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Elecciones y vacío mediático | Gladys Malasaña

A mí me caga Televisa. También TV Azteca, de hecho mucho más. Pero en una incómoda intención de «defender» a la televisora, me parece que es ignorante y naive creer que es el único medio que manipula, porque en temas políticos y periodísticos todos son tendenciosos. Todos los medios en este país son tendenciosos. Es decir, que el ataque sea siempre «Televisa miente» o el término «televisos» como insulto, me parece una salida fácil en lugar de ejercer un verdadero cuestionamiento del contenido de los medios de comunicación. En una época electoral tan delicada en este país, convertido en un río de sangre, qué digo de sangre, es más que eso, de calcinados, de desaparecidos, de jóvenes disueltos en ácido, de miles de mujeres ultrajadas, de periodistas asesinados, y con un país vecino que se ha lucido en el tema de humillar a los mexicanos, los medios electrónicos han hecho, hacen, todo menos ser objetivos.

Se presume que ahora, a diferencia de hace algunas décadas, hay libertad de expresión, pero esa «libertad» está absolutamente condicionada a la línea editorial, regida por intereses comerciales y empresariales , que los grandes, chicos o medianos consorcios mediáticos imponen a sus periodistas. Y todo es una «veleta mediática»: dependiendo de los intereses de las empresas dueñas de los medios y de quién está en el poder, se tira una línea editorial. Si ésta no se sigue por parte de sus periodistas, la opción es fácil: se les despide. El problema entonces es que el mismo periodista es víctima de un criterio editorial comercial. Por lo tanto, su propio criterio queda adormecido y la función de hacer reflexionar a los escuchas, los lectores o televidentes queda también adormecida, ya que será siempre predecible.

Los medios subsisten gracias a sus ventas; patrocinan empresarios, militares, políticos cuyos intereses dependen de lo que se diga de ellos y sus gobiernos en estados, municipios, incluso colonias. Y, por lo mismo, aunque haya una reglamentación con respecto a los tiempos y precios del aire, las televisoras y radiodifusoras no le hacen el feo a una entrevista pagada, a una lana para que sus conductores hablen bien o mal dependiendo de quién es el «chingoncito» con el que quieren quedar bien.

Hay notas a las que se les conocen como «obligadas» o «debes» o «inamovible», «prioridad» que, sin importar la coyuntura del día, ésta sea esta un ataque terrorista, una marcha multitudinaria o un mexicano ganando el Nobel, tienen que entrar sí o sí. La consecuencia de no llevarlas: el despido.

¡Ah! Pero existen las redes sociales. Claro, estas sirven, en términos electorales, para que los candidatos contraten a millones de bots, paleros y provocadores para simular simpatías y discordancias. También, seamos justos, para que la información corra a ritmos más vertiginosos o inmediatos. El paradigma de colocar al periodista en el centro de la nota ha quedado obsoleto. Acaso la simpatía o el rechazo mismo ha hecho que los consumidores de medios no se acerquen a éste o al periodista por el hecho de tener la información, sino por tener la editorial de alguien con quien concuerdan en términos de opinión. Porque tenemos, hay que decirlo, muy poco desarrollado el músculo de la opinión, discrepancia y concordancia de quienes representan a los medios. Tendemos a borreguear, y no en términos de mota sino de opinión, cuando se trata de cuestionar algo.

En México los debates no son debates, la propaganda política no cumple con mover a la reflexión, los candidatos no cuentan con las herramientas mediáticas para hacer llegar un mensaje que la gente entienda. Cuando las palabras «prosperidad», «grandeza», «corrupción», «justicia», «futuro» y tantas más, se convierten en parte del paisaje gris y el vacío, pareciera que la herramienta que queda más a la mano es acompañarlas de un jingle pegajoso por el cual se pagan millones de pesos, y nuestros candidatos pusilánimes se conforman con hacer comedia involuntaria y creer que se convierten en «fenómenos mediáticos» sin aceptar, porque lo saben, que ni la camiseta, ni la canción, ni el video actuado, ni las encuestas, ni sus partidos ni sus ex partidos van a poder hacer nada en este país desmembrado, que no halla cómo encontrar la unidad.

El autor o autora de este texto pidió utilizar un seudónimo para evitar posibles represalias laborales derivadas de su publicación.

Ilustración de Eréndira Derbez

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