no inviertas en mundanidades como los alimentos.
Ed se sintió tentado a aceptar. Pero la posibilidad de departir con el indio lo perturbó.
Gracias, Augusto, pero reviento de cansancio. Los viajes me estropean el apetito. Malvada edad.
Se registró en una habitación con balcón de la segunda planta. Subió las escaleras con las tripas protestándole. Meditó lo torpe de sus palabras. Estropear el apetito. La presencia de Mr. Mojo Risin lo ponía de mal humor. Cómo permitía Augusto que un indio lo asesorara. De qué le constaba entonces haberse atribuido toda una vida al negocio de los caballos. Esperó dos horas y bajó a cenar. El restaurante estaba vacío, con excepción del indio que bebía en una mesa al fondo. Ed no se intimidó. Le molestaba por su supuesta chamanería, pero no le inspiraba temor. Cenó con serenidad. Se pidió un par de digestivos y se fue a su habitación. El indio se quedó bebiendo en el restaurante.
Lo despertó el galope. Se asomó al balcón y no avistó caballos en carrera. Maldijo por no haber viajado con la escopeta. Se vistió aprisa. Salió del hotel. Pero se topó con pura noche.
Por muy negro azabache que sea un animal, se dijo, no hay oscuridad que lo ampare.
Regresó a su habitación y el galope reanudó. En la recepción tanteó por el cuarto de Augusto Robles. Subió hasta la tercera planta y tocó la puerta.
Cómo puedes dormir con ese relajo, preguntó Ed.
A qué te refieres, dijo Augusto.
Pos al galope.
Cuál, yo no he oído ni uno.
Ed observó al indio al fondo. Tirado encima de un petate.
¿Tienes una pistola que me prestes?
Para qué la quieres.
Puedes ¿o no?
Augusto le entregó el arma a Ed. El galope no desaparecía. Pero Ed se apaciguó. Se quedó dormido con la mano empuñando el revolver que descansaba sobre la cómoda.
Cada año Ed se apersonaba en la feria de Jal. Y aunque lo más comprobable es que Mr. Mojo Risin también hubiera acudido, nunca se había cruzado con el indio. El convivio era para la compra y venta de animales. Sin embargo, se organizaba una carrera para desestimar argucias de especuladores. Ed estaba persuadido de que el galope nocturno acataba a una parejera clandestina. La sanción, si te atrapaban parejeando, era la expulsión de la puja.
Pero a los apostadores no los mete en cintura ni el diablo, se dijo Ed. ¿O fue el indio, que me enmendaba una broma? Desintimó esta teoría. Al indio en qué le afectaba Ed. ¿El galope va a perseguirme eternamente?, se cuestionó. ¿Consistirá en eso el amor a los caballos?
Ed no apostaba. Se congregaba en las carreras sólo por entrometido. Los caballos incumben varias ciencias. De crianza, de reproducción. Y la ludopatía. Ésta última contiene ramificaciones. El animal puede ganar una carrera por trasunto matemático. Debido a unas corazonadas. O por simple misterio. Para maniobrar tanta tecnología hace falta dedicarle la vida entera. Y los vicios de Ed obedecían a otras conjuras. Pero observar a los caballos temblar de carrera no es indiferente a nadie.
El caballo es el animal más bello del planeta, aseguraba Ed.
Un hombre avezado en cuacos debería apostar, se aproximó Augusto a recomendar.
Uno de caballos nunca sabe lo suficiente, contradijo Ed. Aunque se convierta en abuelo montando.
Sus palabras lo contradecían. Y se arrepintió del comentario. Pero no hizo nada por enmendarlo. Le otorgaba la razón a Augusto. El dogmatismo del indio entonces era necesario.
Existirá el día en que el hombre sepa absolutamente todo sobre el caballo, dijo Ed. Y le pareció que si existía la gloria, era esa. Un espacio donde el alma del hombre y el alma del caballo coexistieran como iguales.
Se escuchó el grito ¡Que comiencen las apuestas! Mr. Mojo Risin susurró a Augusto su predilección. El favorito era el azabache. Era el invicto. Pero el indio recomendó al tordillo. Que pagaba 7 a 1. Montado sobre la raya de cal, el peón agitó un pañuelo nejo y las bestias salieron disparadas. Y con ellas un removimiento de tripas general, gritos, sombrerazos, carcajadas que abultaban panzas y ayayayayays de la concurrencia. El tordillo ganó por un cuerpo. La extrañeza mordiscó a la rancherada. Cómo una magnífica bestia había perdido contra un tordillo masudo.
Consumado el jolgorio inició el comercio. Caballo que ofertaban, caballo al que Ed le angulaba defecto. O se lo inventaba. Así aconteció la mañana, desairó cuanto ejemplar daba paseíllo.
A veces escoger una bestia para tu hija es más duro que elegir una para ti, apreció Ed.
Recordaba con cariño su primer caballo, a los catorce años. Era un paso importante en la vida.
Si una mujer escoge un mal marido llevará una vida desgraciada, decía Ed. Lo mismo ocurre con los caballos.
Y lo último que deseaba era el sufrimiento de su hija. Que una bestia malhumorada le agriara su relación con los equinos de por vida. A la una de la tarde se instauró una pausa para comer. Ed decidió que regresaría a casa.
Me largo, dijo a la recepcionista. Ni un animal me provoca aprecio.
Un vendedor que se registraba en ese momento lo escuchó.
Perdone, no pude evitar parar oreja. No puede marcharse sin catar mis ejemplares. Quédese, a las cuatro de la tarde exhibiré mis animales.
Después de comer, Ed subió a echar una siesta. No podía retornar sin una bestia. Clarita reclamaría su regalo. Rememoró la tarde en que a los diez años se negó a montarse en el pony.
Trépate en Nalgón, le indicó Ed.
No, respondió.
Por qué.
Mi caballo está chaparro.
Fran, ordenó a uno de los peones, jálate la yegua vieja. Me encimas a la niña y la amarras a la silla.
Desde aquel día Clarita renunció a conducirse en pony.
A las cuatro de la tarde se reanudó la puja. El desfile de animales no cautivaba a Ed. Hasta que una yegua lo hizo ponerse de pie. Todos los caballos a la venta tenían un nombre, menos el que le había engordado el ojo. Era una alazana de hermosura sobrenatural. Con tan solo verla desplazarse, Ed supo que era la compañía perfecta para su hija. No se produjo una puja reñida. Sólo otro demandó por el precio de la bestia, pero en cuanto Ed subió la cifra se retiró. Un peón montó la yegua. Era mansa como un algodón de azúcar. El jinete flotaba sobre el lomo. El corral por donde trotaba parecía una extensión del cielo.
Augusto y el indio se acercaron a Ed.
No adquieras ese caballo, urgió Augusto.
Qué, replicó Ed. Mírala.
Mr. Mojo Risin dice que es de mala suerte comprar un caballo sin nombre.
No digas tonterías, Augusto.
No son tonterías, Ed.
No creo en supersticiones.
No compres ese animal, dijo Augusto, y sujetó a Ed por el brazo.
Ed se zafó de la mano de Augusto de un tirón.
Voy a pagar por este ejemplar, dijo y se alejó.
Augusto corrió hasta alcanzarlo.
Ed, recapacita.
Augusto, no entiendo por qué te dejas influir de tal manera por un indio.
No lleves esa yegua a tu casa, Ed.
Nada va a impedir que me haga con el animal.
Bien. Prométeme una cosa, Ed. Prométeme que lo bautizarás. Que le endilgarás un nombre antes de que llegue a tu rancho. ¿Lo prometes?

Ed partió de Jal con la yegua innombrada. Le correspondía a Clarita bautizarla. La bestia se comportó durante el trayecto. No hubo inconvenientes en el camino que alentaran las nigromancias del indio. La única maldición de la yegua era su belleza.
Ya no aguanto las botas, informó Ed al entrar a casa.
Clarita, tu padre ha vuelto, gritó Imabelle.
Ed se calzó unos botines.
Vamos a la caballeriza, indicó. Y las mujeres lo siguieron.
La yegua destilaba docilidad. Permitió que Clarita la montara sin respingos. Poderosa pero delicada. El reflejo de Clarita misma, pensó Ed.
Cuánto costó ese animal, inquirió Imabelle.
No preguntes cosas que en realidad no quieres saber, mujer, respondió Ed.
Sí, mamá, mejor que no sepas, añadió Clarita.
Y cómo se llama, preguntó Imabelle.
No tiene nombre.
Qué, se escandalizó su esposa. ¿Te has atrevido a traer un caballo innombrado a casa?
De quién es la yegua. De Clarita. A ella le toca elegirlo.
Es de mala suerte, Ed.
No comencemos con ocultismos. Ni con hechicerías de indios. Que Clarita escoja un nombre y asunto resuelto.
Panela, papá, la llamaré Panela.
Qué buena puntería, Clarita, dijo Ed. Le miraste el alma al animal. Esta yegua es dulce como una panela.
Son un par de sacrílegos, dijo Imabelle.
Bien. Me gané un descanso, dijo Ed. Y se retiró a acostarse.
Clarita montó a Panela el resto de la tarde. Ed encargó a Fran que la supervisara. No es que tomara en cuenta la opinión del indio, pero la ciencia de los caballos es bastante abstracta. La familiaridad entre la bestia y su jinete se puede conquistar en minutos o en horas. Y mientras la confianza se arraigaba era mejor la vigilancia del peón. Pero no existía duda. Clarita había nacido para montar.
Va a ser mejor jinete que yo, presumía Ed.
La nobleza de Panela no resultaba tan exótica. Así como las personas tienen el don de gentes, abundan caballos que son sencillos de trato. Tan buena convivencia no era enigmática.
Ed despertó de su siesta antes de la cena. Clarita seguía encaramada en la yegua.
Clarita, le ordenó Ed, es hora de cenar. ¿Que no piensas darle de beber a ese animal?
La hija desmontó y entró en la casa. El peón condujo a la yegua a la caballeriza. Ed lo alcanzó.
Qué opinas, Fran.
Esto es un milagro, patrón. Ejemplares así no escurren.
Ed se tranquilizó. Cuál mala suerte. Al contrario. La yegua era un regalo de Dios.
Qué con el galope, interrogó a Fran.
En vaivén, dijo el peón. Algunas noches se escucha. Otras no. En ocasiones lo confundimos con el sacudirse de las ramas. Pero no hemos avistado ni jinetes ni parejeros.
Sigue estudiando, dijo Ed. El galopista tiene que caer. Dale a beber y alimenta a este hermoso animal.
Ed, se va a enfriar la cenadera, gritó Imabelle.
Durante la sobremesa, Clarita no cesó de elogiar a la yegua.
Ed terminó su whisky y abandonó el comedor en silencio.
Clarita e Imabelle repetían postre.
No es noche para el galope, se dijo Ed al meterse a la cama. La travesía a Jal lo había extenuado. Pero a las tres de la madrugada lo escuchó. Abrió los ojos y dijo, Ahí está.
Fran, gritó al peón por la ventana de su habitación, ¿lo escuchas?
Sí, patrón.
¿Miras algo?
No, nada.
Ed salió de la propiedad y se detuvo en medio del camino. Miró a izquierda y a derecha.
Vamos a cazar a ese desgraciado, le dijo a Fran. Yo me quedaré a montar guardia contigo.
Entró a la casa por un chipiturco y la escopeta. No se dejaría vencer por el sueño.
Pero el galope fantasma no se repitió. Pensó en Mr. Mojo Risin.
Qué inteliges de lo que mientan en el pueblo acerca de Mr. Mojo Risin, Fran, consultó al peón.
¿De que es un nahual y todo eso?
De eso mero.
La vida de campo es aburrida, patrón. Las gentes inventan toda clase de leyendas para su entretención.
Y este canijo galope. De dónde sale.
Debe ser empresa de algún gracioso. Lo atraparemos, patrón. Verá.
Ed y Fran congraciaron la noche a pasarse de mano en mano una petaca de whisky. Ed no atinaba a recordar cuándo había sido la última vez que fumara tanto. Pero no congeniaba otra forma de matar el tiempo.
Y qué tal la feria, patrón, preguntó.
Vi al indio.
¿A Mr. Mojo Risin?
Al mismo.
Y usted qué piensa, patrón.
¿Sobre la magia?
Ajá.
Pienso que le dan mucho crédito a ese indio. Que ha tenido suerte al domesticar uno o dos caballos y por eso le adjudican habilidades supernaturales. Pero nadie puede resucitar un caballo. Tendría que verlo con mis propios ojos para creerlo.

En unas semanas la simbiosis entre Clarita y Panela se afianzó. Clarita disponía de la yegua a su capricho sin la mirada cuidadosa del peón. El galope acudía unas noches y otras no. Un día, mientras Ed bebía un vaso de agua descubrió que hacía varios días que no pensaba en Mr. Mojo Risin. Mientras se ofuscaba la sed, Clarita entró a la cocina.
Papá, ya tengo quince años, quiero ir al granero.
Cada sábado por la tarde los adolescentes del pueblo se reunían en el granero de los Gallagher más que nada a beber refresco y contemplarse unos a otros indefinidamente. Como si otearan en el horizonte sin esperar nada. Cegados por un sol que les impedía ver otra cosa que no fuera la coca cola que sostenían en la mano. Eran demasiado jóvenes para vencer el pudor y ponerse a bailar. Era un acto inofensivo. Los Gallagher fiscalizaban a los muchachos derrotarse de aburrimiento.
Dile a tu madre, se escudó Ed.
Mamá, gritó Clarita.
Qué ocurre, dijo Imabelle desde la sala.
Dile a papá que me dé permiso para ir al granero.
Imabelle entró en la cocina.
Me niego, se defendió Ed. Baila conmigo, ahí ni vas a bailar.
No podrás evitarlo, Ed, respondió Imabelle.
Está bien, está bien, soltó Ed. El sábado condescenderás que te huela esa banda de futuros gallinazos.
Ed, censuró Imabelle.
Para qué otra cosa sirve ese maldito granero, dijo Ed y salió de la casa.
El tiempo avanzó lento para Clarita. El resto de la semana transcurrió tan apacible que hasta el galope descansó de su jodienda.
Qué habrá ocurrido con ese jodido bromista, se formulaba Ed.
Pero no bajaba la guardia. Todas las noches apostaba a un peón fuera de la finca. Si se quedaba dormido o no, Ed no conseguía descifrarlo, él mismo era un tronco sobre la cama. No le incitaba la gracia que su hija comenzara a visitar el granero. No le era difícil descifrar lo que los padres del pueblo le aconsejaban a sus hijos varones. Camelar a la muchacha con la mejor dote. Y Clarita sería la heredera de los bienes de Ed Williamson.
El sábado por la mañana Clarita e Imabelle armaron tal ajetreo que Ed profirió:
No quiero ni imaginarme el día que se case.
Era un pensamiento que asaltaba a Ed con frecuencia. Toda una vida de trabajo duro para heredársela al ganapán que desposara a su hija.
Pero aliméntate criatura, le dijo Ed a Clarita durante la comida. No es nada extraordinario. Vas a convivir con unos holgazanes, no con vacas de dos cabezas.
El ajetreo no se detuvo hasta las cinco de la tarde. Hora en la que Clarita salió de su habitación con su atuendo de cowgirl. Botas, pantalón de mezclilla y camisa a cuadros.
¿A poco no dan ganas de robársela?, preguntó Imabelle.
¿Quieres hacer el favor de callarte?, gruñó Ed.
Clarita sonrió.
Esto es un disparate, dijo Ed, pensando en si el bolsón que le pidiera matrimonio sería capaz de cuidar su propiedad.
Panela aguardaba ensillada afuera de la casa. Clarita la montó.
De regreso a las siete de la noche, advirtió Ed.
El cielo estaba nublado.
Apúrate que comenzará a llover, dijo Imabelle.
Son menos de seis kilómetros de camino, protestó Clarita.
Espera, intervino Ed. Mejor yo te llevo.
Prefiero irme a pie.
De acuerdo.
Papá, gritó Clarita y arreó el caballo.
A medio camino se desató una tormenta. Pero la lluvia no alteró a Clarita. No podía concentrarse en otra cosa que no fuera Billy Priest, el hijo del herrero. La lluvia se apersianó. Los truenos comenzaron a retumbar más fuerte de lo habitual. Panela permanecía relajada. A paso natural.
Buena chica, la felicitó Clarita.
Era una yegua inquebrantable. Pero un rayo cayó a dos metros de Panela. Una potente estría de luz. El relámpago les impidió el paso. La yegua relinchó, se irguió sobre las patas traseras y derribó a Clarita. La rienda le serpenteó entre las manos. Los caballos un instante son reacios y al siguiente quebradizos. Clarita yacía inconsciente en el piso mientras el animal se alejaba al trote asustado.
Minutos más tarde, Panela avanzaba bajo la lluvia hacia la casa de los Williamson.
Qué carajos, dijo Ed al verla por la ventana.

Había dejado de llover. Ed y Fran la encontraron y la llevaron a casa.
Imabelle, llama al doctor, ordenó Ed.
Por qué tardaste tanto, preguntó Ed cuando Paul apareció.
Esta maldita lluvia, contestó el doctor. Es una fábrica de desgracias. Se volteó una carreta y tuve cuatro heridos.
Clarita sufrió un accidente, dijo Imabelle.
Se cayó del caballo, continúo Ed.
Dónde está.
En su cama.
Vamos a revisarla.
Entraron a la recámara.
Hace cuánto perdió el conocimiento.
Va a cumplir dos horas.
Paul auscultó a Clarita.
Ed, tu hija sufre una conmoción por el golpe. No está en coma, no corre peligro. Debemos esperar a que despierte para una evaluación más completa. Llámenme cuando recupere el conocimiento.
No, Paul, dijo Ed. No te vas a ir de aquí hasta que mi hija abra los ojos.
Puede ser hasta mañana, Ed.
Imabelle, ordenó Ed, prepara café.
Por la madrugada Clarita se quejó.
Tengo sed.
Imabelle, Imabelle, gritó Ed. Agua.
¿Y Panela?, preguntó Clarita.
En el establo.
Qué esperas que no la checas, Paul.
El doctor le arrojó luz sobre las pupilas.
Quiero ir al baño, pidió Clarita.
Espera un poco, convino el doctor.
Mamá, chilló, no puedo mover mis piernas.
Qué pasa, Clarita.
Mis piernas no me responden.
Tendremos que trasladarla al hospital, concluyó Paul.
Fran, alista la carreta, organizó Ed.
Ingresaron a Clarita a la clínica por la madrugada.
Te prometo que no dormiré hasta darte un diagnóstico, Ed, convino Paul.
Mírame a los ojos, Paul. Dime la verdad. ¿Es irreparable?
No puedo responderte, Ed. Puede ser una parálisis momentánea producida por el impacto. Sería irresponsable alarmarte.
Ed, Imabelle y Fran montaron guardia en la sala de espera. Y entonces apareció. El galope resonó en las paredes del hospital.
Hoy no, dijo Ed. No hoy.
Fue hasta la carreta y cargó la escopeta. Se subió al techo del transporte y se apostó.
Te va a costar caro, malnacido.
Amaneció y Ed continuaba encaramado. Paul mandó llamar a la familia. Los resultados de las pruebas estaban listos.
Qué vergüenza, dijo Imabelle. Fran por favor ve y bájalo de ahí.
Ed, Imabelle y Fran entraron al cuarto. Clarita desayunaba gelatina.
Lo diré como lo dicen los médicos, dijo Paul, sin rodeos. Clarita no volverá a caminar.
Imabelle pegó un alarido.
Maldita yegua, dijo Ed. Y salió de la habitación.
No, papá, gritó Clarita. Panela no. Papá. Papá.
Pero Ed no la escuchaba, se alejaba por el pasillo como si fuera a cumplir la misión más importante de su vida.
Cabalgó hasta su propiedad. Entró a la casa. Sacó otra escopeta del armario. La cargó y se dirigió al establo. No lloraba desde la muerte de su hermano. Sacó a Panela de la caballeriza y la condujo un trecho. Encendió un cigarro. Lo poseía la frialdad de un gatillero a sueldo. Amarró la yegua a la rama de un árbol. No le tembló la mano. Como si fuera un profesional. Apuntó el cañón a la cabeza del animal y le voló los sesos. Fue un tiro cristalino. Sonó como si se hubiera roto una figura de porcelana, pero la bestia se derrumbó como malvavisco derretido al fuego de una fogata.
Cavó la tumba él mismo.
El indio me advirtió que no comparara esta estúpida yegua, se reprochaba a cada paletada.
Se dilató varias horas en tremendo boquetón.
Qué ingrato debe ser el oficio de asesino, lamentó.
No se miraba agujereando la tierra a destajo. La superficie le supo dura. Como si escarbara con sus propias uñas. Sudó lo que no había sudado en los últimos veinte años. Cuando consideró la oquedad acondicionada para el propósito, lanzó la pala fuera y se tendió con la cara al cielo.
El indio me lo advirtió, repetía.
Aunque hizo el hoyo a un lado de la bestia, no consiguió empujarla al pozo él solo. Regresó al rancho por su caballo. Ató unas sogas a la silla y arrastró a la yegua muerta dentro de la tumba. El animal se deslavó hacia el agujero. Se sorprendió con el indio en mente. No lo invocaba desde Jal. Se apeó de su cuaco y comenzó el lento y arduo trabajo de cubrir a la yegua. Sacrificar al animal y escarbar la zanja le resultó indoloro. Pero verterle tierra encima lo sumió en la desesperación. Nunca había enterrado nada. Con cada paletada, el animal le parecía más grande. Inmenso como un elefante. Lo atacó la sensación de que no acabaría el trabajo nunca.

Clarita le tenía negada la palabra a su padre desde que había sido dada de alta. Tras sepultar a la yegua, Ed se atrincheró en su casa a esperar el retorno de su hija. Pero el día que observó la silla de ruedas de espaldas chocar con cada escalón de la entrada, no pudo soportarlo. Buscó un alivio. Y lo halló en la bebida.
Ed capoteaba a su familia. Por las mañanas salía a trabajar, comía en el campo, y al concluir la jornada se refugiaba en la cantina. Volvía a casa hasta entrada la noche.
Eh, Pedro, ¿ahora Ed vive aquí?, le preguntaron al cantinero.
Déjalo en paz, es mi mejor cliente, respondió.
Qué tu mejor cliente no era el indio.
Mi segundo mejor cliente.
Todas las tardes que Ed entraba a la cantina observaba a Mr. Mojo Risin solo en una mesa al fondo.
Cada condenada noche Ed se acostaba en su cama con la esperanza de que su esposa estuviera dormida. Pero no.
La niña no come.
¿Otra vez a arrullarme con tus reproches?
Por qué tenías que matarle a la yegua.
Quiero dormir.
Ella amaba a su Panela.
Y la estúpida yegua la dejó paralítica. Por eso la maté.
La niña se va a morir de hambre.
Tú hija es una necia. Esto se arregla comprándole otro animal. Pero me desprecia.
La niña se va a morir de tristeza. Y para eso no existe cura.
A Ed le dolió el reclamo de la mujer. Suficiente tristeza era que su hija no pudiera caminar para que todavía añorara un animal. Si un clavo saca otro clavo, Ed estaba convencido de que un caballo saca otro caballo. Pero Clarita no daba la oportunidad.
¿Crees en la reencarnación?, preguntó Ed a su mujer.
Cállate, estás borracho.
Ed no consiguió dormir. Tenía la cama toda batida de tanto que se retorcía al pensar. Imabelle despertaba cada hora para regañarlo.
Pos qué tanto jurgoneo.
Ya duérmete, mujer.
Para de arremolinarte.
Pero Ed dejó de escuchar las quejas de su esposa. Nada lo sacaba de su ensimismamiento. Él sólo redundaba en un asunto: el indio.

Ed ordenó a Fran ensillar su caballo. Cabalgó hasta el rancho vecino. No recularía. Con la misma sangre fría con que asesinó a la yegua encargaría el trabajo.
Épale, saludó Augusto al verlo.
Ed desmontó y recibió un abrazo de bienvenida. Aquellos hombres jamás se habían abrazado. Pero no se veían desde el accidente de Clarita. Intercambiaron unas palabras y Augusto grito:
Mr. Mojo Risin, Ed quiere hablar contigo.
El indio se aproximó.
Ocupo que me resucites un caballo, dijo Ed.
El indio retrocedió sin pronunciar palabra. Cuando hubo retrocedido unos metros le hizo una seña a Augusto para que se acercara. Ed los observaba cuchichear. El indio manoteó.
Mr. Mojo Risin dice que no, Ed, informó Augusto.
Por qué, preguntó.
Dice que es muy peligroso.
Estoy dispuesto a pagar lo que pida.
Dice que ese tipo de trabajos engendran muchas tragedias.
Mi hija está deshecha.
Sí, Ed, lo entiendo. Pero la región está llena de caballos. Para qué pretendes traer uno desde el inframundo.
Ya he pagado un precio muy alto, dijo Ed. Qué más puedo perder.
Honestamente, continuó Augusto, Mr. Mojo Risin es un gran adiestrador de caballos, pero no creo que sea capaz de resucitar a un animal.
El pueblo opina lo contrario.
Sí, pero es gente ignorante. Y a ti qué te pasa, Ed, estás enloqueciendo. ¿Vas a tragarte todo lo que repitan? A este paso vas a creerte hasta que los coyotes pueden volar.
Augusto, dijo Ed, ve y dile al indio que se puede quedar con mi caballo si cumple el encargo.
Mr. Mojo Risin lo escuchó. Augusto fue hasta el indio. Discutieron. Augusto volteó hacia Ed y realizó un movimiento de cabeza que significaba no.
Ed caminó hasta donde estaban. Tomó al indio por el brazo y dijo: Por favor.
Mr. Mojo Risin retrocedió varios pasos. Volvió a hacerle a Augusto el gesto de que se aproximase.
Es bajo tu propio riesgo, le dijo Augusto a Ed. ¿Aceptas?
Por supuesto.
No podrás culpar al indio de nada de lo que te ocurra a ti o a tu familia. ¿De acuerdo?
Está bien.
¿Estás seguro, Ed?
Sí.
¿Estás de acuerdo?
Qué sí, maldición.
Entonces, una recomendación: dice que nunca vayas a montar la yegua si el cielo está nublado.

Clarita acostumbraba bordar en el porche hasta la hora de la cena. Aquella tarde divisó la figura de un hombre y un caballo. Eran Mr. Mojo Risin y la yegua que avanzaban hacia la propiedad Williamson. El indio la conducía sujeta de la rienda, mientras él caminaba despacio. A la distancia parecía el animal magnifico de siempre.
Mamá, papá, gritó Clarita. Panela, es Panela.
Ed e Imabelle salieron de la casa y la miraron. El caballo al que Ed le había sorrajado un escopetazo se aproximaba en su dirección. Pero la lozanía del animal había desaparecido. Un recipiente hueco, sin alma, eso era Panela. Ni robusta ni rubicunda. Del animal al que Ed había disparado no quedaba nada.
El indio amarró la rienda al porche y emprendió el camino de regreso. Clarita acarició a Panela.
Qué tiene en los ojos, preguntó Imabelle.
Ed fue hasta el caballo y lo revisó. En lugar de ojos tenía dos cascarones de huevo.
Está ciega, dijo.
No es Panela, dijo Imabelle. Este es el caballo del diablo.
Ed levantó la mirada. Pero Mr. Mojo Risin se había desvanecido en la lejanía. Por qué habrá resucitado ciega, se preguntó Ed.
Yo no quiero a ese animal en esta casa, protestó Imabelle.
Pero pese a su apariencia, Panela era dócil, puede que incluso más que antes.
Es una bendición, dijo Ed. Según tú el indio es milagroso.
Este espectro acaba de volver del infierno, dijo su esposa.
Dios mío, qué estupidez acabo de hacer, se recriminó Ed.

El cadáver andante que era Panela restauró la paz en la residencia Williamson. Clarita dejó de matarse de hambre. Ed de ampararse en el trago. Pero Imabelle lo encajó mal. Rezaba a todas horas.
Cuánto llegará a vivir ese caballo, se preguntaba Ed todo el tiempo.
Imabelle mandó traer a un sacerdote para bendecir la casa.
No es Panela, le dijo el cura a Imabelle, es una yegua que se le parece. Sólo Dios tiene el poder de otorgar vida. Ya sabes tú cómo son los indios de ladinos y estafadores. Y nunca te creas de las húngaras.
Las primeras semanas fueron de precaución extrema. Clarita no podía acariciar la yegua ni montarla.
Todas las noches, metidos en la cama, Imabelle le repetía la misma pregunta a Ed.
¿De verdad ese remedo es Panela?
No, mujer, secundaba Ed al cura. Es una treta del indio.
Conseguía aquietar los nervios de su esposa. Fueron tantas noches las que Ed le mintió que terminó por convencerse a sí mismo.
Nadie es capaz de resucitar a un caballo. Este indio es bastante hábil. Se consiguió un animal semejante a Panela.
La desconfianza en el animal no prosperó. Era tan santa la bestia que no resistieron más darle ese trato. Clarita comenzó a montarla con ayuda del peón.
Como no puedes usar las piernas, le dijo Fran, tienes que ser más generosa con el fuete.
No la quiero lastimar, decía Clarita.
Transcurrieron unos meses. La desgracia se instauró en la región. Varias cosechas se malograron. La corriente del río inundó una hacienda. A Ed se le enfermó el ganado. Un coyote comenzó a chingarle las gallinas. Una noche Ed y Fran salieron a darle caza. A medio camino se dispersaron. Ed deambuló sin propósito. Sin seguir un rastro definido. Sus pasos lo llevaron hasta la tumba de Panela. La grieta infame que él mismo le había socavado a la tierra. Estaba vacía. Contempló el hoyo huérfano un rato y continuó la pesquisa. No consiguieron atrapar a la alimaña. Aquella noche Ed no durmió. Su mente estaba concentrada en el boquete pelón.
Al amanecer Ed ensilló y partió hacia la feria de Jal como cada año.
Dos días después mandó pedir a Fran. Había comprado cuatro caballos y requería de apoyo.
Cómo acompleta tanto animal, se preguntó Augusto, si la región atraviesa una mala racha.
Mientras Ed cerraba los tratos, Imabelle decidió ir al pueblo por estambre para Clarita. La única bestia ensillada era Panela. A estas alturas había dejado de temerle al animal. Lo montó y salió rumbo al pueblo.
El cielo estaba nublado. A medio camino se desató un aguacero. Un rayó cayó a dos metros de Panela. El animal relinchó, se alzó sobre sus dos patas, tiró a Imabelle y la mató.

 

El sacerdote le dio la noticia. Lo esperó a la entrada del pueblo. Ed salió a todo galope hacia su propiedad. Se apeó del caballo y entró por la escopeta y varios cartuchos.
No papá, gritó Clarita.
Pero no se detuvo.
La yegua había regresado sola a la finca después de matar a Imabelle. La encontró pastando en la caballeriza. Tomó la rienda y la condujo hasta la tumba.

Al cabo ya está preparada, pensó al apuntarle. Ya conoces tu sepulcro, le dijo a la yegua y le disparó.
Pero el animal no cayó. Cargó de nuevo el arma y volvió a disparar. Y la bestia seguía sin caer.
Pos cuántas vidas tiene un caballo, gimió.
Vacío la escopeta por tercera vez en el animal. Continuaba de pie. Jija de satanás, chilló. Corrió hacia el rancho desquiciado. Se le afiguraba que la yegua se le escaparía. Tomó el galón de petróleo y montó en su caballo. Galopó con desespero. Cuando llegó a la tumba la yegua continuaba en su sitio. La roció con petróleo y le arrojó un cerillo. El animal comenzó a arder y se alejó corriendo hasta perderse en la distancia.

Enterraron a Imabelle en la tumba de Panela.

La quiero cerca del rancho, imploró Ed.

Varias noches después, Clarita y Ed cenaron en silencio. Y sin mediar palabra se retiraron a dormir. A media noche, Ed escuchó el galope. Pegó un brinco y por la ventana repartió escopetazos sin economizar. Fue hasta la estancia. Al encender las luces descubrió a Clarita mirando por la ventana.
¿Lo oíste?
Sí, papá, lo oí.
El caballo fantasma, dijo Ed. Cuándo nos irá a dejar en paz.
No es ningún caballo, dijo Clarita. Es el espíritu de mamá.

Ilustración de Jorge Noguez

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