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I Was Born With a Plastic Spoon in my Mouth

Los Who son mi banda favorita. Pero no siempre lo fueron. Antes de cumplir los veinte años tuve mis affaires con otros grupos. Los Manic Street Preachers de los primeros cuatro discos y los Smashing Pumpkins de los primeros cuatro álbums me marcaron profundamente. Y aunque en la actualidad derrapo bien cabrón por Wilco, The Who son los que se encuentran más adentro de mi corazón. Y todo se lo debo a mi compa Fer.

Desde morro siempre me he juntado con puro ruco. Fer rebasaba los cincuenta cuando lo conocí. Los sábados nos reuníamos en su casa a matar la tarde escuchando discos. Y a embriagarnos, por supuesto. A Fer lo apodábamos
la Calabaza. Por su prominente barriga. Bebía puras caguamas. Las medias o los botes no le duraban ni un par de buches. Y los sábados se surtía con una docena de Corona Familiar. Más unas cuantas (cinco o seis) para su becario. Es decir: yo. Eran mis tiempos de nini. Y gorreaba hasta la supuración. De entre toda la raza mayor a la que frecuentaba, Fer era al único al que le gustaban los Who. Y aunque yo tenía escuchados a consciencia a los Stones, los Beatles, Led Zep, etc., era neófito en The Who. Mi conocimiento sobre el grupo se reducía a una canción: «My Generation».

Me ponía unas borracheras infames en casa de Fer. Y gratis. En ocasiones nos bebíamos hasta veinte caguamas entre los dos. Casi veinte litros de cerveza. Ya nomás se ponía pedo, Fer sacaba sus viniles de los Who. Eran su banda predilecta. Y moría por verlos en vivo. Años después se sumaría a la lista de damnificados de aquella fecha que The Who anunció en México en 2006 y luego canceló. Conservaba el boleto como un tesoro. Como si hubiera asistido al concierto. En esa época a mí los Who no me interesaban. Por un misterio inextricable no conseguía conectar con la banda. Fer me instaba a que insistiera. Siempre abandonaba su casa con un CD de los Who. Pero jamás los escuchaba. Descansaban sobre mi tocadiscos un par de semanas hasta que se los regresaba.

Fui amigo de Fer más de una década. Juntos recorrimos las cantinas de mala muerte de Torreón. Y visitamos todos los bares donde se tocaba rock en vivo. Era un tipo generoso. Me embriagaba sin pedirme nada a cambio. Excepto escuchar a los Who. Deduzco que me observó tan solo que decidió tomarse mi educación por su cuenta. También poseía una nutrida biblioteca. Y fue un proveedor importante de literatura. Durante años yo codiciaba leer Plexus de Henry Miller. Él me lo proporcionó. Los libros que quería leer estaban en poder de Fer.

Entonces sin ningún motivo, dejé de frecuentar a Fer. Estaba demasiado ocupado drogándome. Pero en 2004 lo visité para regalarle un ejemplar de Cuco Sánchez Blues, mi primer libro. Recién salido del horno. Y nos pusimos una pedota de antología. Pero no retomé la costumbre de caer a su casa los sábados. Desaparecí. Ya había celulares. Pero me resistía a comprarme uno. El primero que tuve fue en 2008. Y eso porque mi segunda esposa me obligó a usarlo para poder localizarme. Fue la última vez que vi a Fer. Estaba demasiado gordo. Su alcoholismo se había exacerbado. Pero yo lo vi entero. No dio pistas de que tuviera algún problema de salud.

En 2007 me enteré de la muerte de Fer. Había dejado de beber. Había bajado de peso. Su hermana me relató los detalles de su muerte. Un sábado había salido de peda con sus compas del jale. En algún punto de la parranda se habían separado. Y Fer sufrió de una embolia afuera de una cantina. Estuvo tirado por dos días a las puertas del lugar. Lo confundieron con un barfly. Nadie lo auxilió durante 48 horas. Hasta que lo levantó la Cruz Roja. Llegó todavía con vida al hospital. Pero no la libró. Quiso beber como de costumbre pero estaba fuera de forma. Se había cortado el alcohol de tajo.

Me enteré de su muerte un domingo por la tarde. Llegué a casa y puse un disco de éxitos de The Who. Cuando escuché la frase de «Substitute» que dice: «I was born with a plastic spoon in my mouth» me cayó el veinte. Sufrí una revelación. Se me develó la grandeza de la banda. Y a partir de ese momento no he podido dejar de escucharlos. El primero que me entró por la vena fue Who’s Next. Precisamente el favorito del Fer. Cuánta razón tenía el güey. Y cómo lo extraño. Y cómo quisiera regresar el tiempo y poder volver a oírlos con él. Disfrutarlos como hoy. Fer tuvo una buena existencia. Su vida era la música. Recuerdo con cuánto orgullo atesoraba su colección de discos. Por cierto, a nadie le prestaba material, excepto a mí. Nunca supo dónde vivía. Si me lo hubiera propuesto, me habría quedado con varios de sus discos. Pero siempre me tuvo confianza. Y le regresé hasta el último de los que me prestó.

Las pertenencias del Fer están intactas. Su cuarto se preserva tal y como él lo decoró. No tuvo hijos. Nadie heredará su biblioteca musical. Su cuarto ahora es como un museo.

Ahora que la banda va a venir a México, Fer estaría en primera fila. Yo asistiré. Aunque no lo merezca tanto como él. Pero pensaré en Fer cuando suene «Baba O’Riley».

Carlos Velazquez posa para una foto en la 28 Feria Internacional del Libro Guadalajara, Guadalajara, Mexico, Viernes 5 de Diciembre , 2014. ( © FIL/Bernardo De Niz)

Carlos Velazquez posa para una foto en la 28 Feria Internacional del Libro Guadalajara, Guadalajara, Mexico, Viernes 5 de Diciembre , 2014. (© FIL/Bernardo De Niz)

 

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