Publicación mensual gratuita de Editorial Sexto Piso
 

Gestos incomprensibles dentro de una bolsa de plástico transparente | Mario Bellatin

El hogar donde habita el ave de rapiña

Se me rebeló el esclavo. ¿Habrá ahora alguien dispuesto a cumplir un rol semejante? ¿Cuál es el punto donde reside el dolor?, me pregunto una y otra vez. Es cierto, el esclavo huyó. Aprovechó que yo estaba lejos. En otras comarcas. Con un océano de por medio. Quizá no fui, en los últimos tiempos, lo suficientemente radical en el trato que acostumbro llevar a cabo. Flaqueé tal vez en algunos puntos. Entre otros, recuerdo que después de volver de un viaje le obsequié un pañuelo que hallé, tirado en el suelo, de manera casual. Alguien muy cercano, otra ave de rapiña como yo, me lo hizo notar. Afirmó que semejante regalo podía significar un paso atrás en la relación que habíamos edificado. Aquel pañuelo —fabricado, me parece, con poliéster que, seguramente, alguien había dejado caer sin advertirlo— podía ser motivo de confusión sobre la naturaleza del vínculo que nos mantenía unidos tanto al esclavo como al amo. ¿Fui entonces acaso yo, con esta dádiva torpe, quien propició el actual estado de cosas? El esclavo mantuvo su condición durante varios años seguidos. Aceptamos por esa razón vivir en este falansterio. En esta construcción donde todo estuvo por hacerse. Donde yo he encontrado la rama mayor de un tronco seco. Lugar desde el cual puedo establecer mi reinado. El piso es sinuoso. Agua, lodo y maderas podridas. Ladrillo y cemento vuelto verde por los hongos. Toda una maleza conformada por varas de fierro oxidado.

 

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El sistema que comenzamos a establecer, tanto el esclavo como yo, al momento de conocernos pasó, como es lo acostumbrado, por distintas etapas. La primera fue la aceptación, por su parte, de mi desmedido gusto por rodearme de la mayor cantidad posible de perros. Canes habitando este espacio donde los límites son inexistentes. Allí lo veía yo, desde mi rama preferida, la del árbol olvidado, todas las mañanas. Más bien escuchaba, como un vago rumor, cómo sacaba a pasear a los veinte perros con los que contaba entonces. Esa acción, de salir de los límites del falansterio donde todo es agua empozada, plantas acuáticas, nubes de insectos de muchas formas y colores, con los animales domésticos, la solía llevar a cabo varias veces al día. En la mayoría de las ocasiones los llevaba a correr a un parque cercano. Yo me quedaba tomando el sol, con algunas otras aves de rapiña que venían de otras empresas abandonadas, de casas que nunca llegaron a habitarse, de estructuras que poco a poco estaban llamadas a desaparecer por el fango en el fango sobre el que se sostiene la ciudad. Aves de rapiña que, como yo, habíamos logrado esclavizar a un humano dueño de un —más que evidente— complejo de inferioridad. Aquel esclavo se preocupaba de las fechas de las vacunas, de los baños y cepillado de pelo que requerían los perros. De la compra —casi siempre al por mayor y en lugares distantes— del alimento deshidratado y los antiparasitantes que se les debe administrar a esos animales como mínimo cada tres meses. Porque a pesar de la apariencia que ofrece el lugar donde vivimos, nosotros los habitantes, tratamos de llevar el orden hasta sus últimas consecuencias. Un orden que hace que para muchos este falansterio dé la impresión de ser un lugar deshabitado. Cuando, en realidad, aquí vivimos yo, el ave de rapiña, mi esclavo, y los veinte perros que ese esclavo tiene la misión de mantener en la mejor de las condiciones posibles. Aparte de cuidarlos, otra de sus misiones es llegar a amar de manera profunda a cada uno de los animales de los que se ocupa. Yo miro, desde mi altura —como ya lo señalé— cómo va encariñándose con aquellos canes.

 

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La manera en que, muchas veces, ese amor se vuelve recíproco. Aunque sólo permito que aquel intercambio llegue únicamente hasta cierto punto. Ninguno de los dos, ni los perros ni el esclavo, cuentan con la autorización necesaria como para relacionarse entre ellos a un grado mayor al amor que están ambos, tanto los perros como el esclavo,en la obligación de profesarme. De experimentar hacia mi persona, al ave de rapiña que decidió, en determinado momento, mantener a las dos especies, hombre y perro, bajo su dominio. Aunque puedo, de alguna manera, imaginar el mecanismo que utiliza el esclavo para mantener la situación dentro de los límites impuestos por mi voluntad soberana —parece tratarse de un esclavo con experiencia, de nacimiento, puede decirse—, me declaro incapaz de entender lo que sucede en la psique de los canes como para llegar a mostrar semejante fidelidad nada menos que a un ave, mi persona, subida en la rama de un árbol, que no les quita los ojos de encima. Lo repito, es para mí un verdadero misterio. De una magnitud semejante a la que me produce habitar en este lugar escarpado, ajeno, más allá de todo lo permitido, esta mezcla de cemento, hierro, madera, ladrillo, agua, plantas salvajes, que se erigen nada menos que en el mismo centro de la ciudad. Ignoro, repito, la manera en que los perros saben, sin titubeos además, a pesar de las muestras de cariño que les ofrece el esclavo, quién es el verdadero amo. Hacer que mi esclavo cuide y se encariñe con los perros, que los llegue a amar de manera profunda, era uno de los pasos más sencillos. Lo que me impresionaba también era el estoicismo que mostraba este mismo esclavo cuando llegaba el momento en que tomaba la decisión de ir desembarazándome de cada uno de los canes. Yo, esta ave de rapiña, por la misma extraña razón por la cual sentía, de pronto, la necesidad de vivir rodeado de perros, por un impulso semejante me veía obligado, de un momento a otro, a deshacerme de cada uno de los ejemplares. El esclavo nunca dijo una palabra, ni de aceptación ni de rechazo. Fue de ese modo como aquella pulsión, de mantener la mayor cantidad posible de perros alrededor mío —allá abajo, en el mundo de las criaturas pedestres— era avalada siempre por el esclavo en la mejor de las condiciones posibles. Era avalada de esa manera también mi repentina decisión de desaparecerlos de un momento a otro. Me parece importante señalar la manera en la que encontré un esclavo semejan te. Sucedió de manera un tanto vulgar. Por medio del Facebook, que como algunos deben saber se trata de una red social en constante decadencia. Recuerdo que, de pronto, cierta persona comenzó a hacer comentarios en mi cuenta de manera recurrente. Empezó a enviarme fotos que se tomaba a sí mismo. Las imágenes, como cualquiera podría prever, no guardaban en realidad concordancia con su aspecto real. Eran fotos que más bien reflejaban la imagen física que podía tener el esclavo de sí mismo. Las fotos eran, casi todas, de la época en que el esclavo llevaba el pelo largo, que se rizaba de tal modo que podía guardar algún parecido a una versión precolombina de los autorretratos de Durero. Me pareció curioso que alguien de sus características —desde el primer mensaje enviado dejó en claro su rol de esclavo— se atreviera a mostrar una imagen semejante: la de un pintor renacentista. Me llamó la atención, además, a mí, a un ave de rapiña en toda la extensión de la palabra, verme dispuesto a hacer comentarios a las figuras que se me iban presentando de vez en cuando en la pantalla de mi computadora. En esa época me consideraba dueño de mis sentimientos y pulsiones. Me encontraba en un estado que a veces parezco olvidar para caer en el caos mental más absoluto. Es en estos momentos en los cuales debo emprender, con mayor celeridad a la de costumbre, el vuelo y buscar a como dé lugar alguna presa que mataré con la fuerza de mis garras sobre su cuello. Es quizá por una situación semejante, por el olvido constante de la situación en la que me siento dueño de mí mismo, por la que seguramente sufro el actual desconcierto propio de alguien que, de pronto, se enfrenta a la rebelión absoluta de un esclavo. Como en ese entonces me encontraba en un relativo momento de lucidez, le pregunté, por medio de la red, qué era capaz de ofrecerme. Qué pensaba sería lo que pudiera interesar a un escritor mayor, como lo soy yo. «Te puedo ofrecer mi cuerpo», contestó sin mayor trámite. «¿Su cuerpo? », pensé. ¿Sería acaso realmente interesante involucrarse, en ese nivel, con semejante copia indígena de Durero? ¿Con un estudiante de letras en una universidad pública? ¿Es que ese esclavo no conocía acaso las decenas de maneras, casi inmediatas además, con las que cuenta la ciudad para establecer en cualquier momento del día la relación sexual que se desee? Estoy seguro de que lo sabía a la perfección. Que era consciente de que ese argumento —el de ofrendar el cuerpo— no iba a movilizar en lo más mínimo mi interés. Sin embargo, en el hecho de expresarlo —en su aparente falsa inocencia— es que advertí —de manera vaga en un principio— su condición de esclavo por naturaleza y convicción. Creo que eso fue lo que me llevó a interesarme en su propuesta. Convinimos entonces en una cita. Recuerdo que hizo un vano intento de establecer —en el momento de ese acuerdo, no antes ni después— una cierta distancia. Intentó introducir, en este primer acuerdo, la duda sobre la hora y el lugar. Quiso hacer evidente una determinada dignidad. ¿Una incitación más para llevar a cabo sus planes? Comprendí entonces que me estaba poniendo a prueba. Yo debía, en aquel preciso instante y no en otro, establecer quién era el amo y quién el esclavo. Dejar en claro qué clase de amo era yo, además. Señalé entonces una fecha y una hora como únicas para el encuentro. O se hacía presente en ese momento o se acababa por completo la incipiente comunicación. Por supuesto, al percibir la contundencia de mis palabras, la copia autóctona de Durero dejó de lado los aparentes compromisos pendientes y lo encontré sentado frente a la mesa señalada, incluso algunos minutos antes de la hora que yo había dispuesto. No muchos, pues haber llegado con demasiada antelación podía ser visto también como un anticipado gesto de rebeldía. La conversación fue relativamente breve. Para que el acuerdo quedara sellado no se necesitó mucho. Ni tiempo ni palabras innecesarias. Nos dirigimos pronto a mi casa y comenzamos, ese mismo día, con la rutina que yo había entrevisto en los mensajes. Desde ese momento han pasado casi tres años. Tiempo en el que las leyes del intercambio se han visto sometidas a una serie de modificaciones, pero nunca cambiadas en lo esencial. Casi al instante comenzaron a aparecer los perros en la casa, y descubrí esa misma noche un hecho fundamental: la especialidad profesional del esclavo era la de servir de asistente a académicos renombrados. Ya me lo había expresado, no sólo que estudiaba en una universidad nacional sino que se dedicaba, nada menos, que al estudio de monjas. Se trataba de un monjólogo en ciernes. Esclavo y monjólogo ¿Qué más podía pedir un ave de rapiña, colocada casi todo el día sobre la rama de un árbol, que, aparte de ave de rapiña era un escritor? No podía haberme ocurrido algo mejor. Desde hace varios años sufro de la carencia de alguien que se encargue de los aspectos administrativos de mi trabajo intelectual. Fue en ese momento, luego de conocer de manera física al esclavo, cuando no sólo tuve a una persona a quien podía tratar como sirviente en lo cotidiano —siempre dispuesto a cumplir con el menor de mis deseos— sino que, además de encargarse de los perros y otros asuntos, iba a llevar adelante los aspectos tediosos de mi labor de ave de rapiña que se dedica a escribir. A partir de ese momento confirmé que la relación no iba a detenerse en el sexo. Estoy seguro de que algo de esa naturaleza hubiera desvirtuado, muy pronto, la naturaleza del vínculo que estábamos estableciendo entonces. Con sexo habitual de por medio, sé que la esclavitud en ciernes hubiese tomado una senda trillada y aburrida. Creo que —además de que semejante sujeto no despertaba en mí una libido en especial— el intercambio habría durado el limitado tiempo en el que el interés por lo desconocido, por la sexualidad del otro enfrentada a la nuestra, hubiese quedado satisfecha. Por otra parte, no me podía imaginar copulando, con mi gran cuerpo de águila con las alas extendidas, con aquel hombrecito desnudo que se me ofrecía agachado ligeramente de espaldas. Sus pequeños pies encorvados y la raya corta de su trasero serían incapaces de soportar, estoy seguro de ello, el más mínimo aletazo de mi parte. Mi vínculo con este esclavo daba la impresión de estar destinado a convertirse en algo más importante. Parecía llevar en sí mismo la esencia, más allá de cualquier accidente como puede ser considerado lo sexual, la esencia de lo que se necesita para que se logre una sumisión absoluta. En un momento que nadie delimitó de manera explícita, el esclavo comenzó, antes de mis viajes, tanto como ave de rapiña como de ciudadano normal, a hacerme las maletas casi a la perfección. Igualmente, y con una rapidez extraordinaria, puso en orden los archivos de mis textos literarios. Consiguió no sólo resolver los asuntos internos de mi trabajo, sino también los que involucraban a otras personas e instituciones. Especialmente con las del zoológico nacional, que solicitaba en forma constante mi residencia en sus instalaciones, con el fin de convertirme en una de las atracciones mayores del recinto. El esclavo llevaba documentos firmados, avalados por notarios, donde se demostraba que era más importante para la nación mi permanencia en la rama de un árbol que mi presencia en la jaula más importante del zoológico nacional. Socialmente, el esclavo solía presentarse ante los demás como mi asistente personal. En determinada ocasión —estando los dos en una ciudad del interior del país, donde compré una bicicleta— yo regresé en avión y él llevando el vehículo, que yo acababa de adquirir, en las bodegas de un autobús interprovincial. Realizando un viaje incómodo, de más de 48 horas, mientras yo viajaba plácidamente en primera clase de un avión. El esclavo debía hacer un viaje semejante porque había decidido, contra toda lógica, porque yo decidí que la bicicleta que utilizaría un ave de rapiña debía ser transportada en un autobús. Sin embargo, a pesar de esta claridad aparente en los roles, muy pronto dejó de saberse quién era realmente el amo y quién el esclavo. Poco a poco, como advertí, comenzó a hacerse indispensable. Aparte de empacar el equipaje, saber los números y claves de las cuentas bancarias, los passwords de las computadoras, conocía también el lugar exacto donde se encontraban guardadas las tijeras o los sacapuntas, los focos recién comprados, el par de calcetines buscado hasta la saciedad. También los lugares donde anidaban las liebres cuya caza no sólo me entretenía, sino que degustarlas me otorgaba el placer necesario para sentirme una verdadera ave de rapiña. En esa etapa, una de sus compensaciones —aparte de las obvias de una situación semejante— era hacer pública su condición de esclavo de alguien tan importante como yo. Parecía encontrar un placer extremo mostrando a los demás que yo lo había elegido como esclavo. Se lo contaba, con gran orgullo a los demás monjólogos con los que se cruzaba. En un comienzo, una situación semejante no llamó demasiado mi atención. Pensé que, incluso, algo tan fuera de lugar, podría aumentar la fuerza del mito que acostumbro estructurar en torno a mi persona. Tanto como humano como en mi faceta de ave de rapiña. Curiosamente, fue precisamente en esa época cuando comenzó una de las mayores crisis emocionales que he sufrido en toda mi vida. Me sorprende que haya ocurrido en ese tiempo, pues entonces contaba con el liderazgo simbólico de todo el árbol que habitaba y, también, con un esclavo que se ocupaba hasta en los mínimos detalles de los veinte perros que le debían lealtad y amor exclusivamente a mi persona. Repito, se me rebeló el esclavo. ¿Habrá ahora alguien dispuesto a cumplir el rol? ¿Cuál es el punto donde reside el dolor?, me pregunto una y otra vez. Es cierto, el esclavo huyó. Aprovechó que yo estaba lejos. De viaje. En otras comarcas. Con un océano de por medio. Quizá no fui, en los últimos tiempos, lo suficientemente radical en el trato que acostumbro llevar a cabo. Flaqueé tal vez en algunos puntos. Entre otros temas, recuerdo que después de volver de un viaje le obsequié un pañuelo recogido de manera casual en una vía pública. Yo iba en pleno vuelo, rasante, con mis alas extendidas a su mayor envergadura cuando, de pronto, noté el trapo tirado en medio del piso. Alguien muy cercano me lo hizo notar. Afirmó que semejante obsequio podía significar un paso atrás en la relación que supuestamente habíamos edificado. Aquel pañuelo —fabricado no recuerdo con qué material— podía ser motivo de confusión en la naturaleza del vínculo que nos mantenía unidos. ¿Fui entonces acaso yo, con esta dádiva torpe, quien propició el actual estado de cosas? Mi esclavo mantuvo su condición durante varios años seguidos. El sistema que comenzamos a establecer al momento de conocernos pasó por distintas etapas. La primera pudo haber sido la aceptación, por parte del esclavo, de mi desmedido gusto por rodearme de la mayor cantidad posible de perros. Allí, desde la rama de mi árbol, yo lo iba viendo, durante las mañanas en las que no había decidido irme de viaje. Más bien escuchaba, a lo lejos —pues yo, por lo general, había utilizado la noche para salir de cacería y a esa hora me encontraba un tanto adormilado— como un vago rumor, los ruidos que producía cuando sacaba a pasear a los veinte perros. Esa acción, de salir con los animales, la solía llevar a cabo varias veces al día. En la mayoría de las ocasiones los llevaba a correr a un parque cercano. Se preocupaba asimismo de las fechas de las vacunas, de los baños y cepillado de pelo que los animales requerían. De la compra —casi siempre al por mayor y en lugares especializados—, del alimento deshidratado y los antiparasitantes que se les debe administrar como mínimo cada tres meses. Sin embargo, pese a la calma que mostraba desde mi rama me atacó, de un momento a otro, una de las mayores crisis emocionales que he sufrido durante mi existencia.

 

Empecé, poco a poco, a padecer de una creciente depresión y a sufrir cada noche de ataques de pánico, que me impedían incluso salir en busca de una liebre o siquiera de un ratón perdido en medio del parque cercano. Felizmente contaba con mi esclavo al lado, quien se iba a encargar no sólo de los perros, sino también de la organización de los papeles propios de mi oficio de escritor, de ayudarme a llevar a la práctica —pese a mis condiciones emocionales— mi instinto de cazador de aves nocturnas, así como de los tratamientos psiquiátricos que iba a necesitar para salir de la crisis que se avecinaba. Fue así como empezamos a visitar juntos a profesionales de prestigio, quienes comenzaron a recetarme una serie de medicinas que empeoraron, ya no sólo mi estado mental sino también el físico. Engordé de manera inusitada. Tuve que comenzar a utilizar ropas de medidas especiales. Las alas no me servían ni para ir de una rama a otra de mi árbol de costumbre. Curiosamente, los médicos comenzaron a mostrarse cada vez más ineptos. Recuerdo que el esclavo los consultaba por teléfono, y volvía con el nombre de un nuevo medicamento, que se apresuraba a comprar. Una vez pasada la etapa de estos doctores, hubimos de acudir a los diferentes hospitales especializados en salud mental que existen en la ciudad. Para eso tenía al esclavo. Para que tuviera lista, desde el día anterior, la ropa que debía llevar la mañana siguiente. Preparadas las alarmas para despertar a la hora precisa, las rutas que habríamos de seguir desde muy temprano para llegar a los respectivos sanatorios. Los documentos que seguramente nos iban a solicitar en cada una de las instituciones que visitáramos. De esa manera recorrimos decenas de hospitales, donde ningún médico parecía entender el origen del mal. Nunca vi a mi esclavo cumpliendo de manera tan diligente su rol de verdadero amo. Tal vez lo había visto de esa manera cuando prohibió que siguiera utilizando mi cuenta de Facebook, o cuando se enfrentaba a las autoridades del zoológico nacional para impedir mi exhibición. Eran impresionantes los elementos de su conducta, que se hacían evidentes en tales circunstancias. Había momentos —creo que eran los extáticos— en que parecía olvidarse de sí mismo para entregarse a su misión de amo esclavizado. Finalmente, al ver que ninguno de los tratamientos surtía efecto, pregunté a un investigador científico de mi confianza lo que él haría si estuviera en una circunstancia semejante. Me contestó que había una suerte de acuerdo entre los médicos del área. Si alguno mostraba un cuadro de una naturaleza semejante, no recurrirían a los tratamientos que se les ofrece de rutina al resto de los pacientes —era obvio que esos métodos no me estaban produciendo ningún resultado—, y se someterían, sin titubeos, a uno de los últimos adelantos de la ciencia para tratar este tipo de desorden: la terapia electroconvulsiva. Me advirtieron que sonaba como algo extremo —el famoso y denigrado electroshock— pero que ahora, con el pasar de los años, se le consideraba como un método benigno, el cual se aplicaba especialmente a mujeres embarazadas y a personas con problemas hepáticos, quienes estaban incapacitadas de soportar las medicinas de uso común. Aquel investigador dirigía un hospital psiquiátrico, también era escritor, pero no de rapiña como yo. Acepté de inmediato su ofrecimiento. Me informó que me podrían someter a un tratamiento semejante sólo si yo lo deseaba y firmaba un documento oficial. Le pedí entonces al esclavo que me preparara la pequeña maleta de los viajes y que limpiara luego la rama del árbol donde solía dormir. Para llevar a cabo la terapia de choques eléctricos debía internarme en el hospital, donde era director el científico amigo a quien consulté. Me informó que, luego de la firma, me someterían a una serie de sesiones, para lo cual utilizarían una suerte de camilla provista de dos electrodos diseñados para ser colocados en las sienes de los pacientes. Al observar con mayor detenimiento mis características físicas, el científico me expresó que no me preocupase, que él mismo se encargaría de mandar a fabricar unos chupones electromagnéticos acordes a mi cerebro de águila. Lo único que me preocupó en esos momentos fue abandonar el falansterio donde habitamos yo, algunas otras aves de rapiña que llegan de manera ocasional, el esclavo —como una figura de arcilla deformada de algún Durero— y los veinte perros, de los que se debía encargar hasta en los más mínimos detalles. Aquel espacio tan único, a medio construir y a medio ser destruido, inundado hasta el punto perfecto, con los materiales ajados a la vista, ubicado en el centro de la ciudad. En el cuarto del hospital psiquiátrico, en el que pedí ser internado, dormíamos tres pacientes. Aquella habitación estaba situada enfrente de las que ocupaban las mujeres. A la derecha de mi cama había un joven que daba la impresión de ser autista, y a la izquierda un albañil que parecía haber sufrido un fuerte golpe, mientras se encontraba trabajando en alguna obra, que le afectó de manera severa la razón. Nunca vi que nadie acudiera a visitar al joven mudo. En cambio, todos los días aparecía la mujer del albañil, a la hora de las visitas, con un portaviandas rebosante de comida casera. Aquella, la hora del almuerzo, era el único momento en que los internados podíamos salir a los jardines del hospital. Durante el resto del tiempo nos encontrábamos recluidos, aparte de los cuartos y el baño que debíamos compartir, en una suerte de patio techado con una plancha de acrílico transparente. En ese tiempo, la misión del esclavo pareció alcanzar una suerte de plenitud. Yo pensaba que, mientras estuviera allí internado, no me iba a sentir tan mal, entre otras cosas, por no sentir deseo de cubrir, con mi gran cuerpo de ave desarrollada, a aquel minúsculo esclavo, que cuenco— que un elemento capaz de producir algún tipo de placer. Sin embargo, o precisamente por lo contrario, por haber salido nuestra relación —ya por completo— de cualquier orden de tipo sexual, el esclavo se convirtió, en aquel entonces, ya en la persona indispensable por excelencia. En alguien que efectúa, de la mejor de las maneras posibles, las gestiones burocráticas de la vida cotidiana, los exámenes médicos que hacían falta para mi internamiento, las gestiones para evitar que pase el resto de mis días dentro de la jaula principal del zoológico de la ciudad. Muy temprano en la mañana se ocupaba, además, de los veinte perros. Cuando acababa con todo. Cuando dejaba el falansterio mostrando el aspecto que yo había ordenado. Haciendo creer, a cualquiera que lo observara, que se trataba de un espacio abandonado y vacío, llegaba al hospital respetando, de manera rigurosa, los horarios de visita. Me gustaría dejar en claro que el esclavo no se trata de una persona limitada mentalmente. Al contrario, cuenta con un intelecto no deleznable —una memoria casi fotográfica, lo que le permite dedicarse a estudiar las vidas secretas de las monjas—, aunque por una serie de problemas —creo que de orden psíquico— es poco probable que llegue a ser alguna vez una persona destacada. Ni como esclavo ni como ciudadano me parece que vaya a alcanzar ningún rango mayor. Es por ese motivo, porque se trata de un individuo con un consciente medio superior, que me llama la atención que en ningún momento hubiese puesto en cuestionamiento ninguno de mis deseos. En el caso de la terapia médica, como ya lo he señalado, fui yo y no los médicos quien pidió que se aplicara el tratamiento radical al que fui sometido. En el caso, tanto con respecto al sometimiento a la esclavitud al que sometí a esa suerte de Durero autóctono, como al asunto con los perros —que llegaban y eran intercambiados de manera insistente y cambiante— sucedía lo mismo. Todo se hacía por mi voluntad, y el esclavo no mostró jamás ninguna conducta por impedirlo. Parecía no importarle ninguna de las consecuencias que podrían causar mis actos, por más descabellados que parecieran. ¿Dónde estaba situada la presencia del esclavo en ese entonces? ¿Su misión era la de obedecer con una diligencia extrema, ciega, el menor de mis caprichos? Puede sonar absurdo plantear algo así en este momento, pero, por supuesto, aquello formaba parte del pacto establecido con el amo: obedecer de manera total cualquiera de sus exigencias. De otra manera, resulta inexplicable que alguien con sus capacidades mentales hubiese permitido no sólo hacerse cargo de la supervivencia de veinte perros, que siempre iban siendo reemplazados además, sino, sobre todo, el internamiento de nada menos que un ave de rapiña en semejante institución mental. ¿El esclavo en realidad busca el aniquilamiento del amo? Todas en cemento puro. Sin puertas ni ventanas. Con las varillas de cemento sobresaliendo en los lugares más insospechados. En otras palabras, el lugar ideal para sodomizar a un esclavo nativo. Para obligarlo a obedecer el menor de mis deseos. Cuando lo poseía, recuerdo que preferíamos para hacerlo los lugares anegados, mi tremendo peso de ave de rapiña hacía que su cara permaneciera durante prolongados instantes debajo del agua verdosa que brota bajo los terraplenes. Recuerdo que mis alas, y las garras clavadas en su diminuta espalda, le impedían de manera libre la más mínima libertad de acción. Eso daba la impresión de hacerlo feliz. Al menos en la zona donde se encuentra situado el falansterio, no es común que un esclavo tenga como amo nada menos que a un ave de rapiña. Visto a la distancia, es extraño que alguien que estudie, de manera diligente además, la vida de las monjas, disfrute de las ocasionales sesiones de ser poseído por un ave gigante —de un tamaño tal que las autoridades del zoológico nacional no cejaron nunca en su empeño de convertirme en una de sus atracciones mayores—, al que un par de aletazos soltados en la nuca hubiesen podido no sólo dejarlo sin sentido —aquello ocurría con frecuencia cuando lo obligaba a mantener más de la cuenta la cabeza debajo del agua— sino dejarlo muerto al instante. Para esas sesiones servían de manera perfecta las instalaciones que habíamos elegido como lugar de vivienda. Las paredes de ladrillo al descubierto, las varas de madera con las que alguna vez intentaron sostener los cimientos, seguramente, mientras el cemento se iba secando. Pero ahora el esclavo se encontraba en el hospital psiquiátrico donde yo mismo había decidido internarme. Cuando llegó, allí, a ese patio techado con una placa de plástico semitransparente con el que contaba el patio del pabellón donde estaba recluido, me encontró en pleno ataque de claustrofobia. Sin tener ya a mi disposición mi cuenta de Facebook —que hubiera utilizado en ese momento para pedir a alguno de mis contactos ayuda para abandonar un lugar semejante— yo, cuando arribó el esclavo, estaba tratando de volar y me estrellaba, de manera estrepitosa además, con aquella superficie de plástico opaco con la que estaba recubierto el sector. Los demás pacientes, así como el personal médico, se encontraban aterrorizados con el estruendo que causaba mi conducta. Para ese entonces, ya había sido sometido a cuatro sesiones de descargas eléctricas. Las dos primeras pasaron casi inadvertidas. Me acostaron en la camilla, me aplicaron la anestesia, colocaron unos terminales en mis sienes que, en efecto, habían sido acondicionados para las cabezas aguileñas con las que contamos seres como nosotros, y desperté como si nada fuera de lo normal hubiese sucedido. En el tercer tratamiento las cosas fueron diferentes. Parece ser que recobré la conciencia antes de tiempo y, por acostumbraba presentárseme, de espaldas y desnudo, algo encorvado, mostrando, como si estuviese a punto de someterse a un sacrificio, un trasero que más parecía un objeto de uso artesanal —una taza, un Por supuesto, su obsesión por obedecer tiene que llegar al punto de devorar al elemento que es servido. Debe servir y servir, en una mecánica incesante, hasta que el amo deje de ser amo, convertido en un deshecho, para poder encontrar así el esclavo a otro amo, al cual servir de la misma manera hasta el momento de su destrucción. Cuando tomé consciencia de lo absurdo y peligroso que significaba encontrarme dentro de aquel hospital, decidí salir de inmediato. Hablé con el director, aduje que estaba allí por voluntad propia, y logré el alta instantánea. Cuando el esclavo arribó a la hora habitual de las visitas, mostró su diligencia de costumbre para llevarme nuevamente al lugar que habitamos. Al falansterio gigante, lleno de infinitos cuartos. Cierta vez le ordené al esclavo que contara el número de habitaciones y me informó que eran cuatrocientas. lo visto, el relajante muscular que me habían aplicado antes de someterme a la descarga había dejado de surtir efecto antes del tiempo calculado. En otras palabras, desperté y advertí que me encontraba rígido y sin poder respirar. Fueron segundos desesperantes. No podía abrir el pico para quejarme, lanzar quizá un graznido, ni mover las alas para indicar que me estaba asfixiando sin poder comunicárselo a nadie. Luego me enteré de que durante las sesiones me aplicaban respiración artificial por medio de un fuelle, que abrían y cerraban con celeridad. En esa ocasión desperté y advertí que el movimiento de aquel aparato no coincidía con mi necesidad de aire. Mucho menos con mi ritmo respiratorio. Pero nada de eso parece importar ahora. Aquel espacio donde estuve recluido no guardaba ninguna relación con el espíritu espectacular que posee el falansterio donde he decidido habitar junto a un esclavo y veinte perros. El diseño de este hospital es absolutamente convencional. Extraño, no sólo el falansterio y su constitución, sino también humillar, una y otra vez, a mi esclavo, conversar con las otras aves de rapiña, que vienen de vez en cuando a visitarme. Añoro solazarme con la observación —con paciencia y sintiendo un desbordamiento amoroso que da la impresión de desbordarse— del esclavo estableciendo un vínculo profundo con alguno de los perros. Observarlos con la misma expectación que puede llegar a causarme observar la reacción sumisa que acostumbra mostrar el esclavo cuando, de improviso y sin mediar razón evidente alguna, lo obligo a que se deshaga del ejemplar querido para siempre. Apostado en la rama escondida que me han acondicionado, oculta de tal modo para que los demás piensen que habitamos en un lugar deshabitado para siempre, he desarrollado la facultad de detectar el punto exacto en que el vínculo entre el esclavo y algún perro llega a su punto más intenso. Una vez que lo advierto, nada puede ocurrir para que ese can sea expulsado, casi de inmediato, de los límites del falansterio que habitamos. Si el perro elegido se trata de uno de esos ejemplares tercos, que se empeñan en volver al territorio, en constante construcción-destrucción, pese a mi deseo, debo entonces abandonar la rama donde, como de costumbre, me encuentro apostado y atacarlo, hundiendo sin piedad mis garras de ave de rapiña en su lomo, destruir sus ojos a picotazos, hasta dejarlo sin vida. El esclavo debe introducir entonces el cuerpo en un saco, y conducir a un basurero lejano aquellos restos amados. Es precisamente en momentos semejantes cuando, tanto el esclavo como yo, como los perros restantes recobramos la particular armonía que nos permite vivir en un estado de felicidad plena. Ahora que el esclavo ha huido recuerdo, con una intensidad que me parece casi anormal, la ocasión en que el esclavo, sin acuerdo previo, comenzó a hacerme por primera vez las maletas a la perfección. Además, con una rapidez extraordinaria, ponía en orden mis archivos literarios. Fue aquella la época en que empezó a presentarse socialmente como mi asistente personal. La vez en que tuve el ataque de claustrofobia y comencé a estrellarme contra la plancha de acrílico con la estaba recubierto el patio del pabellón, el esclavo acudió, como de costumbre, al hospital con el fin de cumplir con su visita diaria. Llevaba consigo sólo la bolsa con los libros, los que trataban en su mayoría acerca de la vida secreta de las monjas, que estudiaba en forma constante. En ese tiempo, el esclavo estaba a punto de obtener un título profesional, y se había impuesto como meta ser mejor que sus demás compañeros. Me había prometido, además, colocar mi nombre en la dedicatoria de su tesis. Daba la impresión, a cualquiera que lo observara desde afuera, de que su necesidad de dependencia hacia el otro estaba colmada con la relación que mantenía con su amo, un ave de rapiña en alerta constante como era yo en ese entonces. Parecía que esa sumisión exclusiva le daba la fuerza necesaria como para creer que era considerado sobresaliente en los demás aspectos de su vida. Eso no era cierto. En verdad, se trataba de un pésimo estudiante. Uno de los peores monjólogos del país. Se ganaba la vida con trabajos modestos como servir de guía de turistas, trayectos durante los cuales inventaba los datos en la mayoría de los casos. Creo que fue por eso que acepté desde un comienzo la relación: porque, en apariencia, no iba a ser excluyente. El esclavo iba a continuar con su vida de todos los días. Sobre todo, con sus supuestas investigaciones académicas. Estoy seguro de que la intensidad con la que me mostraba su esclavitud hubiese sido desesperante sin esta suerte de punto de fuga. Pero el esclavo huyó. Aprovechó que yo estaba lejos. De viaje. En otras comarcas. Con un océano de por medio. Quizá no fui, en los últimos tiempos, lo suficientemente radical en el trato que acostumbro llevar a cabo. Flaqueé tal vez en algunos puntos. Entre otros asuntos, recuerdo que después de volver de un viaje anterior le obsequié un pañuelo recogido del suelo. Alguien muy cercano me lo hizo notar. Afirmó que semejante obsequio de mi parte podía significar un paso atrás en la relación que se había edificado. Aquel pañuelo, un poco sucio por las pisadas de los transeúntes, iba a ser motivo de confusión acerca de la naturaleza del vínculo que nos mantenía unidos. Hoy el teléfono ha sonado varias veces. Yo me encuentro en Kassel, Alemania. En la Documenta 13 a la que he sido invitado tanto como Curador Honorario como Expositor fuera de Programa. Donde fui invitado tanto como ave de rapiña como como ciudadano normal y corriente. Es por ese motivo que arribé a la ciudad portando una maleta perfectamente ordenada como un trozo de la rama en la que suelo apostarme en el falansterio.
Para subir al taxi que me transportó al aeropuerto tuve que aguardar que oscureciera, con el fin de que ningún vecino advierta mi presencia. Salir de uno de los departamentos a medio construir. Atravesar las aguas empozadas y verdosas, donde en esa ocasión advertí la presencia de algunas alimañas. Una pequeña serpiente se escondió debajo de una tabla de madera, y la nube de moscos empezaba a emerger del fango. Aquí en Kassel es medianoche. Dudo. Es desconocido el número que aparece en la pantalla de mi teléfono. Sin embargo, contesto. Oigo una suerte de respiración. En ese instante comprendo que se trata de una llamada del esclavo, de aquel sujeto que apareció por primera vez en mi vida a través de un mensaje de Facebook. En ese instante advertí —ignoro las razones por las que de pronto se me reveló la verdad completa— que durante el tiempo en que estuve imposibilitado para fungir como amo —es decir, entre otros asuntos, durante mi internamiento en el hospital, mis viajes, en las noches dedicadas por entero a la escritura o a cazar a los animales nocturnos—, semejante sujeto, aquel con aspecto de un Durero precolombino, buscaba de inmediato, casi de manera desesperada, la presencia de otros amos. Aquella respiración, a través del teléfono, fue lo último que supe de su persona. Espero, de todo corazón, que a alguno de sus amos posteriores, a los que debe haber hallado luego de haber escuchado aquella respiración a través del teléfono, se le haya pasado la mano en los acostumbrados juegos de amo y esclavo a los que, seguramente, les debe encantar someterse. Y deseo, lo repito, que al último amo que le toque en suerte, al definitivo, le parezca que se trata de una pantomima más, de otro de los juegos acostumbrados, las muecas grotescas que muestra dentro de la bolsa de plástico sin agujeros con la que ha cubierto su cabeza durante los últimos quince minutos seguidos. Lo único que me daría lástima de una escena semejante es que no ocurra aquí, en el falansterio, entre los roedores, serpientes y bichos, que no han dejado de multiplicarse desde su partida. Que la escena de las bolsas no se lleve a cabo al lado de los putrefactos cuerpos de los perros, que dejó amarrados a una de las varillas de construcción antes de partir.

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