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Give me some «White light/White heat».

Philip Seymour Hoffman como Lester Bangs en Almost Famous

 

Lou Reed rige, ha regido y seguirá rigiendo siempre mi existencia. Desde antes de Trainspotting. En 1995, cuando como afirma Legs McNeil «todo mundo se había convertido en víctima», ahorré, robé y mendigué hasta la humillación para comprarme el box set de The Velvet Underground. Pobre de mi abuela, le pido perdón hasta donde se encuentre por birlarle aquellos billetes que escondía detrás del Sagrado Corazón de porcelana. Ahora sé, no lo digo como consuelo o como excusa, que ella comprendía cuánto necesitaba yo esa caja con los cuatro CD’s (que todavía conservo como un tributo a la difunta). A partir de ese momento Lou Reed se volvió una constante (y una inconstante) en mi vida. Hasta el día de su muerte. El domingo que falleció me obsequió un último presente.

Cuando tuve Peel slowly and see en mis guantes de ladronzuelo adolescente tomé dos decisiones: una, embriagarme con mi abuela (ella era alcohólica y yo bebía a escondidas) como un tributo a su involuntaria contribución y dos: no podía continuar robando a mi familia, ni refugiarme en el pretexto de que era estudiante. Había llegado el momento de robar a alguien más. Entonces me metí a trabajar en una tienda de discos. Algunas de las cosas que me definieron ocurrieron cuando era dependiente en esa tienda. Detesto darme golpes de pecho, sin embargo es innegable que mi generación descubrió a Lou por Trainspotting. Lo cual nunca reprocharé. Pero a mí me resultaba exasperante el desdén que demostraban hacia la Velvet. Pero era yo un imberbe. Tenía yo cuánto años ¿dieciséis, diecisite? Lou ya era El rey de Nueva York, y yo todavía no podía tragar ni con cien litros de agua las blancas pastillas que eran «Heroin» y «I’m Waiting for my man» (que excúsenme por la blasfemia, la versión de Bowie siempre me ha parecido superior). Quizá la solución a mi ignorancia se resolvía si hablaba con alguien mayor, pero por aquellos días yo luchaba por comportarme rabiosamente adolescente (el espectro de Cobain todavía venía incluido en el recibo de la luz) y despreciaba a la generación anterior.

Nunca olvidaré aquel día de 1998 en que llegó a la tienda una versión remaster made in UK de Transformer.   Por tratarse del álbum que contiene «Perfect day» (ese componente indisoluble de la cadena alimenticia Danny Boyle) pensé que todo mundo se abalanzaría sobre el único CD en existencia, que de hecho debimos pedir treinta o cuarenta, los mismos que había vendido esa semana el soundtrack de la película. Pero no sucedió nada. Y para desgracia de mi ex patrón, tuve que expropiar el disco, como muchos otros. Era un acto estúpido. Por dos razones: ya había caído a la cárcel por sustraer discos de tiendas de autoservicio y era impensable que con un solo título en el inventario no se percatara el dueño de su ausencia. Y en efecto, lo hizo. Al día siguiente de haberlo hurtado me cuestionó sobre el paradero de «la pieza».  No me quedó más remedio que decirle la verdad, pero a medias, se lo habían robado. Y tuve que sostenerle la mirada al hijo de puta, y soportar su suspicacia toda la puta tarde. Y mientras yo culpaba a alguien imaginario y me lavaba las manos en su presencia, el disco descansaba sobre el estéreo de mi casa a la espera de la vigésima y tanta escucha en menos de cuarenta y ocho horas.

«Perfect day» me tenía hasta la madre, por la referencia cinematográfica, con el tiempo me reconcilié con ella, cuando Lou la retorció tanto que poco tenía que ver con aquel momento Irvine Welsh, y contrario a lo que se podría pensar, no me capturó «Satellite of love», «Vicious» o «Walk on the wild side», a pesar que a través de ella conocí a Nelson Algreen, quien tiene una novela homónima en la que se basó Lou para componer esta canción, y de que gracias a este disco me interesé seriamente en Hubert Selby Jr. Sé que lo anterior suena bastante estúpido. Porque estas canciones están escritas en el cielo, y quien se pronuncie en contra de ellas no es más que un pobre pedante sin dirección. Pero no me desmarco de ellas. Y cada una me acompañó de manera rotunda en esas noches en que no era otra cosa que un preparatoriano con muchas ganas de vivir pero injertado en una ciudad perdida del norte. Perdónenme, mi pecado es más amplio, mi problema es que no podía trascender el «paaaaa paaaaa pa pa paaaaaa» de «Andy’s chest». Eso fue lo que me atrapó.

A partir de ahí, fui indisoluble de Lou. Y como era de esperarse, di un paso atrás. A Lou Reed. Su primer álbum como solista. Y una vez más pido disculpas, sé que sonará bastante idiota. Sé que no tiene los himnos que posee Transformer, que han impactado en tantas promociones de personas, pero a mí me marcó más. No coincido con la crítica que lo ha vapuleado hasta el cansancio. El paso del tiempo se ha encargado de ponerlo en su lugar. Creo que a la luz de los fans es un disco imponderable. Durante muchos años necesité de él para seguir. No conseguía salir de mi casa por las mañanas sin oír uno o dos tracks de su contenido. Y entonces, en un paseo por las calles de mi ciudad, donde no pasaba nunca nada, me encontré en una tienda de discos añeja Between thought and expression, un box set de 1992 que compilaba (para mí constreñía, por su carácter antológico) el trabajo solista de Lou hasta Mistrial. Pero cualquiera en mi lugar habría hecho lo mismo: arrebatarle la caja, por comprimida que se ofreciera la obra, al vendedor. En esa provincia para la que el mundo era inaccesible.

Por supuesto que no me conformé. Comencé a hurgar en Rock ‘N’ Roll Animal (1974), que me parecía el mejor disco en vivo de Lou hasta esa fecha (después cambié de opinión). Y en otro álbum, que me pegó con tubo: Take no prisoners. Uh, ese doble fue un menester incansable. Tardé meses en dejarlo de oír a diario. Estaba convencido con cualidades religiosas que era el mejor disco en vivo de Lou (volví a cambiar de opinión en unos años). Pero mi viciosa inmersión no bastaba. Quién de nosotros puede resumir la majestuosidad (con el tiempo he escuchado estos álbumes pero no lo suficiente) de Sally can´t dance, Street hassle, Metal machine music, The bells, Growing up in public, The blue mask, Legendary hearts, New sensations y Mistral en tres compactos. A los únicos ante los que arrodillé como debía eran Berlin y Coney Island Baby. Eran difíciles de conseguir en mi ciudad. Así que los tuve que grabar en casette. Ahora me produce risa la ceremoniosidad con que me los copió su propietario. En eso pequeños actos están graduados nuestros destinos, y para mí el elemento dramático en un disco y el nostálgico en otro se me antojaba como un cúmulo de posibilidades, pero yo qué iba a saber de eso, sólo era un joven amante de rock disuelto en esa provincia polvorienta. Pero con el tiempo y con una canción Lou me enseñaría las ventajas de crecer «in a small town».

Y si no recalé de manera más profunda en esos álbumes no fue por desdén. Era 1998 y ya pastaba a mis espaldas New York. Y entonces Lou dejó de ser para mí el provocador, el poeta, el cuero negro, para convertirse en el novelista. Y si bien es cierto que la distorsión era el sello de la casa, para mí nunca resultó tan preponderante, portentoso y vigoroso como lo sería desde 1989. New York es para mí el mejor disco en la carrera de Lou. «Busload of faith», un canto a la vida planteado desde la electricidad sin devaneos new age ni libro de autoayuda de por medio. Con joyas como «Romeo and Juliette», «Dirty Blvd» o «Dime time story». El gran cronista de Nueva York de la segunda mitad del siglo XX no es Norman Mailer, es Lou Reed. Y este álbum da cuenta de ello. Si antes narraba sobre personas extraordinarias, ahora narraba sobre personas comunes que resultaban extraordinarias. Una cumbre a la que accedería para ya no descender, si acaso y esto lo podríamos discutir, hasta Ecstasy, su última gran gema.

Luego continué con esa trilogía sucia de New York mismo que son Songs for Drella, el tributo a la memoria de Wharhol, firmado junto a John Cale; Magic and loss (con esa enorme, enorme, enorme epifanía de más de seis minutos que es “Magician”) y Set the twiligth reeling (que incluye “The Riptide”, una de las piezas más celebratorias, energéticas y descomunales que se le hayan compuesto a la cruda). No quiero resultar demasiado entusiasta. Pero estos cuatro discos, más los dos siguientes son en mi alcoba personal lo que más pondero de Lou. Porque sé que otros tendrán en su altar otras coordenadas, pero me tocó vivirlos de cerca, son mi historia personal, lo que oía en un gastado walkman marca Sony por las calles de mi ciudad antes de que se convirtiera en la quinta más violenta del mundo y la más violenta del sexenio. Y con esto como soundtrack bebí, me drogué y quise escapar. Quince años atrás.

Ecstasy, que podría tomarse como uno de los mejores regresos del rock, pero que para muchos lo fue debido a la fuerza de sus canciones, obligó a todo el mundo a voltear de nuevo a Lou, a admirarlo, con piezas como “Tatters”, esa épica de las relaciones de pareja, “Tournig time around” la precuela o secuela, según se prefiera, de la anterior, la preciosa “Modern dance”, y “Baton rouge”. Y por último, Perfect night live in London, una placa a la que la prensa hizo mierda pero que a mí me fascina, y siempre termino mis borracheras con este disco a todo volumen a las cinco de la mañana, solo, cuando ya se han ido o los he corrido a todos.

Y fue durante ese tiempo que Bowie celebró sus cincuenta años en el Madison Square Garden. E invitó a Lou a cantar unas rolas, tanto de uno como de otro. Y en pantalla atestigüé el desaire que David le prodigó a mi héroe. Comenzó a llamarlo con un Lou prolongado que sonaba a Buu, un abucheo, para continuar con la distinción del propio Rey de Nueva York. Tras cuatro piezas Bowie lo despidió sin entusiasmo, por una cuestión de egos, y Lou abandonó el escenario desconcertado. Nunca le perdonaré esa grosería al festejado. Aunque con el tiempo también me haya reconciliado con él. Pero, va mi última disculpa, Lou fue y será siempre mejor que David. Aunque no haya gozado de un regreso como “The next day”. Aunque en sus últimos discos se haya desinflado. Aunque haya grabado con Metallica un disco que sólo cosechó criticas negativas. No me sumo a la mayoría que objeta este disco. Para mí no es malo. Pero el tiempo se encargará de esclarecerlo, como ha hecho con otras grabaciones.

Y bueno, en el inter, hice lo que me dictaba el manual: crecí en público. Tuve una hija, me casé, me divorcié, me operaron, vi morir a algunos, me metí en problemas y salí de ellos y las canciones de Lou siempre estuvieron para hacerme compañía, y, desde el 2000, también Pass Thru the Fire, el libro que recopila todas las canciones de Lou Reed hasta Time rocker (1993), un álbum que nadie, pero nadie debe perderse.

Así llegué a aquel domingo en que Lou murió (su última foto es ahora avatar del mundo). Pero con una nueva impronta. Sabía que el trasplante de hígado obedecía a que había abusado de la heroína. Coltrane murió de lo mismo, pero a los cuarenta y siente, más temprano y por la sobredosis se fueron Shanon Hoon y Layne Stanley. Lou se dejó alcanzar hasta los setenta y uno. Qué gran piedra. Pero perdió. Al único que conozco que ha conseguido eludir a la chiva ha sido a William Burroughs. Un milagro de la medicina moderna, presumió Lou que era su operación cuando había resultado exitosa. Pero el pasado rebobinó la cinta. Pero no fue lo único que se llevó la muerte, a Lou. Esa misma semana, después de resistir más de diez años, cerró la tienda de discos donde trabajé en mi adolescencia. Perdió la batalla ante las tiendas de cadenas, las ventas por internet y las descargas ilegales. Con su caída concluyó un ciclo en mi vida. Ese tiempo obvio no ha de volver. Pero la permanencia de la tiendita de discos era recordatorio de aquel que fui en un tiempo. Un lapso que se fue con Lou. Pero que a su vez me dejó un último regalo: tras recibir la noticia de que Lou había fallecido, me topé en una tienda de discos de la colonia Roma con el Blu-ray Lou Reed’s Berlin. El concierto donde Lou interpreta en vivo completo el álbum Berlin filmado por Julian Schnabel.

Ese fue el último mandamiento de Lou en mi vida. Me había impelido a robar discos, a drogarme, a leer poetas y por último se me presentaba de aquella forma. Yo ya tenía conocimiento de ese concierto. Pero no había sido distribuido en México. Y yo soy pésimo para las compras on line. Trabajé en una tienda de discos. Me gusta la comunión que se crea entre el producto y el consumidor desde que entras a la tienda y lo palpas con tus manos. A diferencia de lo distante y frío que resulta ver portadas de discos en una pantalla. Compré Berlin y en cuanto salí del establecimiento comenzó a llover.

Carlos Velazquez posa para una foto en la 28 Feria Internacional del Libro Guadalajara, Guadalajara, Mexico, Viernes 5 de Diciembre , 2014. ( © FIL/Bernardo De Niz)

Carlos Velazquez posa para una foto en la 28 Feria Internacional del Libro Guadalajara, Guadalajara, Mexico, Viernes 5 de Diciembre , 2014. ( © FIL/Bernardo De Niz)

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