Publicación mensual gratuita de Editorial Sexto Piso

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Por David M. Copé

Feminista, socialista, arty, decadente, barroca, posmoderna, erudita, traviesa, dueña de una prosa absorbente y alucinógena capaz de articular textos que conjugan una profunda y nívea carga intelectual y, a la vez, un pathos nocturno, intensamente telúrico, gnomónico, textos donde lo teórico y el gesto deconstructivo se impregnan, sin embargo, de una oscuridad arcaica, de un rapto atávico; enamorada irredenta de Shakespeare, Blake, Poe, Joyce, Borges, Calvino… Angela Carter fue irrepetible, y todo lo que fue Angela Carter está en Quemar las naves y aparece en su mejor expresión, quintaesenciado. Son muchos los motivos por los que éste es un libro importante, necesario, monumental, tanto en el catálogo de Sexto Piso, como en los estantes más selectos. Primero, porque supone una ocasión inmejorable de reivindicar a una autora del calibre de Angela Carter, de lejos, una de las mejores prosistas británicas del último tercio del siglo xx, una auténtica virtuosa del estilo que debería ser más y mejor leída por estos lares. Segundo, porque el relato es, además, un género que le sienta como un guante de seda a esa trabajada y suntuosa escritura de la que hablamos, pues por cuestiones de formato y brevedad la condensa y la hace más abarcable al dejarle espacio para reverberar antes que para asfixiar; y tercero, porque Quemar las naves es una fascinante Wunderkammer, el mapa de un continente misterioso y lleno de prodigios, el exuberante inventario del universo narrativo de Angela Carter —un universo siempre audaz e imaginativo, siempre exquisito, sacrílego e irreverente, siempre profano y lleno de éxtasis, pero también de ironía y de una inteligencia tan afilada como desacralizadora: Carter escapa a lecturas unidimensionales, a versiones reducidas o restrictivas de su obra fruto de lecturas fáciles o perezosas—; y justo por esa condición de muestrario, de catálogo de maravillas y obsesiones, este libro es, sin duda, la mejor introducción posible a su imaginario y a su inconfundible estilo, un estilo del que podríamos rastrear ciertos ecos en escritoras como Jeanette Winterson o la menos conocida Karen Russell, autora de dos notables libros de relatos, St. Lucy’s Home for Girls Raised by Wolves (aún sin traducción al español) y Vampiros y limones (publicado por la editorial Tusquets, al igual que su novela Tierra de caimanes).

Desde Fuegos artificiales —su primer libro de relatos— hasta Fantasmas americanos y maravillas del Viejo Mundo —el último, publicado en 1993, tras su muerte—, el lector completa un recorrido asombroso por todas las versiones conocidas de Carter (aunque no sabemos si por todas las posibles: su temprana y triste muerte a los 51 años debido a un cáncer de pulmón nos impidió conocer qué otras Carter estaban por venir; se nos fue, como recuerda Rushdie en el prólogo, en el apogeo de sus poderes), y resulta curioso comprobar cómo, presentando elementos comunes, rasgos de familia plenamente identificables como carterianos desde el principio, cada libro de relatos posee, por así decirlo, su propia constelación de subtemas y obsesiones, su propia estética, que se insieren en el conjunto multiplicando sus estratos, sus efectos.

Fuegos artificiales (1974) se mueve por fantasmagorías y evocaciones japonesas, por ensoñaciones

orientales —sin duda influidas por la estancia de la autora en Japón, país al que viajó sola en 1969 tras abandonar a su marido y donde tuvo un amante—, como vemos en

«Un recuerdo de Japón» o en esa deliciosa y macabra historia que es «Los amoríos de Lady Púrpura», llena de sensualidad y sadismo. No es menos central el tema de los reflejos, de los espejos, ese ambiguo reino de lo propio y de la alteridad, del yo desdoblado en ese eco visual que lo enmarca y que es, al mismo tiempo, un proceso de extrañamiento y un camino de reconocimiento, una dinámica de desposesión y reapropiación en la siempre problemática construcción de la ipseidad, que se desgaja para edificarse, para representarse. El cuerpo, la carne, la psique se abisman ahí, en la pulida superficie del espejo y el resultado es el enigma, la incertidumbre. Esas tensiones entre identidad y representación —sobre todo, en la (de) construcción, en la concepción de lo femenino— son una constante en la obra de la escritora, una de sus marcas más distinguibles, y en ese sentido, es interesantísimo el arco que podemos trazar entre «Carne y el espejo» y el último relato de La cámara sangrienta, «Lobalicia»: en ambos casos, la mujer se escudriña ante el espejo, ante esa íntima desconocida que le devuelve la mirada. Y no menos importante es el tema del incesto, que hace su aparición en «La hermosa hija del verdugo» (una historia con inolvidables descripciones de la máscara del verdugo en cuanto «no rostro» devenido en rostro más real que ningún otro) y «En el corazón del bosque». Ambos son relatos que ya presentan esa ambientación a cuento de hadas malsano, enrarecido que veremos en La cámara sangrienta, que es su siguiente libro de relatos, y el más célebre, publicado en 1979, año en que también vio la luz el célebre ensayo de Carter La mujer sadiana, una lectura/ reivindicación feminista del marqués de Sade —ahí queda eso—. Las historias de La cámara sangrienta juegan a borrar las fronteras en las que el otro (en estos relatos encarnado por lo monstruoso, por lo bestial) se encuentra y se (con)funde con el yo; aquí víctima y verdugo, el lobo y el cordero comparten lecho e intercambian papeles.

Es éste el reino de las transformaciones auspiciadas por el deseo; en estas galerías subterráneas habitadas por la fiebre nocturna de la sangre, por las tinieblas psicosexuales, el eros se parece a la predación, a la muerte, aunque éstos son en realidad cuentos en los que Carter dota a las protagonistas femeninas (asociadas tradicionalmente a un rol pasivo, sumiso) de capacidad para cambiar el final de la historia, nunca mejor dicho. Así, no es de extrañar que Barbazul, el uxoricida, reciba un poco de su propia medicina a manos de una madre que debe ser calificada, con toda justicia, de amazona; o que Caperucita Roja decida acostarse con el lobo. Quizá en La cámara sangrienta brille como en ningún otro sitio la opiácea capacidad de sugestión de Carter, su talento para crear ambientes que son auténticos estados de ánimo, espacios de una belleza sofocante y mortecina, sensuales naturalezas muertas del alma.

En Venus negra, publicado en 1985, sin embargo, Carter se aparta de los cuentos de hadas y se acerca a personajes históricos y malditos: Baudelaire, Poe, Lizzie Borden (acusada de matar a hachazos a sus padres)… El relato «Venus negra», uno de los mejores cuentos del conjunto, y uno de los mejores relatos de Carter, es una bellísima y emotiva semblanza de Jeanne Duval, la prostituta y amante criolla del autor de Las flores del mal, a la que, por cierto, la autora otorga más vida y dimensión que la de ser «la amante de».

Y en Fantasmas americanos y maravillas del Viejo Mundo (1993) entramos en los dominios de la farsa, del espectáculo, del circo, de la pantomima, del cine. Aquí Carter juega a mezclar al John Ford, autor de teatro eduardiano, con John Ford, el reputado cineasta creador de westerns, o, embelesada por la Alicia de Švankmajer, nos embelesa a su vez con una historia ambientada en Centroeuropa, cuando no se acerca a la rica tradición británica de la pantomima. Aquí priman el trasvestismo, el paganismo, lo carnavalesco, la inversión de las jerarquías y de los roles, la hibridación de géneros, la intertextualidad desbocada… Algo que está muy en consonancia con los temas que había tratado en las que fueron sus dos últimas novelas (y las de mayor éxito), Night at the Circus y Wise Children, ambientadas también en el mundo del circo, la primera, y del music-hall, del vértigo farandulero, la segunda.

Descubrir a Angela Carter es una de esas experiencias febriles y dichosas que quedan grabadas a fuego en el recuerdo de todo lector.

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Quemar las naves
Angela Carter
Traducción de Rubén Martín Giráldez
Sexto Piso / Secretaría de Cultura
2017 • 704 páginas

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