Publicación mensual gratuita de Editorial Sexto Piso
 

Espacio negativo | Octubre 2017

El niño que observa quisiera reconocer su turbia identidad, ese espejo que nadie comprende, una vez a la semana se queda parado en la esquina esperando a que el camión de la basura se acerque a donde él está, sin moverse a donde se detuvo, a donde todo mundo lleva sus botes y sus bolsas de desperdicios, ese niño de zapatos Blasito desgastados en sus suelas, pero lustrosos como sea, peinado como el Benemérito de Las Américas, camina cotidianamente hasta su escuela en la colonia Atlántida, toma una combi donde se juntan avenida Miguel Ángel de Quevedo, El apóstol del árbol, con División del Norte, muy cerca de Ciudad Jardín, que lo lleva hasta el monumento a Álvaro Obregón, donde atraviesa el parque de La Bombilla, lugar del magnicidio del infame manco sonorense a manos de un caricaturista católico radical, que tuvo tiempo de trazar representaciones de las torturas infligidas por sus captores: colgado de los pulgares con hilos que lo harían cantar acerca de sus cómplices, de autores intelectuales, luego sería pasado por las armas en Lecumberri. El niño pasa revista a cada arteria, a cada vena del miembro en puño, conservado en sus jugos dentro de un pomo que se asienta como tótem, fetiche y espuria reliquia de una revolución que se imaginó que podía soñar que quería ser socialista, al menos como el que se saborea la mantequilla, cuando en realidad lo que quiere es queso Chilchota para su quesadilla, sin siquiera haber ordeñado, engordado, criado, cuidado, vaya: sin haber comprado la vaca. Abandona el megalomaníaco esperpento modernista de mármol que en su mejor destino devino mobiliario patinetero, cruza avenida de Los Insurgentes, y debajo del Sanborns lo espera su silla de jefe, desde la que administra, vende, compra, hace llamadas y lee; a veces se para para ir a comprarse una coca, una torta, una pizza, a trapear, a limpiar la mercancía casi no, a cambiar un billete para dar cambio, para ir al baño a peinar la tortuguita. A través de aquella avenida lanza una bola hecha con bolsas de nylon, para que la cache su amigo Camilo, el niño que vende billetes de lotería afuera de su negocio, enfrente de las escaleras famosas del Sanborns, quien se la arroja de nuevo desde el gingko biloba, del lado del parque, junto al paradero de los peseros, ahí donde la suma de los sobacos huele áspero. Otra ruta, en la que el niño suele encontrar páginas sueltas de publicaciones pornográficas, concluye en donde asesinaron a un espiritualista que hipotéticamente abogaba por la supresión de la reelección y a su asistente, ambos de piochas e ideas curiosas; un militar traicionero, a quien se le atribuía cualquier cosa debido a su dipsomanía, los asesinó ahí donde ahora sigue en funciones el mercado de artesanías donde pasa tardes enteras ensoñando con imágenes procedentes de las entrepiernas —de los lustrosos calzones de bajo presupuesto— de las hermanas Colín, empleadas procedentes de Cuajimalpa que le torturaban subiendo sus microfaldas tejidas a ganchillo con estambre, dibujando con bolígrafo a través de los orificios de la filigrana sobre el muslo pequeños jeroglíficos manuscritos que querrían decir «pezón», «nalga», «pene» o de plano «panocha», y que en su preadolescente ignorancia no acaba de descifrar, pero que definitivamente lo prenden y le imprimen en el seso estampas imborrables.

abrahan-cruzvillegas

Abraham Cruzvillegas es uno de los artistas más importantes en la actualidad. Su vasta obra, compuesta de esculturas, dibujos, grabados, videos y ibros, tiene en el proyecto AUTOCONSTRUCCIÓN su eje más emblemático

Foto de Hernán Piñera en @Flickr

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