Publicación mensual gratuita de Editorial Sexto Piso
 

Ella se llamaba giardia, ella se llamaba así

Si me para el retén de inspección zoosanitaria no lo paso, me cae.

No existe mejor preámbulo para una noche con Nick Cave que una visita a un restaurante de mariscos en Coyoacán. Ostiones a la Rockefeller, aguachile, ceviche, tacos gobernador, quesadillas de cazón y cocteles, como una escena eliminada de Fear & Loathing in Las Vegas, banquetazo dispuesto en una mesa junto a una tina de cervezas. Tragué, bebí, esnifé tentando a la congestión. Y casi muero.

Salí de la marisquería sintiéndome don Homerone. Master Ene, el joven Johnston y su servibar nos trepamos a un Uber en dirección a un depa: el punto de reunión para el precopeo antes del concierto. Master Ene enlazó el bluetooth de su celular al coche y  a partir de ahí mi felicidad se esfumó como Popper recién aspirado. No sé si fue la ópera a todo volumen con la que Master Ene nos atormentaba —tres décadas de drogadicto y todavía no aprendo que a ciertas personas es mejor no introducirlas a la cocaína—, o la venganza de la clase fifí que finalmente me alcanzaba, pero comencé a sentir al Octavo Pasajero manifestarse dentro de mí.

Por qué los dioses nunca me permiten asistir a un concierto sin sobresaltos. Cuando no me tengo que pelear con mis demonios internos o con algún cristiano o con la diarrea o el pasón surge un nuevo enemigo.

Cuando llegamos al depa, el apocalipsis había comenzado. Perdí el habla como el personaje del cuento «El inmortal» de Borges. Me aplasté en una silla y ahí perdí la movilidad. Las pocas energías que tenía las invertía en meterme coca con la esperanza de que el polvo obrara un milagro y combatiera aquel mal del jabalí salvaje que me torturaba.

Me dolían los huesos, la cabeza, sentía un cansancio extremo, nerviosismo y punzadas en el ano. Una voz dentro de mí dijo: «I know I’ve made some very poor decisions recently, but I can give you my complete assurance that my work will be back to normal. I’ve still got the greatest enthusiasm and confidence in the mission. And I want to help you. Dave, stop. Stop, will you? Stop, Dave. Will you stop, Dave? Stop, Dave. I’m afraid. I’m afraid, Dave. Dave, my mind is going. I can feel it». En las reuniones nunca faltan las personas que todo lo quieren arreglar con vitacilina, mamisan o pomada de la campana. La Rata era de esas, pero su pokemon era el bicarbonato. Estaba a punto de sufrir estallamiento de vísceras, a punto de pedir un Uber para irme a urgencias, pero aguanta, me dije, no te vas a perder a Nick. Me bebí un menjurje de agua tibia con bicarbonato y limón que preparó la Rata. La inflamación de mi abdomen cedió y nos lancelot al Pepsi Center.

Comenzó el show y me solté a sudar como si corriera el maratón Lala. Días después un examen coproparasitológico revelaría que mi aparato digestivo era el hotel cinco estrellas de la giardia lamblia,  un parasito que aferra al intestino como limpiaparabrisas de crucero. 2018 había sido un año de comilonas interminables: viaje a Lima, dos veces a Dallas, más toda la fritanga nacional, Sin embargo, venía a caer justo en el lugar más insospechado: el fresísima Coyoacán.

Pese a mi estado, pude disfrutar el concierto. La sintomatología bajó la guardia, al pinche bicho le gustaba la música de los Bad Seeds. Rememoro ese momento y hasta lo imagino en mi interior bailando «Red Right Hand». Era la cuarta vez que veía a Nick, las anteriores fueron dos en el Plaza y una en Barcelona. Y esta fue la mejor de todas. Lo dijo Lee Brackston en Tewitter: «¿Acaso existe artista más grande que Nick Cave en la actualidad?».

En «The Weeping Song» Nick se bajó del escenario y se metió entre el público. Pasó a mi lado y me impactó el tono de su piel. ¿Tendría la giardia lamblia también? Parecía que acababa de salirse del féretro. Se trepó a una tarima a mitad del recinto y desde ahí soltó sus sermones de sacristán envenenado de barrio. Es tan escuálido que me daban ganas de invitarle unos tacos. Pinche giardia, qué puteado lo traía.

Entonces vino el momento heavy. En «Stagger Lee» confundió el escenario con el metrobús. Trepó a unas 20 o 25 personas y con ellas semejando un coro cantó el resto del setlist. Mi favorita y la de la giardia también fue «Tupelo». Amodorrada, lentorra como una cruda que no se quita con nada. Versión Teotihuacán. En las redes circulaba una foto de Nick con sombrero y mocasines sentado en una pirámide. El cabrón había visitado las ruinas de vestir. Es incapaz de ponerse jeans y tenis. Vampiro 24/7. Casi hasta lo puedo ver antes de salir a escena dándose una capa extra de barniz color the walking dead.

Existen conciertos inolvidables. Esos que cinco años después continúas rememorando. Ese fue uno de esos. En estos tiempos  en que nadie se quiere ensuciar las manos, como un auténtico punk, Cave se internó entre la multitud para enseñarnos las entrañas. Ese universo que vuelca en sus canciones. Un gesto que ya no tienen las grandes estrellas de rock. Pero Nick no es otra cosa que un espectro.

More News From Coyoacán. Cuando salí del Pepsi, la puta giardia volvió a manifestarse. Novia psicópata.

Carlos Velazquez posa para una foto en la 28 Feria Internacional del Libro Guadalajara, Guadalajara, Mexico, Viernes 5 de Diciembre , 2014. ( © FIL/Bernardo De Niz)

Carlos Velazquez posa para una foto en la 28 Feria Internacional del Libro Guadalajara, Guadalajara, Mexico, Viernes 5 de Diciembre , 2014. ( © FIL/Bernardo De Niz)

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