Publicación mensual gratuita de Editorial Sexto Piso
 

Europa y los múltiples extremos de la globalización | Miguel Ibáñez Aristondo

¿Hacia dónde va Europa? La pregunta apela a un número importante de problemas que se han ido acumulando en la trastienda de la ue en los últimos tres años. En este breve espacio de tiempo, las instituciones europeas y sus estados miembros han tenido que hacer frente a la crisis de la deuda en Grecia, la salida del Reino Unido de la Unión Europea, la crisis de los refugiados y el proceso soberanista en Cataluña. De entre estos eventos, el referéndum consultivo en Grecia de julio de 2015 vino a constatar de manera nítida el déficit democrático de la Unión Europea. En palabras del presidente de la comisión europea Jean Claude Juncker: «No puede haber elección democrática contra los tratados europeos». Acuñado por Serge Halimi como el teorema Juncker, las palabras del presidente de la comisión vinieron a confirmar algo que ya suponíamos: la ue carece de control democrático y se rige por mecanismos de decisión opacos y verticales que son presentados por las élites como un modo de gestión técnico y neutral.

Ante esta situación de profunda crisis, la idea de una Europa federal y democrática ha adquirido una renovada actualidad. No es algo nuevo, si tenemos en cuenta que el federalismo europeo tuvo sus momentos más álgidos después de las dos grandes guerras, no nos ha de extrañar que en tiempos de alta turbulencia política la utopía de una Europa federal recobre vigor y se convierta en uno de los grandes temas de los años por venir. Como señala Enzo Traverso, la alta tensión política y la desacreditación del proyecto europeo han extendido el euroescepticismo más allá del clivaje entre nacionalistas euroescépticos y los sectores de corte neoliberal y globalista. Sin embargo, es este el clivaje político que se nos presenta hoy en los medios como el terreno crucial de lucha política, tal y como se congratuló en señalar Marine Le Pen tras las elecciones en Francia de 2017: «esta segunda vuelta organiza una recomposición política de gran extensión alrededor del clivaje entre patriotas y mundialistas.» Esta recomposición ha desplazado a los partidos de corte neoliberal a una nueva forma de globalismo patriótico que ya no ve en la globalización una suerte de fenómeno natural que, como las estaciones del año, se suceden de manera inexorable moldeada por las fuerzas del mercado y ajena a la política. Como señala Adam Tooze, la política es también un factor determinante y «Donald Trump es la manifestación más espectacular de esa forma de desencanto» de una globalización cuyo rumbo también puede ser rectificado con votos.

A escala europea, el nacionalismo y los partidos soberanistas se presentan en oposición a un tipo de patriotismo europeo que se articula en diferentes sectores ideológicos. En tanto que ideología que se postula en oposición a los nacionalismos extremos de corte populista, el globalismo neoliberal también articula una forma de patriotismo europeo que aparece ahora renovado en estos tiempos de regreso a posturas nacionalistas euroescépticas. El mejor representante de excluyente globalismo liberal europeísta es el presidente francés Emanuel Macron. El 23 de abril de 2018, el presidente francés se presentaba ante el parlamento europeo para criticar los egoísmos nacionales y apelar a la construcción de «una nueva soberanía europea a través de la cual aportaremos la respuesta clara y firme a nuestros con-ciudadanos de que podemos protegerlos y aportar una respuesta a los desórdenes del mundo.» En su discurso, Macron llamaba a anclar el «renacimiento de una Europa llevada por el espíritu mismo de los pueblos» y a elegir una «Europa de la ambición, de una soberanía reinventada y de una democracia viva».

Defensor de los valores de la democracia liberal, el discurso europeísta de Macron está revestido de una contradicción: si bien se postula como una alternativa moderada frente al populismo nacionalista, su retórica también combina extremos al conjugar un renovado patriotismo europeo con un profundo desprecio a las clases desfavorecidas, calificados por el líder de En Marche como «iletrados», «gentes que no son nada» o pobres que se benefician de un sistema de ayudas sociales que cuestan una «pasta espantosa» al estado y los «des-responsabiliza» de su situación. Las nuevas élites políticas del neoliberalismo trascienden la división tradicional entre la derecha y la izquierda y vienen a representar hoy un tipo de centro extremo que asume como natural y cercano a su nuevo enemigo. Como señala Eric Fassin, Europa convive hoy cómodamente con la extrema derecha en el poder: «mientras que en 2000 imponía sanciones a la Austria de Jorg Haider, en 2018 ésta va a asumir la presidencia europea con Sebastian Kurz.» El centrismo radical que representa Macron se presenta como una opción de cambio realista y pragmática que se articula a través de un ejecutivo autoritario que apela ahora a un europeísmo más pasional. Como señaló el líder de En Marche en un reciente encuentro en Lisboa con el primer ministro Antonio Costa: «Europa debe de ser un objeto más caliente, más sensible, más sensual en el sentido primero del término. Hemos creado una Europa burocrática, no podemos decir simplemente que Europa es un conjunto de reglas, de objetos fríos que se imponen desde un exterior lejano.» En este nueva Europa de las pasiones, los líderes de extrema derecha han encontrado la centralidad añorada durante décadas dentro de un clivaje político entre nacionalistas anti-globalización y europeístas de corte neoliberal que ya no temen entrar en el terreno de una política menos racional y más apegada a las emociones.

Fuera de esta forma de antagonismo político, dos movimientos de izquierdas se han lanzado a la carrera política con vistas a las elecciones al parlamento europeo de 2019. Por un lado, el movimiento Primavera Europea, una lista trasnacional que comprende entre otras fuerzas políticas el Movimiento por la Democracia en Europa 2025 (DiEM25, en sus siglas en inglés), primer movimiento político paneuropeo impulsado por el exministro de economía griego Yanis Varoufakis, o Generation.s, liderado por Benoît Hamon en Francia. Primavera Europea busca ofrecer una alternativa a la Europa actual y tiene como objetivo la democratización de las instituciones europeas desde la izquierda. Por otro lado, la France Insoumise, Podemos en España y Bloco de Esquerda de Portugal, que lanzaron una declaración conjunta en abril por una revolución democrática en Europa. A pesar de tener una agenda política y social que guarda grandes similitudes, sus divergencias se dan respecto al proyecto europeo. Por un lado, Primavera Europea integra en su agenda un paneuropeísmo trasnacional que enfatiza la necesidad de buscar soluciones europeas a los problemas europeos. Por otro lado, el movimiento ¡Ahora el Pueblo! remite a una Europa internacionalista más reticente con el ideal europeísta. El que mejor encarna ese renovado euroescepticismo nacionalista de izquierdas es el líder de la France Insoumise Jean-Luc Mélenchon. En su discurso sobre el futuro de Europa en octubre de 2017, Mélenchon criticaba el europeísmo de Macron y la idea de una soberanía francesa condicionada por la soberanía europea y afirmaba que «Francia no es ni occidental ni europea, Francia es universalista».

La ausencia de alternativas a un europeísmo neoliberal que oculta su naturaleza excluyente y antidemocrática alimenta el euroescepticismo. Por ello, es lógico que sectores de la izquierda vean en el renovado europeísmo de algunos líderes una amenaza o un nuevo engaño. Sin embargo, no es en contra de su europeísmo integrador que la izquierda debe definir su agenda política, sino en contra de aquellas políticas que han usurpado al pueblo su capacidad de utilizar la democracia como herramienta de cambio. Tanto el movimiento Primavera Europea como ¡Ahora el Pueblo! sitúan en el centro de su agenda la necesidad de democratizar Europa, es desde ese espacio que se debe replantear la reconfiguración de un debate político de izquierdas más amplio que supere el improductivo clivaje entre patriotas de la globalización y nacionalistas euroescépticos y haga posible la revolución democrática y social que Europa necesita.

Ilustración de Jazmin Huerta

Written by
No comments

LEAVE A COMMENT

*