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High Hitler: cómo el abuso de drogas nazi cambió el curso de la historia | Rachel Cooke

El escritor alemán Norman Ohler vive en el último piso de un apartamento del siglo xix ubicado en la ribera sur del río Spree, en Kreuzberg, Berlín. Visitarlo supone una experiencia vertiginosa. En primer lugar, trabaja —y gusta de recibir visitantes— en lo que él llama su «torre de escritura». Un espigado mirador con paredes de vidrio, apostado justo sobre el filo del techo. (Si uno se atreve a asomase se verá su pequeño bote anclado muy lejos, justo debajo de uno). En segundo lugar, está la situación de que desde esta conveniente perspectiva es posible discernir dos berlines, uno pujante y fresco, el otro gris y espectral. A nuestra izquierda, con tráfico pesado, está el Oberbaum Bridge, donde alguna vez estuvo ubicado un checkpoint durante la Guerra Fría, y más allá de él la parte más extensa de lo que queda del Muro de Berlín, cuya triste extensión se ve abruptamente interrumpida por una cuadra de apartamentos de lujo construidos en 2013. Con respecto al edificio ubicado justo enfrente, hoy en día es la sede de Universal Music. No hace mucho, sin embargo, era una bodega donde la rda almacenaba huevos.

¿Es posible que todo esto afecte a Ohler cuando está sentado en su escritorio con su laptop emitiendo luz de la pantalla? ¿Es fantasmagórico, por momentos? «Sí, es extraño», dice, sonriendo ante mi aturdimiento. Pero bueno, hace tiempo que él vive en una especie de viaje en el tiempo. «Recuerdo los noventa. El muro acababa de caer y yo estaba en reventones usando éxtasis y lsd. La escena del tecno había comenzado, y estaban todos estos edificios vacíos en el este donde la juventud (tanto del este como del oeste) se reunía por primera vez. Algunos de estos tipos del este eran rudos —no entendían a los extranjeros para nada—, y el éxtasis les ayudaba a despojarse un poco de su odio y suspicacia. Algunas veces, en aquella época, podías entrar en una habitación y entonces veías el pasado. Por supuesto que ya no es así. Ya no uso drogas. Pero puedo recordarlo y quizá eso explique que haya podido escribir este libro».

El libro en cuestión es High Hitler. Las drogas en el III Reich, que nos revela la asombrosa y hasta ahora en buena medida desconocida historia sobre la relación que el Tercer Reich tuvo con las drogas, incluyendo la cocaína, la heroína y, sobre todo, las metanfetaminas (mejor conocidas como crystal meth), y su efecto, no sólo en los últimos días de Hitler —el Führer, según Ohler, era un junkie absoluto con las venas destruidas para cuando se retiró al último de sus bunkers—, sino también en la exitosa invasión de la Wehrmacht sobre Francia, en 1940. El libro fue publicado en Alemania el año pasado, en donde se convirtió en un best-seller y desde entonces ha sido traducido a dieciocho idiomas, un hecho que complace a Ohler tanto como lo sorprende.

No sólo por el hecho de que Ohler no es —tal y como la revista Der Spiegel nos ayudó a recordar— historiador (es autor de tres novelas y coautor de la película de Wim Wenders, Palermo Shooting, pero esta es su primera obra de género periodístico), sino que quizá lo más sorprendente sea que aún hubiera algo nuevo que decir sobre el tema. Si tomáramos todos los libros que se han escrito sobre los nazis y los colocáramos en hilera, serían más largos que el río Esprea.

«Supongo que las drogas no eran una prioridad para los historiadores», argumenta. «Tuvo que llegar un loco como yo para asomarse». Loco o no, ha hecho un trabajo estupendo. High Hitler es tancautivador como convincente. Ian Kershaw, el historiador británico —quizá la máxima autoridad en el mundo sobre Hitler y la Alemania nazi— lo ha descrito como un «serio trabajo académico».

Por descabellado que pueda sonar, fue un amigo de Ohler, el DJ de Berlín Alexander Kramer, quien primero le sugirió la idea. «Es como una especie de medium de aquella época», asegura Ohler. «Tiene una inmensa biblioteca, y conoce toda la música de la década de 1920. Una noche me dijo: “¿Conoces el enorme peso que tuvieron las drogas en el Nacional Socialismo?”. Le dije que no, pero me sonaba muy verosímil: de inmediato supe que ése sería el tema de mi siguiente libro».

Su plan era escribir una novela, pero después de su primera visita a los archivos todo cambió por completo. Ahí encontró los papeles del Dr. Theodor Morell, el médico personal de Hitler, previamente un personaje soslayado en la mayoría de los estudios sobre el Führer. «En ese momento me di cuenta de que esto era todavía mejor que la ficción». En los meses que siguieron, apoyado por el finado gran historiador alemán sobre el Tercer Reich, Hans Mommsen, Ohler viajó de archivo en archivo, recolectando cuidadosamente material —¡y vaya si había material disponible sobre el tema, pues no utilizó ni siquiera la mitad de lo que encontró!— «Me gustaría mostrarte algo», dice pegando un brinco. Cuando regresa, sostiene en su mano una copia de una carta de Martin Bormann, el secretario privado de Hitler, en la que sugiere que la «medicación» que Morell ha estado suministrando necesita ser regulada por el bien de la creciente precariedad de su salud.

La historia que Ohler cuenta comienza en los días de la República de Weimar, cuando la industria farmacéutica alemana atravesaba una etapa boyante —dicha nación era líder en exportación tanto de opiáceos como de morfina o cocaína— y las drogas estaban disponibles en cada esquina. Fue durante ese periodo que el círculo íntimo de Hitler construyó una imagen de él como una figura irrefrenable, dispuesto a trabajar sin cansancio por el bien de su país, que no admitía que ninguna toxina —ni siquiera el café— entrara en su cuerpo.

«Es genial tanto física como mentalmente», reportó uno de sus aliados en 1930. «¡Le exige a ese cuerpo de una forma que debería escandalizarnos a los demás! No bebe, prácticamente sólo come vegetales, y no toca a las mujeres». No sorprende que cuando los nazis tomaron el poder en 1933, los «venenos seductores» fueran inmediatamente prohibidos. En los años venideros, los consumidores de drogas serían etiquetados como «dementes criminales»; algunos de ellos fueron asesinados por el Estado mediante inyecciones letales; otros fueron enviados a campos de concentración. El uso de drogas también comenzó a ser vinculado con los judíos. La oficina de la pureza racial del Partido Nazi sostenía que el temperamento judío era esencialmente dependiente de las drogas. Ambos debían ser erradicados de Alemania.

Algunas drogas, sin embargo, eran útiles, particularmente en una sociedad endiabladamente orillada a seguirle el paso al enérgico Hitler («¡Alemania, despierta!», ordenaron los nazis, y la nación no tuvo de otra que azuzar su atención). Una sustancia que podía integrar a los gandules, enfermizos, derrotistas y quejumbrosos en los mercados laborales, podía ser tolerada. El químico en jefe de una compañía ubicada en Berlín llamada Temmler, el doctor Fritz Hauschild, inspirado por el exitoso uso de la anfetamina norteamericana Benzedrina en las olimpiadas de 1936, comenzó a desarrollar su propia droga maravilla. Un año más tarde patentó la primera metanfetamina alemana. El Pervitin, como era conocido, pronto se transformó en una sensación, usado como un reforzador de confianza y rendimiento para todos, desde secretarias hasta actores pasando por conductores de tren (inicialmente, se podía comprar sin receta). Incluso logró hacerse de un lugar en el mundo de las golosinas. «Los chocolates Hildebrand son siempre un deleite», rezaba el eslogan. A las mujeres se les recomendaba comerse dos o tres, después de lo cual podrían atender todos los deberes del hogar en un santiamén, con el beneficio añadido de que podrían perder peso, dado el efecto fulminante que el Pervitin tenía en el apetito. Ohler lo describe como Nacional Socialismo en grajeas.

Naturalmente, no pasó demasiado tiempo antes de que los soldados dependieran de aquello también. En High Hitler, Ohler reproduce una carta enviada en 1939 por Heinrich Böll, el futuro ganador del Nobel, desde la trinchera hacia sus padres en casa, en la que les ruega que le envíen Pervitin, ya que era la única forma que tenía de lidiar con ese gran enemigo: el sueño. En Berlín, era tarea del doctor Otto Ranke, el director del Instituto para la Fisiología General y de Defensa, proteger a las «máquinas animadas» de la Wehrmacht —es decir, a los soldados— del desgaste, y después de realizar algunos experimentos concluyó que el Pervitin era, de hecho, una excelente medicina para los exhaustos soldados. No sólo hizo que el sueño fuera innecesario (Ranke, quien se volvería, él mismo, adicto a la droga, observó que podía trabajar durante cincuenta horas sin sentir fatiga gracias al Pervitin), sino que también apagaba las inhibiciones, facilitando el combate, o en cierta medida, haciéndolo menos terrorífico.

Durante 1940, mientras se elaboraban planes para invadir Francia a través de las montañas de Ardennes, un «estimulante decreto» fue enviado a los médicos del ejército, recomendando que los soldados tomaran una tableta durante el día, dos de manera consecutiva durante la noche, y una o dos más después de dos o tres horas en casos de necesidad. La Wehrmacht ordenó treinta y cinco mil tabletas para el ejército y la Luftwaffe, así que la fábrica de Temmler incrementó la producción. Podemos asegurar sin temor a equivocarnos que aquellos como Böll no tuvieron que pedirle Pervitin a sus padres nunca más.

¿Fue el Blitzkrieg, entonces, el resultado de una enorme dependencia de la Wehrmacht respecto a la crystal meth? ¿Qué tan lejos está dispuesto a llegar Ohler con esta hipótesis? Sonríe. «Bueno, Mommsen siempre me dijo que debía evitar ser monocausal. Pero la invasión de Francia fue posible gracias a las drogas. Sin drogas, no hubiera habido invasión. Cuando Hitler escuchó acerca del plan de invadir a través de Ardennes, quedó fascinado (los Aliados fueron emboscados en el norte de Bélgica). Pero los altos mandos dijeron: no es posible, por las noches tenemos que descansar, y ellos (los Aliados) van a proceder a la retirada, y nos quedaremos atrapados en las montañas. Pero luego el estimulante decreto fue lanzado, y eso les permitió permanecer despiertos por tres días y tres noches. Rommel (que para entonces dirigía una de las divisiones panzer) y todos aquellos comandantes a cargo de los tanques estaban drogados —y sin los tanques, sin duda hubieran perdido—».

De ahí en adelante, las drogas fueron reconocidas como un arma efectiva por los altos mandos, pues podían utilizarse contra las máximas adversidades. Durante 1944-45, por ejemplo, cuando era cada vez más evidente que la victoria alemana sobre los Aliados era poco menos que imposible, la naviera alemana desarrolló una gama de U-boats para un solo tripulante; aquella fantástica idea implicaba que estos submarinos de un metro podrían alcanzar los estuarios del Támesis. Pero dado que sólo podían ser utilizados si los solitarios marinos que los piloteaban podían permanecer despiertos durante varios días a la vez, el doctor Gerhard Orzechowski, el jefe de farmacología del comando supremo de las fuerzas navales del Báltico, no tuvo de otra más que comenzar a trabajar en el desarrollo de una nueva supermedicina —un chicle de cocaína que sería la droga más potente que los soldados alemanes jamás consumieron—. Se realizaron pruebas en el campo de concentración de Sachsenhausen, en una pista utilizada para probar nuevas suelas de zapato hechas en fábricas alemanas; los prisioneros eran obligados a caminar y caminar hasta que se desplomaban.

«Era demencial, terrorífico», dice Ohler en voz baja. «Incluso Mommsen entró en shock cuando conoció esta información. Nunca había escuchado hablar de ello». Los marinos jóvenes, atrapados al interior de sus cajas metálicas y sin ningún vínculo con el mundo exterior, sufrían episodios psicóticos conforme las drogas tomaban posesión, y de manera frecuente se perdían, con lo cual el hecho de que pudieran permanecer despiertos durante siete días era irrelevante. «Era algo irreal», afirma Ohler. «Esto estaba fuera de la realidad. Pero si estás luchando contra un enemigo más fuerte que tú, no tienes de otra. Tienes que, de una u otra forma, ser capaz de trascender tu fuerza. Es por eso que los terroristas utilizan bombarderos suicidas. Es un arma injusta. Si detonas una bomba al interior de una multitud de civiles, por supuesto que vas a tener éxito».

Mientras tanto, en Berlín Hitler experimentaba con su propia irrealidad: su único aliado en el mundo era su médico rechoncho e inseguro, el doctor Morell. A finales de los veinte, Morell había montado un consultorio al que cada vez le iba mejor. Su reputación creció enormemente a partir de aquellas maravillosas inyecciones vitamínicas que le suministraba a sus pacientes. Se encontró con Hitler después de haber tratado a Heinrich Hoffman, el fotógrafo oficial del Reich, y al detectar una gran oportunidad rápidamente se congració con el Führer, que desde hacía tiempo sufría de severos dolores intestinales. Morell le prescribió Mutaflor, una mezcla basada en bacterias, y cuando su paciente —el paciente A, como Hitler sería conocido en adelante— empezó a mejorar, comenzaron su relación codependiente. Ambos se fueron aislando. De manera creciente, Hitler no confiaba en nadie salvo en su doctor, mientras que Morell dependía únicamente del Führer para mantener su posición.

Sin embargo, cuando Hitler cayó enfermo de gravedad en 1941, las inyecciones vitamínicas en las que confiaba Morell ya no hacían ningún efecto, por lo que comenzó a incrementar la potencia de los remedios. Primero vinieron las inyecciones de hormonas animales para aquel notable vegetariano, y después una serie de medicamentos aún más fuertes hasta que, al final, comenzó a suministrarle la «droga maravilla» llamada Eukodal, un opiáceo sintético, primo de la heroína, cuya principal característica era su potencial para inducir estados eufóricos en el paciente (hoy en día se conoce como Oxycodone). No pasaría mucho tiempo antes de que Hitler comenzara a recibir esas inyecciones varias veces al día. Posteriormente las combinaría con dos dosis diarias de cocaína concentrada que inicialmente le habían prescrito para los oídos, después de una explosión en el Wolf Lair, su bunker de la trinchera este.

¿Es posible que Morell haya convertido deliberadamente a Hitler en un adicto? ¿O simplemente se vio rebasado por la personalidad adictiva del Führer? «No creo que haya sido deliberado», me dice Ohler. «Pero Hitler confiaba en él. Cuando su círculo cercano trató de remover a Morell en el otoño de 1944, Hitler salió al paso para defenderlo —ya que para entonces sabía que si lo apartaba, él (Hitler) estaría acabado—. Se llevaban muy bien. A Morell le encantaba suministrarle esas inyecciones, y a Hitler recibirlas. No le gustaban las pastillas porque le sentaban mal a su débil estómago y buscaba efectos rápidos. Tenía el tiempo encima; pensaba que moriría joven». ¿Cuándo fue que Hitler se dio cuenta de que era un adicto? «Muy tarde. Alguien lo cita afirmando que le dijo a Morell: me has estado dando opiáceos todo este tiempo. Pero generalmente hablaban de ello de manera oblicua. A Hitler no le gustaba hablar del Eukodal. Tal vez intentaba bloquearlo de su mente. Y, como cualquier proveedor, Morell nunca iba a decir: sí, eres un adicto, y yo tengo algo para alimentar esa adicción». ¿Así que hablaban de ello desde la perspectiva de la salud más que de una posible adicción? «Sí, exactamente».

Para los espectadores, el efecto de la droga podría haber parecido algo poco menos que milagroso. En un instante el Führer estaba tan frágil que apenas podía sostenerse en pie. Al siguiente, estallaba sin parar contra Mussolini. Ah, sí: hablemos de Mussolini. En Italia, High Hitler apareció con un capítulo extra. «Descubrí que Mussolini —paciente D, por Il Duce— era otro de los pacientes de Morell. Después de que los alemanes lo instalaron como la marioneta líder de la República de Italia en 1943, le ordenaron que se sometiera al escrutinio del doctor». Otra vez, Ohler brinca. Otra vez, vuelve con un documento en su mano. «No hay suficiente material como para aseverar que era un adicto. Pero le estaban suministrando las mismas drogas que a Hitler. Cada semana había un reporte médico». Recorre con el dedo las líneas manuscritas, traduciéndome sobre la marcha. «Ha mejorado, está jugando tenis de nuevo, la hinchazón de su hígado cedió… es como si fuera un caballo de carreras».

A Hitler, sin embargo, le esperaba una crisis. Cuando las fábricas en donde el Pervitin y el Eukodal se confeccionaban fueron bombardeadas, los suministros de su droga favorita comenzaron a agotarse, y para febrero de 1945 ya sufría síndrome de abstinencia. Doblegado, babeante y arrancándose la piel con unas pinzas doradas, ofrecía una imagen aterradora. «Todo el mundo describe la mala salud de Hitler en aquellos días finales (en el Führerbunker en Berlín)», me dice Ohler. «Pero no había ninguna explicación clara sobre aquello. Se ha sugerido que padecía de Parkinson. No obstante, yo pienso que, al menos en parte era síndrome de abstinencia». Sonríe. «Sí, debe haber sido espantoso. Estás perdiendo una guerra mundial y encima tienes que dejar las drogas».

Dos meses después, Hitler y su nueva esposa, Eva Braun (al igual que Leni Riefenstahl, otro de los pacientes de Morell), se suicidaron, como el mundo bien sabe. ¿Qué le pasó a Morell? Sabemos que sobrevivió pero, ¿consiguió salir ileso?

«Creo que muchos Nazis la libraron», asiente Ohler. «Pero él no. No pudo salvar el pellejo, construir una nueva carrera, hacerse rico con sus memorias —aunque pudo haber afirmado, con veracidad, que no cometió ningún crimen de guerra—. Tan sólo perdió la razón. Se desmoronó. Es una figura trágica. No era malvado. Sólo era un oportunista».

Tras haber fracasado en su intento por extraerle información, los americanos depositaron a Morell en Múnich en 1947. Ahí fue rescatado por una enfermera de la Cruz Roja, mitad judía, que se compadeció de esa figura descalza y desaliñada. Lo llevó a un hospital en Tegernsee, donde murió un año más tarde.

 High Hitler aspira a reconfigurar la perspectiva bajo la que ciertos aspectos del Tercer Reich serán mirados en el futuro. La tesis de Ohler, por supuesto, no hace del Nacional Socialismo algo más comprensible, idea que a él quizá le parece un poco decepcionante, ya que ha estado tratando de comprender este fenómeno desde que era un niño (hijo de un juez, creció cerca de la frontera con Francia). «Fue el único motivo que me motivó a escribir», afirma. «Me parecía que al escribir uno podía combatir la propaganda».

Su abuelo materno trabajó como ingeniero de trenes durante la guerra, encabezando una pequeña estación en la Bohemia ocupada. «Un día en el colegio vimos una película sobre la liberación de un campo de concentración y me causó un impacto tremendo. Ese mismo día, le pregunté por los trenes que iban hacia los campos. Me dijo que en una ocasión vio uno durante el invierno proveniente del oeste, y que se dijo a sí mismo: éstos son prisioneros de guerra rusos. Pero dado que provenía del oeste y que escuchó la voz de niños y que era un tren de ganado, de alguna manera se percató de que algo extraño estaba sucediendo».

«Yo no tenía mucho más de diez años, e intentaba comprender: ¿qué tipo de persona era mi abuelo? Después de todo, continuó siendo un ingeniero de trenes. No se unió a la resistencia. Dijo que las ss vigilaban el tren y que tenía miedo, así que lo único que hizo fue meterse dentro de su pequeña oficina para continuar con sus dibujos. Siempre dijo que Hitler no era tan malo. En los ochenta, uno solía escuchar eso a menudo: que todo había sido una exageración, que Hitler no sabía acerca de las cosas malas, que había procurado orden».

Hace una pausa. «Uno lo piensa así (el nazismo), como algo muy ordenado. Pero era un caos total. Supongo que trabajar en High Hitler me ha ayudado al menos a comprender eso. Las metanfetaminas hacían que las personas formaran parte del sistema sin que siquiera tuvieran que reparar en ello». Ohler espera que su libro sea leído por una generación de alemanes más jóvenes que prefieren mirar hacia el futuro que lamentarse del pasado. ¿La derecha está repuntando de nuevo? ¿Por eso quiere que lo lean los jóvenes? «Vivimos tiempos muy peligrosos. Detesto los ataques hacia los extranjeros, pero por otra parte nuestro propio gobierno lo hace, en Irak y en otros sitios. Las democracias occidentales no han hecho una muy buena labor en el mundo globalizado». Dicho lo anterior, no considera que el nuevo partido de derecha alemán, Alternativa para Alemania, sea la amenaza que parece ser (en las elecciones que se llevaron a cabo a comienzos de este mes, derrotaron a la democracia cristiana de Angela Merkel). «La derecha siempre tuvo muy poco espacio aquí (después de la guerra), a causa de nuestra historia», afirma. «Cuando yo era joven, no veías jamás una bandera de Alemania. La primera vez que vi una fue en 1990, cuando Alemania ganó el Mundial de futbol. Así que quizá esto sólo es un ajuste».

 

Antes de irme hacia el aeropuerto, Ohler acepta llevarme a ver lo que resta de la fábrica Temmler —la última vez que revisó, aún seguía de pie en Berlín-Johannisthal, una parte de la ciudad que solía estar en el este— y fue así que emprendimos camino en un radiante y soleado día (en las películas, el este siempre aparece gris y frío), en busca de los restos del laboratorio tapizado de mosaicos blancos del Dr. Hauschild. Veinte minutos después, nos detenemos en una calle residencial, a nuestro alrededor sólo vemos cortinas de metal y barrotes, sumido todo en un silencio sepulcral. «Dios mío», dice, extendiendo sus largas y delgadas piernas fuera del auto. «Wow. Se ha esfumado por completo».

Durante algunos momentos, miramos reflexivamente a través de una reja de malla ciclónica una desértica extensión de polvo y concreto y atisbamos las pulcras casas blanco y rojo situadas más allá. Pero no había nada que hacer: sin importar cuánto lo intentara, no pude superponer las macabras fotografías monocromáticas que he visto de la fábrica en High Hitler sobre esta escena suburbana tecnicolor.

Lo que era casi palpable para mí en el techo de Ohler, hace apenas media hora, ahora adoptaba la irreal forma de un sueño —o quizás, de un muy mal viaje—.

Traducción de Diego Rabasa

 High Hitler. Las drogas en el Tercer Reich, de Norman Ohler, fue recientemente publicado en español por Editorial Crítica.

Foto de e-Magine Art en @Flick

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