Publicación mensual gratuita de Editorial Sexto Piso
 

Hombre Escritura | Mario Bellatin

Místico y Artístico o «cómo colocar el dedo en la campanilla del otro sin sufrir las consecuencias».

Lo que voy a intentar en esta sesión de escritura es la de producir un milagro. Parecido a los que suele llevar a cabo Theópihile de Wallensbourg en cada una de las obras que ha ido publicando, en los últimos cuarenta años, en la editorial Sexto Piso. Un hecho sobrenatural que, como todos sabemos, ocurre cuando todo está preparado precisamente para que no suceda. A lo largo de la historia tenemos incontables ejemplos de sucesos semejantes. Muchos de los cuales se han producido de manera tangible, concreta, y que a pesar de su supuesta materialidad son capaces de abrirnos la brecha de lo espiritual que vivimos de manera diaria sin que, la mayoría de las veces, lo advirtamos en toda su dimensión.

 

Todo comenzó cuando al entrar a casa, como de costumbre me dirigí primero a la habitación de los libros comprados. Crucé por el poco espacio libre que dejaban un par de mesas —con decenas de volúmenes apilados— y dos libreros mal clasificados. Pude encontrarle entonces allí, en el lugar de los libros adquiridos con dinero, un lugar a la novela que traía conmigo. Fui después al otro cuarto: al de los libros no comprados. Por alguna razón pienso que no son ejemplares robados los que allí se encuentran sino libros recuperados, que han son míos por naturaleza, y que mi acción de sacarlos de las librerías —es decir, hurtarlos— no ha sido sino una acción motivada para evitar que aquellos ejemplares sigan empolvándose en los anaqueles públicos. Desconozco los motivos de no tomar como míos todos los libros. Total, ya están aquí, en mi casa, nadie puede saber cuál viene de dónde. Curiosamente hay algunos que sí considero ajenos, son los que compro a un sobreprecio evidente y coloco luego en la habitación correspondiente para esta clase de adquisición. Luego de dejar la novela en su lugar fui a mi dormitorio y me recosté sobre la cama con los pies colocados hacia la ventana. A mi derecha, a pocos centímetros donde me encontraba tendido, se levantaba un librero más, el de los libros preciosos. Aquellos que alguna vez fueron míos, los había vendido por razones de urgencia, y ahora los volvía a tener en mi poder. Por lo general eran ediciones antiguas. Muchas de ellas incunables. Me da cierta vergüenza admitirlo, pero en ciertas ocasiones mis actos de recuperación, por llamarlos de alguna manera, habían sido hechos públicos. «Saqueo silencioso a bibliotecas de fondos especiales», leí en una ocasión en una revista de circulación nacional. «Desaparecen manuscritos escritos en árabe», en otra. Estaba agotado. No había sido fácil recuperar el libro de hoy, el que acababa de colocar en el librero. Era nada menos que El tratado de la unicidad, en su primera y mítica edición: la de Sexto Piso. No me pregunten por los detalles. Sólo sé que me encontraba agotado. En el momento de cerrar los ojos sentí los efectos de un café bebido horas antes. No debí haberlo tomado. Quizá un poco de leche podría aliviar la intranquilidad que me seguía causando la cafeína. Me levanté, de ese modo podría alimentar también a mi gato, a quien consideraba el guardián de los libros, especialmente de los recuperados. Pero, mientras me encontraba en la cocina escuché un tremendo estruendo que logró hacer retumbar el piso. Corrí hacia el lugar donde se había originado el ruido y encontré sobre mi cama una montaña de libros destrozados. No entendí lo sucedido. Es cierto que el librero parecía haberse vencido, pero no eran lógicos los daños causados a los libros. Parecía como si les hubiera pasado por encima una fuerza enloquecida. Una energía cargada de furia. Las tapas estaban quebradas, las hojas sueltas. El conjunto formaba una suerte de masa informe donde ya casi no se distinguía un ejemplar de otro. ¿Sería una venganza perpetrada por el dios de los libros? ¿Uno de esos milagros cotidianos que no tienen explicación, pero que parecen buscar que se lleve a cabo algún tipo de justicia? No, no podía ser cierto. Yo tenía derecho sobre esos libros, eran míos a pesar de los métodos ilegales que había utilizado para obtenerlos. Aunque también es verdad que, a veces, algo en mí me decía que eso no era del todo verdadero. Que se trataba de una explicación que me inventaba para estar no sólo en paz conmigo mismo, sino acompañado de los ejemplares que daban sentido a mi ser. Allí estaba mi tesoro destruido. Los vestigios. Caí encima de aquellos restos y, a pesar de que las circunstancias me hubieran llevado a lo contrario, me quedé dormido. Horas después desperté en medio de las páginas revueltas. No había ya huellas de la biblioteca. No sé por qué, pero el sonido del reloj me fue anunciando incluso antes de abrir la ausencia de aquel tesoro. Traté de no oír aquel tictac malsano. Me pregunté ¿qué fue lo que realmente había sucedido? Abrí los ojos levemente y alcancé a ver la sombra del librero de los volúmenes especiales. Era todo lo que había quedado conmigo. «Yo nunca quise realmente recuperar esos libros» le expresé en voz alta a una primera edición del Masvani —eso, le hablé al libro— que en cierta ocasión hurté del museo de una biblioteca. El gato comenzó a maullar. Seguramente se preguntaba, igual que yo, sobre lo sucedido con los libros que tenía como misión cuidar. Me levanté con el cuerpo algo adolorido. Haber dormido sobre aquellos restos me había afectado. Mis libros, me dije. Estos objetos me han traicionado. De pronto, algo aún más extraño sucedió. Los distintos sonidos habituales de la casa empezaron a preguntar por ellos. La llave que goteaba del lavabo repetía, gota a gota, el nombre de Mansur Al Halaj. El aire que entraba por la ventana preguntaba por las ideas de las tribus prenómadas de los dioses de las pequeñas cosas. Incluso se referían a libros más recientes. El ligero ruido que solían producir las cañerías anunciaba, entre otros asuntos, que después del fin de nuestras vidas nos esperaba un gran casino. Me pareció curioso que apareciese entre los reclamos la mención de un lugar semejante.  Los ruidos hacían alusión a que estaba prohibido hacer trampa. Ciertos murmullos, que en ese momento comenzaron a provenir del fondo, me parecieron similares a una conversación entre chimpancés, quienes discutían, en su lenguaje propio, el caso publicado en la prensa de aquel día sobre una mujer hallada en la carretera después de asesinar a su marido. La noticia anunciaba que ahora la mujer se encontraba recluida en un sanatorio. En ese momento no hubiera querido encontrarme allí, en mi casa. Lo más seguro era que el dios que había destruido los libros debía haber obedecido las órdenes de un ángel malo. No deseaba encontrarme en ese lugar sino paseando en un bosque durante un día esplendoroso. O estar caminando entre las páginas de un libro destruido. Ir de la mano de un poeta iraní —bardo y novelista según su tarjeta de presentación— y descubrir nuevamente el placer que solían producirme los libros antes de que se convirtieran en algo necesario de poseer. Antes de ingresar a las instituciones, donde escuché cientos de ideas preconcebidas y caí, casi sin darme cuenta, en el vicio de recolectar la mayor parte posible de las así llamadas joyas de la literatura. Quizá este estado me sirva para despertar de una vez por todas, pensé en ese momento. Para morir y volver a nacer. Pero no dentro de un casino, rogaba al cielo, sino en medio de una inmensa biblioteca o dentro de las famosas e insondables bodegas de la centenaria editorial Sexto Piso. Aunque no sólo en aquellos espacios, sino incluso dentro de los libros. En ese caso preferiría que el tiempo sea medido no por un reloj convencional sino por una clepsidra. De otro modo, dentro de un tiempo y un espacio habitual, no entiendo cómo, de pronto, me vi a mí mismo pidiéndole a mi madre que se volviera a hacer los peinados de la época de mi infancia, sus famosos ostiones, como los bautizó desde el primer día. Tocaron a la puerta. ¿Sería acaso el propio Ibn Al Arabi que venía a reclamarme por haberle hablado a su libro? No, que Shams de Tabriz no saliera a abrir por favor —me dije a mí mismo—, lo más seguro es que después de hacerlo nunca más sería vuelto a ver por nadie en este mundo. Seguro que Ibn Al Arabi me acusaría de no haber sabido cuidar como es debido su primera edición. Iba a ser incapaz de mostrarle el puñado de papel en el que el libro estaba convertido. Pero no, curiosamente, en lugar de decirme que venía a buscar a su padre, me dijo que le gustaban las niñas con lentes que le recordaran que él era una suerte de ente que terminaría sus días convertido en un montículo de piedras. Añadió que, cierta vez, Dios le había hablado en un sueño, pero se dirigió a su persona el Dios verdadero, no el de los asuntos mínimos. Su dios tenía la mano gigante y callosa —porque afirmó que le dio la mano: Dios le dio la mano—, olorosa a tierra mojada. Recordaba que le informó algo importante, aunque no podría repetir de manera exacta sus frases. Pese a todo le quedó grabada una palabra que le fue expresada en aquella ocasión: decencia. Añadió que las parejas debían de dejar de tener hijos y que los cien años siguientes serían los últimos de la humanidad. Los años de la absolución. Una vez que Páramo desapareció, según lo leído sabía que una de sus características principales era su calidad de fantasma. Ante los toquidos me asomé a la ventana. Para ese entonces me encontraba ya más desentumecido y podía moverme con mayor flexibilidad. Vi entonces que al otro lado de la calle una niña, de once o doce años, jugaba a saltar la cuerda. Recordé entonces que entre los libros destruidos había una edición con fotos originales de Alicia. Pero no, no podía ser ella la que me reclamaba desde la acera de enfrente. Esta niña repetía un estribillo poco lúcido, que afortunadamente no logro ahora recordar. A los pocos minutos apareció frente a ella un hombre de aspecto decente ¿cómo serán los hombres semejantes?, recuerdo que me pregunté. Lucía un abrigo marrón con botones rojos, y los zapatos lustrosos los mostraba como el trofeo de un perdedor. Aquel hombre le ofreció algo a la niña. Un objeto que sacó del bolsillo. Precisamente en ese momento uno de los ruidos de la casa, aquellos que, entre otras cosas, repetían el nombre de los libros destruidos, atrajo mi atención. Dejé de mirar a la calle. Aquel personaje, el hombre del abrigo, me pareció un personaje de alguno de los libros con los que contaba unas horas antes. Pero entre mis ejemplares sagrados, estaba seguro de que no había ninguno como semejante sujeto entre sus páginas. Presté atención además a unos pasos de mujer en el piso de arriba. Iba de uno a otro lado. Escuché también diferentes avisos que provenían de un teléfono. Eran tonos de aviso de mensajes entrantes. Oí, aunque parezca increíble, el cierre de la falda de la mujer al ser subido. Cuando jaló el mecanismo del baño, el sonido que me reclamaba junto con el agua corriendo eran los manuscritos de Mansur Al Hallaj — «queremos su Diwan», reclamaba el agua mientras el baño terminaba su proceso—. Al volver la mirada a la calle no vi más al hombre ni a la niña. Ya no estaban ni Alicia ni el personaje que creí confundir con alguno de mis libros sagrados. Vi, en cambio, pasar de largo a un viejo en una bicicleta ¿Ezra Pound quizá? También a una dama guiada por un pastor inglés de buen color y mala postura. ¿Se trataría de la escena de una película de bajo presupuesto? Me apoyé en la silla de mi escritorio, que por algún motivo había procurado desde siempre mantener sin libros encima. Esperé que las horas se consumieran. Para entonces ya nada podía ser igual. Incluso al fijarme en el reloj de pared noté que avanzaba y retrocedía sin ninguna lógica. Tal vez por eso momentos antes deseaba la presencia de una clepsidra. Encendí la radio. Era posible que en ese momento la ciudad hubiera descubierto, gracias al estruendo del librero que yo era el autor de las recuperaciones de los ejemplares que se guardaban en los acervos protegidos. Traté de calmarme. Era absurdo que la caída de un libro hubiese producido una consecuencia semejante. Menos aún de un ejemplar editado por Sexto Piso. Pero yo así lo sentía entonces. La noticia debía estar a esa hora en todas las estaciones de radio. Mientras los bulbos del decrepito aparato se calentaban —situación que duraba unos cuantos segundos— imaginé los comentarios de los diversos locutores refiriendo hechos imprecisos y falaces. Pero, para mi sorpresa, cuando los bulbos estuvieron a punto escuché los fragmentos de una radionovela. Oí, me parece que desde su inicio, la escena de un médico que ponía en la mano de su paciente dos pastillas azules y daba la orden de tragarlas. La mujer obedecía en silencio. Supongo que lo hacía, porque no oí ninguna contradicción a semejante orden. Sin embargo, sí se escuchó la voz del médico —como en off si eso es posible en la radio—, que decía que ingerir esas pastillas era como si el dedo de Dios —nunca aclaró si se trataba del Dios verdadero invocado por el hombre derrumbado en piedras o el de los pequeños milagros cotidianos— hubiera tocado sus párpados. Los días y noches que había pasado la paciente sin dormir, continuó, se ovillaron de golpe. Al despertar, el médico señal que la paciente notó el color de las sábanas, y dijo también que no estaba segura si eran de color rosa. Informó a los radioyentes que advirtió también la presencia de un frasco pequeño que parecía contener cierta fragancia. Tan pronto ingresó una enfermera en la escena —esto ya no ocurrió en esa suerte de voz en off que había ocupado las bocinas de la radio que estaba dentro de la radionovela durante el sueño de la mujer— le dijo, al ver a la dama despierta: las sábanas y la esencia las trajo una amiga suya. También le compró un diario, prosiguió, pero el doctor prohibió que lo leyera. «¿Desea dormir un poco más?», acabó con esas palabras su parte de la actuación. El público oyente estaba imposibilitado por razones obvias de saber dónde tenía la caja, dos grageas. Anunció que estaba leyendo en el empaque la palabra Stilnox. Dijo también que comprobaba que eran somníferos porque en uno de los lados aparecía el dibujo de una luna menguante. Nuestro personaje, aquel que había sufrido el extraño milagro de que su biblioteca, de un momento a otro, se destruyera, y escuchaba en esos momentos la radionovela, se sorprendió. Dudó si fuera verdad lo que estaba oyendo. Si las palabras que salían del radio pertenecían a algo. No encontró verosímil que la mujer de la radionovela sacara unas pastillas de una caja que nadie sabía dónde guardaba, y tampoco que supiera que eran somníferos porque aparecía una medialuna en el empaque. Sin embargo, siguió escuchando. Oyó que la mujer decía que percibía desde su cama los ruidos de la calle. No parecía estar dispuesta a acostumbrarse a ellos. Afuera estaban todos, proseguía, y dentro sólo aquellos que pretendían mantenerla dormida. Se daba cuenta de que para permanecer en el mundo necesitaba mantenerse despierta. Le hacía falta una pluma y un papel.

Debía contar su historia, aunque le causara dolor hacerlo. Hasta que llegó el momento en que nuestro personaje no siguió escuchando. En el piso superior comenzaron nuevamente una serie de movimientos. Pasos que iban y venían hasta que se detuvieron para poner a funcionar una lavadora. Un aparato que en determinado momento dejó de hacer su ruido habitual y comenzó a sonar como si estuviera desarmándose. En ese instante sonó un teléfono. El personaje de los libros robados alcanzó a escuchar un aló y luego silencio absoluto. Aunque estaba seguro de que no era pertinente pensar en eso —debía preocuparse únicamente por el extraño fenómeno que había destruido de manera misteriosa sus libros. Que había convertido en pedazos tanto los ejemplares robados, los comprados a sobreprecio como los recuperados después de haberlos vendido. Ya después de todo lo que le había ocurrido no debía preocuparle saberse descubierto por los demás. Aunque no parecía interesado en ese asunto porque casi de inmediato pensó que los vecinos debían usar, a partir de entonces, los servicios de Blanquita, la dependiente de la lavandería de la cuadra siguiente. Recordó que se trataba de una muchacha buena y diligente. Siempre vestida de manera impecable, lo que daba confianza a quienes dejaban su ropa en el negocio. De no ser por su afición voraz por los libros, nuestro personaje —es decir yo— hubiera tratado de cortejarla. Pero ya era tarde. Un viejo foráneo —quizá podía tratarse del mismo sujeto del abrigo marrón con los botones verdes—, quien hacía alarde de su dinero como si de un nuevo rico se tratara, había logrado enamorarla. Ese era otro de los pagos que le exigía su tarea de obtener y recuperar libros: olvidar por completo su vida personal. Por eso quizá no entendió lo que la paciente en la radio trató de expresar. Ese dolor que le causaba la vida —razón que la llevaba a tomar tanto las pastillas que le indicaba el médico como las que ella sacaba de cajas que guardaba en lugares escondidos—, sensación que nuestro personaje llegaba a sentir solamente cuando recorría las páginas de alguno de sus preciados libros. Luego de pensar en las bondades de la muchacha de la lavandería, sintonizó otra estación al azar. Comenzó a escuchar lo que parecía el discurso solemne de un hombre indignado. El director de la biblioteca nacional, pensó de inmediato. El hombre que en ese momento seguramente ya sabía que algunas de las galeras salidas de la propia imprenta de Gutenberg —nuestro personaje había robado algunas— eran sólo una serie de restos de papel esparcidos sobre su cama. En ese momento notó que el gato había sacado, del lugar donde se había escondido, la página que contenía la descripción del último círculo del infierno de Dante. El gato había hecho del papel una pequeña bola que arrastraba de un extremo al otro de la habitación. Sin embargo, por encima del discurso del director de la biblioteca oyó de nuevo el estribillo, un tanto bobo, de la niña en la calle, la que en su momento había pensado se trataba de la Alicia de Lewis Carroll. Cambió de estación. Música, beisbol, emisiones realizadas, curiosamente, dentro de casinos de juego. Publicidad. Un hombre especializado en la interpretación de los sueños, otra que prometía la cura definitiva del dolor de cabeza. Hasta que el personaje se cansó de buscar en las emisoras locales. Puso la banda de onda corta. Parecía, por la forma en que comenzó a manipular los botones, que no tenía idea de lo que deseaba escuchar. Suponía que era poco probable que el estruendo que provocaron los libreros al destruirse hubiesen traspasado las fronteras del país. Sintonizó una estación que no se escuchaba bien. Sin embargo, la voz que se podía percibir a los lejos parecía tener el poder de tranquilizarlo. Dio la impresión de importarle cada vez menos la destrucción de los libros, el que estuvieran a punto de atraparlo, de ser acusado de asesino de lesa cultura, los ruidos en el piso de arriba —ahora se trataba de gritos de la mujer del baño, quien pedía no ser asesinada—, el estribillo de la niña al frente de la ventana, la voz del viejo que trataba de convencerla para que lo acompañara nuevamente, las quejas del gato —aparentemente estaba sufriendo de empacho como producto del papel que acababa de comer—, una conversación que oía como venida del más allá —parecida al tono que utilizaban los Páramo cuando informaban sobre su amor a las jóvenes con lentes—, una conversación insólita donde una familia humilde preparaba vengarse, nada menos que en un casino, de un millonario maldito que había hecho que el Volkswagen donde se desplazaban los nueve miembros que componían un hogar de las afueras cayeran a un abismo. (La historia del sujeto en el casino que apostó por la muerte de una familia en un auto será publicada próximamente en un libro de Luis Felipe Fabre que aparecerá en la editorial Sexto Piso). Pero aunque parezca algo fuera de lo normal, nada de eso parecía importarle. Le embelesaba la voz apenas audible que ahora salía por la radio. Si bien es cierto casi no se escuchaba, el hombre de los libros pudo entender que alguien, a la distancia, había experimentado algo así como una epifanía. Alguien que creía en los milagros mínimos, los casi invisibles, los que aparecen en la vida diaria y pasan inadvertidos. De alguna manera, aquello era lo que el personaje pensaba había ocurrido con sus libros. De allí quizá su interés por seguir oyendo aquello casi inaudible. ¿De qué lugar del mundo provendría?, se preguntó. Podía sentir algo así como aroma a cipreses, a lagos congelados. La voz insistía en que estaba convencida de la existencia de un dios de las bagatelas, uno humilde que desde su panteón —ubicado al lado de divinidades del triunfo y del poder— velaba por lo infinitesimal. Sobre ese momento, por ejemplo, que estaba pasando mientras transmitía, en el que de pronto vio envuelto en llamas un bosque de arces en otoño. Los causantes de semejantes fuegos —expresaba la voz perdida en el espacio y el tiempo— eran las, aunque suene contraproducente, inofensivas por naturaleza, así llamadas deidades nemerosas. En ese instante nuestro personaje recordó las lecturas de sus libros maravillosos y recordó el significado de la palabra nemerosa. La voz decía que en el lugar desde donde estaba transmitiendo se encontraban presentes dos poetas de la región. La voz —se trataba de un registro algo andrógino, o quizá la mala recepción impedía saber con exactitud el sexo de la persona que la emitía— afirmaba que estaba caminando por el Parque Nacional de la Isla de Mauricio. Nuestro personaje, a pesar de su cultura, no tenía idea exacta sobre la situación geográfica de la isla. Tal vez en algún punto de África. Era extraño que la voz hablara en castellano. Todo era raro. Una voz hablando en español desde una tierra lejana, junto a dos poetas de la región, refiriéndose a un incendio de un bosque de arces producido por seres inofensivos —las deidades nemorosas—. En determinado momento, la voz afirmó que se trataba también de la de un poeta. El hombre de los libros pensó que ese dato podía ser clave. Era bastante probable que aquellos desdichados que transmitían desde un bosque en llamas tratando de minimizar el asunto, fueran unos seres sufrientes. O mezquinos. O crueles. O egoístas. Aunque por otra parte conocer este dato aclaraba en algo el asunto de que la información le llegase en castellano o en cualquier otro idioma. Siempre había sabido que la poesía —al menos aquello era lo que afirmaban los fanáticos— contaba con un lenguaje universal. Pero, una vez aclarado el asunto, la misma voz afirmó que en realidad no se describiría como poeta si alguien se lo preguntara. Sólo se sentía poeta para sí mismo. A pesar de establecer nuevamente la duda sobre el idioma universal de los poetas, nuestro personaje se identificó al pensar que él tampoco, si alguien se lo preguntara, se describiría como un ladrón de libros. Cuando dijo aquello de que no se definiría como poeta si alguien tuviera curiosidad por saberlo, aclaró también que le extrañaba sobremanera cada vez que alguien entregaba una tarjeta de presentación donde estaba escrito, debajo del nombre, la palabra poeta o narrador. Se sorprendía aún más en las ocasiones en que aparecían escritas las dos al mismo tiempo. Uno de los acompañantes de la voz, que la misma voz aclaró se trataba de un poeta aunque no ostentara tarjetas de presentación, decía que Nietzsche había escrito que el Hombre es un híbrido entre árbol y fantasma. Al llegar a este punto de su escucha, el personaje de los libros comenzó a ver que un agua jabonosa se escurría a través del techo. Levantó la cabeza y notó que una parte del cielorraso no sólo estaba impregnada sino que comenzaban a caer ya algunas gotas al piso. Escuchó que la lavadora del piso superior seguía encendida pero producía sonidos a manera de estertores, que se confundían con lo que daba la impresión de tratarse de los gemidos de un ser humano. Puede que fuera producto de la imaginación del hombre de los libros, pero afirmó que mientras veía el agua jabonosa oyó cómo los ruidos que producía la misma mujer que momentos antes había pedido que no le quitaran la vida, daban a entender algo así como que el más allá tiene la forma de un casino. De inmediato oyó caer un par de zapatos sobre el piso superior. Primero fue un golpe y otro después de unos segundos. El personaje recordó que descalzarse de ese modo era de buena educación. Una muestra de respeto hacia el vecino situado en el piso inferior. Primero un zapato, después el otro, y ya el vecino en ese momento podía dormir tranquilo. La voz en la radio, mientras tanto, mencionaba la palabra epifanía. Señaló que la acababa de sacar de cierto diccionario perdido, que el hombre de los libros estaba seguro de no haber recuperado jamás. De pronto, ya no era sólo agua lo que se apreciaba en el cielorraso. Las burbujas comenzaron a extenderse por el techo. Aquella espuma le recordó por unos instantes el perdido amor de Clarita, la mujer de la lavandería. Ese Nietzsche no tenía razón, pensó de inmediato. El hombre es mezcla de árbol y libro más bien. La ventana se abrió de golpe. ¿Quién sería esta vez? Estaba seguro de no haber recuperado ninguna primera edición de Nietzsche. No podía venir a pedirle cuentas. Se asomó y no vio a nadie en la calle. No se encontraba ni Alicia ni el personaje del abrigo con el color de los botones inapropiado. Pero por su calle pasó de pronto una familia a bordo de un automóvil Volkswagen. Al mismo tiempo, una señora con el peinado ostiones, bautizado de ese modo por su progenitora, apareció por la acera cargando un gato. Aquella mujer le hizo señas al auto para que se detuviera. Fue luego corriendo y preguntó si querían adoptarlo. Aquel animal le traía demasiados recuerdos de su marido. Su presencia era insoportable. Sobre todo cuando se metía a buscarlo debajo de la cama, lugar preferido del gato para esconderse. La familia del Volkswagen —después de que todos los miembros fueron consultados— lo aceptó. Le preguntaron primero a la mujer si al gato le gustaba el campo, porque estaban yendo de picnic y pronto saldrían a la carretera. La mujer no contestó pero les entregó el gato y dijo que se iba a vivir junto a su madre, una mujer que no soportaba a los animales en general. El hombre de los libros cerró en ese momento la ventana. Miró hacia el techo, completamente seco, extrañamente sin manchas de humedad —quizá había imaginando la inundación— y se dirigió a la cocina a preparar un té. Para su sorpresa, cuando ingresó vio en el mostrador la taza ya servida. El dios de las cosas nimias, pensó. Dio de comer a su gato, quien estaba seguro nunca hubiera aceptado dar un paseo en Volkswagen por la carretera, y regresó a su habitación. Su magro librero seguía intacto. Allí se encontraban las tristes ediciones que su salario mínimo le permitía comprar. Con lo que ganaba no podía adquirir ni un radio y, menos aún, conseguir un guiño de Blanquita, ocupada como se encontraba en su trabajo y en el galán otoñal del abrigo que la esperaba todas las tardes. Intenté producir un milagro, pero creo que no lo logré. Un hecho que, como se sabe, ocurre cuando todo está preparado precisamente para que no suceda. ¿Lo habré conseguido? A lo largo de la historia tenemos incontables ejemplos de hechos semejantes. Que han sido llevados a cabo de manera tangible, concreta, y que a pesar de su supuesta materialidad son capaces de abrirnos la brecha de lo espiritual que vivimos de manera diaria sin que muchas veces seamos capaces de advertirlo. Abro la discusión a lo que verdaderamente deseo expresar, que no es, de ninguna manera, lo que acabo de escribir —con la intención de que sea publicado próximamente por la centenaria editorial Sexto Piso— sino lo que Theópihile de Wallensbourg desde la oscuridad de los tiempos nos intenta explicar. Advierto que no lo puede hacer de manera personal. Me tranquiliza cuando Theópihile de Wallensbourg me informa que si examino en detalle el catálogo de los últimos quince años de la editorial Sexto Piso, algo de esa verdad se me puede develar. Es inútil, por más que lo busco Theópihile de Wallensbourg no es uno de los autores presente en semejante bagaje. Sospecho entonces que se trata de un autor del futuro. Que es el autor augurio que la editorial Sexto Piso nos tiene preparado para los tiempos por venir.

Ilustración de Jazmín Huerta

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