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En el balcón | Erri de Luca

Erri de Luca

Porque el quincuagésimo año de una vida tiene el sonido de una campana jubilar, que nos recuerda que lo más largo ya se ha hecho. Porque además coincide con la obliteración del siglo xx, ocurre entonces salir al balcón y que bajo nosotros no haya calle, ni paisaje, sino sólo el recorrido geográfico de nuestra propia vida. Existen balcones súbitamente panorámicos. Desde uno de ellos he vuelto a ver, sorprendido, la línea de mis desplazamientos, el viaje de una grieta sobre el muro. Comienza desde una alta ventana inclinada sobre una callejuela de Montedidio, en Nápoles, y termina en París, en la ventana detrás de la cual me encuentro, en una estancia que pertenece a la familia Gallimard, raíz de las cimas más altas de la producción literaria del siglo xx. Era el huésped de su apartamento. Su casa editorial había comprado una de mis historias, y acababa de publicarla.

Miré más allá de los cristales, abajo transcurría el tráfico de mis años. Me vi de niño en la estancia de los libros de mi padre, colmada hasta desbordarse. Ahí dormía, me llenaba de las vidas y de las historias de esos libros que, al pasar las páginas, parecían respirar. Yo también escribiría historias, y las agregaría a la inmensidad de las que ya habían sido escritas, pero no podría hacerlo permaneciendo en esa estancia. El destino que me haría pasar de la lectura a la escritura no sería sencillo; antes tendría que conocer las trampas tendidas lejos de este abrigo de papel. La mano con la pluma tendría que aprender a asir otra clase de instrumento de trabajo y de lucha política, antes de concentrarse en la escritura.

Yo también escribiría historias, y las agregaría a la inmensidad de las que ya habían sido escritas, pero no podría hacerlo permaneciendo en esa estancia. El destino que me haría pasar de la lectura a la escritura no sería sencillo; antes tendría que conocer las trampas tendidas lejos de este abrigo de papel.

Me volví a ver en mitad de la treintena: albañil en una obra, caminaba por esas mismas calles de Saint-Germain-des-Prés, el barrio de las casas editoriales. Caminaba con un libro completamente arrugado en un bolsillo y un cuaderno en el otro, y jamás me habría venido a la mente llamar a alguna de esas puertas. Hoy sé que es inútil hacerlo, son los otros quienes deben llamar. El domingo caminaba por la ciudad, compraba un pollo rostizado, entraba gratis al Louvre, tenía la espalda dura como un tronco, y un rostro que no incitaba a las sonrisas. Los otros días partía a trabajar en las lejanas obras de los extrarradios; París era sólo una ciudad para mis días de descanso. Hablaba poco con mis compañeros de trabajo, ningún italiano, demasiadas nacionalidades mezcladas. Si no hubiésemos tenido que luchar duramente para que nos pagaran nuestros salarios atrasados, no los habría abrazado al irme de ahí, un año más tarde.

A los franceses no les molesta escuchar su lengua mal pronunciada por un extranjero. A veces me preguntan de dónde proviene mi vocabulario. Aprendí esta lengua en las obras, durante los trabajos de albañilería, y le di forma leyendo los comentarios de las Santas Escrituras hebraicas, traducidas por una pequeña editorial: hablo un francés talmúdico. Pensamientos desordenados, rostros de personas perdidas, una desbandada de caricias y de golpes: a veces nos colocamos en balcones abisales. Sé que tales imágenes vienen a nosotros en un lecho de hospital, en una célula de prisión y nunca en lo alto de una cima que hemos escalado. Yo tenía derecho a la comodidad de una ventana, aun sin estar obligado a mirar a través de ella.

Mi nombre grabado en el frontispicio de una página clara de caracteres austeros, y en lo alto el título de la colección de Gallimard, du monde entier, «del mundo entero». Ahora me doy cuenta de que ése es el único pasaporte que debo firmar. Soy alguien del mundo entero, alguien que pertenece al tiempo de las colosales migraciones de seres humanos que toda clase de urgencias ha desplazado, también inscritas en el registro civil de esta colección. Alguien «del mundo entero»: tenía que leerlo en la solemne portada de un libro para comprenderlo. Hay cosas sobre uno mismo que ignoramos hasta el día en que nos estrellamos contra los caracteres de un libro. Mi origen napolitano, de sangre mestiza de una ciudad central del Mediterráneo, confirma la nueva nacionalidad de mi pasaporte: del mundo entero. Encaramada sobre mi hombro, la sombra de mi padre, mitad ángel, mitad loro, me sopla silenciosamente su afectuosa batahola. Nunca aprendí a imitarla, porque casi siempre la fuerza de su llamado vuelve a mí. Me hace alejarme del balcón, clausura el viaje. Está conmigo, detrás de los ilustres ventanales franceses en este mes de enero.

Traducción de Ernesto Kavi

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