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En la pista | Fabio Morábito

Rudy Alatorre corre tres tardes por semana en la pista de atletismo situada a dos calles de su casa. Se considera afortunado al tener un centro deportivo tan a la mano. Alternando carrera, trote y caminata, completa ocho vueltas al óvalo de tartán que rodea la cancha de futbol. A sus 64 años parece lo más indicado. El ortopedista le ha dicho que sus vértebras lumbares no están para esfuerzos prolongados y le aconsejó una rutina de intensidad media a la que Rudy Alatorre se somete puntillosamente.

Llega al centro deportivo al final de la tarde, cuando la luz del ocaso deja paso al alumbrado de la pista, que se enciende de manera gradual hasta alcanzar en menos de un minuto su potencia máxima. Le gusta el contraste entre el ambiente nocturno que instauran los reflectores y la última claridad diurna del cielo, y a menudo, mientras corre, juega con la idea de que en lugar de anochecer está amaneciendo.

Los carriles primero y segundo son de uso exclusivo de los corredores rápidos, o de quienes se consideran tales. Conforme los anillos se amplían, son ocupados por los que corren más lento. Rudy Alatorre utiliza el cuarto, el del justo medio. Cuando un corredor veloz se topa en su carril con otro que le obstaculiza el camino, grita «¡Pista!», para que el otro se quite, pero no siempre el corredor más lento reacciona debidamente y ha habido pleitos que, por suerte, no han pasado a mayores, al menos en lo que a Rudy le ha tocado ver.

Nuestro hombre no habla con nadie, a pesar de que reconoce a muchos corredores que frecuentan el óvalo de la pista a la misma hora que él. Sólo aquellos que pertenecen a alguna asociación o equipo deportivos, reconocibles porque llevan el mismo uniforme, bromean entre sí; la mayoría sólo se conoce de vista, empiezan a correr después de calentar unos minutos y, cuando terminan, recogen sus pertenencias y se marchan.

Rudy ha corrido dos vueltas a trote moderado y ahora se desplaza al quinto carril para la vuelta de caminata. Terminada ésta, vuelve al cuarto carril e inicia las vueltas de trote sostenido, que representan la parte fuerte de su rutina. Su cuerpo ha entrado plenamente en calor y a esas alturas su respiración es un jadeo intenso. Es la parte más dolorosa, pero también la más excitante. Corre un poco fuera de sí, mientras imágenes de toda clase se atropellan en su cerebro hiperoxigenado, lanzando su mente por extrañas veredas.

Le sorprende que no hayan prendido el alumbrado. La pista está sumida en una penumbra francamente nocturna y las rayas del piso son la única referencia para no salirse de los carriles. Ha caído la noche sin que él se diera cuenta. Alguien viene corriendo en el segundo anillo y lanza el grito de «¡Pista!», que siempre produce inquietud entre los corredores, y más ahora, que casi no se ve nada. Tal vez el retraso en prender el alumbrado se debe a la entrada en vigor del horario invernal, piensa Rudy Alatorre. Como sea, le causa una extraña emoción correr con los reflectores apagados, mezclando sus jadeos con los jadeos de los otros, a los que apenas puede ver. Le parece que la cadencia deportiva, eficiente pero monótona, ha dado paso a un ritmo más apremiante, como si la oscuridad hubiera hecho aflorar algo atávico en los usuarios de la pista. Lo advierte en las risitas de hombres y mujeres que brotan a su alrededor y le hacen sentir que no corre solo, sino en manada. El resplandor que proviene de la oficina situada en la curva norte alumbra tenuemente esa parte del óvalo y el resto está sumido en la oscuridad. Rudy piensa que si se tropezara y cayera, los demás lo pisarían. Aun así, no disminuye el ritmo de su trote, temeroso de no perder contacto con el rebaño.

Escucha un forcejeo atrás de él, seguido del ruido seco de una caída. Alguien exclama «¡Bien hecho!», y se oye la risa de una mujer. En el carril contiguo otra mujer suelta un «¡Para que aprendan!», y Rudy Alatorre se percata de que perdió la cuenta de las vueltas que lleva; por primera vez desde que viene al centro deportivo siente que ha dejado de correr en redondo y que tiene una meta, aunque no sabe cuál. Escucha otro jaleo a sus espaldas y alguien lo empuja, tratando de abrirse paso. En otro momento no dudaría en apartarse, pero en la oscuridad que envuelve la pista puede ser peligroso mover- se hacia los lados, así que permanece en su carril. Lo empujan de nuevo y siente que le rasguñan el cuello. Comprende que es una mujer joven, endurece el cuerpo para no dejarla pasar y cuando la otra exclama «¡Viejo de mierda!», le suelta un codazo y escucha su grito de dolor, seguido del golpe sordo de la caída. «¡Bien hecho!», exclama alguien que corre a su lado, y se oyen otras risas. Rudy sabe que se ha formado una horda en la oscuridad, cuyas pisadas y respiración uniformes le provocan una sensación embriagadora que no experimentaba desde que era niño. Acaban de dejar atrás la curva norte cuando oyen una zancada impetuosa que se acerca por atrás. Conocen bien ese sonido, el de la juventud desbordante. «¡Duro con él!», exclama alguien, y la horda invade el primer carril. Se escucha el grito del corredor que impacta contra ellos, cae y rueda sobre el tartán de la pista. «¡Bien hecho!», exclama triunfalmente el señor al lado de Rudy. «¡Ya nos hartaron!», dice una de las mujeres, una sesentona que él ha reconocido en la oscuridad por su forma de trotar.

La luna acaba de asomar por encima de los árboles y Rudy Alatorre tiene la sensación de que no está corriendo en un óvalo de tartán, sino cruzando un bosque durante una incursión nocturna en territorio 29 enemigo. Nunca ha corrido tan olvidado de sus vértebras lumbares y cuando escucha el impacto y la caída de otro corredor, exclama en voz baja y lleno de júbilo: «¡Para que aprendan, pendejos!».

Segundos después sus pies chocan con algo, termina de bruces en el suelo y en su caída se lleva a la sesentona que tenía adelante. Piensa que tropezaron con uno de los corredores caídos. Alguien susurra a su lado: «¡Viejo de mierda!», y Rudy Alatorre reconoce la voz de la joven que le rasguñó el cuello, al tiempo que recibe una patada en el estómago que lo hace doblarse. «¡Viejos putos!», exclama una voz masculina. Los golpes arrecian sobre ellos y la sesentona lanza un gemido de dolor. Dos tipos levantan a Rudy y lo sujetan. «¡No lo suelten!», ordena la chica, que ahora tiene un palo en la mano. En eso, el reflector de la curva norte se enciende. «¡Prendieron la luz!», exclama uno de los que tienen agarrado a Rudy. La joven voltea hacia los reflectores que empiezan a alumbrar el óvalo, exclama «¡Te salvaste, viejo puto!» y, soltando el palo, se aleja corriendo, seguida por los dos muchachos, que se van no sin antes aventar a Rudy al suelo. Él se queda tirado en el tartán, respirando con dificultad, mientras los demás se van levantando. Le duelen como nunca las vértebras lumbares. Una de las mujeres, la más vieja, tiene la camiseta ensangrentada, no mira a nadie y empieza a alejarse al trote, cojeando un poco. Un hombre alto, después de alcanzar la cancha de futbol, se ha tirado en la hierba. Su cara está cubierta de sangre, pero nadie se acerca a ver qué tiene. Uno tras otro, aprovechando la semioscuridad en la que todavía está sumido el óvalo de la pista, se alejan trotando en sus respectivos carriles. También Rudy Alatorre vuelve a ocupar el suyo, el número cuatro, el del justo medio. Ha corrido con una intensidad inusitada y además de las vértebras le duele el estómago. Perdió la cuenta de las vueltas que lleva, pero su cuerpo aleccionado por dos años de entrenamientos le dice que ya pasó lo más duro y sólo le queda completar la del afloje, la del trote más apacible, que él llama para sus adentros la vuelta del ortopedista.

Este cuento forma parte del libro De madres y perros, de próxima publicación por Editorial Sexto Piso.

Foto “Lane 1 on Race Track, running Track” de IvanWalsh.com @Flickr

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