Publicación mensual gratuita de Editorial Sexto Piso

¡Alto!
Las fronteras… Las fronteras…
¡Las fronteras están abiertas porque están
cerradas!
¡Las fronteras permanecen cerradas para
permanecer abiertas!
U
na Nación de fronteras abiertas…
¡
Sin fronteras, no hay Nación!…

Este fragmento pertenece al libreto de El tribuno, una pieza radiofónica para orador público, sonidos de marchas y altavoces, que el compositor argentino Mauricio Kagel compuso entre 1978 y 1979. La obra plantea un escenario que resulta casi fílmico: desde el balcón de su residencia el gobernador de un Estado ensaya uno de sus discursos. Es de noche y, como de costumbre, los accesos a la plaza donde se halla su residencia están cerrados. A lo lejos se escucha algún coche en las calles vecinas. El discurso es interrumpido, de vez en cuando, por los sonidos difundidos por los altavoces. Por ellos salen los aplausos y las palabras, apenas articuladas, de un público ahora imaginario. En un ángulo de la plaza se encuentra una banda militar para amenizar el discurso del gobernador, pero a los músicos les está prohibido tocar. En su lugar, las marchas son difundidas por los altavoces.

Kagel explica que durante años fue reuniendo el material que después utilizaría en esta obra. Se encerró con todo el material durante días en un estudio y empezó a hablar y a grabar pasando por todos los tonos y cadencias, por frases lógicas e ilógicas, por argumentos sofisticados y banalidades que se combinarán con extrañas marchas militares y el jalear de un público ausente.

Este tribuno ensaya sabiendo que su voz tiene una dimensión social capaz de forjar un solo grupo, una tribu que se reconocerá a través de su voz. Desde lo alto de su tribuna-balcón, pronunciará su arenga concitando los aplausos, gritos o eslóganes que se entonarán al unísono. Su función no es transmitir un mensaje —la obra de Kagel así lo atestigua—, sino provocar una iden- tificación que transforme su voz en la voz del pueblo: el pueblo que lo vota y le regala su propia voz.

Como explicaba Max Atkinson en 1984, la forma de las palabras, el equilibrio de las frases o el ritmo del discurso pueden conducir a un auditorio a aplaudir casi sin prestar atención al contenido intelectual de lo dicho. Y ya en 1967, Albert Mehra- bian había explicado que, en una relación de interacción emocional, la atención a lo dicho es tan sólo del 7%, el resto corres- ponde a la entonación, el ritmo, el timbre, la gestualidad, la apariencia, el contexto. Si todo esto es cierto, solamente desde aquí en día puedan decir en sus arengas frases como: «El error de la dictadura fue torturar en vez de matar»; «No corro el riesgo de que uno de mis hijos se enamore de una mujer negra porque fueron muy bien educados», o «Sería incapaz de amar a un hijo homosexual. No voy a responder como un hipócrita, ante eso, prefiero que un hijo mío muera en un accidente»…

No sabemos si estos tribunos ensayan en sus salones de espejos, o si piensan en los aplausos que seguirán a estas frases. Pero sabemos que es momento de recordar esta obra de Kagel que, coreando las reacciones de un público ausente, da mucho que pensar.

¿Para cuándo lo estamos dejando?

(Aplausos)

Carmen Pardo

Carmen Pardo

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