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Escritores: no permitan que desaparezcamos como parte de las máquinas | Maxim Februari

La invitación para acudir al Baile de libros anual que inaugura la Semana del libro* hace mención a los carriceros. Tras buscarlo en internet, supe que se trata de aves canoras. La invitación también menciona bosques verdes frescos y el fondo del mar, debido a que el tema de la Semana del libro holandesa es la naturaleza. Por lo tanto, es de esperar que en el baile los escritores viajarán en su imaginación por desiertos y contemplarán especies graciosas, maravillas de la naturaleza y avalanchas de lodo, para después terminar la aventura en la pista de baile —«libera al animal que hay en ti»—, acompañados de su animalito preferido.

Es perfectamente lógico que el comité organizador haya optado por una concepción tan romántica de la naturaleza, pues difícilmente se produciría un estado de éxtasis en el Teatro Municipal de Amsterdam mediante una conversación sobre el concepto de convergencia, o sobre la sinergia entre las ciencias cognitivas y la tecnología biológica. Sin embargo, la convergencia —esa palabra aburrida— hace que escribir sobre la naturaleza se haya vuelto fascinante, puesto que en el siglo XXI la naturaleza ya no abarca únicamente el dominio de los animales, sino también el de las cosas: la frontera entre lo vivo y lo que no tiene vida se ha difuminado. La convergencia significa prestar atención a los vínculos entre la biología y la tecnología, o escribir sobre sistemas vivos en consonancia con el diseño. De ahí que los asistentes a la Semana del libro esperarán encontrar por todas partes manadas de robots que escriben, o parvadas de drones recitando poesía. O poetas con pantalones de cuero humano criado in vitro. Librerías surgidas de capas de moco bacteriano. Avatares vivos que han liberado a la bestia interna de cada quien.

Esta vinculación entre la biología y la tecnología, entre lo vivo y lo que no tiene vida, no es un tema literario habitual. La ciencia ficción del siglo pasado aún no vislumbraba un futuro para la naturaleza. En 1909, E.M. Forster publicó un cuento titulado «La máquina se para», que se volvió famoso a nivel mundial por su capacidad de pronóstico: ahí se anunciaba el advenimiento del internet. En esta visión del futuro, las máquinas se habían vuelto tan dominantes que toda la creación se reducía a obedecerlas. Escribir acerca de la Naturaleza se consideraba como algo pasado de moda: «Toda la literatura antigua, con su alabanza de la naturaleza, y su miedo a la naturaleza, sonaba tan hueca como los balbuceos de un niño».

Esta concepción de la naturaleza en el siglo XX era todavía un fruto del dualismo viejo que heredamos de la Ilustración. El hombre frente a la naturaleza. El hombre frente a la máquina. Pero, ¿y si resultara que estos fenómenos —la máquina, el hombre y la naturaleza— no existen separados? ¿Y si existieran únicamente juntos? En estos nuevos tiempos en los que la máquina se nos impone en todos los rincones de la vida cotidiana, se difunde ampliamente la idea de que el hombre por naturaleza justo es el que se encuentra bastante próximo a la máquina. Para citar el título de un libro del filósofo tecnológico holandés Jos de Mul, el hombre es «artificioso por naturaleza».

El uso de utensilios y herramientas externos es desde su origen característico de la especie humana. Mientras que otros animales mantienen sus extremidades dentro de las fronteras de su cuerpo, nosotros las externalizamos y las convertimos en instrumentos. Lo anterior significa que somos seres tecnológicamente determinados, y que nuestra biología se adapta continuamente mediante la tecnología. Hace poco veía en televisión a un hombre de ciento un años sentado alegremente frente a su computadora. Contaba que seguía vivo gracias a su interacción con el mundo, hecha posible por su acceso al internet: «Es decir que todo depende de mi dedo. Cuando en algún momento no pueda hacer doble clic, estaré muerto».

Así es como hemos evolucionado. Nuestro dedo se ha convertido en un «dedo doble clic» que nos mantiene conectados a internet, y nuestra vida depende de nuestro vínculo con la computadora. Como ya dije antes, este vínculo no es algo nuevo, pues desde siempre hemos estado vinculados con las cosas: martillos, ruedas, máquinas de hemodiálisis, cepillos de dientes, máquinas de escribir y demás instrumentos íntimos que nos convierten en ciborgs. Conectamos nuestros cerebros al coche, tragamos nanocomputadoras para curarnos, y dejamos que internet use nuestro cuerpo, invadiéndolo con sensores. No se puede trazar una frontera clara para delimitar dónde termina la biología y comienza la tecnología.

Lo que sí es novedoso —y aquí nos conviene utilizar esa palabra aburrida: convergencia— es que la tecnología comienza a vivir una vida propia. Las herramientas que hemos fabricado se independizan. No sólo porque operan de manera autónoma e inteligente, sino porque en estos nuevos tiempos ellas mismas adquieren características biológicas con las que se introducen en el dominio de la naturaleza. Adquieren, por ejemplo, atributos biológicos como tejido orgánico e incluso órganos; o el tiempo de inteligencia que les permite participar plenamente del mundo emocional del ser humano. O ambas: robots que cuentan tanto con tecnología orgánica —tejido orgánico, células y órganos— como inteligencia artificial con emociones. De este modo, cada vez se parecen más al hombre natural.

Planteamiento ingenieril

En un dictamen previo elaborado en 2015 para la Asociación Holandesa de Bioética, el investigador Dirk Stemerding escribió sobre la ya mencionada convergencia, abordando la influencia mutua entre la nanotecnología, la biotecnología, la tecnología informática y las ciencias cognitivas. Ahí consideraba que el conocimiento en determinadas áreas hace posible la investigación en otras distintas, y viceversa: «Mediante esta innovación desaparece progresivamente la frontera entre las ciencias físicas y las biológicas, lo cual quiere decir, que también entre el mundo de la naturaleza inerte y la naturaleza viva. Una característica de esta pérdida de distinción es que los fenómenos vitales forman cada vez mayor parte de un planteamiento ingenieril enfocado en lo que puede modificarse».

La ciencia y la tecnología se aproximan, convergen, y realizan intervenciones en el campo de investigación de la otra. Mediante estas intervenciones se mezclan los sistemas mismos, con la consecuencia de que la máquina adquiere vida y lo vivo se torna máquina. Esto último implica que los fenómenos de la vida —el hombre, el animal, el cerebro, el paisaje— se enfrentan con un «planteamiento ingenieril» de tecnología informática. Este planteamiento considera que la vida es modificable y controlable a partir de los parámetros de la eficiencia. Por ende, por ejemplo los usuarios de Facebook están siendo observados por la tecnología, para deducir a partir del perfil de su rostro, la dirección de su mirada y sus teclados qué es lo que desean, y poder adaptar el mundo conforme a ello. Igualmente, los tractores de la empresa internacional John Deere vigilan los paisajes para recopilar información.

Nos hemos alejado mucho de los bosques frescos del comité organizador de la Semana del libro, aunque esos bordes verdes frescos se hayan convertido ahora en ecosistemas moderados autónomamente por sistemas artificialmente inteligentes. De nuestro planteamiento tecnológico ingenieril se desprende el deseo de exterminar a las ratas de los bosques o, por el contrario, de resucitar a los mamuts con la ayuda de CRISPR, una tecnología creada para modificar los genes. En el bosque también se instalan avionetas sin tripulación o redes de sensores de alta tecnología, diseñadas para detectar cazadores furtivos. En última instancia, ya hay una viva presencia de las cosas en el mundo de la naturaleza.

Homo scribens

En esta nueva naturaleza, ¿cuál es el papel del escritor, el homo scribens (como le llama el comité organizador de la Semana del libro)? ¿Todavía tiene cabida en este mundo de softbots con sus ojos humanos y su origen en la comunidad ingeniera? La principal característica del homo scribens es su consumo de alcohol, dicen los directores de la Semana del libro. Pero habrá algo más qué decir sobre esta especie, ¿o no es así? ¿Algo sobre las herramientas que utilizan, la lengua y el texto, por ejemplo? En los artículos sobre la Semana del libro se cita en abundancia una pregunta del poeta holandés J.C. Bloem: «¿Qué es ahora la naturaleza en este país?». Pero sabemos que la naturaleza ya encontrará la forma de arreglárselas. Por lo tanto, me parece que la pregunta más pertinente concierne a la literatura: «¿Qué es ahora una novela en este país? Un trocito de texto, del tamaño de un periódico».

Después del camino equivocado de la especialización, que duró siglos, el enfoque de diferentes ciencias lamentablemente no va automáticamente aparejado con la misma aproximación al arte y a la literatura. Y permítanme dejar claro que no abrigo la ilusión de que se puedan simplificar cuestiones complejas con sólo preguntar cuál es la solución a niños o artistas. Sería una sobrevaloración de la inocencia pensar que basta con pedir a los artistas que miren al mundo con una mirada fresca, que con una mirada ingenua se solucionarán los problemas más difíciles en un abrir y cerrar de ojos. Así no funcionan las cosas.

Más bien, el planteamiento ingenieril puede precisar un ajuste con principios provenientes del arte y las letras. Porque mientras la tecnología cobra vida, la vida, como ya mencioné, es considerada cada vez más bajo la óptica del ingeniero de la tecnología informática. Esto no garantiza que todo vaya a resolverse, pues aunque el ser humano se caracterice por su uso de la tecnología, también se caracteriza por su búsqueda del sentido del mundo: al momento de morir no considera su vida satisfecha según su eficacia, sino que busca una narrativa, un sentido para su existencia. Es un hombre-arte en los dos sentidos de esta palabra: es un ser artificial y creador al mismo tiempo. Sustituir la vida por la simulación cognitiva, y reducir al individuo solitario a un nudo en una red sería quizá eficaz desde el punto de vista del planteamiento ingenieril, pero ese planteamiento tampoco es la gloria.

Por eso, para ajustar dicha mirada el arte visual ha empezado a ocuparse de las nuevas cuestiones acerca de la vida, comenzando a clonar y elaborar sus propios tejidos artificiales, o también a pintar con bacterias. De esta manera, los artistas pueden realizar preguntas poéticas y éticas sobre la intervención en la naturaleza. Al trabajar con procesos científicos llegan a una imagen de la naturaleza que posiblemente ofrezca un complemento a la naturaleza ingenieril.

¿Y las letras? «Al homo scribens le gusta acurrucarse al lado de sus compañeros y aplacar su sed con el néctar de las palabras bonitas», escribe el comité organizador de la Semana del libro. Y es verdad. Se puede ver a las aves canoras posadas en una rama. Pero la naturaleza no deja de adaptarse, y el homo scribens ya no escribe únicamente prosa y poesía, ni solamente ensayos y tratados científicos. También puede intervenir en la realidad escribiendo. Las herramientas del escritor literario, la lengua y el texto, son igual de poderosas que las herramientas de los científicos, técnicos e ingenieros. Y al igual que el artista visual, el escritor literario puede ofrecernos una visión de la vida adicional a la que nos proporcionan la ciencia y la tecnología.

Este año se cumplen exactamente doscientos años desde que Mary Shelley publicara Frankenstein, y entretanto el hombre es realmente capaz de reescribir el ADN, crear software para remodelar el paisaje, scripts para la naturaleza. Así que no solamente aplaca la sed con palabras bonitas, sino que mediante la reescritura del ADN creará realmente unicornios y lagartijas con alas, según la bioquímica Jennifer Doudna. Con el dopaje genético ya es posible hacer correcciones a uno mismo.

Considerando todo lo anterior, el «homo scribens» no solo es un ser que escribe, sino también un ser escrito. Las tecnologías que desarrolla modifican su ser. La lengua es una de las herramientas que el hombre externalizó, que no mantiene al interior de las fronteras de su cuerpo, como hacen los demás animales, sino que colocó fuera de sí mismo: en libros y escritos. Y como sucede con herramientas como el vehículo autónomo y los robots, es común que los textos se liberen y comiencen a independizarse. En los últimos siglos, los humanos pusieron por escrito su moral, en libros y códigos que podían poner frente a sí, en las mesas de sus casas. Pero ahora que las biotecnologías y las tecnologías informáticas pueden modificarnos desde dentro, mejorarnos, reescribirnos, ya no hace falta contar con reglas externas. No hace falta ponerlas en papel, pues se vuelven parte de nuestro script biológico e informático. Literalmente, ya no tenemos las reglas entre manos, sino que nos han superado: estimulación cerebral, manipulación genética, prevenir crímenes con la ayuda de Big Data. Al igual que en el cuento de Kafka, «La colonia penitenciaria», las reglas se graban en el cuerpo del hombre contemporáneo mediante una máquina ingeniosa con agujas.

El homo scribens bebe demasiado, dice el comité organizador de la Semana del libro. Puede que tengan razón, pero no es para tanto, no es tan grave ser un poco indisciplinados. Pero habrá que tener la suficiente sobriedad y claridad de mente para prevenir que los ingenieros reescriban independientemente la naturaleza, hagan correcciones a los animales, y formulen cómo debe ser el bosque. Mientras toda tecnología se convierta en biología, la tarea del hombre-escritor es evitar que toda biología se convierta en tecnología, y que él mismo desaparezca como parte de la máquina.

*Para la Semana del libro holandesa, llevada a cabo entre el 10 y el 18 de marzo, el escritor, filósofo y licenciado en derecho holandés, Maxim Februari, escribió el presente ensayo acerca de las nuevas relaciones entre la naturaleza, la literatura y la tecnología en tiempos recientes

Traducción de Joep Harmsen

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