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En el tornado | Felipe Rosete

«¿Cómo es posible que sepa nadie de qué está hecha una tormenta hasta que no se mete de cabeza en una?» Joseph Conrad

Alguien camina por una planicie de tierra con surcos. En el horizonte sólo se aprecian las nubes y el cielo azul. De fondo se escucha el sonido del viento y una respiración ligeramente agitada, la de quien lleva unos minutos andando. Todo parece estar en calma. No sabemos hacia dónde se dirige. Conforme avanza, el ruido del viento se vuelve más intenso. Su fuerza levanta ligeras estelas de polvo que adornan el paisaje desértico. Mientras el hombre sigue su curso, un perro corre en el sentido inverso, como si huyera de algo. A lo lejos, se observa un gran remolino de polvo. No hay duda. Hacia allá va el hombre jadeante. Y se inserta en él. El ruido aumenta hasta volverse ensordecedor. El viento sopla en espiral hacia el cielo con una fuerza capaz de arrastrar todo lo que quede a su paso. Ahí está el hombre, golpeado por piedras y terrones, luchando contra el poder del vendaval en el que se ha metido voluntariamente, en medio de la oscuridad formada por la tierra volante que lo circunda.

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«Así me siento», pensé al rememorar los torbellinos mentales que por momentos se apoderan de mí. A ellos me remitió «Tornado», la obra de Francis Alÿs que vi hace más de un año en el museo Tamayo. Desde entonces, cada que vuelve el malestar me acuerdo de esas imágenes, de los jadeos, de los quejidos, del atronador ruido provocado por el viento. Me acuerdo también del capitán MacWhirr, de Jukes, su segundo de a bordo, y del Nan-shan, su barco. Del tifón que les toca vivir en los mares del sur en su camino hacia Fuchau —narrado a la perfección por Joseph Conrad en «Tifón», incluido en su Narrativa breve completa—, tras ignorar los signos de la catástrofe y la literatura al respecto. Olas gigantes y espumosas inundando el barco de proa a popa, sacudiéndolo por completo, «como si se tratara de una criatura dominada por el terror», en medio de una total oscuridad, sin una sola estrella a la vista. Con un viento furioso, terrible, que vuelve inaudible cualquier voz y vana cualquier esperanza: «Se manifestó como algo extraordinario y repentino, algo parecido a la ruptura de un recipiente en el que había estado contenida toda la furia. Fue como si una detonación resonara alrededor del barco, y a continuación se produjo una descomunal avalancha de agua, como si se hubiese roto un dique por la fuerza del viento».

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Así son esos pasajes mentales. Las señales de su arribo son apenas perceptibles. Todo parece estar bien: la mar en calma, el sol a plenitud, las nubes blancas y esponjosas decorando el cielo, y de repente… llega el torbellino y arrasa con todo: las certidumbres, el gozo, las ideas, el amor, la alegría, la capacidad de disfrute. Su poder abarca todos los rincones de la mente, que entonces queda bajo el yugo de voces, pensamientos, impulsos, fantasías que parecieran tener vida propia y escapar de todo control. Adviene el reino de la duda, del abatimiento, de la inseguridad, de la insatisfacción perpetua, de la desesperanza, de la frustración. También se apodera del cuerpo, en donde se manifiesta en forma de ronchas, tos, mocos, dolor corporal, cansancio físico. Síntomas todos de haber pasado por un tifón. Dice Conrad: «la expectativa de un drama que siempre está a punto de suceder, unida al cansancio corporal de tener que aferrarse a la existencia en mitad de un tumulto fantástico, provoca que un insidioso cansancio acabe filtrándose en el alma de un hombre hasta deprimir y entristecer su corazón de tal forma que ya no le interesen casi las bondades de la vida —ni siquiera la vida en sí—, tanto como alcanzar sencillamente la paz».

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Al cansancio físico y mental, Conrad parece oponer la confianza, la fe, y la voluntad ciega de salir con vida. «Un nuevo día», dice MacWhirr para sí mismo cuando, en medio de la tormenta, ve el reloj de su cabina marcando la una y media de la mañana. «No me gustaría que se perdiera este barco»; «puede salvarse todavía», se dice el capitán en plena soledad como si fuese alguien más quien pronunciara esas palabras, mientras aguarda lo que según los libros será la peor parte del tornado. «Tenemos que confiar en que este barco es capaz de atravesar un tifón y salir por el otro lado», le dice a Jukes, a quien, ante la posibilidad de quedar al mando del barco, le aconseja: «No se arredre por nada […] Mantenga siempre la proa contra el viento. La proa al viento, la proa al viento es la única posibilidad de salir con vida. Digan lo que digan, las olas más grandes siempre vienen de la dirección del viento […] Y nunca pierda la cabeza». Si alguna posibilidad hay de salir del tifón es, pues, manteniendo la cabeza en su lugar, aunque la corriente sea tan fuerte que parezca arrancárnosla en cualquier momento. Y mantener la proa al viento. Para enfrentarlo, para afrontar las gigantescas olas que a veces se nos vienen encima.

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La ficha explicativa del museo señalaba que la obra de Alÿs, realizada en las planicies de Milpa Alta, era una alegoría del tornado político y social por el que atraviesa México, un país en donde predominan la corrupción, la desigualdad, la pobreza y la violencia en sus distintas manifestaciones. Es el tornado en el que muchos han sido golpeados, asesinados, desaparecidos, estafados, vejados desde hace tiempo, y del cual pareciera que no podemos o no queremos salir. Además de natural y mental, pues, el torbellino es también colectivo.

Conrad parece decirnos lo mismo. Al tifón de la naturaleza le corresponde el que se activa en las mentes de MacWhirr o Jukes, pero también el de los coolies, los trabajadores chinos explotados en las minas de las colonias inglesas que, tras varios años de labor, eran transportados de regreso a su país en el Nan-shan. Hacinados en el entrepuente, al estilo de los barcos negreros, el tifón produjo en ellos una lucha a muerte por recuperar sus escasas pertenencias, monedas sobre todo, que se habían regado por el compartimento como efecto de los bruscos movimientos del barco, generando un tremendo caos, similar al ocurrido en cubierta. La solución de MacWhirr, que algo nos dice sobre los tifones sociales que vivimos en la actualidad, fue confiscar todo el dinero regado y repartirlo en partes iguales entre los trabajadores. «Ya que todos los chinos habían estado en el mismo lugar y trabajado las mismas horas, parecía razonable distribuir entre ellos la misma suma». Una decisión salomónica, en beneficio de todos.

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En cuanto a mí, estoy aprendiendo a leer las señales de los tornados que se aproximan. Si mi barómetro baja o sube, si el oleaje de mis aguas mentales se vuelve cada vez más intenso, si el viento comienza a levantar el polvo acumulado en los hechos de mi historia personal, si mi animal interior grita y exige cada vez más y de distintas maneras, debo actuar. No huir, como el perro en la obra de Alÿs. Simplemente darle la vuelta a la situación, aunque implique recorrer un camino más largo. Siempre hay indicios, el problema es que uno pueda o quiera verlos. Pero si aun alerta el tifón se desata de manera repentina, procuraré seguir los consejos de MacWhirr. La popa al viento. Y, lo más importante, no perder la cabeza.

Foto de NOAA Photo Library en @Flickr

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