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Instrucciones a los patrones | Abril 2017

Todo buen patrón sabe que no hay en los hechos mejor forma de asegurarse la lealtad de los empleados que potenciando el sentimiento de deuda, es decir de culpa, hacia la empresa. Sin embargo, en esa continua lucha que los patrones deben librar en contra de sus empleados, se hace necesario buscar cada vez formas más refinadas para conseguirlo, pues por desgracia el discurso políticamente correcto en el que transcurren los tiempos dificulta la puesta en práctica de mecanismos habituales de paternalismo a través de los cuales —con una dosis justa de condiciones muy precarias, disimuladas con gestos paternales orientados a generar afecto hacia la figura del patrón— era posible asegurarse la obediencia incondicional por parte de los empleados.

Sin embargo, los patrones más audaces a lo largo de los siglos se han caracterizado por no arredrarse ante dificultades que limiten en ningún sentido la búsqueda de beneficios, y la historia ha demostrado que una de las formas más eficaces de generar el tan ansiado sentimiento de culpa es a través de apoderarse de lo más íntimo que puedan poseer los empleados, es decir, sus secretos más profundos. Tradicionalmente, la manera más burda de conseguirlo ha sido a través de crear situaciones donde a través del alcohol se les haga sentir en confianza y puedan soltar la lengua hasta revelar intimidades, pero además de la pérdida de tiempo que implica para el patrón, supone el riesgo evidente de que sea el propio patrón quien termine confinándole sus secretos a los empleados, con lo cual se coloca en una situación de evidente desventaja.

Por lo tanto, puedes recurrir a métodos más novedosos como ofrecer un servicio de asesoría psicológica en línea, creando un personaje virtual con todas las credenciales adecuadas para que muerdan el anzuelo, y poco a poco ir teniendo intercambios donde puedas ir conociendo aquellos aspectos de las vidas de tus empleados que los vuelvan más vulnerables ante tus ojos. Si el asunto progresa, puedes contratar a una actriz de atributos físicos despampanantes para que desempeñe el papel de la falsa consejera psicológica de la empresa, comenzando primero con sesiones virtuales, por ejemplo por Skype, para que ella misma pueda ir aclimatándose al rol por si más adelante se hiciera conveniente que las sesiones se realizaran en persona. Es conveniente que desde un comienzo te asegures de que la actriz en cuestión comprenda plenamente la importancia de su misión, de manera que en casos extremos, donde precisaras tener elementos para chantajear abiertamente a algún elemento clave de tu empresa, estuviera dispuesta a llevar su papel hasta donde fuera necesario —practicando el arte de lo que los patrones rusos han llamado Kompromat—, para proporcionarte elementos para mantener dentro del redil a toda costa al potencial empleado subversivo.

Como lo han averiguado incluso los grandes revolucionarios de la historia, las grandes empresas requieren de grandes soluciones, por lo que si pretendes inscribir tu nombre en el mausoleo de los patrones de vanguardia, no deberás permitir que cualquier tipo de cuestionamiento ético interfiera con los planes que cuidadosamente traces para capitanear a la empresa al paraíso de los beneficios estratosféricos.

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