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El trabajo de consolación | Frédéric Boyer

Me gustaría poder pronunciar palabras de consolación. La verdadera consolación se opone al despilfarro de la fuerza y de la venganza. La consolación casi siempre disgusta porque hace la economía de las cosas. Es decir, toda verdadera consolación devuelve su valor y su dignidad a todo lo que nos parece, en las circunstancias difíciles y en la abominación, nimiedades sin fuerza y sin consistencia. Todo lo que es la sal de una vida. La consolación protege ese poco en el que somos abandonados cuando las circunstancias se tornan difíciles, porque sabe que ese poco se transforma, pacientemente, en el valor de una existencia, cuando la existencia es devastada precisamente por la horrible prodigalidad del mal, de la violencia.

Hoy experimentamos nuestra impotencia individual y colectiva frente al horror de las recientes masacres. Tomamos consciencia de nuestra debilidad, que algunos no dudarán en calificar de culpable. Pero a mí me gustaría decir que es precisamente la experiencia trágica de este callejón sin salida, y de la debilidad de nuestra posición, lo que revela un aspecto esencial de nuestra situación ética frente al mal. Este callejón sin salida es todo nuestro valor. Aquello, por pobre que sea, en lo que debemos sostenernos. Sin duda alguna, en los tiempos por venir, será nuestro reto decisivo: sostenernos en la pobreza de nuestro valor. No hay medida para ese poco de valor. Permanece, en nuestros corazones, incuantificable. Escapa a toda evaluación. Sostenernos en aquello que somos es sostenernos en esa pobreza.

Pero, ¿hasta dónde llevar el trabajo de consolación? Hasta el momento en que aceptemos no diabolizar a nuestro enemigo, porque nuestro enemigo es también, sin duda, el objeto de nuestra consolación. «Amad a vuestros enemigos, rezad por aquellos que os persiguen» (Mat. 5, 44). Nuestra duda es inmensa. Nuestra dificultad, nuestro rechazo a comprender, tiene la medida de nuestro sufrimiento. Pero si no cuidamos en nosotros mismos esas palabras que hoy suenan escandalosas, si no comprendemos que son, ellas también, lo poco que nos queda, entonces «la sangre de Cristo se convertirá en cera para sellar», retomando las palabras de Pier Paolo Pasolini. Cera para sellar nuestras aterradas existencias. No podemos borrar de nuestros corazones el salvaje dolor de ser hombres. Nosotros mismos no existimos sin oscuros comportamientos. Pero la frágil consciencia de eso es nuestra grandeza.

La naturaleza misma de la democracia consiste en encontrarse en crisis perpetua, inquiriéndose sobre su propia razón y su funcionamiento. Sólo existe democracia —lo sabemos— si aceptamos nuestra propia torpeza en comprendernos, si reconocemos la fragilidad de nuestros valores. Ellos, los asesinos, pretenden haber atacado nuestros valores. Me gustaría saber: ¿quién les introdujo en la mente ese destino de muerte, quién ha hecho de ellos perdedores terrestres que se imaginan ser vencedores celestes al acometer una revancha imaginaria contra aquello que llaman «los valores occidentales», al golpear lo poco que somos, nuestra juventud, nuestra debilidad, al atacar nuestra fragilidad para denunciar mejor nuestra fuerza?

Muchos se interrogan: ¿finalmente, qué autoridad nos hizo falta? No es la autoridad de la fuerza, no lo creo, sin aquella que garantiza la pertenencia a un mismo mundo y, sobre todo, aquella que nos hace crecer juntos. Hoy, nuestra tarea frente al horror, es la invención de aquello que nos aumenta y no de aquello que nos hace retroceder, o separarnos. La autoridad (de augeo, en latín, crecer, aumentar) es aquello que nos eleva y nos hace más grandes. No podemos vivir juntos sin autoridad, es decir, no podemos vivir juntos sin la garantía de engrandecernos, de elevarnos juntos. Otro olvido es menos perceptible, el del sentimiento trágico de la existencia. Es cierto, no existe otra verdad que la del placer de estar vivos entre nosotros, pero esa verdad, precisamente porque es verdadera, se acompaña siempre del riesgo de su destrucción.

Aquellos que se arrojan a los caminos del espanto y de una hipotética venganza han perdido esa consciencia, y así pierden el sentimiento trágico de su propia humanidad. Es entonces cuando vuelve una palabra lejana, una palabra antigua que los asesinos nos arrojan al rostro con sus reivindicaciones: idolatría. Pero, ¿quiénes son los idólatras sino aquellos que exhiben una represión sacralizada, un substrato de violencia para liberarse de la tarea de pensar su condición precaria, lo poco que son? Aparece entonces la peor idolatría: la ilusión de ser todopoderosos. Una religión, explica Simone Weil, utilizada para «representar la divinidad gobernando en todo lugar donde ella tiene el poder, es falsa. Aun si es monoteísta, es idólatra». La peor idolatría justifica nuestra violencia como manifestación o voluntad divina. Recuerdo que mi amigo Paul Beauchamp, gran conocedor de la Biblia, escribía que para «terminar con el mal», había que dar tiempo a la comprensión. Un tiempo para comprender lo peor, porque el Diablo vuelve siempre en el momento preciso en el que la inteligencia cesa frente a la fuerza.

Traducción de Ernesto Kavi

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