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Entre más viejo más punk (PiL en México)

A las siete de la tarde me comí la mitad de un Cosmic Shiva. Aunque últimamente me atasco de ácidos a la menor provocación, esta ocasión lo ameritaba. Era una noche especial. Por primera vez en su historia Public Image Limited se presentaba en nuestro país. La expectativa era alta. En Chile, un vaso a sesenta kilómetros por hora le había sacado mole a John Lydon. Con una toalla se improvisó un turbante y continuó cantando. A sus sesenta años. Entre más viejo más punk. No quiero ni imaginar el turbo pedo que se armaría en México si a una de nuestras celebridades del rock le administraran el mismo tratamiento. Nos clausurarían para siempre los conciertos.

No hacía ni seis meses que había leído La ira es energía, la bio de Lydon, donde demuestra que más que un músico es un pensador. Una de las mentes más lúcidas en esta cloaca que es Occidente. Ver a una parte de los Sex Pistols me trastornaba. En principio porque en julio habían corrido rumores de que el concierto se cancelaría. Los boletos habían salido a la venta en mayo y algunos, algunísimos, fueron los avorazados que se tendieron a agenciarse el suyo. No pocos se quedaron esperando un 2×1 que nunca llegó. Y obvio se la pelaron y se quedaron fuera. Una semana antes del show la fecha se volvió sold out. Y afuera la reventa se puso densa. Los estaban ofreciendo en 2000 varos. Y no se bajaron. Si acaso el revendedor más pendejo acabó malbaratando alguno a 1600. La lluvia le imprimió a la noche un espíritu londinense. Afuera del Plaza se congregó un contingente de banda que no alcanzó ticket. Bajo amenaza de un portazo que nunca se presentó. Estamos en la Condesa, güey, capta.

A las nueve en punto PiL salió al escenario. Y se arrancaron con «Albatross», de Metal Box. Qué puto prodigio de canción. Esperaba la versión del álbum, de diez minutos, pero la acortaron como a la mitad, lo que no le restó ni una gota de portento. Habían pasado dos horas y el ácido no me pegaba. Ándele, pinche Charly, siga desarrollando resistencia a las drogas. Me puché un cuartel más, pa’ que me diera el empujoncito que necesitaba. Pero Nelson. Me olvidé de la droga y me clavé en PiL. A partir de «Albatross» cobró forma lo que Wenceslao Bruciaga calificó como un despliegue de majestuosidad. En sus memorias Lydon recalcó el hecho de que PiL era una banda dance. Y en eso se convirtió el show. En una noche de sucio dance. Porque aunque cueste creerlo, la base de PiL no es el punk sino el reggae. Y eso escuchamos, reggae a la manera retorcida de Lydon & Cía.

A las diez de la noche me carcomí lo que quedaba del ajo (le había regalado una micromordidita a Roger Garza). Pero el círculo no se cerró. Igual estaba feliz. Abracé a Blumpi por la dicha que me producía estar ahí junto a él. Lydon es una reata, no sólo se repone a la vandaleada, la enfermedad también la hace a un lado. Llegó a México puteado de la garganta. Y así subió al escenario. En un inglés que parece de perro, alcancé a oír claramente que esperaba no ofendernos. Se disculpaba por arrojar gargajos entre canción y canción. Ande cabrón, esa pinche muestra de humildad no es común en una estrella de rock. Pero con todo y la garganta jodida cantó poca madre. Qué registros alcanzó en «This is Not a Love Song». Y qué versión apoteósica. Que calculo duró como quince minutos (juro que es una apreciación inculcada por el ácido). Justo cuando la canción parecía que terminaría, la alargaban, y cuando pensábamos que acabaría, volvían a retomar la melodía, hasta que nos desquiciaron de placer.

Tras doce rolas PiL abandonó el escenario. Todavía no se acababa la velada y ya era sin duda uno de los conciertos del año. La píldora en amarillo y azul sobre un muro de ladrillos al fondo del escenario era como la bandera de un país que nos había albergado a todos los ahí congregados. Entonces la banda resurgió y los acordes de «Public Image» alborotaron la gallera y se desató el slam. Hombres, mujeres, jotos y moneros se pusieron a tirar chingadazos. Y algunos cayeron. Así de bravo estaba el octanaje. Si Lydon se deja la sangre en el escenario, no se puede esperar menos de nosotros que partirnos la madre en la rueda del mashing. La historia se está muriendo. El mundo se está haciendo viejo. Y PiL no vivirá mucho más. Bendecidotes los que atestiguamos su paso por el chilango. Qué ovación le propinamos a los cabrones de PiL.

Cuando bajaba las escaleras del Plaza volteé hacia arriba y en cuanto vi los círculos de luz en el techo: madres, el Cosmic Shiva me bajó los calzones. Me fui con Blumpi a una cantina a una cuadra de ahí. Y me la pasé todo el tiempo torcidísimo. Entre risitas pendejas. Lo que siempre delata al drogo. Y una incapacidad para hablar o seguir cualquier conversación. Mierda, Marrana, me dijo Blumpi, hace siglos que no te veo y no me tomo una chela contigo y mira cómo te pones. A las 2:30 de la mañana me metí el equivalente a dos líneas de coca en llavazos y se me cortó. Ya chingué, me dije, ya se me bajó. Pero en cuanto me acosté el viaje se reinició con mayor intensidad. Me quedé viendo el techo hasta las siete de la mañana con los audífonos puestos y escuchando el Metal box.

Carlos Velazquez posa para una foto en la 28 Feria Internacional del Libro Guadalajara, Guadalajara, Mexico, Viernes 5 de Diciembre , 2014. ( © FIL/Bernardo De Niz)

Carlos Velazquez posa para una foto en la 28 Feria Internacional del Libro Guadalajara, Guadalajara, Mexico, Viernes 5 de Diciembre , 2014. ( © FIL/Bernardo De Niz)

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