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Iggy Pop está tallado en cecina indestructible

Para Ligia Urroz

Dónde está la Generación Trainspotting, era la duda que asaltaba. Más que el Foro Sol, aquello parecía el patio de una prisión para los escasos valientes que aguardábamos a Iggy Pop. Estábamos rodeados por un ejercito de metaleros. 62 mil orcos en una orgía masiva de cerveza caliente. Los fans de Iggy sobrábamos. Lo profetizado por las
redes sociales se había materializado. La Generación Trainspotting hizo su berrinche. Prefirieron permanecer en la comodidad de sus casas que lidiar con la fanaticada de Metallica. El padrino del punk sufrió el desplante de aquellos que lo habían encumbrado como referente cultural.

Diez años había tardado en volver a México. Su última aparición ocurrió en 2007. Durante ese tiempo una nueva generación de músicos se adueñó de la escena. Mientras Jack White y Josh Homme se convertían en el relevo cultural, Iggy se encontraba criogenizado en el limbo. Todo indicaba que estaba acabado. Parecía que la muerte de Bowie había encajado el último clavo en el ataúd de toda una era. The Idiot cumplía cuarenta años. Fue precisamente Josh Homme quien lo sacó de la congeladora. Le conformó una banda. Compusieron juntos Post Pop Depression. Diseñó arreglos para su antiguo repertorio. Y se sacaron una foto tomándose de la mano. Iggy is back. Como Bowie con Blackstar, Iggy volvió de entre los muertos.

Pero todo lo anterior no fue suficiente para sacar a la aburguesada Generación Trainspotting de su pataleta. Como muchos, también lamenté que Iggy teloneara a Metallica. Pero tomé una decisión. Terminándose la actuación de Iggy abandonaría el recinto. La noche del 3 de marzo el Foro Sol se convirtió en la convención nacional de obesidad nivel tres, enfundada en playeras negras. El escenario era una pantalla. La banda, Metallica, con todo lo que implica, ha dejado de importar. La música no importaba. Qué caso tenía entonces asistir a un concierto en vivo. Resultaba exactamente lo mismo que te quedaras en casa a observar el Blu-ray. Cómo se desenvolvería Iggy por aquel telón virtual nos inquietaba a sus fans.

A las 7:30 en punto divisamos en el escenario un pedazo de cecina que cantaba y brincaba: era Iggy Pop. Los acordes de «I Wanna be Your Dog» despejaron la duda de si interpretaría clásicos o puras canciones del último álbum, porque durante la gira de Post Pop Depression no había tocado material de los Stooges. También se despejó la incógnita de si veríamos a Josh Homme en el Foro Sol. Lo acompañaba su banda armada por venerables veteranos. El show le pertenecía a Metallica, así que a Iggy sólo le permitieron usar las pantallas laterales, pero no en su totalidad. Sólo un par de recuadros. Pero era demasiado tarde para analizar lo que sucedía: Iggy Pop había saltado al escenario.

El mundo de la música es ingrato. Que seas una leyenda llamada Iggy Pop, con todo lo que conlleva, y que el próximo 21 de abril vayas a cumplir 70 años, sí, 70, y tengas que enfrentarte a un público multitudinario que no está ahí para verte y al que no le interesas debe ser difícil de encajar. Es comenzar desde cero. Contadísimos artistas tienen los güevos para aventarse ese tiro. Cuantos biopics no hemos visto donde por menos que eso los artistas se doblan. Pero no Iggy. Cómo destruyes a un pedazo de cecina. Una hora. La misión de Iggy era entretener a 62 mil minusválidos musicales durante sesenta minutos. Hubiera sido más sencillo que a Iggy lo acompañara Avenue B, la banda de soporte con la que ha sonado más heavy. Pero al señor Pop le vale absolutamente madre todo.

«Gimme Danger», la segunda de una lista de trece canciones, puso de manifiesto que el ídolo seguía estando en envidiable forma. Ni Mick Jagger se arroja al público. Eddy Vedder ha dejado de escalar las torres de escenografía. Pero Iggy continua siendo Iggy. Lo dijo en español: «Yo soy el pasajero». Y arrancó «The Passenger». Y ese escenario inmenso se volvió pequeñito. Parado con su pose desafiante, al frente de la extensión del escenario, en la más pura soledad, custodiado por una banda detrás, sí, pero aislado, inamovible, cantando mejor que nunca, el viento le sacudía la cabellera. Y sentías el poder. A unos metros. Pinche Generación Trainpotting, de lo que se estaba perdiendo. El público no entendía bien lo que pasaba, pero a Iggy lo tenía sin cuidado. Jamás en la vida he atestiguado muestra de seguridad en sí mismo más grande.

«Lush Life» invitó al slam. Algunos fans de Metallica conocían la canción. Pero en general la gente saltó incentivada con la música. Luego la euforia se transformó en mutismo con «Sixteen». Uno de los momentos de la noche. Una hermosa versión. Una canción emotiva. Un himno oculto. Excepto por una pareja que bailaba, a mi alrededor todo era quietud. Mi vista no alcanzaba a reconocer a otros locos que se agitaran con Iggy. Era un maldito páramo. ¿De verdad tan poquitos somos?, me pregunté. ¿Y la incondicionalidad de los fans de Iggy? A la mierda. Que esperen otros diez años para verlo. Cuando les cumplan el capricho de que lo traigan como estelar.

La noche del 1 de marzo Iggy no había tocado ninguna canción del Post Pop Depression, por lo que era seguro que ocurriera lo mismo. Pero en secreto albergamos «Sunday» o «Gardenia». La primera noche había cerrado con «Real Wild Child», por lo que se antojaba un final de antología. Mientras, Iggy preparaba el terreno. «Skull Ring», de su etapa más oscura volvió a sumir al público en el desconcierto. Entonces empezaron los abucheos. Los ya bájate pinche vejete. Los que salga Metallica. Pero Iggy en verdad no se enteraba de lo que ocurría. Lidiaba con aquellas 62 mil bestias, sí, pero sin dolo. Los mantenía a raya con látigos invisibles. ¿La Generación Trainspotting? Who cares. ¿Que serán los primeros en salir corriendo al cine a ver Trainspottin 2 en la comodidad de sus asientos vip? Fuck it. ¿Que ya están demasiado viejos para esto? Viejo Iggy y corría por el escenario golpeándose el pecho.

El momento romántico vino con «I’m Sick of You». Iggy se aplastó, literal, en la orilla del escenario y cantó con una luz iluminándolo. Entonces la progresión de la rola comenzó su ascenso y se volvió un estallido. Iggy se arrojó a los brazos de la gente. Es un acto suicida. Una caída a esa edad. Pero si a este hombre no lo mató la heroína, ya no lo aniquila nada. Este carrusel de emociones, esta montaña rusa de adrenalina te induce a esto y más en sólo una hora. No hay descansos en el performance de Iggy. No hay bajones. Se mantiene arriba sin descanso. No se detiene. Y lo más insólito. No jadea. Y su piel luce arrugada como un pedazo de cecina. Un cuarentón a mis espaldas me preguntó Quién es la banda que está tocando. El desconocimiento me incordió. Y me entraron ganas de soltarle un chingadazo. Qué falta de respeto más grande. Pero ese era el clima general que dominaba en el Foro Sol.

Clima que se rompió con «Some Weird Sin». Este fue el momento en el que Iggy se echó a la bolsa a todo el maldito Foro Sol. Por fin la gente consiguió conectar con lo que ocurría en el escenario. Iggy los obligó a prestarle toda su atención. Dejaron de pendejear. Se callaron el hocico. Y se concentraron en la música. Y por primera vez en la noche todos comenzaron a mover la cabeza al unísono. No daban crédito. Por un instante los advenedizos fueron ellos. La mayoría. Iggy continuaba inalterable. Ha muerto y ha renacido tantas veces que nada parece afectarle. Ni un público ausente. Ni un escenario absurdo. Ni el reconocimiento. Ni el olvido. Ni la desaparición. Ni la inmortalidad.

Con «Repo Man» el Foro se volvió a sumir en la desidia. Pero Iggy había calentado el brazo. Las únicas mínimas pausas que se permitió fueron para beber agua. «Search and Destroy» fue un momento mítico. Una revancha. A estas alturas estaba claro quién traía las mejores canciones bajo el brazo. Pese a todo, el repertorio del telonero era superior al del grupo estelar. Una lección para Metallica. A la próxima elige mejor a tu «invitado especial». No vaya a ser que te pase por encima. Como estaba ocurriendo. El final se acercaba. El momento de la despedida. Habían transcurrido diez años. Y se te revolvían las tripas, aunque te resistieras. Porque se ha cacareado tanto el retiro de Iggy que quizá, esperemos que no, era la última oportunidad de verlo, no sólo en México, si no en cualquier parte del mundo. Iggy, Dylan ¿serán capaces de seguir dando conciertos a los 80?

«Down on the Street», el track que abre Fun House, con su poderoso riff, cimbró el Foro. Iggy continuaba imparable. El escenario le quedaba chico. Y lo recorría de orilla a orilla. Y probablemente podría seguir así por otra hora más, si fuera necesario. Era definitivo, no tocaría ni una mísera rola de Post Pop Depression. Pero no hizo falta. Y no extrañamos a Josh Homme. Todo sobraba. Metallica y sus seguidores. Era Iggy, el mismo que sorteó varias décadas aquejado por las adicciones para luego convertirse en un monumento a la salud. El atleta del punk. Ya quisieran tantos futbolistas retirados conservarse como Iggy. Y es que lo dijo Burroughs, si la heroína no te mata, te garantiza la longevidad. Sonó «Loose», el segundo track de Fun House, y aquello estaba convertido en una carnicería. Iggy estaba haciendo picadillo a Metallica. Y todavía ni salían a tocar.

Nadie esperaba un desenlace como el que se nos propinó: «Mass production». El último track de The Idiot. Un artefacto industrial ideado por Iggy y Bowie. Inspirado en el krautrock. Lo más alejado de un hit. Una canción difícil de digerir. Ocho minutos de frialdad musical con una vocalización desgarradora. En las caras del público asomaba el azoramiento. «Mass Production» fue un balde de agua fría. Un sometimiento. No había grito ni mentada de madre que los defendiera de aquello. Daba lo mismo si eran cien que 62 mil. Era como caminar en una caverna en la oscuridad. Hipnotizados por la voz de un Iggy sumergido en un trance. La perplejidad absoluta. El regalo de Iggy para Metallica. Los músicos se retiraron del escenario y se quedó la grabación de una máquina sonando en loop. Disfrazado, pero fue el homenaje de Iggy a Bowie. Quizá la canción más perfecta que trabajaron juntos.

Iluso, pensé que se produciría un éxodo de varios cientos. Pero no, cuando Iggy abandonó el escenario fuimos cuatro personas las que nos retiramos, cercanas a mí. En la salida nos advirtieron que no podríamos reingresar. No lo deseaba. Honestamente, después de aquello no podía quedarme a Metallica. Un par de semanas después, en su artículo para LA Weekly, Henry Rollins, quien formó parte del staff de Iggy en sus conciertos en el Foro Sol, escribió lo que atestiguamos esa noche. Que Iggy Pop se impuso sobre Metallica y sobre sus 62 mil fans. Drones, pantallas, luces, todo se lo pasó Iggy por los güevos. A eso vino a México, a imponerse. La cecina indestructible.

Ojalá no se retire nunca.

Ilustración de José Hernández

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