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El Señor Cerdo | Junio 2017

Cuando el Señor Cerdo decidió compartir sus andanzas y enseñanzas en este espacio hace ya más de dos años, lo hizo por el simple hecho de compartir su sabiduría con seres menos afortunados que él, con la esperanza de que su ejemplo pudiera servirles, si no para superarse ni mucho menos soñar en tener una existencia como la suya, al menos como faro, o incluso como consuelo de saber que por el mundo camina una criatura tan luminosa y pródiga en talento como él. A lo largo de este tiempo, el Señor Cerdo se ha abierto en canal, sin escatimar un sólo resquicio de sus aventuras, ofreciendo a la posteridad un testimonio incomparable de una vida al servicio del talento y la creatividad, siempre debidamente monetizados, como corresponde con los tiempos. A pesar de que en muchas ocasiones el Señor Cerdo estuvo tentado a no compartir sus brillantes ideas con ustedes, los lectores, por la inclinación natural que seguramente han experimentado para intentar robárselas para su propio beneficio, en última instancia siempre ha prevalecido su espíritu magnánimo, su certeza de que no hay mayor dicha que la que proviene de ser un alma desprendida, y el resultado ha sido esta bitácora de la vida del Señor Cerdo que, a aquellos con los medios necesarios como para comprender el significado profundo de sus enseñanzas, seguramente les ha cambiado la vida de manera irremediable.

Sin embargo, todas las cosas buenas llegan a su fin, pues por doloroso que le resulte, el Señor Cerdo ha constatado una y otra vez que la naturaleza humana es tal que no aprecia lo que tiene, sino hasta que lo ve perdido. ¿Acaso pensaron los lectores del Señor Cerdo que sus vidas se encontraban resueltas de una vez por todas? ¿Que bastaba con consultar estas páginas una vez al mes para obtener una guía moral y práctica para saber cómo conducir sus caminos? Por desgracia, así no funcionan las cosas en este mundo, y es muy a menudo a punta de golpes y frustraciones como llegan las principales enseñanzas. Por eso, aunque se desgarre una parte del alma del Señor Cerdo, que piensa con compasión en esos lectores anónimos que padecerán un ataque de ansiedad cuando encuentren que su firma ha desaparecido para siempre y sin dejar rastro de estas páginas, aun así, el Señor Cerdo debe renunciar a la escritura de este espacio. ¿Que se encuentran irremediablemente perdidos a partir del momento en que así suceda? Probablemente, pero nadie, ni siquiera el Señor Cerdo, debe intentar imponerse al curso natural de las cosas, y aunque en este momento no puedan comprenderlo, al final se darán cuenta de que en el fondo el Señor Cerdo lo hace por su bien, de que deben hundirse solos de ahora en adelante, con la plena conciencia de que ya no podrán echar mano de la sabiduría del Señor Cerdo, para salir del fango que ustedes mismos han creado.

No es un hasta luego, es un adiós tan definitivo como los haya. Tampoco va a insultar a nadie el Señor Cerdo agradeciendo el espacio, pues es a todas luces el espacio el que debe agradecer al Señor Cerdo el haber plasmado a lo largo de estos más de dos años aquí, lo más íntimo de su ser. Como regalo final, les prodiga una última perla de sabiduría, a la que ojalá puedan exprimirle tanta savia como fuerzas tengan: no intenten ser como el Señor Cerdo, pues es por completo inútil. Confórmense entonces con recordar algunas tardes lluviosas, que tuvieron la inmensa fortuna de mirarlo desfilar, así fuera fugazmente, por sus precarias existencias. Abur.

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