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Espacio negativo | Diciembre 2017

De aquella primera vez en que confundido tuvo conciencia de haber percibido el aroma agrio de las axilas sin afeitar de la dependiente de la miscelánea —ahí donde competía con sus vecinos, de vientres tan inflamados como el suyo, a comer chiles jalapeños en vinagre, apañándolos a puños directo del vitrolero transparente, irritadas las lenguas, los cogotes, las yemas de los deditos con uñas que daban ñáñaras— le queda la curiosa búsqueda de similares, le enfurecen los desodorantes, y tantea imaginativo quiénes pudieran conservar entre aquellos vellos el olor a sope, alguna señorita a quien le rechinen las bisagras; luego extendería su área de calentura a ensoñar con aromas de calzones, hotpants y chores de algodón, likra, popelina y terlenka. Spándex idealmente. Al tiempo que cultiva tal manía, robustece una imberbe gastritis, que deviene infección en el apéndice, relleno cual buche de gallina, flamígero e hinchado, hasta que revienta y deviene peritonitis aguda, que lo lleva al hule, postrado de dolor penetrante, que como púa cuya arista toca el orgullo del fakir comechiles, ardido hasta el llanto no por su internado en el Imán, ni tan magnético nosocomio infantil, contiguo a la pirámide de Cuicuilco, sino por la derrota, moral y digestiva, cuyo único remedio traía consigo más irritación, como echarle gasolina a la lumbre: manojos de cueritos de cerdo encurtidos en salmuera, devorados con las narices moqueantes, los ojos enrojecidos y el tracto intestinal enrarecido y chipotudo, como cacahuate garapiñado. En los alucinógenos viajes derivados del tortuoso concurso y sus padecimientos aledaños, el muchachillo compone ensoñaciones embrutecidas hiperpobladas de espejismos olorosos a axila y a cola, ni las concurridas sesiones del Height Ashbury, ni las tardeadas frenéticas del Panhandle Park, en su mejor época, generaron tan abisales y al tiempo multicolores e hipnóticas lucecillas, hurgando la oscuridad informe de los idealizados tufos íntimos. Redacta así sus fantásticas hormonales aventuras ínfimas, en rimas ñoñas que finalmente se volverían letras de canciones, que no muy disimuladamente contienen registros genitales, cachondas, calientes y morbosas. En esas composiciones procura neurótico y obsesivo la ortografía sobre las hojas tamaño esquela (arrancadas de la espiral de la libreta, conservando los rizos de las orillas izquierdas, que algo le recuerdan también por supuesto, para luego engraparlas y así construir torres de canciones, que capa por capa van dando forma a una estructura de tectónica maciza y ligera, antisísmica) corrigiendo con Liquid Paper cuando es necesario, componiendo mapas de manchas blancuzcas que devienen una constelación en el que cada una de ellas representa en su proporción numérica, las precoces eyaculaciones de su recuento cotidiano, una Vía láctea. No dejará de hacerlo.

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Abraham Cruzvillegas

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