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Espacio negativo | septiembre 2017

Sus voces rojas lo estremecen, aunque no entiende ni pretende hacerlo, recompone su quijada en un crack que sin ser bursátil igual le significa un crecimiento en el índice de ya no hay valores, paralelo al producto interno más bruto, piensa «me anda» y menos comprende los inocentes —más no necesariamente inocuos— cánticos revolucionarios de la masa que con una alimentación basada en Minsa avanza al igual que su sangre en la tripa gorda, inflamada morcilla de coágulos ennegrecidos y groseros de su hiato herniado, que a veces brotan por su trompa en borbollones apestosos e impertinentes, que asustan, menos tal vez que las frecuentes redadas, las famosas razzias, organizadas un día sí y el otro también, en su natal Ranchodomingo por la tira del Departamento del Distrito Federal, las fuerzas también negras del llamado Negro Durazo, enamorado de las líneas blancas y de la sinuosa ombligona celebérrima por agradecer al agradecimiento con un «denankius…». Hacía años que vomitaba negro, sangre, según las voces expertas de familiares y amigos que asqueados le reclamaban no visitar al doctor, seguir bebiendo como náufrago y comiendo como ganso en engorda, compulsivamente hipertrófico. En una de esas, en una fiesta en Cuauhnáhuac, invitado por los amigos de su hermano menor, hubo que deshacerse de sábanas y almohadas, después de una monzónica expulsión gástrica. La imagen le recordó al maestro Rubén, devolviendo el hígado después de haber sido arrojado en la esquina del mercado desde una patrulla, todo golpeado y entelerido, en los huesos, casi inconsciente, el más consciente. Lo habían torturado, no había que matarlo, ya iba anémico y débil, cansado pero no rendido. «¡Qué milanesas! Hace mucho que no te había bisteces… Pensaba que ya te habías moronga» le resonó ese lugar común, pero que en realidad se le revelaba como una amenaza de «El Cazuelas», genízaro procedente del infame Cuauhtepec Barrio Alto, que —en la broma sigloveintiunesca— sería más bien un barrio bien bajo, rumiante de hermosas sentencias improbables largas y sinuosas que a veces significan poco o nada, pero que existen como moneda de cuño común, y eso les da su dimensión: esa jerga innata y florida, sólo redundaba en una identidad etérea, hábil y heterodoxa en su dislexia formidable, una que bien pudiera llamarse mixlexia. Genarín, vecino, confesor y cómplice de juventud, pero sobre todo hermano postizo de El Cazuelas, dice fingir demencia, pero en realidad es un demente amante de los temazcales y de la mota, fabricante de chorlas indestructibles hechas con las metálicas barbas de las máquinas barredoras que peinan las banquetas trompiconas y disparejas de la gran ciudad, incluyendo Canal de Chalco, Acueducto de Guadalupe y el Cerro de la Estrella, cuna de los geniales y truculentos colhuaques, amos de la representación del terror, casi tan eficientes como los coyoaques de lo que hoy conocemos como La Candelaria Coyoacán, parcela que vio nacer a una de las sonrisas más pródigas del pedregal, Marco Ramírez, Mr T, heredero de la casta sonidera de esos lares, vendedor de flores del mercado de Jamaica, no en el de La Viga, antiguo epicentro del trajín en los canales que comunicaban Tlatelolco con Texcoco y Xochimilco, verdadero sitio de mi hermanito, el que impertérrito nunca hace nada en el fondo de sus fangosos canales chinamperos.

abrahan-cruzvillegas

Abraham Cruzvillegas es uno de los artistas más importantes en la actualidad. Su vasta obra, compuesta de esculturas, dibujos, grabados, videos y ibros, tiene en el proyecto AUTOCONSTRUCCIÓN su eje más emblemático

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