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Ingenieros y traficantes | Carlos Manuel Álvarez

Mauro Godínez no se llama Mauro Godínez, pero dos razones impiden que ustedes conozcan su verdadero nombre. Primero: Mauro lo pidió. Segundo: Mauro es mi amigo personal y no quiero que nada le suceda. Pidió, también, que no me vistiera de héroe ni me robara sus méritos y le dije que ni muerto, que cómo: tan patán y cobarde.

Ambos teníamos veintidós y ambos estudiábamos en la universidad, pero existían sutiles diferencias. Yo todavía recibía dinero de mi madre y Mauro ya mantenía a su familia. Yo no vendía ni el almuerzo y Mauro era un negociante de marca mayor que cursaba ingeniería y que, además, manejaba ambas cosas con plena soltura.

No era lo que se dice un alumno muy aplicado, pero sí bastante astuto. En una escuela de extremo rigor, nunca había reprobado. Nunca había arrastrado ninguna asignatura, por más que se hubiera visto en las últimas. Y dirigía, aunque, más que dirigir, guiaba una pequeña mafia, un conciliábulo en el que había instaurado sus muy personales y democráticas leyes.

No era mayor que los demás, pero el resto confiaba en su persona: uno de esos muchachos que con quince años parecen de treinta, y con pocos más de veinte transmiten la sensación de haberlo vivido todo. Pragmático, algo gruñón e impenetrable. Revestido, para sus íntimos, de una tierna reciedumbre.

No le gustaba –no le gusta– llamar la atención, que algo destaque en su presencia. Su rostro no es un rostro viejo, tampoco inexperto. Cuando dice algo, eso es lo que pasa. En aquel entonces, incluso, decía cosas en contra de la lógica, pero el azar lo ayudaba para que finalmente no perdiera el estatus y el prestigio del que gozaba entre sus compañeros de cuarto.

En los apartamentos 28 y 42 del edifico 34 de la CUJAE –la mayor universidad de ciencias técnicas del país, al oeste de La Habana–, casi todos los estudiantes eran de la provincia Matanzas, y los que lo eran, sin excepción alguna, gracias a un próspero negocio de tráfico de mercancías ganaban mensualmente veinte o treinta veces el salario medio de un trabajador estatal cubano.

En un par de años serían ingenieros y traficantes. Una combinación que parecía infalible. Y que sólo existe en este país.

* * *

Era sábado –mayo de 2012– y había llovido. Cuando llueve, Cárdenas, a diez kilómetros de Varadero, setenta de Matanzas y trescientos de La Habana, se pone insoportable. Hay lugares donde la lluvia despeja y hay lugares donde enturbia. La tierra roja se había removido y las fachadas reforzaban ese extraño estado de ánimo que son las tonalidades provincianas.

Mauro, huyendo de una patrulla, tocó a mi puerta. Se sentó, se secó el sudor, bebió agua, me explicó, y pasados veinte minutos salimos a la calle, cada cual con una mochila. A menos de doscientos metros quedaba el puesto de taxis donde Mauro se embarcaba hasta Colón, un municipio más al sureste. Según la rutina, poco antes de llegar a Colón, su amigo Fidel lo esperaba en una moto para evitar las zonas céntricas: las miradas indiscretas, los policías casuales.

Fidel y Mauro practicaban una amistad que se había gastado el lujo de forjarse en los estudios, pero también en el veleidoso mundo de los negocios, aun cuando se sabe que los negocios significan la muerte de la amistad y que más vale buscarse el dinero y entrar en acuerdo con tipos lejanos, sujetos con los que no exista la más mínima relación de afecto. Ellos, sin embargo, parecían contar con la inteligencia suficiente para ubicar cada cosa en su sitio.

Aquel día, en Cárdenas, Mauro había recogido la mercancía en casa de su amigo Lázaro, estudiante también de la CUJAE. Era una rutina que cada fin de semana se cumplía a cabalidad. De La Habana a Cárdenas, de Cárdenas a Colón y de Colón nuevamente a La Habana. Mauro sólo creía en el trabajo. No en las casualidades. No en la suerte. No en los demás. Sólo en su astucia y en la experiencia que había venido acumulando. No obstante, algunos sucesos puntuales le habían sembrado cierto resquemor y entonces bromeaba o hacía como que bromeaba, para restarle importancia.

Nos sentamos en una maceta inmensa, un bloque de concreto que reposaba al lado de la carretera y del que se alzaban unas arecas marchitas, demacradas. Camuflamos las mochilas dentro, nos alejamos un tanto, para que no pudieran relacionarnos con nada, y luego nos pusimos a esperar un taxi. La patrulla había pasado hacía menos de media hora y podía regresar en cualquier momento.

* * *

Es muy gráfica la historia de Cuba en este último medio siglo. Mi generación, en caso de que exista algo que pudiésemos llamar generación, no deja de poseer cierta coquetería propia, una interesante ambigüedad.

Primero: los sesenta fueron los años de justicia social. Los setenta, de igualitarismo. Los ochenta, de reconocer que algunas cosas no eran tan pulcras como se pensaban. Los noventa, el derrumbe de la realidad y la admisión de que algunas cosas no sólo no eran tan pulcras, sino de que podían e iban a ser mucho más duras de lo que se esperaba. Los dos mil, un intento desesperado por arribar al comunismo. Y esta segunda década del veintiuno, otro intento de recomenzar el óleo.

¿Cómo recomienza el óleo? Con Mauro Godínez, por supuesto.

* * *

Desde que ingresaron en la CUJAE, en septiembre de 2008, Mauro y Fidel tenían claro que debían ganarse la vida de alguna manera y comenzaron, aún muy amateur, a comprar en La Habana paquetes de galletas y espaguetis en quince pesos y a venderlos en veinticinco en Colón (al interior del país todo escasea). Pero eso duró poco.

Luego contactaron, en el propio Colón, con campesinos proveedores de queso blanco y después de visitar decenas de pizzerías en La Habana consiguieron tres puntos a los que suministrar. Compraban la libra en diez pesos y la vendían en diecisiete. En esos primeros años, varias atenuantes los golpearon. La informalidad de los compradores, los riesgos que corrían al traficar mercancías sin autorización estatal alguna y el propio ritmo de los estudios universitarios.

Incluso pensaron desistir, pero una tarde, en una tienda de Miramar, Fidel compró varias gomas para la moto de su padre en diez CUC*, y en Colón varios interesados le ofrecieron más del doble. Fidel le comentó a Mauro, quien pidió a su novia un fondo prestado para siete gomas.

Con la ganancia, invirtió en el negocio del ron a través de un amigo de su familia trabajador de la fábrica Arrechavala (refinería cardenense en la que se contrabandea ron a granel). Compraba las botellas y luego las vendía en la beca a un condiscípulo de Pinar del Río, quien, a su vez, las revendía en las fiestas nocturnas de la CUJAE.

Tanto Mauro como Fidel consiguieron en Colón proveedores de puré de tomate y comenzaron a venderles a las cafeterías particulares que quedaban frente a la universidad. Todo esto exigía, como es lógico, una larga faena de relaciones públicas. En su primer año, Mauro acumuló tres extraordinarios, pero logró sacarlos a flote.

* * *

Mauro es resultado endémico de mi generación. Alguien que actúa proactivamente y que sabe lo que tiene que hacer antes de que las cosas se pongan más color de hormiga de lo que normalmente ya están en Cuba. Mi padre, por ejemplo, nunca hubiera hecho lo que Mauro hacía. Y en efecto, nunca lo hizo.

Venía, mi padre, de una familia extremadamente pobre, luego estudió sin pagar un centavo, se graduó de la universidad en 1986, y siempre creyó que podría vivir como un profesional. Pero vivió como obrero y ganó como obrero. Sin embargo, era demasiada su gratitud, su fe, la deuda moral y personal contraída como para abjurar.

Volvamos: los sesenta fueron los años del hombre nuevo. Los setenta, la supuesta consumación de ese supuesto hombre nuevo. Los ochenta, las primeras erosiones del hombre nuevo. Los noventa, el derrumbe abrupto, sísmico, del hombre nuevo. Los dos mil, el cadáver danzante del hombre nuevo. Y esta segunda década del veintiuno, el hombre que ya no importa si es nuevo o no, sino simplemente que sea.

* * *

La primera y segunda reglas resultaron vitales. Las aprendió en una noche de mucho calor. Llevaba espaguetis en la mochila y se paseaba relajado al borde de la carretera. Vestía camiseta, chancletas y short. Unas luces se acercaron y al suponer que era un taxi, no la patrulla, hizo una seña, a lo que siguió un manoteo despectivo. Los policías giraron en redondo. Le pidieron su identificación, que abriera la mochila. Mauro inventó una historia, pero no le creyeron y en la estación lo multaron con sesenta pesos.

Lección uno: cero aretes, cero patillas, cero pelos largos, cero ropas llamativas. Todos los negociantes se parecían. Todos andaban tatuados o pinchados o a la larga mostraban en los gestos algún rasgo de ilegalidad.

Lección dos: Los maletines se escondían, y si los descubrían, pues entonces no tenían dueño. Con la mercancía no se guardaba nada. Ni un papel, ni una letra, ni una prenda. Nada que sirviera como prueba. El peligro: en una mochila nueva. Lo personal: en cualquier bolso, no importaba si roto o no.

La tercera lección la aprendió Fidel. Tomó un carro estatal y estuvo a segundos de ser pillado, pero el oficial desistió y no revisó el maletero. De Colón a La Habana, por las Ocho Vías, el trayecto era mucho más despejado, pero de Cárdenas a La Habana, por la Vía Blanca, en cualquier garita te requisaban.

En un carro caben, a lo sumo, cinco o seis personas, y podían presionar. En un ómnibus no, y en una modelo Transtur menos, porque existía la posibilidad de que viajaran turistas y en ningún lugar del mundo se molesta a los turistas de ese modo, con revisiones incómodas. En cualquier caso, siempre había que sentarse a dos o tres asientos de las mochilas. Preferentemente ponerlas debajo de alguna pareja, o mujeres o ancianos. Si algún negro se sentaba encima, había que cambiarlas de sitio. La policía –parece un chiste, pero no lo es– jamás los dejaba ilesos.

* * *

Semanalmente, Mauro sacaba del ron unos mil pesos limpios, sin contar el puré. Ya en segundo, tercer año de la carrera, decidió unirse a Lázaro y comenzó a comprar en Cárdenas botellas de whisky (provenientes de los hoteles en Varadero). Ganó en comodidad, porque a cada botella le ganaba cinco CUC y con cuatro o cinco botellas que transportara no levantaban sospecha alguna.

La venta de ron y puré se mantenían. Aparecieron también las latas de atún –podía comprar en cuatro CUC y vender en seis la unidad que en la tienda costaba doce– y el contacto eventual con un colega de su aula que vivía en el Vedado. Mauro había propuesto en varios sitios, con speech incluido –estudiante de la CUJAE, proveedor serio, etc–, y no encontraba clientes, hasta que el colega, nadie sabe muy bien por qué, decidió quedarse con las latas para intentar venderlas en su barrio y apenas le duraron dos días.

En el Vedado –zona de alcurnia, repleta de paladares– solo compran productos sellados y caros. Y algunos puntos compran por cantidades específicas. O los abasteces completo o nada. Una vez dentro, el Vedado significó la mayoría de edad para Mauro. Corría riesgos –invertía en Cárdenas unos ciento cincuenta dólares en mercancía para ganar en La Habana sólo treinta y cinco o cuarenta–, pero no había manera de salirse. Por ejemplo: terminó vendiéndole jamón, chorizo, camarón, salmón y langosta a alguien que en principio sólo compraba whisky.

Para ese entonces, otros seis o siete estudiantes, compañeros de cuarto, también movían lo suyo. Formaban ya una pequeña empresa y un par de leyes no venían mal. Mauro los reunió y llegaron a varios acuerdos.

1-Los puntos no se tocaban. Si el punto de Mauro precisaba camarón, y el socio B tenía camarón, éste no podía ir directo al punto. Debía pasar primero por Mauro y Mauro entonces lo autorizaba.

2-Si alguien supuestamente descubría un punto nuevo, debía informarlo. Quizás ya fuera de otro.

3-Cada semana había reunión para contar lo sucedido y aconsejarse: cualquier posible nueva experiencia, cualquier percance, cualquier criterio, cualquier insatisfacción.

4-Tres cosas prohibidas de manera unánime: comerciar con drogas, tabacos o carne de res.

Finalmente, se repartieron los lugares y las mercancías. En Cárdenas, Lázaro asumía las comidas y Mauro y Fidel las bebidas.

Las improvisaciones disminuyeron. Las circunstancias, además, parecían favorables. El Estado declaraba –reconocía– que no contaba con la capacidad suficiente para abrir una red mayorista que abasteciera de materia prima al grueso de los negocios privados, por lo menos durante 2011 y 2012, y así aceptaba, tácitamente, que los nuevos negocios sobrevivieran a través del mercado negro, una estrategia con la cual intentaban arrastrar hacia los cauces establecidos el dinero circulante de manera ilegal.

La libertad para Mauro y sus pares era casi absoluta. Sólo una delación, o un posible error de bulto, podían derrumbar la pieza intacta que habían levantado.

* * *

Un día, después de perder su puesto, mi padre pensó seriamente trabajar como cuentapropista. Pero a la larga no lo hizo. Seguía esperando que le resolvieran alguna ubicación estatal. A veces salía hasta la parada del ómnibus y el ómnibus no venía por él. Esperaba unas tres horas y luego regresaba. Se sentaba en el sillón y se mecía continuamente, no hablaba con nadie.

Había ido a la guerra de Angola en 1985. Era un tipo honesto. Cargaba con la bendición y el lastre de una honestidad que los de mi generación nunca tendríamos. Mauro hubiera sido incapaz de esperar el ómnibus durante tres horas (el ómnibus es real, pero podríamos tomarlo como un símbolo), ni siquiera por veinte minutos. Si hubiese perdido su trabajo de ingeniero, se habría marchado y punto. Es más, estrictamente, Mauro nunca iba a vivir de su trabajo de ingeniero.

Los sesenta comenzaron con las nacionalizaciones y las reformas agrarias. Los setenta, con la zafra de los Diez Millones. Los ochenta, con el Mariel. Los noventa, con el derrumbe de la URSS. Los dos mil, con la Batalla de Ideas. Y esta segunda década del veintiuno, con la paulatina descentralización del Estado.

* * *

Buena parte del personal de servicio en los hoteles de Varadero eran cardenenses. La forma en que la mercancía llegaba a Cárdenas y se traficaba no resultaba demasiado compleja. Con un grado, incluso, de legitimidad. Anchas ventanas donde se exhibían los vinos o whiskys para que cualquiera escogiese la bebida de su preferencia.

Los cocineros y dependientes sacaban los productos y luego los revendían a estas casas particulares. Como los hoteles son All Inclusive, se anotaba en papeles una determinada cantidad de comida a consumir por los turistas. Cifra siempre exagerada. El sobrante se repartía entre los trabajadores, previo acuerdo para sacarlo del hotel con los custodios de la entrada, quienes eran debidamente sobornados, aunque, vale aclararlo, dado el estado de cosas ninguno de estos actos se entendían ni se entienden como tal.

El personal de mantenimiento, único autorizado a transitar por los distintos puntos del hotel, escondía en los bolsos y en las cajas de herramientas los quesos, los jamones y los rones de los custodios. Cuando esporádicamente detenían algún ómnibus en el puente de Varadero era porque, tal como se había acuñado, alguien los había mandado a matar.

A veces, a última hora, el jefe de seguridad corría la voz cero o argolla, lo que significaba que nada podía sacarse del hotel, pues alguna inspección o algo por el estilo rondaba en el ambiente. Muchas veces la contabilidad ya había concluido y la mercancía que había ido a los papeles debía desaparecer. Los dependientes y los cocineros, entonces, lasqueaban el jamón o el queso y con scotch-tape, por debajo de las ropas, se lo amarraban a la barriga, a la espalda, e incluso a las pantorrillas y los pies.

* * *

Mi generación ha crecido sobre los huesos de la generación de mis padres.

Mauro ya sabía que, una vez graduado, el salario como profesional no le alcanzaría, que no serviría para nada. Sin embargo, había decidido ir a la universidad.

Si existe algún triunfo en los últimos cincuenta años, es precisamente ése: que alguien apueste por los estudios aun cuando resulta evidente –tan evidente como voltear el rostro y observar– que lo estudios y las utopías pueden inmovilizarte y situarte en una posición de riesgo.

Si existe alguna derrota, es también ésa: que alguien que apueste por los estudios tenga que recurrir, de antemano, a puertas de emergencia y que lo asuma como algo natural.

Lo natural puede no ser reflejo de optimismo, sino de indiferencia. Abrimos, cada diez años, con un batacazo histórico. Y cerramos con otro.

* * *

Aquel sábado se había hecho tarde y todavía conversábamos. Mauro me enseñaba su libreta de contabilidad, escrita de tal manera que nadie pudiera entender nada. Cifras, iniciales, abreviaturas. Quién le debía, cuánto le debían, qué le habían pagado. Ganancias mensuales de ocho y nueve mil pesos.

Mientras, dos policías habían parqueado su patrulla y se habían sentado en el bloque de las arecas marchitas. Algo se tornaba ridículo en la situación, como si el desenlace no dependiera de ninguno de los actores. Un par de oficiales con dos mochilas repletas de atún, queso y salmón a las puertas de sus narices, y sin embargo vigilaban quién sabe qué. A veinte metros, fuertemente implicados, dos jóvenes que parecían conversar de cualquier otra cosa. Nadie hubiera sido capaz de relacionar tales cuadros, pero no había cuadros más relacionables.

Cinco minutos después pasaba un camión de carga con cabillas y arena y la patrulla lo persiguió. Corrimos. Un hombre había descubierto las mochilas y las atracaba. Mauro le dijo que hiciera el favor de soltarlas. El hombre no nos encaró, las devolvió dócilmente. Era anormal: torpe y desfigurado. Balbuceó algo y siguió su rumbo. Luego llegó un taxi hasta Máximo Gómez –pueblo intermedio entre Cárdenas y Colón– y Mauro lo tomó. Todo sucedió así de rápido.

Mauro acumulaba, ese día, cinco extraordinarios. La universidad peligraba, pero en cualquier caso iba a tener que seguir. No podía detenerse. Es una vieja ley de los negocios. Nunca retirarse. Nunca faltar. No hay segundas oportunidades. Algunas escuelas ocultas son así de rigurosas.

*Esta crónica forma parte del libro La tribu, de próxima publicación por Editorial Sexto Piso

Foto de Pedro Szekely en @Flickr

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