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Por Felipe Rosete

«… y yo lo detesté y comprendí que es posible odiar
a alguien por no saber contar una historia como Dios manda».
Fabio Morábito

El arte de contar historias, de imaginarlas y transmitirlas a otros, es tan viejo como el hombre mismo. Al hablar sobre el origen de la crónica, Machado de Assis nos dice que ésta es coetánea de las primeras dos vecinas que, entre la comida y la cena, se sentaban juntas a desmenuzar los sucesos del día. Podemos suponer que, para generar mayor interés en el interlocutor, dichos sucesos eran aderezados con un poco de piquín y otras especias provenientes de esa gran alacena que es la mente humana, dando origen así a lo que hoy conocemos como narrativa de ficción.

Un buen ejemplo de dicho arte es Eduviges, ayudante de plomero que, mientras arregla el calentador de su cliente, le cuenta la trágica historia de Esperanza, la hija de su patrón, avecindada en Londres desde hace unos años, cuyo padre acude a dicha ciudad para comunicarle el deceso de su madre, y encontrarse, empero, con una noticia todavía peor. A pesar de ser considerado por su cliente un «narrador mediocre», que no repara en los detalles, que interrumpe constantemente su historia para pedir que le pasen los tornillos o el desarmador, con sus «pequeños brillos narrativos» Eduviges captura y echa a andar la mente de éste, poniéndolo a imaginar todo aquello que, a su criterio, no ha quedado claro o ha sido omitido. «Tal vez la misma mediocridad del narrador había beneficiado a la historia, obligándome a hacerme cargo de sus puntos débiles para completarla a mi manera», acepta el cliente y narrador de «The next stop», el cuento que cierra Madres y perros, el más reciente libro de Fabio Morábito.

Si algo une a los quince cuentos que lo componen, es precisamente la capacidad del autor para imaginar personajes, situaciones y tramas que, dada la forma en que son contadas, son capaces de poner a volar la mente de sus lectores, para conducirlos a un estado de embriaguez literaria. Como si al pasar la mirada por la tinta impresa en el papel ahuesado algo se activara en nuestro interior, generando un intenso estado de gozo y buen humor, no carente de asombro ante la calidad de la escritura y ante la capacidad de ésta de producir las sensaciones señaladas.

Imaginación, pues, es lo que abunda en este libro. En las historias, pero también en los personajes. Hombres comunes y corrientes cuyas mentes siempre están a tope, magnificando hechos que para nadie más tienen importancia, generando falsas ideas que los atormentarán lo mismo un par de días que toda una vida, regresándolos a un pasado borroso que a veces se confunde con el sueño, o bien llevándolos a un futuro tan promisorio como aterrador, que existe sólo en sus cabezas. Por ejemplo, Josué y Bernardo, los primos que viven toda su vida atribulados por su propia versión de un accidente ocurrido en el balcón de su casa cuando apenas eran unos niños y disputaban el amor de la figura materna; o el tipo que, ya mayor, va a Ámsterdam en busca de su primer amor para aclararle lo sucedido aquél día, hace ya muchos años, en el Lago Garda, y descubrir de paso un fatídico secreto familiar; o Luis, que vive más de cuarenta y ocho horas de angustia fantaseando con la furia de Ñoqui, la mastín napolitano de su hermano, a quien tiene que alimentar mientras éste cuida de su madre gravemente enferma.

Hombres comunes y corrientes cuyas mentes siempre están a tope, magnificando hechos que para nadie más tienen importancia, generando falsas ideas que los atormentarán lo mismo un par de días que toda una vida, regresándolos a un pasado borroso que a veces se confunde con el sueño, o bien llevándolos a un futuro tan promisorio como aterrador, que existe sólo en sus cabezas.

Los cuentos de Morábito restituyen a la mente el poder de moldear la vida de acuerdo con pensamientos e ideas que pueden o no coincidir con la realidad material, poco importa. Para el escritor que todas las madrugadas camina por las calles de Berlín hasta llegar a una panadería que abre a las seis de la mañana, el cliente que irremediablemente lo precede todos los días, como si estuviera pintado en un cuadro de Hopper, será eternamente el dueño de la panadería; lo mismo que para Ricaño, quien se hace pasar por Santibáñez para poder visitar como cliente tentativo el departamento en el que vivió once años de su vida, la mancha de la loseta del baño será por siempre un velero, y no un tiburón.

Por esta razón, los personajes que pueblan estas historias parecen estar todos locos. Eso es quizá lo que las dota de hilaridad, y lo que las acerca enormemente a los lectores. A fin de cuentas, nos dice el psicoanalista británico Darian Leader, todos estamos locos en mayor o menor grado, porque nuestro acuerdo con la realidad depende precisamente de narrativas construidas a partir de ideas en torno a la vida, el mundo y nosotros mismos, que vamos retomando y ensamblando de modo que le otorguen un sentido a nuestra vida. Y poco importa, como le ocurre a los personajes de Morábito, la correspondencia de ellas con eso que llamamos «realidad», que por otro lado no es unívoca (la cantera es completamente distinta si se visita solo, en invierno, atravesando el lago congelado, con el ambiente poblado de neblina, que si se va con amigos en el verano, a pleno rayo de sol). Para los seres que habitan este universo literario, la realidad es sobre todo un fenómeno mental.

El destino de Roxie Moore, estrella porno de renombre entre los aficionados a las gordas y maduras, resulta emblemático en este sentido. A su sepelio acuden varios de sus fans, además de su maquillista, la cual, tras presumir su trabajo para ocultar las cicatrices de Roxie en pecho y abdomen, tiene a bien descubrir uno de sus senos para
mostrar la imborrable marca, y compararlo luego con el otro, el inmaculado, alterando de inmediato el ritmo cardiaco de los presentes, que se descontrolan y empiezan a tocar el cuerpo inerte para luego exigir a la maquillista que termine con lo que empezó. La historia no acaba ahí, desde luego. Pero a partir de lo que ocurre en este simpático funeral queda claro que, al menos para los admiradores de Roxie, la imaginación y la fantasía sobreviven incluso a la muerte del objeto que las nutre.

Y con ellas, sobrevive también la buena literatura. Una literatura que va mucho más allá de las vivencias personales o de los enredados recursos estilísticos, para dedicarse simplemente a inventar y contar historias gratificantes para los lectores. Como en los viejos tiempos.

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Madres y perros
Fabio Morábito
Narrativa Sexto Piso / UANL • 2016
168 páginas

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