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Islamofobia de género | Fàtima Aatar

Dicen que la islamofobia son estereotipos y prejuicios asociados a lo que se conoce como religión islámica o musulmana. Basados en esta premisa se dedican numerosos programas públicos y no públicos para combatir los estereotipos como una fórmula mágica para acabar con el «miedo» hacia el islam, es decir, la islamofobia. Y si además se añade la perspectiva de género, no menos mágica, obtiene un interés sorprendente. Es curioso que esta perspectiva de género no la han introducido personas musulmanas o, más concretamente, mujeres musulmanas, sino que se ha hecho desde la academia eurocéntrica que, además, ha sido plagiada por movimientos feministas blancos. Lo que es cierto es que añadir género a la islamofobia hace que la gente al menos escuche con más entusiasmo qué es eso de islamofobia. Esto ha obligado, en cierto modo, a que las mujeres musulmanas piensen sus opresiones desde el género para incluirse en las narrativas de liberación propias de la modernidad. Por ello, habría que preguntarse ¿por qué?

Pues bien, la islamofobia de género ha sido definida habitualmente como violencia ejercida sobre los cuerpos de las mujeres musulmanas, especialmente aquellas que llevan velo. El concepto de género no va más allá de referirse a mujeres y de poner en evidencia que se trata de violencia machista. Sin embargo, esta lógica acaba negando, una vez más, la violencia racial, ya que en cuestión de racismo las musulmanas dejan de ser mujeres para convertirse en musulmanas o, más ciertamente, en moras. Entonces, ¿tiene sentido hablar de islamofobia de género en estos casos? Respondería afirmativamente si giramos el foco, es decir, no mirar a quien es objeto de esta violencia sino mirar a quien la ejerce: el hombre blanco. Esto no quiere decir que las mujeres blancas no lo hagan, también lo hacen y, a menudo, utilizando un discurso generalizador.

Vamos por pasos. La islamofobia de género, si se quiere utilizar este concepto, debe dar cuenta de las múltiples opresiones que atraviesan las comunidades musulmanas racializadas. Como tal, el género no debe reducir el análisis a una cuestión de «mujeres», sino hacer explícitas las relaciones de dominación imbricadas en el sistema sexo / género, partiendo desde la raza.

En primer lugar, hay que asumir que el feminismo le ha hecho el juego al racismo, al imperialismo y al colonialismo, por lo que hablar de «derechos de las mujeres» en contextos de mayoría musulmana se ha convertido en una cuestión puramente colonial. Sí, porque se habla de igualdad de género como una ficción para construir un Otro inherentemente machista, misógino y homófobo.

Como ejemplo, hace unos días se publicaba un artículo, en un diario que no se puede categorizar de derecha, sobre el caso de La Manada. En el artículo se culpabilizaba al «costumbrismo islámico» de la cultura de la violación presente en España. Porque, claro, todas sabemos que Occidente es cuna de los derechos humanos, es feminista y LGTB friendly, y la cultura de la violación sólo se explica en términos de un pasado islámico fuertemente negado pero que ahora, curiosamente, sirve como base explicativa del patriarcado. Así, pues, vemos que el análisis de género ha venido a legitimar una idea preestablecida de que el Tercer Mundo, opuesto a Occidente, aún tiene que avanzar en materia de igualdad de género, por ello, de vez en cuando se militarizan territorios a fin de salvar a las mujeres del monstruo salvaje y bárbaro.

En segundo lugar, podemos ver cómo hablar de islamofobia de género ha negado la violencia, no menos grave, hacia los hombres musulmanes. Sí, tomemos aire, que esto costar. más de asimilar. En el imaginario colectivo occidental, las mujeres musulmanas siempre ocupan la posición de subordinadas. Es más, la mujer musulmana se ha convertido en la opresión femenina por antonomasia. De este modo, es el hombre musulmán el que ocupa la posición de opresor. Lo que hace la islamofobia de género es considerar a las mujeres musulmanas como susceptibles de ser asimiladas, integradas, salvadas, intervenidas, mientras que a los hombres musulmanes sólo se les concibe como enemigo inasimilable a combatir. En esta imagen de enemigo natural hay que añadir la identificación casi automática con el terrorismo, de esta forma los moros sólo existen en el imaginario colectivo como terroristas. No sería tan grave si esto se limitara a los medios de comunicación, pero podemos ver cómo se ha traducido en políticas públicas, como puede ser el PRODERAI (Protocolo de prevención, detección e intervención de procesos de radicalización islamista), que impacta directamente sobre los moros.

Por lo tanto, si tenemos que hablar de islamofobia de género, se debe hacer con integridad, incorporando un análisis holístico que introduzca como puntos esenciales la instrumentalización del feminismo para construir la alteridad, que se materializa en los cuerpos de los hombres musulmanes; ya sea porque son considerados como opresores naturales o como potenciales terroristas. Desde el antirracismo político, las mujeres musulmanas deberíamos tomar partido y empezar a construir alianzas con nuestros hermanos, ya que, como dice Houria Bouteldja, la violencia hacia los hombres racializados es violencia indirecta hacia las mujeres racializadas.

© Directa

Traducción de Hero Suárez

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