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Entrevista con Valeria Luiselli | Eduardo Rabasa

¿Cómo fue que decidiste utilizar tu experiencia como traductora para niños migrantes centroamericanos para escribir este libro? ¿Te resultó más duro emocionalmente que alguno de tus libros anteriores?

En respuesta a la segunda parte de tu pregunta, sobre si este libro me resultó más difícil emocionalmente que mis otros libros: eso no tiene la menor importancia. Pasamos a lo siguiente.

La primera parte de la pregunta es más difícil de responder. No tenía pensado escribir este libro. Antes de empezar a escribirlo estaba trabajando en la novela que llevo casi tres años escribiendo, y había decidido no aceptar ningún proyecto o colaboración hasta no terminar la novela. Pero pasaron un par de cosas.

Primero, pasó que me atoré en la novela. Me atoré, porque la novela también trata, entre otras cosas, sobre migración infantil, y a medida que me involucraba más profundamente con el trabajo en la corte y a medida que los casos de algunos de los niños se iban complicando, me empecé a encabronar y frustrar. Y aunque a veces se puede perfectamente escribir ficción desde la frustración y la rabia, a mí no me estaba saliendo bien la ecuación. No me estaba saliendo, porque entré en el dilema infértil —por definición, todo onanismo es infértil— de la utilidad de la ficción y el deber del novelista frente a sus circunstancias políticas. El único deber del novelista es escribir muy bien. Y es difícil escribir muy bien si quieres conseguir un efecto político, una reacción social, o si crees que una novela va a ser útil y va a cambiar o mejorar algo. Por supuesto que una novela puede cambiar muchas cosas, lector por lector, mente por mente, pero escribir desde la creencia de que uno debe o puede hacer eso, es pura arrogancia y vanidad intelectual. Las novelas escritas desde las alturas tan desubicadas de esa clase de arrogancia son siempre infumables. Nada de lo anterior lo tenía claro en ese momento, pero sí me daba cuenta de que, cada vez que me sentaba a escribir, estaba escribiendo una novela infumable. Así que decidí dejarla descansar hasta que pudiera escribirla bien.

Segundo, pasó que mi antiguo editor en la revista Granta, John Freeman, me pidió un texto para la revista Freeman’s (que lleva sólo dos números pero que ha generado un espacio de discusión e intercambio fundamental para escritores de muy diversas procedencias y contextos). Yo quería enviarle un breve adelanto de la novela atorada, o un cuento corto, pero, como buen editor, me empezó a insistir en que tratara de escribir un ensayo más largo sobre lo que estaba viendo cada semana en la corte federal de migración. Me resistí unos meses, porque sentía que no tenía todavía la claridad que se requiere para escribir un ensayo así. Ni claridad emocional, ni claridad sobre los enredadísimos procesos legales en la corte migratoria. Me resistí unos meses, pero acabé cediendo. (Como sabes, Eduardo, siempre pierdo todas las discusiones con mis editores, incluida la de responder esta entrevista).

En el libro expresas con claridad la frustración que te producía por momentos no poder hacer más por los niños que simplemente traducir sus respuestas. Al mismo tiempo, desde un punto de vista literario, creo que alcanzas una distancia justa como para poder narrar los hechos en su inmensa brutalidad, sin caer nunca en la compasión ni el sentimentalismo. ¿Nos podrías contar un poco acerca del proceso para decidir la distancia narrativa justa? ¿Te gustaría que alguno de los niños a los que entrevistaste, con los que seguiste teniendo algún tipo de vínculo, leyera el libro en su versión final?

Una amiga, escritora y activista, a quien admiro mucho, me dijo un día que si iba a escribir sobre temas como estos tenía que saber transformar cualquier capital emocional en capital político. Esa idea me ayudó a encontrar la «distancia narrativa justa» como bien dices.

Sobre la segunda parte de tu pregunta: sí, pero no todavía. Sí, porque quizás sea útil para algunos de ellos ver su historia individual escrita en un contexto más amplio, o que al menos aspira a ser más amplio. Sí, porque el «tejido» narrativo es justamente eso, un tejido que vincula cosas que antes estaban separadas. Si en un mismo tejido narrativo están entrelazadas las vidas de distintas personas, quizá esas vidas se puedan leer como parte de una colectividad. No es una idea nueva: la literatura genera comunidad.

Pero creo que no me gustaría que, por ejemplo «Manu» —el alias que uso en el libro para contar la historia de uno de los adolescentes que conocí en la corte y con quien aún tengo contacto cotidiano—, leyera el libro ahora. No todavía, pues. Porque todavía hay muchas cosas irresueltas en su caso (¡aunque ya le concedieron una forma temporal del asilo político!) y verse reflejado en un «espejo» narrativo donde se muestra claramente la incertidumbre de su futuro podría generarle más angustia que seguridad: y eso es lo último que nadie en su circunstancia necesita. Pero si pasan los años y le gana de forma definitiva al monstruo migratorio, por decirlo así, si su historia termina bien, entonces sí, entonces me gustaría mucho que leyera el libro y se acordara de ese periodo de mierda, lleno de incertidumbre y miedo, y que quizá, incluso, le diera risa.

Otro momento particularmente interesante es cuando reflexionas sobre tu propio estatuto de «pending alien», así como los problemas que tuviste para obtener tu Green Card, incluido el hecho de que un tiempo no pudiste trabajar a consecuencia de no haberla recibido aunque, paradójicamente, fue en parte eso lo que condujo a que terminaras trabajando como traductora para la corte. ¿Cómo fue para ti el proceso de vivir un largo tiempo en un país cuyo gobierno demoraba interminablemente en otorgarte el permiso de residencia?

Sí, en efecto, gracias a esa complicación de mi propio estatus migratorio acabé trabajando en la corte (los detalles los cuento en el libro). Mi solicitud para la Green Card se perdió en un limbo de casi dos años (nunca sabré por qué), mi permiso temporal de trabajo caducó, y no me concedieron a tiempo uno nuevo. Así que tuve que renunciar temporalmente a mi trabajo en la universidad —lo cual habría sido una vacación forzada maravillosa, si no hubiese tenido que renunciar también a un sueldo mensual y, lo que es peor en este país, al seguro médico que cubría a toda mi familia. Empezaron unos meses raros, bastante angustiosos. Pero también meses en los que mucha gente, porque sí y por pura generosidad, me ayudó muy activamente a salir del laberinto migratorio. Y también, meses en los que me pude dedicar más al trabajo de la corte (era trabajo no remunerado, así que no era ilegal que lo hiciese), y a estudiar y tratar de entender mejor la ley migratoria y sus entresijos, y sobre todo a hacer algo que casi nunca tenemos el lujo de hacer: darme tiempo para pensar las cosas con mayor dedicación y profundidad, acomodar el desmadre emocional acumulado, y organizar bien mis ideas y opiniones. Así pude escribir el ensayo.

Lo escribí primero en inglés, para Freeman’s. Luego, unos meses más tarde, lo reescribí completo en español. Esa fue otra discusión editorial que perdí, contigo y con Diego: yo quería que alguien más lo tradujera al español y ustedes querían que lo tradujera yo misma; yo quería que lo publicáramos pronto y en alguna revista, y ustedes vieron un posible libro, si lo trabajaba más a fondo. Al traducirlo, por supuesto más bien lo reescribí completo en español, y se volvió un ensayo más complejo y más completo, con más capas y con más calma: un libro. Escribirlo en español me obligó, además, a pensar temas que simplemente no había pensado en inglés. No por algo intrínseco al inglés o al español (no creo en el determinismo lingüístico, que es una pendejada nacionalista y decimonónica que se inventaron los filólogos alemanes y que desafortunadamente lograron argumentar muy bien). No había visto muchas cosas cuando lo escribí en inglés, no por el idioma mismo, sino porque estaba dialogando con una sola comunidad lingüística mientras lo escribía. Al reescribirlo en español, tuve que empezar una conversación con y desde una segunda comunidad lingüística. En fin, durante ese proceso de reescritura, tuve que aprender a situarme simultáneamente en las dos comunidades lingüísticas a las que pertenezco, considerar cosas desde ambos lados de la frontera geográfica, ampliar y yuxtaponer perspectivas.

Al final, tanto Freeman como ustedes Rabasas tenían razón, todos en su infinita terquedad: y estoy muy agradecida de que hayan visto un ensayo donde yo veía un desmadre.

Con la victoria de Donald Trump, por desgracia el tema de la migración adquiere una mayor relevancia, dado su abierto racismo y las múltiples amenazas proferidas durante su campaña. Al mismo tiempo, en tu propia experiencia con tus alumnos te has organizado con ellos para realizar acciones concretas frente al abuso y la injusticia. ¿Crees que pueda haber una reacción generalizada para intentar hacer frente en lo posible a esta aparente nueva era de intolerancia y xenofobia?

Pinche Eduardo, ya me necesito ir a dormir, doy clase mañana. Pero esta última pregunta abre mi caja de pandora emocional, porque este es justo el tema que me ocupa día y noche, obsesivafuckingmente, desde que se anunció la victoria de The Trump. No tengo todavía ninguna claridad, ninguna certidumbre —y no sé cuándo las vaya a tener: sigo bajando por la espiral confusa y caótica del duelo, como tantas otras personas a mi alrededor. Pero ya hiciste la pregunta, así que ahora te chingas y te chutas mi insomnio.

De entrada, te diría que sí, que de hecho ya está habiendo una reacción generalizada, a nivel nacional, para hacer frente a lo que se nos vino encima. Ahorita todavía es natural y muy necesaria la reacción civil —marchas, protestas, ruido— porque genera un sentido de comunidad en medio de tanto pinche duelo, confusión y miedo individual, y nos da un sentido de propósito colectivo en medio de tanta impotencia, sinsentido y soledad. (La paradoja de los duelos, aun si son compartidos, es que sumen a las personas en el más aislado de los solipsismos, porque el dolor, sea físico o emocional, aunque es la experiencia más universal, también es la experiencia más individual e imposible de compartir). Pero la clave es que lo que motiva y espolea esa reacción se transfiera exitosamente de las protestas de pancarta esporádicas, a la acción cotidiana sostenida; de las calles, a las instituciones y organizaciones. La clave es que después de la reacción civil, grande y general, haya una suma de millones de acciones individuales, pequeñas pero muy concretas.

La gente tiene vidas complicadas, trabajos, familias, obligaciones, funerales, la gente se aburre y conforma porque no le queda de otra, la gente tiene que sobrevivir y vivir con cierto sentido de normalidad, así que hasta la peor de las pesadillas se termina por aceptar y normalizar. Nadie puede ni debe pasarse todas las tardes del resto de su vida en marchas (qué pesadilla: como vivir atrapado en una novela de Salvador Elizondo). Lo que sí es realista y sí se puede hacer es dedicar, al menos una porción, aunque sea mínima, pero del resto de nuestras vidas, a crear y apuntalar lazos comunitarios a través de la participación en instituciones y organizaciones. Eso no es nada difícil, nada heroico. Y creo que eso puede pasar aquí, sin duda. Como sabes, creo ferozmente en el poder de las instituciones y organizaciones civiles gringas, porque las he visto, con creciente admiración, trabajar incansablemente en favor de las personas que la ley migratoria de su propio gobierno llama «aliens», y que la mitad trumpista de su país quiere erradicar o marginar.

Estados Unidos es una nación de entusiastas. El entusiasmo gringo, a veces errático, ingenuo y desbordado, produce la cursilería abominable e infatigable de las tarjetas de San Valentines, de la época de «apple-picking», de la semana de esculpir las calabazas de Halloween, y las demasiadas juntas vecinales o de padres de familia. Quizás también produce el fanatismo siniestro del kkk y, más recientemente, de los gorras-rojas del maga (Make America Great Again). Pero ese mismo entusiasmo —tan fácilmente derrochado y mal canalizado— también se concentra a veces en causas más urgentes, relevantes, y con mayor impacto social y político positivo.

Un ejemplo concreto: el 9 de noviembre, cuando se hizo oficial el resultado de la elección, decenas de universidades del país mandaron, una por una, un comunicado en donde se comprometían a apoyar a sus estudiantes indocumentados, o la generación «dreamer», como se identifican. Hay casi un millón de estudiantes universitarios indocumentados que ahora están protegidos por la «acción diferida» (DACA), que Obama propuso en 2012, y el senado republicano resistió y resistió durante tres años consecutivos, hasta que finalmente Obama la implementó por decreto presidencial en 2015. Trump anunció que revocará la DACA en su primer día de mandato. Revocar ese decreto es muy fácil: no tiene estatuto de ley, no conlleva las complicaciones logísticas y financieras de levantar un muro impenetrable en medio del desierto, y en definitiva no implica el costo altísimo de deportar a personas (deportar a los aproximadamente 11.2 millones de migrantes indocumentados en Estados Unidos tardaría unos 20 años y costaría entre 400 y 600 billones de dólares). Revocar ese decreto implicaría dejar sin educación y sin futuro a los cientos de millones de jóvenes que ya están estudiando, y a los millones que les seguirían. Revocar ese mandato es, además, muy conveniente: asegura que todos ellos, como sus padres y madres, sigan trabajando en las sombras de la economía, ganando sueldos menores al salario mínimo a pesar de que pagan impuestos.

Los DREAMERS saben perfectamente que son uno de los blancos más fáciles e inmediatos de la era del trumpismo (que se perfila claramente como una era de apartheid o racismo institucional, aunque aún no sabemos si de mano dura o de políticas discriminatorias a cuentagotas, quizá aún más peligrosas por sigilosas e invisibles). Así que, muchas de las universidades en donde estudian dreamers anunciaron de inmediato: los vamos a proteger, por la vía institucional y legal, sea como sea. En universidades en las que no se extendió de inmediato ese comunicado, se organizaron miembros de la facultad y del cuerpo estudiantil, para ejercer presión sobre los órganos directivos. El poder de instituciones como las universidades es limitado frente al poder de instituciones como la Homeland Security, pero no es sólo un apoyo «moral». Las universidades pueden, por ejemplo, reservar fondos para cubrir colegiaturas, asegurar becas, e incluso patrocinar y gestionar visas estudiantiles. Creo, en vista de lo que ya está ocurriendo en las universidades, que la suma de acciones individuales que se vuelven colectivas, primero en pequeña escala, y luego en mayor escala, una por una, nos van a salvar de muchas de las cosas horribles que vienen en la era del trumpismo.

Una coda:

No nos haría mal preguntarnos, en México, si tenemos la altura moral, como sociedad, para criticar la llegada del trumpismo.

Preguntarnos, por ejemplo: ¿cómo vamos a acabar con el siniestro Plan Frontera Sur, igual de cruel, xenofóbico e inhumano que el muro de Trump?

O preguntarnos, en una dimensión menor y más manejable: ¿qué ha hecho la UNAM —o la Ibero, o el TEC o la universidad que sea— para proteger a jóvenes indocumentados centroamericanos en edad universitaria que terminan en un limbo migratorio en México?

Una respuesta: nada.

Una explicación: porque no nos importa un carajo

Otra explicación: porque no confiamos suficiente en el poder que sí pueden tener nuestras instituciones.

Una postura: lo que nos falta en México no son ganas, ni entusiasmo, sino confianza y compromiso con nuestras muchas y muy buenas instituciones y organizaciones.

No nos haría mal preguntarnos, en México, en lo que queda de la era del peñanietismo con el trumpismo de contraparte, qué podemos hacer.

Preguntarnos, por ejemplo: ¿qué pueden hacer instituciones como
la unam o las demás universidades del país para proteger a jóvenes
indocumentados centroamericanos en edad universitaria que terminaron
viviendo en un limbo migratorio en México?

Una respuesta: muchísimo.

Por ejemplo: asegurar becas, crear programas, gestionar visas. Y si las instituciones no se mueven, es porque no se mueven solas, porque los estudiantes y la facultad las mueven, porque ellos son la institución, porque sin ellos las universidades son sólo edificios vacíos.

Una última postura: la horizontal, me voy a dormir, buenas noches.

Foto de Alfredo Pelcastre

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