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¡EPA! | Morris Berman

Un rasgo característico de los análisis «progresistas» o de izquierda de la política estadounidense es la falta de crítica de la gente que puebla nuestra gran nación. Siempre es válido criticar al gobierno, pero parece haber una cierta mística sobre El Pueblo Americano (EPA). Fareed Zakaria ha escrito que pronunciar esta frase es similar a anunciar una visitación divina; cualquier cosa tiene la fuerza de una revelación bíblica si se le asigna a esta entidad mística, omnisciente. Por ejemplo, Noam Chomsky piensa que existe una «brecha democrática» entre esta población (potencialmente) ilustrada y sus malvados amos; que el consentimiento popular ha sido «fabricado»; y que si nosotros (¿quiénes, exactamente?) pudiéramos quitar el vendaje que cubre sus ojos, rechazarían al actual gobierno e instituirían alguna especie de socialismo democrático. Dentro de una óptica más populista en términos generales, Michael Moore parece pensar algo similar: los estadounidenses son gente esencialmente decente y racional, pero han sido guiados por el mal camino. Sin embargo, la evidencia que respalda esta «brecha democrática» es bastante endeble. Es cierto que en algún punto los estadounidenses se opusieron a la guerra de Irak (si es que aún piensan en ella), pero esto sucedió sólo cuando quedó claro que la estábamos perdiendo. Al comienzo, todo el mundo estaba a bordo. Y las encuestas que supuestamente muestran que, por ejemplo, queremos cobertura sanitaria universal son muy engañosas, porque los resultados dependen por lo general de cómo se plantea la pregunta. «¿Debería tener todo el mundo cobertura sanitaria?». La respuesta será (ha sido) un abrumador sí. «¿Estaría dispuesto a pagar impuestos para costearla?» Bueno, la verdad es que no. «¿Cree en la cobertura sanitaria universal?» ¡Arrgh! ¡Socialismo! ¡Aléjate, Satanás! Creo que entienden a lo que me refiero.

En lo personal, me parece que existen límites al argumento del «consenso fabricado», porque creo que EPA lo que quiere es, en palabras de Janis Joplin, un Mercedez Benz, y que ésta es su visión de la buena vida. En Las raíces del fracaso americano cité un fragmento del libro de George Walden que tiene un título muy certero: God Won’t Save America: Psychosis of a Nation [Dios no salvará a Estados Unidos: la psicosis de una nación]: «Las particularidades de las naciones, buenas y malas, tienden a reflejar el temperamento y cualidades de sus pueblos. Como señaló Platón: ¿de dónde más podrían salir?». Cuando mi editor leyó este pasaje, escribió en los márgenes del manuscrito: «Este es el punto de inflexión del libro».

Localizar el problema dentro del «alma» de epa no es un asunto muy popular entre los considerados progresistas, porque una vez que la realidad se admite queda claro que no nos aguarda ningún futuro fabuloso, ni socialista ni populista ni genuinamente democrático. Si fuera simplemente un asunto de eliminar a Reagan o a Bush Jr. o a Obama en favor de un régimen verdaderamente humano, entonces podríamos conservar nuestro optimismo. Pero si el problema consiste en una población de 310 millones de personas que se sientan a soñar con el día en que tendrán un Mercedes Benz, entonces podemos olvidarnos de la visión optimista: EPA tiene el gobierno que verdaderamente quiere. Resultó que la «venda» que cubre sus ojos son ¡los propios ojos!

Como resultado de lo anterior, incluso las más penetrantes críticas del American Way of Life omiten cualquier examen de EPA, o minimizan su complicidad. El historiador de izquierda William Appleman Williams, por ejemplo, escribió en algún momento que en el siglo XIX los comerciantes, granjeros y artesanos estaban a bordo del programa imperial-expansionista, pero que realmente no desarrolló el tema porque en ese momento (1961) aún esperaba un Estado democrático socialista. Lo más que se puede hallar sobre el tema son algunas aseveraciones esporádicas, como las que aparecen en el libro de Sheldon Wolin, Democracy Incorporated [Democracia empresarial]. Se trata de un libro sumamente importante, porque examina los engranajes que dieron lugar a «The Matrix», así como la forma en la que opera. Pero su enfoque se dirige principalmente hacia las élites, la clase gobernante, como factor crítico. Sin embargo, si reunimos en un solo sitio sus puntos de vista sobre EPA, se forma una imagen más amplia (profunda e inquietante). Permítanme enlistarlos en el orden que aparecen en el libro; veamos qué les parece.

  • (Cita una frase de George Kennan, de 1947): «El hecho es que existe un ligero dejo totalitario enterrado en algún lugar, de manera muy profunda, en cada uno de nosotros. Tan sólo la alegre luz de la confianza y la seguridad mantienen a este genio maligno bajo control… Si desaparecieran la confianza y la seguridad, tengan por seguro de que estaría a la espera de ocupar su sitio».
  • (Sobre la guerra de Irak): «…apoyar una guerra que es responsable de la muerte de miles de inocentes, que redujo a escombros a una nación que no nos había causado daño alguno, y que endilgó a las generaciones venideras un costoso legado de vergüenza, sin que haya existido un repudio y resistencia masivos».

  • (Sobre la guerra de Irak): «¿Significa la inocencia no estar directamente involucrados en atrocidades como la tortura de prisioneros o el “daño colateral” a desdichados civiles? ¿Es posible que los ciudadanos sean inocentes pero no sus líderes?… Como ciudadanos, ¿somos colaboracionistas? Colaborar es cooperar; tener complicidad significa ser cómplice».

  • (Sobre la «elección» de Bush en 2000): «…un presidente ilegítimo llegó al poder sin que apenas hubieran señales de descontento».

  • «Mientras que 83% de los estadounidenses creen en la concepción inmaculada de Jesús, sólo 28% admite creer en la teoría de la evolución».

  • «¿Qué hace una democracia cuando se comporta como un imperio?… Recordemos que la ciudadanía estadounidense tiene una larga historia de complicidad con las aventuras imperiales de la nación. El impulso imperial no afecta sólo a unos cuantos… Los observadores extranjeros, como Tocqueville (1831), quedaron impresionados por la aparición de un nuevo tipo de ciudadanía: móvil, aventurera, muy competitiva, y a menudo brutal».

  • (Cita a Al From, fundador del Consejo de Liderazgo Democrático): «En una elección general, el candidato con el mensaje más esperanzador triunfa. La mayoría de los estadounidenses quiere enriquecerse, quiere sacar ventaja, y por eso un mensaje orientado a las oportunidades funciona».

  • «Por su parte, se espera de los ciudadanos estadounidenses que apoyen el proyecto de imponer la democracia (al resto del mundo), mientras continúen en negación de su propia complicidad en el saqueo de poblaciones y economías extranjeras».

  • (Sobre la guerra de Irak): «Se atribuye la culpa en exclusiva a la Casa Blanca, y nunca a los ciudadanos por su irreflexivo apoyo de la guerra. Si, por suerte, la guerra se hubiera ganado tan rápido como previó el gobierno… ¿habría dicho algo la democracia? No es solo que la ciudadanía apoyó la guerra del presidente reeligiéndolo; en el año 2000, esa misma ciudadanía contempló inmóvil cómo el equipo de Bush desafiaba al electorado y lograba llegar al poder mediante un golpe… Si bien está justificado echar la culpa a Bush y sus secuaces, es también necesario considerar la culpa, complicidad y apatía de los ciudadanos».

  • (Sobre la guerra de Irak): «…contemplamos la pérdida de la orientación política de los demócratas, la prensa y los expertos, su incapacidad para cuestionar la salud del sistema político como un todo. Esa incapacidad se extendió a la mayor parte de la ciudadanía; la enorme mayoría ondeó ocasionalmente una bandera y después, cuando les era posible, hicieron caso al consejo del presidente Bush: “vuelen, consuman, gasten”».

  • «En 2006, dos años después de exponer la mentira de las armas de destrucción masiva de Saddam Hussein, el porcentaje de estadounidenses que seguían creyendo que había tales armas en Irak aumento del 35 al 50%, y una inmensa mayoría creía que había nexos entre Saddam y Al Qaeda, aunque no había ninguna evidencia que así lo indicara».

Esto es todo lo que pude hallar en un libro de 300 páginas, pero estas citas bastan para sugerir que Wolin comprende que existen límites en cuanto a la culpa que se puede dirigir contra la clase dirigente. En última instancia, resulta que EPA no se encuentra tan alejado en términos de valores o cosmovisión.

Al final del libro, Wolin intenta esbozar aquello que sería necesario para recuperar nuestra democracia. Este tipo de predicción optimista es casi obligatoria en el actual mercado literario: epa desea escuchar que existe una solución, incluso si no fuera el caso. De aquí que tras demostrar in extenso que estamos totalmente jodidos, los autores o autoras concluyen su discusión sacándose un conejo de la chistera en el último minuto. A su favor, Wolin tan sólo hace esto a medias, pues es demasiado inteligente como para creer que podemos enderezar la situación. Así que afirma que la recuperación de la democracia depende en primera y última instancia sobre un cambio de EPA, «que se sacudiera su pasividad política y adquiriera las características de un demos. Eso significa crearse a sí mismos, adquirir solidez mediante sus propias acciones». Desde luego que jamás se explica cómo habrá de producirse este milagro, y de hecho, dos páginas más adelante Wolin escribe: «Si bien el proyecto de revitalizar a la democracia puede parecerle utópico al lector, requiere de un proyecto paralelo, quizá aún más utópico: alentar y fomentar la existencia de servidores públicos democráticos que puedan servir de contrapeso a la élite». No llegó a escribir «cuando los cerdos vuelen» al final del libro, pero claramente ésa es la implicación.

Así que ahí lo tenemos: epa expuesto como cómplice en todos estos sucesos, y en las acciones de las elites corporativas y militares. En resumen, no hay «brecha democrática»: las élites y EPA básicamente comparten la misma visión, y ni la decencia ni la racionalidad desempeñan un papel importante en ninguno de los casos. Ambas entidades han actuado para crear el país que tenemos, los Estados Unidos moribundos, pereciendo por su propia mano. De manera que, como Wolin admite de manera un tanto reticente, cualquier idea de cambio fundamental, de contar con un país distinto, es poco más que una fantasía.

© Morris Berman

Traducción de Eduardo Rabasa

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