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¿Existe una escritura femenina? | Nina Yargekov

Es una pregunta molesta que me gustaría suprimir de un golpe, y arrojar al rostro de quien la hizo: mi útero, mis zapatos de tacón, el color de mi lápiz labial, o la primera cifra de mi número de la seguridad social, no tienen nada que ver con la literatura, por favor. ¿Acaso es necesario seguir repitiendo, otra vez, desde los tiempos inmemoriales en que se esfuerzan en aprisionar a las mujeres en su sexo, en reducirlas a ese componente de su persona, que ése es sólo un componente más entre tantos otros? Sería correcto ya parar con esto, ¿no creen? Ya los veo venir: escritura
femenina, escritura histérica, menstrual, romántica, psicológica, superficial, parlanchina, hogareña, maternal, líquida, blanda, frustrada, feminista, demasiado enérgica; y sobre todo: singular, personal, subjetiva, literatura sobre las mujeres, por las mujeres, para las mujeres. Ya no enfadada, sino encolerizada, querría continuar: ¿y por qué ese criterio y no otro? ¿Con qué motivo, por qué razón, sobre qué fundamento, piensan seriamente que las mujeres forman una comunidad cuyo espíritu está en armonía, y que les hace escribir a todas de la misma forma y en el mismo sentido? ¿Acaso han olvidado que existen mujeres enemigas entre sí que se confrontan en todo, y grupos mixtos a los que todo une? Y ya que insisten, ¿por qué no una escritura de personas con las orejas grandes, de gente que utiliza paraguas cuadriculados, o de criadores de caracoles? Pero ¿por qué se necesitaría un criterio, por qué habría que delimitar el campo de las letras en comunidades, en literaturas de, en voces de, como se divide el campo jurídico en derechos de unos y de otros para atribuirles prerrogativas específicas? Es cierto, amigos míos, que la literatura está compuesta por escuelas y familias, pero ahí escogemos nuestros afines y nuestros consanguíneos en función de los textos, y no por una correlación estadística, ¿o acaso ustedes son tan limitados, tributarios de nomenclaturas y de estudios cuantitativos como para ignorar que una variable no crea un grupo con valores comunes, sino una clase de individuos sumados artificialmente? ¿Acaso son miembros de la policía para querer investigar sobre el sexo de las personas, para querer etiquetarlos y ficharlos? Y me gustaría continuar así, sin tregua, bombardeando a mis interlocutores con argumentos más o menos sólidos, más o menos pertinentes, pero cada vez más numerosos, porque mi táctica de ataque defensivo consiste en disparar en todas las direcciones y de forma continua para desorientar al adversario, observen cómo estoy dotada para la guerra, a pesar de que soy mujer, contraataco y replico, no me dejo
aplastar y, sin embargo, existe un problema: quien ha hecho la pregunta soy yo.

Sí, soy yo quien pregunta, quien inquiere ¿existe una escritura femenina? ¿Escribo desde un lugar femenino, los hombres podrán entender lo que narro? ¿Por qué escucho en ciertas mujeres un eco tan particular? Y si puedo rechazar, negar la pregunta, entonces también puedo rechazar y negar su refutación. Pero pobre hija mía, confundes el ideal de universalidad con el hecho fehaciente de que hay una diferencia de sexos, no es sólo porque tú no quieras ver las líneas de convergencia que ellas van a dejar de existir milagrosamente, ¿sabes que en el psicoanálisis tu actitud defensiva se llama resistencia? ¿Y por qué, entonces, dime, por favor, tus narradores son siempre de sexo femenino? Y he aquí que llega la guerra civil, intestina, he aquí una mujer, contradictoria, paradójica e inconstante, mujer que cambia, mujer lábil y sin apoyo, mujer sin influencia en el mundo, debatiéndose consigo misma, apolítica, arrinconada en su interior, incapaz de poner un dedo del pie en la esfera pública.

En estas condiciones, dadas las fuerzas presentes, dado el status quo, dadas las generalidades consensuadas que les serviría en bandeja de plata si quisiese sintetizarlas (sí, sin duda hay temas y formas de abordarlos que son femeninos, pero no, no podemos hacer de eso un sistema), todo lo que puedo enunciar sobre este tema es que, de una forma u otra, la pregunta siempre me ha preocupado, y esta preocupación está ligada, se puede suponer de forma razonable, con el hecho de que yo soy, no podemos negarlo, una mujer. Sobre todo, y para finalizar aquí, sin responder verdaderamente a la pregunta que titula este texto, porque la desplazo al terreno de las competencias, aunque de cualquier forma no está dicho en ninguna parte, me parece, que mi trabajo consista en responder a las preguntas, y creo además que este asunto de aptitudes y de capacidades se inscribe precisamente en este debate, sobre todo, decía, cuando seriamente consideré escribir y que, como es debido —uno no se lanza en tal aventura por un capricho, sin obtener el consentimiento de las autoridades competentes—, defendí mi candidatura como escritora frente a un jurado imaginario que deliberaba en mi cabeza, he aquí que, en el seno de un largo y fastidioso autoexamen de mis cualidades y defectos destinado a convencer a mi auditorio de que yo poseía el perfil requerido para entrar en la literatura, dije, en un párrafo sin duda alguna femenino, para evitar el reproche que me podían hacer debido a mi género: «Soy una mujer. Es una discapacidad muy fuerte, se los concedo. No porque sea menos inteligente que mis congéneres masculinos, sino porque recibí una educación diferente, menos propicia para el desarrollo de las disposiciones de espíritu indispensables para el ejercicio de la literatura. ¿Cómo he podido compensar esa desventaja? Sepan, antes que nada, que crecí como hija única, con una madre que nunca dejó de repetirme, eres sin lugar a dudas por completo idéntica a tu padre, que era un genio. Observen bien el silogismo. Pienso entonces que me beneficié de ciertas correcciones, dado que desde mi más temprana edad pude colocar las primeras piedras de un ego desmesurado. Además, la conjunción de circunstancias familiares particularmente favorables, en las que preferiría no extenderme, si es posible, me mantuvo alejada del contacto, forzosamente nefasto y capaz de acomplejarme, de un hermano mayor que, si hubiese estado presente, habría automáticamente monopolizado el conjunto de las palabras de aliento y de elogios maternales, desarrollándome así en un ambiente exclusivamente femenino, inocente e ignorante —por así decirlo— de la diferencia de sexos, y pudiendo así identificarme con mi genial padre, sin tener el riesgo de desengañarme en una confrontación directa con la realidad. Por otro lado, la hostilidad de mi madre hacia los regalos en general, y en particular a regalar en Navidad muñecas Barbie, me protegió de los efectos destructivos que ese tipo de juguete tiene sobre la representación que las niñas hacen de sí mismas, quienes después sólo aspiran a tener el cabello rubio y grandes pechos para seducir a Ken, en lugar de pensar en sus carreras de escritoras. La prueba: a la edad de nueve años programaba, con mi nariz sosteniendo unos lentes de plástico azul, juegos de video en una Commodore 64 que recuperé de un tiradero, y les aseguro que dibujar un castillo con una princesa encerrada adentro (yo jugaba a ser el príncipe, por supuesto), línea a línea, toma mucho tiempo, yo estaba seriamente motivada. Como ven, en cierta medida he sido un niño. En la adolescencia las cosas se complicaron. Me volví niña. Sin embargo, como yo fui la única en darse cuenta, las cosas no cambiaron demasiado. Conservé mis reflejos de niño introvertido, evitando cuidadosamente la compañía de los otros niños y consagrándome exclusivamente al trabajo escolar y a los juegos de rol en la computadora, afirmando así un ya sólido sentido de la competencia. Hoy en día, habiendo ya logrado de forma brillante mi socialización sexuada y controlando los códigos de la feminidad, que sé utilizar en caso de necesidad, creo haber recogido durante mi vida las mejores enseñanzas, y ser incluso capaz de esquivar con destreza los escollos habituales de la condición femenina. Por eso, no cocino, como exclusivamente en platos de cartón —lo que me permite reducir la masa de trabajo doméstico que devora insidiosamente el tiempo profesional de las mujeres— y, sobre todo, estoy animada por un amor al trabajo insaciable e inigualable, recuerden mis orígenes calvinistas que anteriormente evoqué. Finalmente, si nada de eso les ha convencido del todo, querría hacerles notar de forma muy prosaica que, de cualquier manera, mido un metro ochenta: el techo de cristal, literario o cualquier otro, lo rompo fácilmente con tan sólo extender los brazos».

Traducción de Ernesto Kavi

Foto de KLMircea en @Flickr

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