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Espacio negativo | Abraham Cruzvillegas

«Para mí la religión es importante porque me vincula a la historia, a las creencias, a los valores. Me dio una estructura intelectual. En mi caso los preceptos no estaban tanto para ser obedecidos, sino que funcionaron como una serie de narrativas y entendimientos profundos del mundo, que me vincularon a principios transtemporales, abstracción del lenguaje, entendimiento del mundo, presencia del mito en la vida cotidiana, intuición de lo sagrado. Son temas que he seguido trabajando como escritor».

«Creo que hay que estar en la escena de los hechos para poder analizarlos, investigarlos y escribir al respecto. La distancia en este caso, a mi juicio, no da un valor agregado a cualquier prospectiva que uno pueda hacer. Es mejor estar en el lugar de los hechos y asumir, desde luego, el riesgo y los costos que haya que pagar».

«Sergio González Rodríguez: bajo el signo de acuario»

Entrevista con Gerardo Lammers
«Confabulario», El Universal, abril 8 de 2017

En el ojo de la controversia sobre la subjetividad como materia prima de cualquier argumento —científico o no— contra la verdad que afirma existir, históricamente, genealógicamente, literariamente, la temprana ausencia de Sergio González Rodríguez se erige en la cúspide de una desproporcionada orfandad que no es moral ni ética, sino solamente humana, cosa que lo multiplica y lo magnifica geométricamente en su humildad. Después de leerlo y admirarlo llegué a conocerlo y a estimarlo, ahora lo extraño, de la extraña manera en que se hace tan presente el desamparo de un manto que tal vez nunca hemos tenido: tranquilidad, paz, sosiego, seguridad, certeza, felicidad. Cuando lo invité a especular por escrito sobre mi trabajo, como parte de una publicación vinculada a una exposición hace unos años, esperando que escribiera una diatriba generosa en descalificaciones sobre el contexto en que vivimos, este mundo, estos tiempos, esta atmósfera de destrucción y autoinmolación, de fronteras y otras perversiones, Sergio me entregó un ensayo filosófico, sin concesiones ni afanes didácticos que explicaran mis obras, sino que más bien al revés, las complejizaban y las hacían nuevas para mí. Le agradecí entonces sinceramente, como le agradezco ahora permitirme entender de nuevo que siempre podemos construir algo con el vacío, con las puras carencias, incluso en las peores condiciones, con todo en contra, como sucede hoy que nos hace falta.

El que sobrevivió a todo, incluyéndose él mismo, el que fue capaz de atestiguar y ser parte de los problemas más complejos y de las situaciones más espeluznantes (desde dentro y no anamórficamente, como criticó puntualmente), el que nos llevó de la mano hasta las cavidades más profundas y húmedas de la conciencia y también de sus innumerables antónimos, el que no escatimó en sinceridad desde el lugar de los hechos, el que primero se atrevió a describir nuestro paisaje como uno donde hay más huesos que piedras, el que se avergonzó públicamente, no una sino varias veces, de un Estado que sistemáticamente persigue, secuestra, tortura y asesina a sus estudiantes, a las mujeres y a los hombres que se atreven a discrepar. Él ya no está. En el relato que González Rodríguez redactó sobre su —nuestra— circunstancia, la narrativa se vuelve bisagra entre la mera descripción de un conjunto de hechos, la suma de las calamidades que sólo podrían tener cabida en una mente enloquecida en su paranoia aparente, y la profética voz del que asume su responsabilidad —humana de nuevo— como portavoz del desastre. De esta manera su obra completa tendría que percibirse como un todo, como un organismo vivo —caótico, quise decir— que habría de leerse de atrás para adelante, de en medio hacia cualquier lado, oblicuamente, transversalmente, oligofrénicamente, una corporeidad delirante y sesuda, sudorosa y caliente, roquera, etílica, sensorial, brillante, balbuceante, sorda y alburera, o sea coherente con su devenir y su origen, como debe ser, dicen que dijo Maurice Blanchot, más o menos.

Como en su momento Antonin Artaud procuró engarzar las palabras que pudieran hacer visible el trance, logrando un lenguaje y un discurso del que, en su ilegibilidad, probablemente él mismo se convirtió en su único posible interlocutor, González Rodríguez se transformó en un crítico inconmensurable y también incomprendido, no por incapacidad alguna, ni por falta de registros cromáticos en su escritura, pues su gradiente se despliega ante nosotros como un abanico intenso y saturado de microtonos —el sonido trece del subtexto—, sino por su abundancia de figuras, de tropos, desmenuzables en un tiempo que exige no sólo atención y paciencia, sino también tripas —no necesariamente huevos— para comprenderle. No son champoliónicos jeroglíficos sus obras, sino transparentes y simultáneos registros de una voz a cánones que se contestan entre sí en dimensiones que resuenan en el hipotálamo, en el riñón, en el bofe y en el gañote, como un picahielo que horada cruel y que ahoga la sangre, como el texto sin aliento, sin comas ni puntos de Thomas Bernhard.

Como Jorge Cuesta, Sergio supo reconocer nuestras bárbaras limitaciones chauvinistas y provincianas, en un panorama en el que es complicadísimo y tal vez innecesario sentirse orgulloso de cualquier cosa que pudiera llamarse identidad nacional, si es que algo así existe. De tales inventos, en los que supo ver agentes peligrosos, a lo largo del curso de la humanidad desde que se llama así y no solamente primate, se desprenden banderotas en el Periférico y en las grandes plazas, pero también ejercicios de autoritarismo y violencia institucional, apelando a unidad donde sólo hay fractura, exigiendo una solvencia moral fincada en un monolito ficticio, donde sólo hay dedos rotos, lenguas extirpadas y cuerpos semi calcinados colgando de puentes y cuasi disueltos en un caldo que nadie quiere ver, que desaparece al tiempo que se muestra en la guerra de baja intensidad cotidiana, junto a señoritas en paños menores en las portadas de los tabloides, para arrinconarnos, para acojonarnos en nuestra mediocre y chaquetera subsistencia rutinaria. Sergio quiso poner enfrente de nosotros y en primer plano eso a lo que llamamos obsceno para hacerlo familiar, nuestro, pero no como algo naturalizado («los triquis son violentos por naturaleza» dice el funcionario de gobierno) sino como algo que no debería suceder, y que nos corresponde por derecho, no por obligación, que así sea.

Gracias querido Sergio González Rodríguez por tan generoso obsequio. Hasta pronto, en el desierto, tal vez.

Ilustración Sergio por José Hernández

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