Publicación mensual gratuita de Editorial Sexto Piso
 

Espacio negativo | Abril 2018

Por Abraham Cruzvillegas

Nariz aguileña, resbalamocos largo y pronunciado, ojos azules, párpados cansados, leves patas de gallo, cejas inquisitivas, cabellera lacia, argentina, medio quebrada, medio despeinada, medía como veinte centímetros en su dimensión más mediana, boca recta, labios delgados, como cicatrices las comisuras, incisivas, risueñas y al tiempo hieráticas, cómplices en la circunstancia y en el chiste, frente amplia, con líneas de expresión medianamente bocetadas a mano alzada, pómulos prominentes, cuello vigoroso, pero no ancho, clavículas que se dibujan como con marcador permanente y al tiempo frágiles, como tildes de eñes, se pierden en los bordes de la camisa, estampada en colores chillones, tal vez filipina, tal vez hawaiiana, china o regiomontana, abierta hasta donde asoma la cima de un vientre rotundo, feliz, sostenido por convexas columnas rematadas en huaraches de Jalisco. De las mangas arremangadas en dobleces imprecisos penden, como hebras de músculos que no dan fe de los lustros de trabajo que han vivido, los brazos que concurren en un par de manos delicadas, pequeñas, expresivas y pulcras. Sus uñas, recortadas cuadradas, no en luna, acumulan un poco de mugre y tinta, tatuadas de sigilosa experiencia, trazando líneas que describen en muchas ocasiones su propio rostro, escribiendo frases que apelan a la inteligencia del lector, a su sentido del humor con juegos de palabras idiotas y sinsentidos francos, también labrando palos, pegando huesos y pedacería de chinería de la tlapalería, se identifican y se hermanan con las herramientas (gubias, formones, cinceles, cuchillas, navajas, martillos, limas, hachuelas, macetas, charrascas, desarmadores y pinzas) del padre, del abuelo, del ancestro que también con sus uñas mugrosas rascaba la pared del abrigo rocoso —donde a su vez sus propios antepasados dibujaron religiosamente por siglos retratos de sus novias neanderthales, cromañonas, tepexpanas, australopithecas, pero también de sus proezas, de sus presas, sus menúes y sus recetas—, despidiéndose de la caverna para ponerse a restirar la piel de un ciervo recién devorado en salpicón, sobre un bastidor de travesaños hechos con la testuz de la misma bestia, todavía vaporosa y cálida: en la genealogía de la pintura de caballete, ese será el momento fundacional en el que — casi como el descubrimiento de la lumbre, como la invención de la rueda, de la penicilina o de la llave usb— el arte se vuelve portátil, claro, sin contar al Señor de Las Limas. Monolítico ídolo del postclásico, sibarita, ácrata, célebre impostor semántico, elocuente político, poeta, cantautor, teleólogo, logólogo, artista de performance, elegante cisne indígena de la revuelta que enarbola como causa la búsqueda del celacanto en la tubería del drenaje profundo, ardiente enófilo de pócimas mediterráneas, bullanguero danzante de reggae, Gran Jefe Toro Parado, mentor auténtico de generaciones de pedernales y guijarros, pedagogo ilichiano de Cuernavaca —¿de dónde más?—, inventor e interventor olímpico del lanzamiento de adoquín sobre refrigerador, lubrica sus belfos con la misma hiriente lengua con la que dijo lo que dijo en Nueva York, antes de aborrecer a su bando. En Xochimilco, coronado con un estrepitoso sombrero de mariachi, sonríe en una Polaroid enchinampado el muchacho cheroki sobre la trajinera del amor, de nuevo con la camisa desabotonada hasta el sudado ombligo, pues imagina que cree que comprende el reto sicalíptico que representa preguntar a viva voz, bien alto: ¿es posible ser feliz en tiempos del desastre? Y se responde «sí: juntos».

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Abraham Cruzvillegas

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