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Te desperezas lentamente en el sofá sin poder precisar cuánto tiempo has estado durmiendo. Entonces te llega el sonido de ese disco que, de modo obstinado, sigue girando en la platina con una determinación implacable. Recuerdas ahora que ayer, al llegar a casa, sólo pensabas en escuchar ese disco. Con una excitación apenas contenida sacaste el vinilo de su cubierta, lo dejaste sobre la platina y, acompañando la aguja, cuidadosamente la dejaste caer para que te descifrara los sonidos que habitan sus surcos. A partir del momento en el que empezó a sonar entraste en el primer surco. Ese surco te cambió la vida.

El vinilo y tú girabais a un mismo tiempo trazando una coreografía de sonidos y de sentimientos. Una y otra vez, marcando los compases de un vals embriagado de sí mismo y sin parada final. No podrías decir cuántas horas bailaste en esos surcos. Finalmente, el sueño te ayudó a salir de la pista de baile. Aunque no fue exactamente el sueño, sino esos extraños sueños que vinieron a entablar una peculiar contienda con tu vinilo.

En el primer sueño te ves con tijera en mano agrandando el agujero del vinilo. Decides que hay que hacerlo girar de modo excéntrico. Al principio todo va bien pero, al cabo de unos minutos, has aprendido a girar tú también siguiendo ese nuevo modo. Sonidos, sentimientos y experiencias vuelven a entrar en el surco y la distorsión, a base de ser repetida, deja de ser sentida. Después vas a parar a un segundo sueño que te sitúa en una gran sala tapizada de vinilos. Estás en el quicio de la puerta y no te atreves a dar ni siquiera un paso. Si lo haces dejarás tus huellas en los vinilos, los reescribirás con tu caminar. Se te ocurre que puedes quitarte los zapatos y pasar, pero caes en la cuenta de que es una tontería pues tu escritura, con o sin zapatos, va a quedar inscrita. Decides finalmente pasar y, al llegar a la otra sala te das cuenta de que le has robado el sueño a Christian Marclay. Tu sueño ha recreado su obra Footstep, la de aquellos 3500 vinilos que cubrían el suelo de una de las salas de la Shedhalle de Zurich, en 1989.

Llegados hasta aquí, por qué no aprovechar y salir de ese surco que te obliga a danzar acudiendo a otra de sus obras. Piensas que con Fast Music lo conseguirás. Tomas el disco entre tus manos y lo rompes en pequeños trozos. Observas detenidamente esos surcos que consumieron tus horas, tus días, haciéndote bailar ese vals interminable. Ahora no son más que fragmentos desiguales entre tus manos. Sigues adelante con la interpretación de la obra y te metes los fragmentos en tu boca; los consumes casi con fruición, secretando una suerte de venganza.

Por fin saliste del surco.

Era un buen sueño, casi real. Pero al despertar escuchaste de nuevo los sonidos de tu vinilo.

¿Qué vas a hacer?

Carmen Pardo

Carmen Pardo

Foto de José Carlos Casimiro en @Flickr

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