Publicación mensual gratuita de Editorial Sexto Piso
 

Formar una verdadera alianza en contra del Estado Islámico | Jon Lee Anderson

Hace diez años, en La Habana, acudí a una conferencia sobre el problema del terrorismo, organizada y dirigida por Fidel Castro. Asistieron varias de las luminarias vivientes de la izquierda latinoamericana —incluidos varios afamados guerrilleros marxistas—, y durante tres días pronunciaron discursos apasionados, que en su mayoría vilipendiaban a los Estados Unidos. Acusaban a la potencia de haber patrocinado el terrorismo durante años, tanto en contra de ellos como en contra de la nación anfitriona, Cuba. Sobra decir que la conferencia fue la forma elegida por Castro para pintarle dedo en la cara a la «guerra contra el terror» declarada por George W. Bush. En ese momento, la impopular guerra de Irak se encontraba en un sangriento impasse. Una de las conferencistas, una mujer que formó parte del movimiento por los derechos humanos en Argentina, país en el que líderes militares respaldados por Estados Unidos libraron lo que se conocía como la guerra sucia en contra de su propia población, execró a los Estados Unidos por un sinnúmero de supuestos crímenes. Terminó su intervención con un saludo dirigido hacia la insurgencia iraquí. El público le brindó un gran aplauso.

 

Me pregunté si la conferencista realmente pensaba que valía la pena ensalzar a los insurgentes iraquíes por el solo hecho de que estaban luchando contra los americanos. Lejos de sentir afinidad hacia ella, varios combatientes islamistas iraquíes la habrían ejecutado gustosos, tanto por el hecho de no ser musulmana, así como por ser una mujer con una vida pública.

 

Durante esos años realicé trabajo periodístico desde Irak para el New Yorker, así que pude apreciar la crueldad de los extremistas sectarios del lugar, que resultaba imposible de comprender para la gente que conceptualizaba el mundo en las viejas categorías de izquierda y derecha. Me pregunté si la conferencista realmente pensaba que valía la pena ensalzar a los insurgentes iraquíes por el solo hecho de que estaban luchando contra los americanos. Lejos de sentir afinidad hacia ella, varios combatientes islamistas iraquíes la habrían ejecutado gustosos, tanto por el hecho de no ser musulmana, así como por ser una mujer con una vida pública.

 

jon-lee-anderson

 

De manera similar, aferrarse a ciertas categorías políticas ha distorsionado los debates que ocurren actualmente en Occidente sobre los problemas de Medio Oriente, sobre el Islam y sobre el terrorismo. Los líderes de opinión de derecha advierten a su público sobre la amenaza a la seguridad que representan los refugiados; en cambio, los de izquierda advierten sobre el surgimiento del Estado de vigilancia. Donald Trump, tan torpe y tan bocón como siempre, nos incita a que simplemente mantengamos fuera de Estados Unidos a los musulmanes, un plan impracticable que únicamente sirve para inspirar a terroristas potenciales.

 

Pero los ataques ocurridos en París a finales del año pasado parecen haber puesto un alto a la disputa retórica. Lo de París dejó estupefacto a todo el mundo, a causa de su brutalidad indiscriminada. Los atacantes mataron a todo el que pudieron —mujeres, niños, ancianos, occidentales de todas las razas, naciones y credos, así como a musulmanes, también—, con el objetivo de sembrar el terror masivo. Ese terror masivo obedece a un propósito específico: crear las condiciones para librar una gran guerra de dominación global, que el Estado Islámico está convencido de que ganará.

 

Fue un recordatorio, si es que hiciera falta, de la abominable agresividad de dicho grupo, que comenzó en la guerra de Siria. El aparato mediático del Estado Islámico ha hecho públicas una serie de crueldades de un gran sadismo: rehenes occidentales decapitados frente a las cámaras de video; soldados sirios e iraquíes hechos prisioneros, principalmente shiitas, asesinados a tiros de manera masiva, ahogados en jaulas especialmente construidas para ello, o quemados vivos. Uno tras otro, algunos de los tesoros arqueológicos más antiguos del mundo, incluidos los de Nimrud, Hatra y Palmira, han sido destruidos voluntariamente; la esclavitud sexual de las mujeres capturadas ha sido presumida con estridencia; homosexuales han sido arrojados hacia una muerte agonizante desde el techo de edificios que no son lo suficientemente altos como para causar una muerte instantánea. En la caótica Libia post-Gadafi, el Estado Islámico ha perpetrado ejecuciones masivas de migrantes egipcios y etíopes, asesinados simplemente por ser cristianos.

 

* * *

 

Hasta este momento, la mayor parte de la violencia en Occidente se había producido a pequeña escala, pero los atentados de París demostraron que el Estado Islámico tiene la intención, y el potencial, de incrementar sus operaciones fuera de su territorio. De hecho, el día anterior a los ataques de París, militantes del Estado Islámico detonaron bombas en Beirut, asesinando por lo menos a 43 civiles. Dos semanas antes, un avión de pasajeros ruso que volaba sobre Sharm el-Sheikh estalló en el aire, matando a más de doscientos pasajeros. La masacre de San Bernardino añadió otro perturbador capítulo a la tendencia de ataques extremistas. Nos encontramos frente a una guerra que nos involucra a todos.

Es casi estéril repartir culpas por el surgimiento del Estado Islámico. Hay demasiados actores responsables. La entidad surgió en el vacío que dejaron las desastrosas guerras de Bush en Afganistán e Irak, así como por la insuficiente respuesta de Obama ante la Primavera Árabe, y a su fracaso en derrocar a Assad. Rusia también tiene un historial negro en la región: su sangrienta expedición en Afganistán en la década de 1980 proporcionó a los yihadistas por primera vez la experiencia de obtener éxitos en el campo de batalla contra una superpotencia. Y varios gobiernos árabes, quizá principalmente el de Arabia Saudita, han apoyado el extremismo en aras de sus propios intereses.

 

En la actualidad, la lista de combatientes contra el Estado Islámico es igualmente larga. Putin ha lanzado a Rusia a la guerra en una escala sin precedentes. Aviones de guerra franceses y rusos coordinaron bombardeos de Raqqa y otros objetivos, mismo caso de los aviones americanos. El Reino Unido se les unió hace unos pocos meses. Contrario a su habitual reticencia para emplear la fuerza, Barack Obama también ha ordenado ataques contra los convoyes petroleros del Estado Islámico, que son una fuente de ingresos crucial para su maquinaria bélica. En el terreno, la guerra es librada por tropas kurdas, iraníes e iraquíes, turcas e incluso sirias, así como por una variopinta configuración de rebeldes sirios que no pertenecen al Estado Islámico. Los americanos, rusos y otros países europeos también han enviado fuerzas especiales. Esta caótica ofensiva es, en el mejor de los casos, confusa, en el peor, peligrosa. Conforme Rusia y las potencias occidentales hacen frente a la depredación del Estado Islámico, deben tener en cuenta lo necesario de una estrategia común. Si no dan forma conjunta al campo de batalla, el Estado Islámico continuará a la vanguardia.

 

El Estado Islámico se ha asentado con gran astucia en ciudades —Raqqa, en Siria; Mosul, Fallujah y Ramadi, en Irak; Derna y Sirte, en Libia— donde campañas de bombardeo a gran escala son prácticamente impensables. Para conseguir devolver estos sitios a su ciudadanía, así como para arrebatar al Estado Islámico el territorio que denomina su «califato», se hará necesario el despliegue de tropas terrestres por parte de varios países, incluidos Rusia y Estados Unidos. (En diciembre, finalmente, un conjunto de tropas iraquíes —con nutrido apoyo aéreo norteamericano— arrebataron la ciudad de Ramadi al Estado Islámico. Pero es necesario hacer mucho más). La alianza que se requiere no será armónica. La relación entre Obama y Putin dista de ser cordial, igual que la relación entre Obama y el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu. Es de presumirse que exista la misma animadversión entre el resto de los líderes. Además, ninguno de los actores que hacen frente al Estado Islámico puede considerarse un modelo de liderazgo. Putin dirige un Estado de seguridad cleptocrático, promueve la desestabilización de sus vecinos europeos, suprime la libre expresión en casa, y ha utilizado su poder para mantener a Assad en su cargo. El presidente turco, Recep Tayyip Erdoğan, en aras de avanzar sus propias ambiciones regionales, ayudó a alentar la rebelión en Siria, permitiendo a innumerables voluntarios al servicio del Estado Islámico que utilizaran Turquía como su punto de ingreso, así como de descanso y recuperación. Obama ha vacilado durante años en ofrecer ayuda a los rebeldes. La Unión Europea, la otan y las Naciones Unidas se han comportado como torpes burocracias.

 

Pero no olvidemos que la gran alianza de la Segunda Guerra Mundial distó fuertemente de ser una reunión amistosa; Stalin, Churchill y Roosevelt encarnaban visiones del mundo radicalmente distintas. Unieron fuerzas para mantener a raya a Hitler, quien ascendió al poder en una Europa debilitada por la guerra prolongada, la vacilación política y la incertidumbre económica. Al final prevalecieron, introduciendo el orden mundial en el que, con todas sus fallas, hemos vivido desde entonces.

 

Una parte de ese orden ha sido una idea de tolerancia internacionalista: exactamente aquello a lo que se opone el Estado Islámico. Los propios líderes europeos han estado muy alejados de la defensa de este ideal. Pero si desean combatir el extremismo islámico, habrán de asegurarse de que sus esfuerzos sean respaldados por los moderados que componen la gran mayoría de las comunidades musulmanes al interior de sus países. Algunos pasos fundamentales consistirían en prevenir la violencia en contra de éstos, evitar el acoso por parte de los europeos no musulmanes, así como oponerse a figuras como Trump, que abiertamente fomentan el odio sectario. El Estado Islámico espera que se produzca una serie de actos de venganza en respuesta a sus ataques terroristas, razón por la cual la tradición occidental moderna de la tolerancia es más importante que nunca. Los musulmanes europeos y americanos, así como los migrantes de Medio Oriente, pueden jugar un papel importante, también en el repudio del extremismo al interior de sus comunidades. Si bien las protestas cibernéticas como la denominada #NotInMyName pueden ser bastante útiles, el momento actual permite una gran oportunidad para que tenga lugar un gran debate al interior de la comunidad musulmana sobre el papel adecuado del Islam en una sociedad internacional. La necesidad de una discusión integral, abierta, se ha vuelto más urgente que nunca. Es difícil sobrestimar el efecto que podría tener el que los académicos religiosos aceptaran condenar conjuntamente las interpretaciones incendiarias de la yihad.

 

Ya estamos luchando contra un enemigo común. Es mucho más probable que una coalición cohesiva produzca un mejor resultado, y ello sin mencionar también una conducta más comedida en el campo de combate.

 

Así que posiblemente sea la hora de que converjan los intereses de gente que hasta el momento se ha definido por sus intereses contrapuestos. Esto incluye a Obama, a Putin, a François Hollande, a David Cameron, a Erdoğan, a Netanyahu e incluso, a pesar de sus protestas, al ayatola Jamenei de Irán, junto con el líder egipcio Abdel Fattah el-Sisi, así como los líderes de varios países árabes. El mismo Assad puede ser, nuevamente, un aliado de facto, si bien en términos limitados y con compromisos claros. Ya estamos luchando contra un enemigo común. Es mucho más probable que una coalición cohesiva produzca un mejor resultado, y ello sin mencionar también una conducta más comedida en el campo de combate. Y quizá, si se concreta esta novedosa alianza, estos líderes pudieran reparar los puntos más crispados de sus relaciones, y juntos originar un nuevo acuerdo para un orden mundial.

Traducción de Eduardo Rabasa.

Written by
No comments

LEAVE A COMMENT

*