Publicación mensual gratuita de Editorial Sexto Piso

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Por David M. Copé

La distopía es una forma privilegiada, y harto socorrida en los últimos tiempos (desde el éxito de La carretera de Cormac McCarthy, y aun antes, con La broma infinita de David Foster Wallace, sería vano intentar enumerar cuántas novelas han echado mano en los últimos años de este subgénero literario que dio sus primeros pasos con Nosotros de Yevgueni Zamiatin y otras antiutopías soviéticas), a la hora de reflexionar de manera crítica sobre el presente. Esos futuros más o menos sombríos, desesperanzados, caóticos o fatalistas, no dejan de ser, por así decirlo, presentes hiperbólicos, la culminación interesadamente exagerada de ciertas pautas, de ciertos signos alarmantes que el autor atisba en la época que le ha tocado vivir y sobre los que quiere alertarnos. Hemos tenido distopías de todos los colores: si las fundacionales eran una crítica a los totalitarismos de la primera mitad del siglo xx —de uno u otro signo—, otras, con el paso de los años y la aparición de nuevas amenazas en el horizonte (a menudo relacionadas con avances tecnológicos y científicos), han hecho hincapié en futuros postnucleares, en futuros dominados por las máquinas, o por las megacorporaciones, en sociedades eugenésicas compartimentadas en castas, mundos devastados por el cambio climático, pesadillas cyberpunk, civilizaciones donde la distinción entre inteligencia artificial y el ser humano se ha vuelto algo superfluo, teocracias de nuevo cuño, etc. Todos estos senderos que se bifurcan sin cesar son desvíos (algunos más proféticos que otros) de los presentes en los que surgieron; se ofrecen como derivas, como proyecciones, como cumplidas catástrofes de algunos de los peligros (viejos y nuevos) que se insinuaban en cada momento histórico, y una forma de especular sobre ellos con las armas de la ficción. Las distopías han subrayado (como ocurre en Orwell, Huxley, Bradbury, Zamiatin, y como ocurre también en J de Jacobson) hasta qué punto sistema (político, económico, ideológico) y realidad se han vuelto dos magnitudes indisociables, hasta qué extremo dicho(s) sistema(s) se filtra(n) en nuestro día a día, en nuestra intimidad, conquistándolos. La desazón aumenta cuando uno comprueba (ya fuera en el pasado, en los regímenes fascistas o soviéticos, ya sea hoy día, en nuestras sociedades turbocapitalistas y neoliberales) que, al fin y al cabo, lejos de ser una especulación pesimista, y más allá de la metáfora y de la alegoría, muchas de estas hipotéticas amenazas ya hace mucho que se consumaron. El control invisible y ubicuo, el panóptico, no hace sino aumentar y volverse cada vez más sutil (e inevitable) debido a la vertiginosa evolución tecnológica. Literatura, cine, series de televisión, cómics, videojuegos… Lejos de decaer, estas
visiones agoreras se multiplican: la distopía parece ser el género de nuestra época, el signo de los tiempos.

J, de Howard Jacobson —uno de los escritores británicos más interesantes de la actualidad junto con otros nombres alejados del mainstream como Tom McCarthy o Will Self (que también han sabido acercarse, por cierto, al citado género de manera muy personal)—, bebe de la rica tradición distópica británica y le añade un ingrediente marca de la casa (que no desvelaremos aquí por no incurrir en la descortesía de estropearle la lectura a nadie) para ofrecernos, por decirlo pronto y mal, una visión desencantada de la irredimible naturaleza humana; una narración cuyo máximo acierto estético es la creciente sensación de extrañeza, paranoia y desasosiego. Más allá de los puntuales momentos de humor —que los hay—, lo que se impone poco a poco, pero de manera inequívoca, es una tristeza de fondo, una amarga mezcla de desamparo e incertidumbre que cala hasta los huesos.

«El pasado existe con el fin de que nos olvidemos de él», sentencia en estas páginas, muy significativamente, un representante de Presentis, el organismo de vigilancia no oficial del Estado de Ánimo Público. Pues la sociedad que se nos muestra en J es una sociedad que vive de espaldas a un pasado tan ignoto como traumático, supuestamente como una estrategia de supervivencia, aunque dicha actitud responda en realidad a una patológica necesidad de negación, una manera inmadura de eludir la confrontación con la gravedad de los hechos, que se presumen atroces. Una sociedad amnésica e infantilizada donde no se prohíbe nada porque no hace falta: el gusto de la mayoría se ha convertido en la mejor manera de eliminar las estridencias, de marginar y minimizar la disidencia. La suave e indolora imposición de lo mismo, elegido de buen grado por los propios habitantes, es la forma de olvido más profunda y activa. De manera difusa y equívoca se nos hace saber que hubo antaño (no se especifican fechas, pero se intuye que sucedió generaciones atrás) una suerte de Holocausto, una masacre a gran escala que prendió rápidamente gracias a la ayuda de las redes sociales, de ahí que algunos se refieran a ella —atención al sarcasmo— como la Twitternacht, aunque esté mucho más extendido el uso del eufemismo conjurador lo que sucedió, si es que sucedió, una manera de proyectar la continua sombra de la duda sobre la naturaleza del desastre, que así se tiñe con los colores de lo improbable, de lo legendario, de lo mítico, como si fuera uno de esos cuentos admonitorios con los que las madres envían a los hijos a la oscuridad de la noche. El caso es que, ocurriera lo que ocurriera, y tuviera el alcance que tuviera, esa hipotética hecatombe provocó, entre otras muchas cosas, que se decidiera eliminar internet y que los teléfonos se vieran limitados a un teléfono de línea por casa con el que sólo podrían realizarse llamadas locales (¿quién debería estar interesado en lo que ocurre fuera?). Esa tragedia, ese punto negro constitutivo, a pesar de todos los velos con los que se la quiere cubrir, tiene visos de estar muy relacionada con crímenes de odio, aunque desde las autoridades se insista en no hablar de un «nosotros» y un «ellos»; una postura buenista, en principio diplomática, que esconde en realidad una conclusión terriblemente inquietante: al no delimitar responsabilidades (víctimas, agresores), se diluye la culpa y también la posibilidad de expiación, se eliminan los límites y la naturaleza del problema. Se elimina el problema.

Pero justamente el odio, la violencia, así como la imposibilidad de extirparlos del tejido social son, a grandes rasgos, los puntos cardinales del libro de Jacobson. «Porque el odio existe fuera de la gente. Lo comparo con un virus. La gente se contagia enfermedades. Con la repulsión pasa lo mismo. Ésa es otra cosa a prueba de llamas. Vive para siempre. Así que lo que te aconsejo es que nunca lo inspires…», dice un personaje de la novela. La sociedad resultante de lo que sucedió, si es que sucedió está obsesivamente estructurada a partir de la idea de no incitar al odio, de evitar cualquier tipo de disensión, confrontación o situación potencialmente violenta. El mantra de Presentis (puro sonsonete distópico) es claro al respecto: «Sonría a su prójimo, quiera a su cónyuge; explique, escuche, muéstrese de acuerdo, pida perdón. Hablar es mejor que el silencio, la palabra cantada es mejor que la escrita, pero no hay nada mejor que el amor». Pero aun así, y a pesar del cuidado que durante años se ha puesto en neutralizar cualquier marco que pueda favorecer la agresividad, los índices de ira y violencia repuntan en todos los lugares del país de manera inexplicable. «Cuanto más alta es la torre, parece, más bajas las pasiones que continúa engendrando. Al populacho le hacen llorar las baladas sentimentales, se atiborra de historias de superación y profesa una ferviente creencia en las virtudes del matrimonio y la vida familiar, pero no sólo el viejo embrutecimiento mantiene su pertinaz dominio, tanto en las comunidades rurales como en nuestras conurbaciones: la evidencia apunta a la aparición de una nueva y feroz pugnacidad en el hogar, en el lugar de trabajo, en nuestras calles e incluso nuestros campos de juego», señala Esme, un personaje que será básico en el desarrollo de los acontecimientos, al formarse la idea de que en toda sociedad es necesario un otro, real o inventado, sobre el que proyectar y focalizar la ira, el odio, la frustración; un otro terapéutico contra el que construir la propia identidad. Si la violencia no puede destruirse, parece ser el pensamiento de Esme, lo mejor es canalizarla, dirigirla, no dejar que crezca incontroladamente y sin objeto.

Sobre ese trasfondo se desarrolla la (no) historia de amor entre Kevern «Coco» Cohen y Ailinn Solomons, personajes en torno a los cuales se articula la trama de J, y cuyo encuentro ya introduce la extrañeza y la sospecha desde el principio: en un pálido e inquietante remedo de lo que se supone debería ser el azar, el escenario-cliché de todo «flechazo», Kevern y Ailinn son presentados, como por casualidad, por un perfecto desconocido que los conoce perfectamente, y que parece «forzar» la situación, arrastrarlos el uno hacia el otro. Será la primera de muchas situaciones en las que parecerá que ojos invisibles los vigilan, como si fueran las piezas de algún enigmático plan maestro que irá desplegándose página a página ante los ojos del lector, un plan en el que tendrá una importancia central lo que Ailinn y Kevern ignoran que son, aquello que fueron sus antepasados y que ellos deberán volver a encarnar, aquello que ellos deberán volver a representar de cara a los demás, por mucho que la llamada Operación Ismael —que consistió básicamente en un cambio generalizado de apellidos y de lugar de residencia (una medida de emergencia tomada justo después de la destrucción provocada, o no, por lo que sucedió, si es que sucedió)—, hiciera prácticamente imposible rastrear linajes. Y será entonces cuando el amor se revelará como la trampa perfecta.

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Howard Jacobson
Traducción de Antonio Rivero Taravillo
Narrativa Sexto Piso • 2016
392 páginas

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