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Esperando al nuevo mesías | Kiko Herrero

Salgo de mi casa de Stalingrado, al norte de París, por la calle del faubourg Saint-Martin que, en ligera cuesta abajo y atravesando prácticamente toda la orilla derecha de la ciudad, me conduce en línea recta hasta el Sena. Cruzar el puente de Arcola, pasar delante de Notre Dame, cruzar otro puente y tomar a la derecha hasta la plaza de Saint-Michel. Entrando por la calle Saint-André-des-Arts, el corazón se me dispara: demasiado tarde para retroceder. Quisiera que los treinta y tres números que me separan de mi cita se multiplicaran por cien mil, que el tiempo se detuviera o que el arcángel de la fuente me cortara con su espada en rodajitas. Pero, aunque tengan alas, las estatuas no vuelan ni matan. «Muy tarde llegas, Nicole, a las doce se levanta la horca», decía mi padre que decía Jean Valjean. Y a las doce en punto voy a subir al patíbulo: Paul Otchakovsky-Laurens, el fundador y director de la editorial P.O.L, me está esperando. Le conozco desde hace años. Todos los fines de semana, comemos, bebemos, reímos y, en general, terminamos bailando como descosidos. Luego volvemos no sé cómo hasta nuestras respectivas casas. También organizo en mi galería de arte sus eventos profesionales o privados. Pero hoy nuestro encuentro es diferente. Me ha citado para darme sus impresiones sobre un libro que me ha encargado. Quiere que escriba una novela basada en mi pasado. Tiemblo porque sé que no voy a enfrentarme con el amigo afable y atento que acostumbro a frecuentar, sino a un hombre severo y celoso con todo lo que se refiere al mundo de la literatura.

Entrando en el portal de la editorial, me tropiezo con los adoquines del patio. Durante los treinta metros que me separan de la puerta, me da la impresión de que me están espiando. Soy un niño yendo al médico a que le pongan una vacuna, un estudiante dirigiéndose al despacho del director. Mis piernas no me obedecen. Casi me desplomo cuando me doy cuenta de que, en efecto, Jean-Paul Hirsch me está observando desde su ventana. Jean-Paul es el brazo derecho de Paul, pero también es su perro guardián. Levanto una mano para saludarle y se me cae la carpeta. Al entrar en la editorial, me recibe Lucie Garillon, una chica joven y guapa con grandes ojos verdes. «Te llamas como la patrona de los ciegos», le digo. Ella se ríe encantada. Pero antes de llegar al despacho de Paul, tengo que pasar por delante del de Thierry Fourreau, el diseñador, un chico snob, muy parisino, vestido todo de cuero. El tío, ocultado por la nube de su propio tabaco, casi ni me ve. Da bocanadas a su cigarrillo con la misma intensidad que lo haría un condenado a muerte. Ahora tengo que pasar delante del despacho de Vibeke Madsen, una sueca a la que todo el mundo llama, aunque ella no lo sepa, El Dragón de Estocolmo por su severidad y su profesionalismo sin piedad. ¿Qué hago? ¿Entro y la saludo? Voy a pasar de largo cuando la cabeza de Vibeke aparece de detrás de su ordenador. «¿Pero qué hace ese aquí?», parece pensar, mientras me fulmina con su mirada azul de pez. Dudo, vacilo y, sin embargo, entro. Las paredes están recubiertas de libros hasta el techo como todas las de la editorial. No queda un solo espacio sin ocupar. Los libros son blancos y sobrios, con letras azul marino y un logo inventado por Georges Perec. Tanta cultura me aplasta. Tanto prestigio me aturde. Tantos nombres de tan magistrales autores, Emmanuel Carrère, Marguerite Duras, Frédéric Boyer, me abruman. Soy una mosca que ha caído en el hormiguero de las voraces hormigas legionario. No van a dejar nada de mí. ¿Por qué habré aceptado la propuesta de Paul? Nunca he soñado con escribir, y todavía menos en francés. Prefiero escuchar que hablar, soportar que torturar. La sonrisa acogedora de Paul me salva del nórdico cepo. Me prepara un café doble y me conduce a su despacho. Menos mal que puedo fumar. En las mesas, en el suelo, en las estanterías, torres de manuscritos se amontonan en desorden. Recibe unos tres mil al año que él mismo lee sin comités de lectura ni ayudantes. Para muchos escritores franceses, Paul es un semidiós, un mito vivo con poder de vida y de muerte. «En un principio existía el Verbo, y el Verbo era Dios». A Paul, le persiguen los escritores por las calles, inventan cien mil estrategias de acercamiento, y, a la menor ocasión, le sacan el manuscrito que como por casualidad llevaban consigo. Paul es tan infinitamente amable con sus amigos como desagradable con los desconocidos. Su desconfianza raya con la paranoia. Para él, cada extraño disimula un manuscrito o tiene un familiar que quiere ser escritor. Yo, después de varios chascos, ya no le presento ni a Cristo. Por fin me invita a sentarme. Él se coloca enfrente. Estamos cara a cara, de igual a igual, sin despacho que nos separe. Su puerta está siempre abierta, como todas las de la editorial. Charlamos un poco de la vida, y cuando ya me voy sintiendo más sosegado, empieza a comentar mis textos. Va tirando al suelo, casi con desprecio, capítulos enteros: «¡No has comprendido nada! No intentes componer ni adornar. ¡La literatura es el peor enemigo de la literatura! Te enrollas demasiado y te sales del tema. Tienes que hablar con sinceridad y sencillez de Madrid, de tu pasado en España. Olvídate de los embrollos de la narración; huye de la descripción como del diablo; no hagas comentarios sobre tus propias palabras; desentiéndete de la psicología de los personajes…» Aquella cita fue como un electroshock literario, de más de una hora de duración. Salí de la editorial, grogui, tambaleándome. Había comprendido que no hay que intentar comprender, que sólo la mano sabe dónde va. Cuando unos meses después le entregué de nuevo el manuscrito, no me corrigió nada. Me felicitó, y así lo publicó hace ya cuatro años.

El lunes 8 de enero de este año, tenía la última cita con Paul antes de que me publicara El clínico, mi segunda novela. No pudo venir porque seis días antes se había matado en un accidente en una isla de las Antillas francesas. Nunca sabré lo que me iba a decir. Mi libro será uno de los primeros en publicarse sin que Paul haya visto las últimas pruebas. En abril, voy a salir al ring sin entrenador, en pelotas. Ahora, cuando voy a la editorial, ya no me tropiezo ni me atraganto. Conozco a los cuatro del equipo y les voy saludando uno por uno. El despacho de Thierry, muerto de cáncer, lo ocupa la tan amable Antonie Delebecque; Vibeke Madsen ya no es el dragón exterminador que tanto temía; Jean-Paul Hirsch ya no ladra, ni muerde, ni me vigila, sino que me protege y apacigua. Los manuscritos se acumulan en el despacho de Paul esperando al nuevo mesías. La puerta sigue abierta pero ya nadie contesta. Nadie. Todo está vacío. Se acabó. C’est la fin.

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